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EL OTOÑO QUE NO TERMINA
Las paredes del Palacio de Cristal brillaban con un fulgor apagado. Las hadas dormían, pero la reina no. Titania, la Dama Irisada, caminaba por la galería de los espejos, donde las estaciones se reflejaban sin cesar. Se hallaba frente a uno de los ventanales, contemplando sus jardines marchitos. Las estaciones no avanzaban. El otoño se había extendido más de lo debido, y si el invierno se retrasaba demasiado, la primavera, su dominio, parecía temer aparecer.
Vestía una túnica de gasa irisada que caía en ondas suaves, como si estuviese tejida con los propios pétalos de la magnolia. Un cinturón de rosas malvas ceñía su cintura, y una corona de flores frescas —aún perladas de rocío— se entrelazaba con su melena oscura, que caía suelta como un velo de medianoche.Sus alas, hechas de cristal ondulante y traslúcido, se desplegaban con una majestuosidad antigua, reflejando los colores del jardín con un fulgor cambiante, líquido, casi irreal. En su piel clara danzaban pecas diminutas, como si las motas de luz de la primavera se hubieran posado sobre ella para no marcharse jamás.Y en sus ojos… en sus ojos habitaba una mirada afilada, serena, inquebrantable.
La mirada de quien ha amado, de quien ha perdido, y de quien jamás se permitirá fallar otra vez.
—Habéis pedido la presencia de Drëgo, mi señora irisada —dijo el druida con su voz terrosa.
Drëgo apareció entre las columnas como si el mismo bosque lo hubiera invocado. Su sonrisa era tan afilada como su mirada, y su cuerpo se movía con la seguridad del que se sabe necesario. Un brillo verdoso emanaba de la piedra de su colgante y de su barita, como si ambas contuvieran un fragmento atrapado de la mismísima naturaleza. Cada uno de sus gestos estaba medido, elaborado, coreografiado con la precisión de quien sabe que, en los Jardines Irisados, tierra de las hadas, la apariencia también es poder. En la frente, grabada en carne y silencio, relucía una antigua marca arkhana: el sello de la casa Ténebris, legado de impromagia incomprensible para las hadas, invisible para quienes jamás pisaron Skuchaín.
Era imposible saber si Drëgo hablaba en serio o en juego, si ayudaba o manipulaba. Era el ocaso de los jardines, y se notaba.
—Ya ha pasado mucho tiempo desde la conversión de Kárida. Y aún no nos hemos repuesto —la voz de Titania era un susurro afilado—. Lo que era una dama representante de pacotilla de los despreciables cuadrúpedos con cuerno ahora ha decidido erigirse en Reina de la Destrucción, y no sé yo si sabe lo que hace… o si simplemente se ha entregado a una furia que ni ella misma puede contener.
En ese instante, se oyó un chasquido leve, casi imperceptible, como si una flor se hubiera cerrado en mitad de la noche. Titania alzó levemente las cejas, con el oído atento.
—¿Has oído eso?
Drëgo se encogió ligeramente de hombros, sin abandonar su media sonrisa.
—Probablemente cualquier viento de este eterno otoño. Ya sabéis cómo susurra entre los salones.
—O cualquiera de mis torpes criados —resopló Titania—. Ymodavans o Hameshas, siempre hacen ruido. No saben caminar sin molestar… en cuanto les invalidas las alas, son tan torpes como un fauno tratando de esconderse entre lirios.
Pero Drëgo sabía perfectamente lo que era. O mejor dicho, quién. La fragancia de las lilas silvestres en el aire, el leve destello rosado en la penumbra, el crujir de una hoja al doblarse con timidez: todo delataba la presencia de Edrielle. No dijo su nombre. No era necesario. Sabía que la heredera de la primavera estaba allí, escondida tras las columnas enredadas de glicinia, escuchando. Y, en lugar de ocultarlo, decidió aprovecharlo.
Titania dudó, pero no se movió. El silencio se hizo espeso, hasta que ella volvió a hablar:
—No quiero más mentiras. Cuando descubrimos que Habassar había engendrado un bastardo con Karianna, lo encerré para proteger el equilibrio. Vos lo sabéis bien. Y aun así, lo liberasteis sin mi permiso para luchar en el Cataclismo.
—Fue necesario liberarlo para que luchara en el Gran Cataclismo. Drëgo lo liberó porque el equilibrio pendía de un hilo. Y vos, mi señora irisada, lo sabéis —la voz del druida sonaba tranquila, casi suave—. Pero os digo esto: podéis estar tranquila. En contra de lo que todo el mundo cree, Drëgo tiene a Habassar en la Morada de los Druidas. Bajo vigilancia. Drëgo lo tiene a salvo.
Entonces, en la sala contigua, algo se movió con fuerza. Como una ráfaga de pétalos en primavera, Edrielle se zafó de su escondite y se lanzó al aire, atravesando el umbral con un aleteo fugaz. Sus alas, finas como el cristal y veloces como el despertar de una flor al alba, trazaron un destello rosado entre las sombras.
Titania apenas tuvo tiempo de volverse cuando la vio desaparecer tras uno de los corredores de lirios flotantes. El silencio volvió a instalarse en la sala, denso, incierto.
Drëgo no la miró. No hizo falta.
—Confiad en mí, mi señora —repitió, esta vez en un tono más bajo, más íntimo, como quien deja caer una semilla en tierra húmeda—. Vuestro secreto está seguro. Y vuestra descendencia… también.
Drëgo se inclinó, y al darse la vuelta, su sonrisa se ensanchó. No era de cortesía. Ni de alivio. Era una sonrisa afilada, antigua, como tallada en obsidiana. Sabía que su plan había comenzado a moverse. Las alas habían escuchado justo lo que debían oír. La semilla estaba plantada en Edrielle, la más joven de la primavera, y el eco de la duda florecería pronto en el corazón de la heredera.
No dejó tras de sí promesas, sino destino. Y un silencio cargado de propósito.
Titania no se movió. Permaneció junto a la vidriera, inmóvil. Su reflejo en el cristal le devolvía una imagen antigua, casi olvidada. Una mujer más joven, valiente, bañada por la luz de mil colores.
Aquel sonido de alas alejándose… le resultaba familiar.
Cerró los ojos. Y recordó.
Hubo otra noche. Una aún más oscura que esta. Una noche en la que las alas también huyeron, pero no de una sala, sino de una vida.
Recordó el jardín de las sarracenias, el olor dulzón de la traición en flor. Recordó los ojos de Kárida, aún no corrompidos del todo, y la voz grave de Karkaddan acusando a su hijo de haber amado a una unicornio. Recordó el momento en que Drëgo, su consejero, se alió con Öthyn y le propuso dejar actuar a la Dama Añil para obtener la confesión. Ella aceptó. Como dama… aceptó.
Y cuando su hijo, entre gritos y hechizos, confesó lo que nunca quiso admitir… Ella lo gritó también.
—¡Traidor! ¡Tú no eres mi hijo! —rugó entonces, llena de rabia, de miedo, de orgullo herido. Y lo mandó encerrar. Como si con un encierro pudiera encerrar también su culpa.
Porque había sido un pecado. Imperdonable. El heredero del otoño no podía engendrar al hijo de una unicornio. No bajo su mandato. No mientras existiera la Ley Druídica. Ella era la gran Titania, señora de las hadas, garante del equilibrio faérico. Si permitía que la tradición se rompiese en su propia sangre, ¿cómo exigiría respeto al resto del reino?
Pero luego vino el silencio. Y el vacío. Y los ojos rotos de Carlín. Y la risa ahogada de Drëgo. Y su propia voz… repitiendo el juicio una y otra vez en sus pensamientos.
No había podido detenerlos entonces. No había protegido a su hijo predilecto. No había creído en él. No había defendido a Carlín, testigo inocente de aquella noche, ni lo abrazó cuando todo ardía por dentro. Fue más dama que madre. Y ese error… aún palpitaba.
Y ahora Edrielle comenzaba a volar, cada vez más lejos, sin saber cuán cerca estaba del mismo abismo.
Las estaciones estaban detenidas. Y la culpa, en movimiento.
El vuelo de Titania surcó los cielos silentes de los Jardines Irisados como una pincelada de luz entre los ocres del eterno otoño. Bajo sus alas, las plantaciones de lavanda y las espirales de crisantemos se doblegaban en un susurro grave, como si también ellas quisieran que el invierno llegara ya. Pero no podía. Porque su hijo Carlín no sabía hacer que el otoño cesara. Y ella no sabía enseñárselo.
El Estanque de la Polimorfosis surgió ante sus ojos como una isla antigua en medio del tiempo. Entre los sauces que lloraban luz, el agua permanecía intacta, clara, viva. Alrededor, pétalos de mil colores flotaban sin moverse, suspendidos en un instante detenido. Y en el centro, como siempre, aguardaba él.
El Panda Rojo.
Su pelaje era fuego suave: rojo otoñal, anaranjado de ocaso, con vetas oscuras como corteza. Sus ojos, grandes y sabios, parecían contener en su reflejo todos los recuerdos del mundo faérico. No caminaba: danzaba. No hablaba: cantaba con palabras. Y cuando sonreía, la naturaleza entera se inclinaba a escuchar.
El espíritu alzó la cabeza desde el cerezo, su guarida, y sonrió con la dulzura de quien ha visto pasar los siglos.
—Dama Irisada —saludó con voz suave, casi líquida—. Hacía tiempo que no venías. ¿Vienes por juego… o por pena?
—Por preocupación —respondió Titania descendiendo lentamente y posándose sobre el arriate de las prímulas, las flores de la primavera—. Mis hijos… están perdidos.
El Panda la observó en silencio. Ella bajó la mirada, por primera vez sin orgullo.
—Habassar sigue bajo custodia. Dicen que está a salvo. Pero lo tienen los druidas, y tú sabes cómo funcionan sus ideas de seguridad. —Titubeó—. No sé si lo protegen… o lo retienen.
—¿Y Carlín?
—No puede cerrar el otoño —dijo con voz apagada—. No lo entiende. No sabe. Y yo… tampoco sé cómo ayudarle. Él es un hado de estación, como su hermano. Y sin ellos… no hay ciclo. Solo estancamiento.
El espíritu se irguió sobre sus patas.
—Tú tampoco estás cambiando, Titania. La transformación empieza en ti. El estanque no se mueve… si quien lo invoca permanece rígido.
Ella calló. Miró el agua, vio su reflejo, lo evitó.
—Entonces dime… ¿qué hago?
—Aceptarlo todo —respondió el Panda—. Incluso lo que más temes: que tu linaje está roto, que tu orgullo lo quebró. Y aun así, puedes sembrar.
El Panda Rojo descendió del cerezo con un movimiento casi danzante. Sus patas, suaves y antiguas, acariciaban la corteza como si cada paso invocara una verdad olvidada.
Titania frunció el ceño, sin saber si aquellas palabras eran una condena o un consuelo. Pero el espíritu no la miraba ya: se había acercado al borde del estanque.
—¿Sabes qué pasa cuando el otoño se resiste? —preguntó con voz traviesa— Que empieza a disfrazarse de sí mismo. A fingirse eterno. Pero el estanque no se traga las máscaras, mi señora.
Y entonces, alzó la pata y la agitó levemente.
Las hojas que aún quedaban en los árboles —doradas, cobrizas, rojizas como sangre vieja— comenzaron a caer. Pero no con la pesadez habitual del final del ciclo, sino con una cadencia coreografiada, como si obedecieran a una música secreta. Una a una, tocaron la superficie del estanque… y no se hundieron.
Flotaron. Giraron. Se reunieron. Y, poco a poco, se unieron en una figura clara, poderosa, innegable.
Una letra.
Una C.
Titania dio un paso hacia el borde, sus ojos brillando. La vio. Y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió algo parecido al orgullo.
—¿Una “C”? —preguntó, con la voz entre la duda y la reverencia.
—Una “C” de «Calamburia», de «Competición», de «Corona»… o de «Cambio» —dijo el Panda, revoloteando con su lengua traviesa—. Pero también es una “C” de «Carta», de «Caminante», o de «Candidata».
—¿Me estás dando la entrada al Torneo? —susurró ella.
—Tú te la has dado sola —rió él—. Pero… no deberías ir sola. Llévala contigo.
—¿A quién?
—A Edrielle —respondió el Panda con naturalidad—. Es tiempo de que vea el mundo. De que aprenda lo que cuesta sostener un reino. De que escuche desde dentro.
Titania se quedó quieta. La C flotaba aún. Pero sus alas dejaron de moverse por un instante.
—No —dijo, sin agresividad, pero con firmeza—. No la llevaré.
El Panda no insistió. Solo la miró, como solo miran los seres que saben demasiado: con ternura… y una leve sombra de decepción.
Nunca supo si aquella negativa nació del deseo de proteger a su hija, o del orgullo de no querer compartir el foco. Ni él, ni nadie, lo sabría jamás.
—Entonces… ¿con quién irás?
—Con mis criados —sentenció Titania—. Los Ymodavans. Saben moverse en silencio. Y no harán preguntas.
El Panda Rojo asintió, sin sonrisa esta vez.
Titania extendió la mano. La letra C se deshizo en pétalos que se posaron sobre su palma. El acceso estaba sellado.
Mientras la Dama Irisada alzaba el vuelo, orgullosa y solemne, una figura oculta entre los lirios se deslizaba de nuevo entre los jardines. Edrielle.
Ella lo había oído todo.
Y en su pecho, algo se encendió.
Tenía un propósito.
Liberar a Habassar del cautiverio druídico.
Arrancar a Carlín de las garras de la oscuridad.
Restaurar el ciclo estacional y hacer que el invierno regresara.
Todo eso… mientras su madre, la gran Titania, conquistaba el otro lado del mundo.







