VII COMBATE DEL TORNEO, CRÓNICA DEL ENFRENTAMIENTO

¡Ciudadanos de Calamburia! Ya se vislumbra el final del gran Torneo, y algunas parejas comienzan a aproximarse a la victoria. Algunas incluso creen acariciar la Esencia de la Divinidad. Sin embargo, todavía no se ha dicho la última palabra. Así opinaron, en efecto, los Piratas y los Taberneros. Dos parejas de contendientes que, botella de ron unos, jarra de cerveza otros, lucharon y bebieron a partes iguales con objeto de lograr el éxito. Yo, vuestro inspirado Cronista, tuve constancia de lo acontecido.  Aquí lo detallo: Tras saludar con su característico baile, los Taberneros dieron paso a los escandalosos Piratas.

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A continuación, Drawets expuso el primero de los juegos, Alphabetum. Cuyo título: “Viva el vino y las mujeres” fue muy del agrado de ambas parejas, teniendo en cuenta su afición a las bebidas espirituosas. Así, la historia trató de abduciones extraterrestres, y de cómo aplacarlos a base de vino, mujeres… y carne humana.

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El logro de esta prueba fue otorgado a los Piratas.


En la Polimorfis, los Piratas, mediante la dirección de Morgana, desarrollaron el título “No sé dormir con la boca abierta”, que daba para multitud de interpretaciones escabrosas, pero que finalmente derivó hacia la historia de un hombre que, por dormir de semejante manera, corría peligro. La emergencia médica le ponía en riesgo de muerte, pero al final todo resultaba un sueño inofensivo.

Los Taberneros, con Ebedi como narradora, nos contaron la historia intitulada “El lado oscuro de la Luna”. Así, un aspirante a la NASA española recorría sus dependencias observando cohetes espaciales, y preparándose para unas pruebas que, al final, no pasaba. Y es que no se puede ser astronauta si a uno no le gustan las lentejas.

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De nuevo, el público concedió su logro a los Piratas.


En el siguiente bloque, Flick y Yangin se enfrentaron en un Plusque Minus bajo el título “Nicaragua, mon amour”. La historia hablaba de dos amantes que soñaban con viajar a ese país, pero no podían por culpa de una madre demasiado conservadora. Los presentes disfrutamos con un espectacular beso de tornillo entre el capitán de barco y el tabernero. Muestra de que estaban dispuestos a darlo todo por ganar el Torneo.

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Ebedi y Morgana se batieron en Initio Usque Finem (Drawets tuvo ciertos problemas para deletrear bien esta simple frase latina; que, huelga decir, un servidor sabe pronunciar mediante la soltura del más cultivado rapsoda). El título, “Alicia en el país de las maravillas”, motivó un relato de dos pijas con ganas de ir a Alemania. Sus intenciones se veían truncadas por Mario, una suerte de voyeur pervertido. Al final, las dos protagonistas se conformaban con vivir en Vallekas.

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El público otorgó el logro de este bloque a los Taberneros.


Al fin llegó el turno de la grandiosa Cuadrilogía. Con el título “Enterrado vivo”, Morgana y Ebedi, aceptando el reto de interpretar una historia en “Telenovela/Disney/Musical”, hablaron de la odisea de dos sapos, en busca de rescatar una lombriz enterrada por un perro. Morgana y Yangin también buscaron la complicación, y con el estilo “Documental español”, relataron la historia de un macho ibérico poseído por los espíritus de diferentes animales de granja. Yangin y Flick no deseaban ser menos que sus rivales, y aceptaron el estilo “Fitufos/Ciencia Ficción”, para narrar la búsqueda de una llave por los pitufos, y la odisea espacial que debían pasar, incluido un rescate de Papá Pitufo. Fick y Ebedi, sin embargo, no desearon rizar el rizo, y aceptaron el estilo “Tarantino”, para hablar del rescate del “Negrata”, enterrado vivo. Al final, mataban a todo el mundo en una orgía de sangre y plomo.

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Como es costumbre, el resultado de este reto fue un empate.


A continuación, Morgana y Yangin se retaron en un Antojo de Cronos. El título: “Compra un coche”. Hablaron de lo desesperada que puede estar una pareja para ganar créditos, y cómo eran capaces de desnudarse, cortarse las venas o tirarse por la ventana.

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Musicum Influenza tuvo como protagonistas a Ebedi y Flick, quienes, con el título “Miaja de apechugues”, danzaron en torno a una historia sobre cómo llevarse el mayor número de apechugues sin pagar por ellos. Las melodías fueron “Show must go on” y “Cuban Pete”.

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El logro por este bloque de pruebas fue dado a los Piratas.


Alea Iacta Est volvió a ofrecernos muertes truculentas y desagradables. Así, y desarrollando el título “Qué noche la de aquel día”, Yangin debía morir con un alfiler, Ebedi guillotinada, Flick de un susto y Morgana resbalando en un túnel. Con estos funestos presagios, la historia habló de una extraña familia que solía celebrar la muerte de la abuela con una gymkana, en la que abundaban los túneles de todo tipo.

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Los Taberneros obtuvieron el logro por esta última prueba.


El resultado final, Taberneros 3, Piratas 4, coloca a Flick y Morgana más cerca de la Esencia de la Divinidad. ¡Calamburianos! Sólo queda un enfrentamiento en el Torneo de Calamburia. El próximo viernes, los Porteros enfrentarán sus habilidades contra los Desterrados. Este partido es determinante, y servirá para conformar la lista definitiva de los finalistas. ¡No os lo podéis perder!

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Una sola nube. Primera Parte

Amanece en la Puerta del Este. El sol, grande y rojo, asoma en el horizonte e ilumina una sucesión infinita de dunas. Cada duna parece idéntica a su vecina, pero Adonis les ha puesto nombre a todas: Margarita, Reana, Tara, Adoncia… nombres de mujeres, de todas y cada una de sus amantes. Así, cada duna le trae a su recuerdo un instante de pasión. Es una pena que no tenga una vista más afilada, aún le quedan nombres de mujeres que no tienen su respectiva duna.

En el otro extremo de la Puerta, Quasi se balancea adelante y atrás, al tiempo que centra su atención en el amanecer, en cómo el cielo se pinta de lapislázuli. Sólo una nube peregrina lo mancha; es pequeña y raquítica, y amenaza con desaparecer a medida que avance la mañana.

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-Quasi, ¿sabes lo que opino? -dice Adonis.

Pero no ha movido los labios. Ambos porteros llevan tantos años juntos que han establecido un vínculo telepático. Se comunican a través de sus pensamientos.

-¿Qué opinas sobre qué? -responde Quasi, sin dejar de observar la quietud del cielo.

-Creo que el cielo y el desierto son como nuestras relaciones. A mí me faltan dunas para bautizar a todas mis amantes, y tú…

-Yo tengo una nube. Mi nube.

-Una sola, Quasi.

-No necesito más.

Quasi se tambalea adelante y atrás, con una media sonrisa titilando en sus labios. Adonis le mira de reojo, tuerce el gesto y le envía un pensamiento:

-¿Por qué no me dices de una vez quién es tu enamorada?

-No importa. Ni siquiera ella lo sabe.

-Pues tendrás que declararte algún día. ¿Y si ella no te ama?

-No importa.

-¡Claro que importa! Quasi, si no te ama, tus fantasías se esfumarán, igual que le sucederá a esa nube cuando el sol esté en lo más alto.

-No importa.

Adonis resopla. Es el único ruido que se escucha en la soledad de sus guardias.

-Yo podría ayudarte, aconsejarte. Incluso podrías abandonar el puesto durante unos días para visitarla.

-Sabes que eso es imposible -Quasi arruga el entrecejo al pensar estas palabras-. Si abandonamos este lugar dejaremos de tener privilegios. Entre ellos el don de la longevidad. En cuanto nos alejemos unos metros de la Puerta, envejeceremos a toda velocidad.

-¿Y no merece la pena por conocer los deseos de tu único amor? ¿No quieres verla?

-Adonis, no importa.

-Ya, siempre dices que no importa.

-Porque no importa.

Se hace el silencio en sus mentes y el día avanza. El sol asciende y se coloca en lo más alto, mientras las temperaturas se vuelven insoportables. En la puerta, Adonis y Quasi parecen inmunes al calor. Continúan en sus sitios, sin nada mejor que hacer que observar un paisaje desprovisto de vida. Peregrinas ráfagas de viento elevan arreboles de arena entre las dunas, y entretanto, en el cielo, la solitaria nube resiste. Quasi no le quita ojo. Adonis, por su parte, lleva con la mirada entornada un buen rato. Se centra en la lejanía.

-Quasi… -llama en sus pensamientos.

-¿Qué pasa, Adonis?

-¿Te has preguntado qué sucedería si nos atacara una tribu de bárbaros?

-Llevamos aquí más de cien años y jamás ha sucedido nada igual. Por esta puerta no entra nadie. Casi todos los comerciantes utilizan las rutas marítimas.

-Ya pero, ¿y si un día atacan un montón de bárbaros?

Quasi mira a su espalda. Las enorme Puerta del Este fue diseñada para contener los ataques de las tribus nómadas. Mide casi cuarenta metros de alto. Los dos porteros llevan custodiándola desde su construcción, hace más de un siglo. Por ejercer su trabajo, ambos han sido premiados con el don de la longevidad. Eso sí, nunca, bajo ninguna circunstancia deben abandonar su puesto. De lo contrario, el hechizo se desvanecerá y envejecerán a toda velocidad.

-Adonis, escucha. Si atacan los bárbaros tendremos que contenerlos. Para eso llevamos aquí tanto tiempo. Es nuestro trabajo, ¿no lo recuerdas?

-¿Cómo vamos a contener una tribu de bárbaros? Sólo somos dos.

Turbado, Quasi desvía la mirada.

-Pues sí -piensa-, somos… somos dos nada más.


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-¿Nosotros solos contra una tribu de bárbaros? Quasi, nos machacarán si aparecen por esas dunas.

Quasi mira hacia el desierto. Ahora parece asustado.

-Adonis, ¿qué hacemos si vienen?

-Tendremos que luchar, claro.

-¡Nos matarán!

-Bueno, hemos vivido más de cien años. Eso es más de lo que puede permitirse la mayoría de las personas. Podemos morir tranquilos y sabiendo que hemos aprovechando nuestras vidas.

-¿Aprovechado? ¡Si no nos hemos movido de aquí!

-Es cierto, Quasi. No nos hemos movido de aquí. Pero yo sí he aprovechado para extender  mi fama de amante sin parangón. Las damas vienen a visitarme, a comprobar de primera mano mis encantos. En cambio tú, ¿qué has hecho? Nada, Quasi. Absolutamente nada, ni siquiera declararte a ese único amor que tienes.

De repente, Quasi entiende la treta.

-De modo que era eso, ¿verdad, Adonis? Has querido meterme miedo para que te confiese la identidad de mi amada.

-¿Por qué no me dices de una vez quién es? Puedo ayudarte, de verdad, Quasi.

-No importa.

-¡La perderás! Se esfumará, tarde o temprano.

Sin embargo, la nube sigue ahí, resistiendo. Quasi lanza una mirada cómplice a sus bolutas; aunque, de inmediato, regresa su atención al desierto.

-Adonis…

-¿Qué?

-Sé que lo has dicho para sonsacarme, pero… ¿y si fuera cierto? ¿Y si atacan los bárbaros?

-Pues, no sé. Ya pensaremos en algo.

-A mí no se me ocurre nada.

Adonis tarda unos segundos en responder.

-A mí tampoco.

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Continuará….

La Crónica del Rey Perturbado. Segunda Parte

Mi mente empieza a nublarse. Ya apenas veo claros los recuerdos. Las ideas se mezclan con los vapores de la locura. Me encuentro a punto de perderme para siempre; sin embargo, aún soy capaz de narrar cómo Urraca, sabedora de que el Archimago jamás la apoyaría en una conjura tan retorcida, envió emisarios en busca de las zíngaras. Se reunió con ellas a medianoche, en las criptas del castillo, y allí les pidió ayuda para hacerse con el reino. Las zíngaras, a cambio de secretos favores, le proporcionaron los ingredientes de una poción capaz de revolver la mente y los sentidos. Un brebaje que deshacía la memoria, y transformaba a aquel que lo bebiera en un títere. Sólo había un problema: los efectos de la poción eran temporales. Para hacerlos permanentes hacía falta un ingrediente especial, “Consigue el vehículo de su deseo, el estanque de su alma. Ve por sus ojos. Con ellos descubrió a su amor, y en ellos vio reflejada el rey la bondad”. Así dijeron las zíngaras.

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Armada con un estilete, Urraca caminó con sigilo por entre los corredores y las salas del castillo. Las zíngaras la acompañaban. De este modo, las tres mujeres eludieron a los guardias y accedieron a la alcoba de Petequia. La heredera dormía ajena a lo que estaba a punto de sucederle. Sólo despertó al notar cómo unas manos la aferraban. Apenas tuvo tiempo de gritar antes de que le taparan la boca. Entonces vio a su hermana, o mejor dicho a la versión corrompida de la misma, pues la codicia había demudado su rostro de tal forma que ya no se percibía familiaridad en él. Urraca, sin pensárselo dos veces, clavó el estilete en el ojo derecho de Petequia, y sacándoselo, lo echó en la poción de las zíngaras. Luego obligo a su hermana a beber.

Tan pronto sus labios probaron aquel líquido, Petequia notó que sus recuerdos se desvanecían. Se durmió plácidamente, como si no la amenazara ningún mal. Entonces las zíngaras, por orden de la reina, se la llevaron lejos de allí, a una casa en el bosque, donde Petequia estaría destinada a vivir sin un sólo atisbo del pasado, sin saber quién fue. No volvería a recordar nada.

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Tras esto, Urraca, ya en soledad, avanzó hasta mis aposentos y, sin que apenas lo percibiera, me dio de beber la pócima. Sentí entonces que los sueños y la realidad se confundían, y que no era amo de mis propias acciones. Aquel líquido me obligaba a obedecer a Urraca por encima de cualquier cosa, a acatar sus órdenes, y a percibir los sentimientos que su antojo dispusiera. De este modo, la hermana de mi prometida se introdujo en mi cama, besó mi mejilla y deslizó en un susurro el primero de sus deseos: “serás mi esposo”.

No me queda voluntad con la que ordenar mis pensamientos. Los mandatos de Urraca domeñan mis músculos y cada una de mis decisiones. Pronto llegará el momento crucial. Hipnotizado, me levantaré del escritorio en el que redacto esta crónica, me vestiré con atuendos de gala y caminaré hacia la capilla del palacio donde, tras contraer matrimonio con Urraca, me nombrarán Rey. Seré, eso sí, un gobernante sin poder, un muñeco desprovisto de alma; seré una marioneta, cuyos hilos estarán a merced de mi esposa.

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Mas no todo está perdido. He oído que la poción no funcionó con Petequia, pues hubo algo que trastocó sus efectos. Un niño crecía en su vientre, mi heredero. Él ha recibido todo el mal de la poción, mientras que Petequia tan solo fue receptora de una parte. Ha olvidado cómo llegó al Bosque Perdido de la Desconexión, pero sí recuerda que el trono le pertenece. Sólo espero que luche por el, y que si el destino me es favorable, llegue a encontrar la crónica que dejo antes de contraer nupcias. Sólo de este modo sabrá la verdad, ella y todos los ciudadanos de Calamburia.

El reinado se me antoja una pesadilla. Los recuerdos se deshacen entre lágrimas. Mi personalidad muere al fin. Que el Titán se apiade, y que un amable lector halle esta confesión. Ya olvido todo, ya se alejan las fuerzas. Sólo Urraca aparece, ella… sólo ella… y yo… yo tan sólo… debo… debo ser… rey.