236 – EL OTOÑO QUE NO TERMINA

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EL OTOÑO QUE NO TERMINA

Las paredes del Palacio de Cristal brillaban con un fulgor apagado. Las hadas dormían, pero la reina no. Titania, la Dama Irisada, caminaba por la galería de los espejos, donde las estaciones se reflejaban sin cesar. Se hallaba frente a uno de los ventanales, contemplando sus jardines marchitos. Las estaciones no avanzaban. El otoño se había extendido más de lo debido, y si el invierno se retrasaba demasiado, la primavera, su dominio, parecía temer aparecer.

Vestía una túnica de gasa irisada que caía en ondas suaves, como si estuviese tejida con los propios pétalos de la magnolia. Un cinturón de rosas malvas ceñía su cintura, y una corona de flores frescas —aún perladas de rocío— se entrelazaba con su melena oscura, que caía suelta como un velo de medianoche.Sus alas, hechas de cristal ondulante y traslúcido, se desplegaban con una majestuosidad antigua, reflejando los colores del jardín con un fulgor cambiante, líquido, casi irreal. En su piel clara danzaban pecas diminutas, como si las motas de luz de la primavera se hubieran posado sobre ella para no marcharse jamás.Y en sus ojos… en sus ojos habitaba una mirada afilada, serena, inquebrantable.
La mirada de quien ha amado, de quien ha perdido, y de quien jamás se permitirá fallar otra vez.

—Habéis pedido la presencia de Drëgo, mi señora irisada —dijo el druida con su voz terrosa.

Drëgo apareció entre las columnas como si el mismo bosque lo hubiera invocado. Su sonrisa era tan afilada como su mirada, y su cuerpo se movía con la seguridad del que se sabe necesario. Un brillo verdoso emanaba de la piedra de su colgante y de su barita, como si ambas contuvieran un fragmento atrapado de la mismísima naturaleza. Cada uno de sus gestos estaba medido, elaborado, coreografiado con la precisión de quien sabe que, en los Jardines Irisados, tierra de las hadas, la apariencia también es poder. En la frente, grabada en carne y silencio, relucía una antigua marca arkhana: el sello de la casa Ténebris, legado de impromagia incomprensible para las hadas, invisible para quienes jamás pisaron Skuchaín.

Era imposible saber si Drëgo hablaba en serio o en juego, si ayudaba o manipulaba. Era el ocaso de los jardines, y se notaba.

—Ya ha pasado mucho tiempo desde la conversión de Kárida. Y aún no nos hemos repuesto —la voz de Titania era un susurro afilado—. Lo que era una dama representante de pacotilla de los despreciables cuadrúpedos con cuerno ahora ha decidido erigirse en Reina de la Destrucción, y no sé yo si sabe lo que hace… o si simplemente se ha entregado a una furia que ni ella misma puede contener.

En ese instante, se oyó un chasquido leve, casi imperceptible, como si una flor se hubiera cerrado en mitad de la noche. Titania alzó levemente las cejas, con el oído atento.

—¿Has oído eso?

Drëgo se encogió ligeramente de hombros, sin abandonar su media sonrisa.

—Probablemente cualquier viento de este eterno otoño. Ya sabéis cómo susurra entre los salones.

—O cualquiera de mis torpes criados —resopló Titania—. Ymodavans o Hameshas, siempre hacen ruido. No saben caminar sin molestar… en cuanto les invalidas las alas, son tan torpes como un fauno tratando de esconderse entre lirios.

Pero Drëgo sabía perfectamente lo que era. O mejor dicho, quién. La fragancia de las lilas silvestres en el aire, el leve destello rosado en la penumbra, el crujir de una hoja al doblarse con timidez: todo delataba la presencia de Edrielle. No dijo su nombre. No era necesario. Sabía que la heredera de la primavera estaba allí, escondida tras las columnas enredadas de glicinia, escuchando. Y, en lugar de ocultarlo, decidió aprovecharlo.

Titania dudó, pero no se movió. El silencio se hizo espeso, hasta que ella volvió a hablar:

—No quiero más mentiras. Cuando descubrimos que Habassar había engendrado un bastardo con Karianna, lo encerré para proteger el equilibrio. Vos lo sabéis bien. Y aun así, lo liberasteis sin mi permiso para luchar en el Cataclismo.

—Fue necesario liberarlo para que luchara en el Gran Cataclismo. Drëgo lo liberó porque el equilibrio pendía de un hilo. Y vos, mi señora irisada, lo sabéis —la voz del druida sonaba tranquila, casi suave—. Pero os digo esto: podéis estar tranquila. En contra de lo que todo el mundo cree, Drëgo tiene a Habassar en la Morada de los Druidas. Bajo vigilancia. Drëgo lo tiene a salvo.

Entonces, en la sala contigua, algo se movió con fuerza. Como una ráfaga de pétalos en primavera, Edrielle se zafó de su escondite y se lanzó al aire, atravesando el umbral con un aleteo fugaz. Sus alas, finas como el cristal y veloces como el despertar de una flor al alba, trazaron un destello rosado entre las sombras.

Titania apenas tuvo tiempo de volverse cuando la vio desaparecer tras uno de los corredores de lirios flotantes. El silencio volvió a instalarse en la sala, denso, incierto.

Drëgo no la miró. No hizo falta.

—Confiad en mí, mi señora —repitió, esta vez en un tono más bajo, más íntimo, como quien deja caer una semilla en tierra húmeda—. Vuestro secreto está seguro. Y vuestra descendencia… también.

Drëgo se inclinó, y al darse la vuelta, su sonrisa se ensanchó. No era de cortesía. Ni de alivio. Era una sonrisa afilada, antigua, como tallada en obsidiana. Sabía que su plan había comenzado a moverse. Las alas habían escuchado justo lo que debían oír. La semilla estaba plantada en Edrielle, la más joven de la primavera, y el eco de la duda florecería pronto en el corazón de la heredera.

No dejó tras de sí promesas, sino destino. Y un silencio cargado de propósito.

Titania no se movió. Permaneció junto a la vidriera, inmóvil. Su reflejo en el cristal le devolvía una imagen antigua, casi olvidada. Una mujer más joven, valiente, bañada por la luz de mil colores.

Aquel sonido de alas alejándose… le resultaba familiar.

Cerró los ojos. Y recordó.

Hubo otra noche. Una aún más oscura que esta. Una noche en la que las alas también huyeron, pero no de una sala, sino de una vida.

Recordó el jardín de las sarracenias, el olor dulzón de la traición en flor. Recordó los ojos de Kárida, aún no corrompidos del todo, y la voz grave de Karkaddan acusando a su hijo de haber amado a una unicornio. Recordó el momento en que Drëgo, su consejero, se alió con Öthyn y le propuso dejar actuar a la Dama Añil para obtener la confesión. Ella aceptó. Como dama… aceptó.

Y cuando su hijo, entre gritos y hechizos, confesó lo que nunca quiso admitir… Ella lo gritó también.

—¡Traidor! ¡Tú no eres mi hijo! —rugó entonces, llena de rabia, de miedo, de orgullo herido. Y lo mandó encerrar. Como si con un encierro pudiera encerrar también su culpa.

Porque había sido un pecado. Imperdonable. El heredero del otoño no podía engendrar al hijo de una unicornio. No bajo su mandato. No mientras existiera la Ley Druídica. Ella era la gran Titania, señora de las hadas, garante del equilibrio faérico. Si permitía que la tradición se rompiese en su propia sangre, ¿cómo exigiría respeto al resto del reino?

Pero luego vino el silencio. Y el vacío. Y los ojos rotos de Carlín. Y la risa ahogada de Drëgo. Y su propia voz… repitiendo el juicio una y otra vez en sus pensamientos.

No había podido detenerlos entonces. No había protegido a su hijo predilecto. No había creído en él. No había defendido a Carlín, testigo inocente de aquella noche, ni lo abrazó cuando todo ardía por dentro. Fue más dama que madre. Y ese error… aún palpitaba.

Y ahora Edrielle comenzaba a volar, cada vez más lejos, sin saber cuán cerca estaba del mismo abismo.

Las estaciones estaban detenidas. Y la culpa, en movimiento.


El vuelo de Titania surcó los cielos silentes de los Jardines Irisados como una pincelada de luz entre los ocres del eterno otoño. Bajo sus alas, las plantaciones de lavanda y las espirales de crisantemos se doblegaban en un susurro grave, como si también ellas quisieran que el invierno llegara ya. Pero no podía. Porque su hijo Carlín no sabía hacer que el otoño cesara. Y ella no sabía enseñárselo.

El Estanque de la Polimorfosis surgió ante sus ojos como una isla antigua en medio del tiempo. Entre los sauces que lloraban luz, el agua permanecía intacta, clara, viva. Alrededor, pétalos de mil colores flotaban sin moverse, suspendidos en un instante detenido. Y en el centro, como siempre, aguardaba él.

El Panda Rojo.

Su pelaje era fuego suave: rojo otoñal, anaranjado de ocaso, con vetas oscuras como corteza. Sus ojos, grandes y sabios, parecían contener en su reflejo todos los recuerdos del mundo faérico. No caminaba: danzaba. No hablaba: cantaba con palabras. Y cuando sonreía, la naturaleza entera se inclinaba a escuchar.

El espíritu alzó la cabeza desde el cerezo, su guarida, y sonrió con la dulzura de quien ha visto pasar los siglos.

—Dama Irisada —saludó con voz suave, casi líquida—. Hacía tiempo que no venías. ¿Vienes por juego… o por pena?

—Por preocupación —respondió Titania descendiendo lentamente y posándose sobre el arriate de las prímulas, las flores de la primavera—. Mis hijos… están perdidos.

El Panda la observó en silencio. Ella bajó la mirada, por primera vez sin orgullo.

—Habassar sigue bajo custodia. Dicen que está a salvo. Pero lo tienen los druidas, y tú sabes cómo funcionan sus ideas de seguridad. —Titubeó—. No sé si lo protegen… o lo retienen.

—¿Y Carlín?

—No puede cerrar el otoño —dijo con voz apagada—. No lo entiende. No sabe. Y yo… tampoco sé cómo ayudarle. Él es un hado de estación, como su hermano. Y sin ellos… no hay ciclo. Solo estancamiento.

El espíritu se irguió sobre sus patas.

—Tú tampoco estás cambiando, Titania. La transformación empieza en ti. El estanque no se mueve… si quien lo invoca permanece rígido.

Ella calló. Miró el agua, vio su reflejo, lo evitó.

—Entonces dime… ¿qué hago?

—Aceptarlo todo —respondió el Panda—. Incluso lo que más temes: que tu linaje está roto, que tu orgullo lo quebró. Y aun así, puedes sembrar.

El Panda Rojo descendió del cerezo con un movimiento casi danzante. Sus patas, suaves y antiguas, acariciaban la corteza como si cada paso invocara una verdad olvidada.

Titania frunció el ceño, sin saber si aquellas palabras eran una condena o un consuelo. Pero el espíritu no la miraba ya: se había acercado al borde del estanque.

—¿Sabes qué pasa cuando el otoño se resiste? —preguntó con voz traviesa— Que empieza a disfrazarse de sí mismo. A fingirse eterno. Pero el estanque no se traga las máscaras, mi señora.

Y entonces, alzó la pata y la agitó levemente.

Las hojas que aún quedaban en los árboles —doradas, cobrizas, rojizas como sangre vieja— comenzaron a caer. Pero no con la pesadez habitual del final del ciclo, sino con una cadencia coreografiada, como si obedecieran a una música secreta. Una a una, tocaron la superficie del estanque… y no se hundieron.

Flotaron. Giraron. Se reunieron. Y, poco a poco, se unieron en una figura clara, poderosa, innegable.

Una letra.
Una C.

Titania dio un paso hacia el borde, sus ojos brillando. La vio. Y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió algo parecido al orgullo.

—¿Una “C”? —preguntó, con la voz entre la duda y la reverencia.

—Una “C” de «Calamburia», de «Competición», de «Corona»… o de «Cambio» —dijo el Panda, revoloteando con su lengua traviesa—. Pero también es una “C” de «Carta», de «Caminante», o de «Candidata».

—¿Me estás dando la entrada al Torneo? —susurró ella.

—Tú te la has dado sola —rió él—. Pero… no deberías ir sola. Llévala contigo.

—¿A quién?

—A Edrielle —respondió el Panda con naturalidad—. Es tiempo de que vea el mundo. De que aprenda lo que cuesta sostener un reino. De que escuche desde dentro.

Titania se quedó quieta. La C flotaba aún. Pero sus alas dejaron de moverse por un instante.

—No —dijo, sin agresividad, pero con firmeza—. No la llevaré.

El Panda no insistió. Solo la miró, como solo miran los seres que saben demasiado: con ternura… y una leve sombra de decepción.

Nunca supo si aquella negativa nació del deseo de proteger a su hija, o del orgullo de no querer compartir el foco. Ni él, ni nadie, lo sabría jamás.

—Entonces… ¿con quién irás?

—Con mis criados —sentenció Titania—. Los Ymodavans. Saben moverse en silencio. Y no harán preguntas.

El Panda Rojo asintió, sin sonrisa esta vez.

Titania extendió la mano. La letra C se deshizo en pétalos que se posaron sobre su palma. El acceso estaba sellado.

Mientras la Dama Irisada alzaba el vuelo, orgullosa y solemne, una figura oculta entre los lirios se deslizaba de nuevo entre los jardines. Edrielle.

Ella lo había oído todo.
Y en su pecho, algo se encendió.

Tenía un propósito.

Liberar a Habassar del cautiverio druídico.
Arrancar a Carlín de las garras de la oscuridad.
Restaurar el ciclo estacional y hacer que el invierno regresara.

Todo eso… mientras su madre, la gran Titania, conquistaba el otro lado del mundo.

235 – SALVAR EL MULTIVERSO II

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SLAVAR EL MULTIVERSO II – EL UMBRAL

El anciano Katurian observaba con ansiedad el omnivisor. Había lanzado la señal y ahora tocaba esperar pero, a pesar de su avanzada edad y su particular dominio del tiempo, esa siempre había sido la parte que peor llevaba. Abrió su zurrón y sacó una esfera que relucía con un aura irisada: un pequeño Núcleo-KAT compuesto de prolita pura esferificada y condensada. Siempre le producía fascinación contemplar la prolita. Ese estraño mineral, capaz de ser infundido por el poder arcano, había sido precisamente la clave de la revolución tecnológica en todos los multiversos. La manipulación de la prolita había permitido el almacenaje de un poder capaz de dar vida a los más variopintos artilugios; había dado lugar a la era de lo que el pueblo llano conocía comunmente como la tecnomagia. Sin embargo, para Katurian no había nada divino, extraño ni sobrenatural en la prolita: si bien la mayor parte de materias del universo se dejaban atravesar o afectar por el poder mágico, la prolita era capaz de retenerla y almacenarla para poder ser utilizada en el futuro. Esa capacidad le permitía ser utilizada como una batería de poder y había permitido, entre otras aplicaciones, la construcción de las máquinas del tiempo de bolsillo. Todos los Katurians de la INTERKAT llevaban una. Volvió a observar el fascinante y turbador brillo de la prolita. Si se pensaba bien, su principal virtud no era muy distinta a las propiedades de otros materiales que eran capaces de conducir, e incluso almacenar otras formas de energía. Sin embargo, su descubrimiento y aplicación había alterado casi todos los multiversos conocidos y marcaba en ellos un antes y un después. Suspiró. ¿Acaso el universo no era otra cosa que energía en movimiento? ¿Y acaso la prolita no era una mera forma de domesticar ese movimiento? El anciano miró la esfera entornando los ojos, pensativo. «¿Como algo tan bello y volátil — pensó para sí el anciano inventor—  puede ser a la vez tan poderoso y codiciado?».

Y tan ensimismado se hallaba en sus reflexiones que no pudo evitar que le diera un vuelco el corazón cuando sus tres “yos” multiversales aparecieron tras él casi a la vez y por sorpresa.

—¡Me habéis dado un susto de muerte! —exclamó agarrándose el corazón—. Por un momento pensé que erais los Guardianes…

Ukarin, Kurian y Naruik le miraron visiblemente molestos con su yo del futuro.

—Déjate de monsergas, anciano y ve al grano —espetó Ukarin K-Bum con su cara llena de hollín mientras acariciaba la bomba que llevaba al cinto—. Tengo muchos enanos que matar.

—¡Yo estaba a unos segundos de hacer historia! —se lamentó Naruik con los ojos vidriosos mientras se atusaba su pelo rizado—. Más vale que sea importante.

—Un servidor estaba a punto de arreglar algo muy importante —expuso Kurian cruzándose de brazos en gesto expectante—. Mi civilización podría entrar en un caos sin precedente si no logro…

—¿Creéis que os hubiera reunido aquí si no fuera una cuestión trascendental? —les interrumpió el anciano Katurian con una mirada cargada de reproche—. Tengo ciento dos años y estoy felizmente retirado. Me estoy arriesgando mucho con esto. La prohibición sigue vigente, y si los Guardianes del Tiempo nos encuentran juntos de nuevo no serán tan amables como la última vez.

Los tres jóvenes inventores bajaron la cabeza contritos, aún recordaban todo lo que desató la “última vez” y cómo hubo que disolver la INTERKAT para siempre. Llevaban años sin verse, así que ninguno había dudado en acudir raudo a la llamada del anciano Katurian, fundador de la organización.

—Se trata de la Calamburia 02. Algo extraño ha sucedido, algo sin precedentes —expuso el viejo—. El Katurian de esa variante multiversal ha desaparecido.

—¿Desaparecido sin más? —preguntó Naruik.

—¡Paparruchas, no se puede haber volatilizado! —objetó Ukarin.

—Pues así ha sido y, eso no es lo más relevante: ¡ha desaparecido antes de inventar el Arcángel 8000!

—Pero eso es imposible, sin el Arcángel los demonios habrían conquistado toda Calamburia —sentenció Kurian.

—Precisamente —asintió el anciano Katurian Flemer levantando el dedo huesudo para dar énfasis a sus palabras—. Y ahora, con Katurian desaparecido, solo el cuestión de tiempo que los demonios asolen esa Calamburia. Y lo que es peor, me temo que cuando lo hayan hecho, den con el prototipo del Núcleo-KAT que hay en el Faro Partido. Si eso pasa, podrían incluso utilizarlo para acceder al Umbral y, desde aquí, expandirse por todas las versiones del multiverso.

Naruik, Ukarin y Kurian tragaron saliva.

—Vuestra misión va más allá de los simples trabajos que realizáis en cada uno de vuestros mundos. Os estoy hablando de algo más importante: ¡salvar el multiverso! —sentenció el anciano Katurian con cierto aire épico.

En es instante, una señal luminosa apareció en la pantalla del omnivisor. Era una letra C con tonos anaranjados que parpadeaba.

—Juraría que he visto antes esa señal… —susurró el centenario inventor mesándose la barba pensativo mientras recuerdos de su juventud acudían de nuevo a su anciana mente.

234 – SALVAR EL MULTIVERSO I/π

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SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE π DE CALAMBURIA

Ukarin K-Bum acudió a la Gran Gruta Ambarina respondiendo a la llamada de su líder. La última incursión había sido todo un éxito y todo se debía a la destreza de Ukarin en la fabricación y manejo de los explosivos. Los enanos no volverían a molestarles, al menos mientras se lamían la heridas.

Desde la revolución ya nadie conocía a Stinker Comecobalto con ese nombre, sino que todos se referían a él con su nuevo título oficial: camarada Stinker, Primer Ciudadano de la Subcalamburia. 

Hacía tiempo que Ukarin no visitaba la sala de la Asamblea. La Gran Gruta Ambarina era un prodigio de la ingeniería, lo más cercano a una maravilla del mundo desde que la propia Calamburia, tal y como antes se conocía, desapareciera bajo el calor abrasador de los rayos del sol. Ya nada ni nadie vivía en la superficie por lo que las galerías eran el único vestigio de civilización humana. Sin embargo, y aunque recordara su infancia en el Faro Partido, junto a su hermana Tesla, a Ukarin no le disgustaba su mundo actual. Bueno, salvo por la sopa de líquen y el asado de topo arcano. No soportaba ninguna de esas cosas y ambas solían estar frecuentemente en el menú. Echaba de menos a su hermana, pero estaba convencida de que, de haber sobrevivido a la primera Ola Solar, ella hubiera sobrellevado peor el encierro en el submundo. Aún recordaba su cadáver chamuscado, a pocos metros de la entrada de la mina. Unos pocos segundo más y Tesla Flemer aún seguiría con vida.

Cuando Ukarin entró en la Gran Gruta pudo comprobar la belleza de las columnas de ámbar que apuntalaban el techo. En las paredes, los líderes del nuevo mundo lucían las cabezas de sus enemigos, como antaño hicieron los reyes con las de ciervos y jabalíes. Solo que, en la Gran Gruta, las cabezas disecadas que había habían pertenecido en el pasado a poderosos guerreros enanos. Ukarín avanzó bajo la luz anaranjada de las antorchas y se encontró con él, el camarada Stinker en persona. Estaba sentado sobre un ajado trono de piedra, tallado en la misma roca que se fundía con la sala y lucía su casco de gala, recubierto de piedras preciosas. Sobre su regia figura, a varios metros de altura, se encontraba el más preciado de sus tesoros que exhibía para recordar los principios del nuevo orden: la cabeza de Otalan, el antiguo Señor de los Túneles que tan férreamente se negó a colaborar.

—Katurian Flemer, más conocida como Ukarin K-Bum. Héroe de la Subcalamburia, te doy la bienvenida a la Gran Gruta Ambarina.

—Gracias, Primer Ciudadano.

—Tú puedes llamarme camarada Stinker, Ukarin, estamos en confianza —dijo rebajando su tono solemne ahora que nadie les veía.

—Así lo haré, camarada —asintió—. Me congratula que podamos celebrar la retirada del Escuadrón de Hierro —sonrió la inventora con visible satisfacción—. Parece que ese tal Dagaz no nos causará problemas hasta dentro de bastante tiempo.

—Ese maldito enano, el Titán melle sus desdichadas hachas —masculló con profundo desprecio—, ahora se hace llamar Señor de los Túneles. Sabe que tenemos encerrado a su hermano Isaz y aún así, se niega a negociar. Por si fuera poco, Elga y su maldito gólem nos hostigan de nuevo en la frontera sur. Han vuelto a hundir las galerías —añadió con preocupación en la mirada—. La fundición de prolita ha tenido que detenerse, casi no tenemos existencias en los almacenes.

El tiempo había dado a Stinker una forma de hablar distinta a cuando era un vulgar minero. Ahora había algo de peso y cansancio en todo lo que decía, y también un profundo rencor en sus ojos. Había visto demasiado dolor y sentía cada día sobre sus hombros el peso de la necesaria continuidad de una civilización entera en un mundo donde los recursos eran escasos y más que arduas las condiciones de existencias. Lejos quedaban las eras de opulencia del pasado remoto, los tiempos de los reyes, el oropel y las cosechas abundantes. 

—Sin duda son funestas noticias… —convino Ukarin acariciando la bomba que llevaba al cinto— pero sabremos devolverle la visita a la Dama de Acero. Yo misma podría encargarme, con un destacamento de artificieros.

—Y así será —sentenció el Primer Ciudadano—. Eres nuestro mejor activo, Ukarin. La máxima experta en explosivos, la más fiera de las guerreras y la única garante de la civilización subterránea frente a la amenaza enana. Sin tí… me temo que estaríamos perdidos.

—Partiré en seguida —profirió la inventora con un destello en los ojos—, y Elga lamentará sus actos terroristas contra el progreso de la civilización.

Tras hacer una reverencia a Stinker, Ukarin K-Bom puso rumbo al polvorín, donde podría abastecerse de suficientes explosivos. Sin embargo, mientras caminaba pensó en lo hábil que había resultado la estrategia de la Dama de Acero. Hundiendo las galerías de extracción, había logrado paralizar la producción de nitrato de prolita, por lo que los explosivos pronto empezarían a escasear. Sonrió ante el nuevo reto, lo cierto es que esos enanos habían demostrado ser dignos rivales. En ese preciso instante una leve vibración de su zurrón la arrancó de sus reflexiones. Era la KAT-señal. No era posible, no se habían reunido desde la Prohibición. ¿Le habría pasado algo al anciano Katurian? Atiborró su zurrón de explosivos y programó su máquina del tiempo de bolsillo: había llegado el momento de volver a visitar el Umbral.

233 – SALVAR EL MULTIVERSO I/44

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SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE 44 DE CALAMBURIA

Naruik tragó saliva. Aquella competición sería decisiva en su carrera. Mientras aferraba los mandos de su nave con fuerza, miró de reojo hacia el palco de honor. La reina Galerna lucía un vaporoso vestido blanco con toques dorados. Era tan hermosa y su gesto sereno transmitía tanta serenidad… Su visión sosegó un poco el agitado corazón de Naruik Flemer. La poderosa y sabia reina aisea sonreía con delicadeza a sus súbditos, aiseos y humanos. A su lado, el rey Juliok I ataviado con su manto de piel de oso, se carcajeaba con una emoción casi infantil. La Celebración del Día del Ascenso era su favorita. La efeméride conmemoraba la fecha en que el rey Bóreas decretó que los humanos tenían “alma”, pues ese día lo cambió todo. La civilización humana dio un paso de gigante cuando los poderosos aiseos se apiadaron de ellos y los acogieron en su seno. Años más tarde, tras la fusión de las dos líneas dinásticas, el reino de arriba y el de abajo eran uno solo. Caelumburia era un reino próspero y majestuoso. Las nubes se habían colmado de palacios y jardines flotantes para albergar a las más altas noblezas de ambos reinos, mientras las clases menos favorecidas poblaban los estratos más cercanos al suelo. En el último nivel, la despreciada tierra firme, los hortelanos cultivaban champiñones a la sombra perenne de las construcciones flotantes, pues prácticamente ningún rayo de sol directo rozaba ya la superficie.

Sin embargo, Katurian Flemer, más conocida como Naruik, la Jinete del Viento, no conocía esa árdua realidad. Su lugar estaba arriba, en los estratos altos donde el aire era más puro, la brisa soplaba refrescante y la luz del sol lo bañaba todo. Como estrella de las carreras de dirigible, el espectáculo más popular entre las clases superiores, vivía una vida de lujos y oropeles. Desayunaba todas las mañanas mouse de néctar celestial y huevos de águila blanca sin preocuparse de lo que sucedía más abajo. Tenía incluso su propio taller cerca del palacio Real de Caelum, residencia de los reyes. Lo único que echaba de menos era no poder compartir su dicha con su difunto hermano Teslo. El inventor perdió la vida en un lamentable incidente en el transcurso de una carrera. Cayó desde lo alto de un dirigible, y ni siquiera la reina pudo reaccionar a tiempo para salvarle. Pero tras la pérdida, lejos de darse por vencida, Naruik siguió con su profesión para mantener el legado de su hermano convirtiéndose en la mejor corredora de carreras de dirigible que jamás había existido. Sin embargo, esa competición se auguraba especialmente complicada, pues se enfrentaba a dos rivales muy poderosos, rápidos y tenaces.

A su izquierda estaba Caelen el alquimista calentando los motores de su nave. De él se decía que era un homúnculo con nervios de acero que, gracias a la alquimia, había logrado crear un sistema de propulsión basado en magia y prolita líquida. Su habilidad para tomar acciones arriesgadas sin inmutarse y la arrolladora fuerza de su nave, la Matraz-Veloz, le habían alzado como nueva revelación en las carreras de dirigibles.

A su derecha, se encontraba la princesa Brisa, hermana de la mismísima reina. Su nave sin motor, la Eólida, funcionaba con un simple pero elegante y eficaz sistema de velas que avanzaba propulsada por los propios poderes de la aisea. La princesa era una con su embarcación, lo cual, junto a sus reflejos superiores de ser del aire, la había convertido en la gran campeona imbatida de todas las competiciones. 

Sin embargo, Naruik Flemer —aunque echa un saco de nervios— confiaba en su propio dirigible, el Faro-Celeste. Lo construyó con su hermano cuando todavía eran jóvenes y soñaban con participar un día en las carreras frente a los reyes de Caelumburia. Con su habilidad mecánica, la inventora había aplicado múltiples mejoras a la estructura original que, esperaba, le granjeraran la victoria. Sin embargo, sabía que se enfrentaba a dos titanes de las carreras del aire y que aquella iba a ser la competición más dura y peligrosa en la que jamás había participado.

La Reina Galerna se levantó de su trono con solemnidad e hizo un gesto a su marido Juliok que asintió emocionado. El público contuvo la respiración. La aisea alzó su delicada y poderosa mano hacia la Veleta del Titán mientras los corredores agarraban con fuerza los timones de sus naves voladoras, y con un gesto claro y sucinto lanzó una ráfaga de aire que hizo girar la gran veleta con forma de letra C, cuyos cuernos miraban al cielo. La Veleta del Titán comenzó a girar como si de pronto hubiera enloquecido. Esa era la señal: el inicio de la carrera. 

Los tres corredores lanzaron sus naves a la carrera tratando de poner toda su alma en aquella lid. Se decía que el vencedor recibiría los más grandes honores y que sería inmortalizado por siempre. No solo en canciones, como era tradición; en esta ocasión, los reyes habían prometido construir una estatua del vencedor en oro macizo que sería colocada junto a las de los grandes reyes celestes del pasado.

Brisa salió más rápido que ninguno de sus competidores. Su nave, impulsada por su propio poder, no necesitaba calentar motores. Un instante más tarde, lo hizo Caelen. Su motor de prolita líquida era capaz de alcanzar un punto de aceleración nunca visto y el diseño aerodinámigco de su dirigible garantizaba una gran velocidad punta; tanto que, a pesar de no haber salido el primero, en seguida se colocó en primera posición. Naruik sin embargo, seguía en la línea de salida, sin lograr arrancar el motor.

—¡Por todos los engranajes de la primera máquina del tiempo! —exclamó con visible frustración mientras examinaba el motor—. ¡Oh, ya veo! —se dijo a sí misma mientras apretaba con fuerza una tuerca suelta con su llave inglesa. El motor comenzó a sonar, pero sus competidores le llevaban una notable ventaja. Por ello tuvo que recurrir a su arriesgado as bajo la manga: sacó del bolsillo su máquina del tiempo de bolsillo y extrajo el núcleo-KAT; luego abrió la tapa de la caldera y lo echó al fuego. El tiempo se aceleró de repente en el seno de las propias llamas y la combustión resultante proyectó el dirigible hacia adelante como si hubiera sido arrojado por un cañón pirata. Brisa y Caelen observaron con estupor como eran rebasados por la Jinete del Viento que mantenía el control del timón con notable dificultad mientras sus gafas de piloto impedían que el aire se introdujera en sus ojos y la cegara. Pero entonces, cuando ya pensaba que claramente iba a ganar la carrera, sonó la KAT-señal. Su irritante pitido no pudo pasar desapercibido, ni siquiera en el fragor de la carrera.

—¿En serio? —se lamentó Naruik contrariada.

Se vio obligada a sacar los paracaídas de emergencia que comenzaron a frenar el vehículo.

—Espero que sea una cuestión de vida o muerte o el viejo me las va a pagar… —murmuró entre dientes mientras, con unas pinzas, extraía el núcleo-KAT incandescente de la caldera del vehículo y lo volvía a colocar en su máquina del tiempo de bolsillo. Apretó el botón, y su cuerpo se volatilizó dejando a la Faro-Celeste sin piloto y abandonada sobre una nube.