03. LA CRÓNICA DEL REY PERTURBADO

Tomo la pluma una última vez, haciendo un esfuerzo por reunir las ideas, pues los desvaríos de mi cabeza son cada vez más frecuentes, y sé que, en cualquier momento, ya no seré dueño de mi cordura. El destino ha sido cruel conmigo, pero si esta crónica sirve de algo, quede por escrito que yo, el rey Rodrigo V de Calamburia, he sido víctima de un poderoso hechizo. Si alguien lee este relato, y conoce un método para revertirlo, que me libere. Pero advierto a mi salvador que debe actuar con cautela, pues la reina Urraca, de la que muy pronto estaré enamorado sin desearlo, es astuta, y no resultará fácil planear en contra su persona sin que tal noticia llegue a sus oídos.

El hecho es que el hechizo que me aprisiona pronto deshará mis pensamientos, me convertirá en un perturbado, y me hará sentir por Urraca la mayor de las devociones. Seré su títere, mientras ella se hace con el reino de Calamburia. Un reino que por derecho pertenecía a su hermana Petequia, ahora desterrada y encinta de mi heredero. He aquí la crónica que explica un desenlace tan aciago:

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Mi nombre, antes de transformarme en rey, era Rodrigo de Haines. Crecí entre las comodidades de una familia noble de Calamburia. Llegado a la adolescencia, destaqué como un notable estudiante, jinete sin parangón y maestro con la espada. No había en el reino otro joven que me igualara, y quizás por eso el anciano Rey, que deseaba un marido para su hija Petequia, puso sus ojos en mí antes de fallecer.

El último deseo del Rey fue concedido en su lecho de muerte. Frente a su cama de enfermo, a la luz de las velas, fui presentado a Petequia. El Rey extendió su mano marchita y unió las nuestras, bendiciendo el futuro matrimonio que, según dijo, debía llevarse a cabo lo antes posible, pues Calamburia no debía quedar mucho tiempo sin gobernante.

A pesar de la rapidez de aquel encuentro, Petequia y yo quedamos prendados el uno del otro. Alabé el brillo de sus cabellos azabache, sus ojos felinos y misteriosos, y la sinuosa línea de sus caderas. Supe que sería feliz a su lado, y que Calamburia, bajo nuestro mando, disfrutaría de una era de paz.

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A la muerte del Rey, los preparativos de boda dieron comienzo. Por aquel entonces conocí a Urraca, la hermana pequeña de la futura reina. Me pareció una muchacha reservada, y no me provocó más interés que el debido a las formas. En efecto, Urraca, por aquel entonces, era una muchacha sin más interés que el de solazarse en las comodidades de su posición, y no anhelaba más de lo que ya tenía.

Sin embargo, el destino, a veces, puede trastornar el carácter de una persona y germinar en su alma una ambición malsana. Así quiso el Titán que sucediera con Urraca, y su cambio, por desgracia, fue mi perdición.

Sucedió que, mientras Petequia y yo nos ocupábamos de los detalles de la boda, Urraca fue designada a disponer las exequias del difunto Rey, así como arreglar todo lo relativo a su herencia, Empeñada en estas labores, Urraca descubrió que su padre dejaba un misterioso legado: un cofre y un antiguo pergamino. En aquel papel se daban instrucciones de abrir el cofre en un momento y lugar determinados, y que sólo los reyes de Calamburia debían hacerlo, pues lo que se guardaba en su interior estaba reservado a ellos.

Al momento, Urraca sintió una curiosidad incontenible. ¿Qué conservaba aquella pequeña caja para los herederos del trono? Ella no estaba autorizada a abrirla; sin embargo pudo más su deseo por saber. Urraca, sabedora de que un nuevo y poderoso Archimago acababa de ocupar la torre de Skuchain, decidió utilizar su estatus para solicitarle un favor. A cambio de una subvención económica permanente, pidió saber qué contenía el cofre.

Ailfrid, el Archimago, cedió ante tal promesa, y utilizando sus artes adivinatorias aprendidas de las zíngaras, reveló a Urraca que el pequeño cofre reservaba una “C”, la entrada al legendario Torneo de Calamburia. El ganador del Torneo obtendría la Esencia de la Divinidad, haría realidad su mayor deseo, sería invencible.

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Al instante, Urraca se sintió invadida por la envidia. La entrada al Torneo estaba reservada a los reyes. Por mucho que lo intentase, ella jamás podría ser la receptora de tan grandioso presente.

Fue entonces que su alma se envenenó con una idea malsana; un plan que, poco a poco, empezó a urdir el medio para transformarla en reina, y por tanto, en heredera legítima de lo que contenía el cofre.

Mi mente empieza a nublarse. Ya apenas veo claros los recuerdos. Las ideas se mezclan con los vapores de la locura. Me encuentro a punto de perderme para siempre; sin embargo, aún soy capaz de narrar cómo Urraca, sabedora de que el Archimago jamás la apoyaría en una conjura tan retorcida, envió emisarios en busca de las zíngaras. Se reunió con ellas a medianoche, en las criptas del castillo, y allí les pidió ayuda para hacerse con el reino. Las zíngaras, a cambio de secretos favores, le proporcionaron los ingredientes de una poción capaz de revolver la mente y los sentidos. Un brebaje que deshacía la memoria, y transformaba a aquel que lo bebiera en un títere. Sólo había un problema: los efectos de la poción eran temporales. Para hacerlos permanentes hacía falta un ingrediente especial, “Consigue el vehículo de su deseo, el estanque de su alma. Ve por sus ojos. Con ellos descubrió a su amor, y en ellos vio reflejada el rey la bondad”. Así dijeron las zíngaras.

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Armada con un estilete, Urraca caminó con sigilo por entre los corredores y las salas del castillo. Las zíngaras la acompañaban. De este modo, las tres mujeres eludieron a los guardias y accedieron a la alcoba de Petequia. La heredera dormía ajena a lo que estaba a punto de sucederle. Sólo despertó al notar cómo unas manos la aferraban. Apenas tuvo tiempo de gritar antes de que le taparan la boca. Entonces vio a su hermana, o mejor dicho a la versión corrompida de la misma, pues la codicia había demudado su rostro de tal forma que ya no se percibía familiaridad en él. Urraca, sin pensárselo dos veces, clavó el estilete en el ojo derecho de Petequia, y sacándoselo, lo echó en la poción de las zíngaras. Luego obligo a su hermana a beber.

Tan pronto sus labios probaron aquel líquido, Petequia notó que sus recuerdos se desvanecían. Se durmió plácidamente, como si no la amenazara ningún mal. Entonces las zíngaras, por orden de la reina, se la llevaron lejos de allí, a una casa en el bosque, donde Petequia estaría destinada a vivir sin un sólo atisbo del pasado, sin saber quién fue. No volvería a recordar nada.

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Tras esto, Urraca, ya en soledad, avanzó hasta mis aposentos y, sin que apenas lo percibiera, me dio de beber la pócima. Sentí entonces que los sueños y la realidad se confundían, y que no era amo de mis propias acciones. Aquel líquido me obligaba a obedecer a Urraca por encima de cualquier cosa, a acatar sus órdenes, y a percibir los sentimientos que su antojo dispusiera. De este modo, la hermana de mi prometida se introdujo en mi cama, besó mi mejilla y deslizó en un susurro el primero de sus deseos: “serás mi esposo”.

No me queda voluntad con la que ordenar mis pensamientos. Los mandatos de Urraca domeñan mis músculos y cada una de mis decisiones. Pronto llegará el momento crucial. Hipnotizado, me levantaré del escritorio en el que redacto esta crónica, me vestiré con atuendos de gala y caminaré hacia la capilla del palacio donde, tras contraer matrimonio con Urraca, me nombrarán Rey. Seré, eso sí, un gobernante sin poder, un muñeco desprovisto de alma; seré una marioneta, cuyos hilos estarán a merced de mi esposa.

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Mas no todo está perdido. He oído que la poción no funcionó con Petequia, pues hubo algo que trastocó sus efectos. Un niño crecía en su vientre, mi heredero. Él ha recibido todo el mal de la poción, mientras que Petequia tan solo fue receptora de una parte. Ha olvidado cómo llegó al Bosque Perdido de la Desconexión, pero sí recuerda que el trono le pertenece. Sólo espero que luche por el, y que si el destino me es favorable, llegue a encontrar la crónica que dejo antes de contraer nupcias. Sólo de este modo sabrá la verdad, ella y todos los ciudadanos de Calamburia.

El reinado se me antoja una pesadilla. Los recuerdos se deshacen entre lágrimas. Mi personalidad muere al fin. Que el Titán se apiade, y que un amable lector halle esta confesión. Ya olvido todo, ya se alejan las fuerzas. Sólo Urraca aparece, ella… sólo ella… y yo… yo tan sólo… debo… debo ser… rey.