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EL CUERNO OSCURO II
—¡Este es un lugar sagrado, no se puede derramar sangre aquí! —gritó Breena, el Espíritu del Bosque, tratando infructuosamente de detenerles.
Pero fue inútil. Carlín alzó el vuelo y cargó con toda su furia en dirección a la Dama Blanca, con sus ojos imbuídos en pura sed de venganza. Quercus, que era un guerrero fuerte y de grandes reflejos, lo embistió a tiempo con sus cuernos desviando su trayectoria y lanzándolo por los aires.
Airlía, la Dama Turquesa, se concentró y utilizó su poder de evocación para envolver a al líder de los enanos en una ilusión con el objetivo de descabezar al batallón. En la mente de Otalan se generó una lluvia torrencial que le hizo creer que el túnel que había cavado se inundaba por momentos. Al instante, el anciano Señor de los Túneles creyó estar ahogándose rodeado de peces, pulpos y caballitos de mar.
—¡No sé nadar! ¡Hijos míos, ayudadme! —gritaba con la voz temblorosa mientras Isaz y Dagaz le ayudaban algo confusos por la extraña situación. El anciano enano movía los brazos en el aire como si tratara infructuosamente de salir a flote.
Édera, la Dama Esmeralda de los faunos, utilizó su voz para conjurar una cúpula protectora de espinos alrededor de la Dama Blanca y su hijo.
—¡Así estaréis más seguros, Karianna! —gritó ella.
Sin embargo, Sïyah, el efreet, aprovechó la ocasión para lanzar sus llamas sobre aquel escudo de vegetación. El espino empezó a arder.
—¡Ahora probaréis la justicia de los efreets, Dama Blanca! —sonrió él.
Por fortuna, una ondina reaccionó a tiempo. Con sus poderes extrajo una gran cantidad de agua del arroyo del claro y apagó el incendio evitando que la dama y su vástago sufrieran ningún daño.
—¡Mamá, tengo miedo! —gritó Yardan mientras su madre le envolvía en un abrazo cargado de magia protectora.
Las ancianas, por su parte, concentraron su magia en atacar al grueso de los ejércitos enemigos. Tyria conjuraba piñas piñoneras envueltas en resina mientras Kyara las cargaba con un fuego azulado que las hacía prender de inmediato. Al lanzarlas sobre los enemigos, estallaban sonoramente aturdiendo a todo el mundo e incluso causando alguna baja entre los enanos. En una ocasión, Isaz logró devolver una de las piñas golpeándola con su inmenso martillo. El proyectil salió disparado hacia el bando rival alcanzando a un fauno que cayó en combate perdiendo una de sus pezuñas.
Por su parte Drëgo, Kárida y Karkaddan, en vez de participar en la contienda, parecían observalo todo desde la barrera con una mueca de satisfacción. ¿Tendrían los traidores acaso un as bajo la manga?
Kyara, la antigua Dama Blanca, corrió a socorrer al fauno con sus poderes curativos evitando que se desangrara. Al contemplar a su compañero caído, el batallón de la Dama Esmeralda alzó sus escudos de roble y, a la señal de Quercus, cargaron contra los enanos, que contuvieron su embestida blandiendo sus hachas. Se produjo una escaramuza que terminó con la retirada de los faunos, que también estaban siendo atacados desde el cielo por las hadas con sus rayos. El claro del bosque se estaba convirtiendo en una batalla mágica campal ante los impotentes ojos de Breena que, como espíritu protector del lugar, sentía como propio todo dolor que estaban infringiendo al Bosque Mágico.
Karianna, que hasta el momento solo había dedicado su magia a garantizar la seguridad de su pequeño, miró a Breena a los ojos:
—Cuida de él. Mi pueblo me necesita.
—Sí, Dama Blanca, podéis confiar en mí —respondió el Espíritu Protector—. Nunca dejaré que nada malo le pase.
Karianna agarró con fuerza su báculo, que pareció tomar una bocanada de magia faérica, apuntó al aire donde las hadas revoloteaban lanzando su magia contra los pobres faunos que se batían en retirada y lanzó un fuerte hechizo. El rayo de su báculo salió a una vertiginosa velocidad fulminando el ala de un hado al que cogió completamente desprevenido. Trató de realizar un aterrizaje de emergencia, pero no pudo controlar su trayectoria y vino a caer a los pies de Drëgo. Una mueca retorcida parecida a una sonrisa se dibujó en su sádico rostro.
—Esto no acaba aquí, Karianna —sentenció Drëgo con una mirada llena de oscuridad—. Drëgo ha estado robando magia durante años, ¿creíais que no iba a hacer uso de ella?
—¡Déjate de palabrería, druida! —le interrumpió la Dama Añil con avidez—. Dame lo que me prometiste para que pueda encargarme de la mequetrefe de mi hermana de una vez por todas.
—Será un placer —convino en druida cuyos ojos parecían rebosar energía mágica mezclada con vetas de oscuridad—. ¿Qué pasaría si canalizo parte de la magia que he acumulado todo este tiempo a vuestra nueva señora? ¡Magia condita tenebris dominabitur creabit! —pronunció alzando el báculo de su maestro con las dos manos y apuntando con decisión hacia Kárida. De pronto, una sombra siniestra comenzó a brotar y a rodear a la unicornia.
—¡Sí! —gritó ella extasiada mientras la oscuridad penetraba en ella por todos los poros de su cuerpo. Estaba alcanzando su objetivo—. El Mundo Faérico será mío, como debió haber sido desde el principio si la mequetrefe de mi hermana no se hubiera inmiscuido. ¡Ya siento el poder en mí, que va creciendo poco a poco!
—¡Madre, tienes que detenerla! —suplicó Yardan.
—Con mucho gusto —respondió la Dama Blanca tomando con fuerza su báculo—. ¡No corras tanto hermanita, no permitiré que te utilicen para sus malvados fines!
Un rayo certero y luminoso salió del báculo de Karianna y alcanzó a su hermana, que fue arrojada por los aires para acabar impactando en el suelo.
—¡Lo conseguiste! —celebró Breena sin dejar de abrazar a Yardan.
—¡Maldita metomentodo! —dijo Drëgo borrando la sonrisa de su rostro—, ¿cómo te atreves a interrumpir lo inevitable? ¡Te has ganado ser la primera en morir!
Tomó de nuevo el báculo del Druida Supremo con fuerza y lanzó un oscuro rayo en dirección a la Dama Blanca; pero ella, con sus rápidos reflejos, lanzó otro rayo de luz pura en su misma dirección. Ambos poderes se encontraron y pugnaron durante unos segundos: a veces avanzaba el oscuro y otras el de la luz. El suelo del claro empezó a vibrar ante el choque de semejantes poderes como si se estuviera produciendo un terremoto parecido a los que asolaron el reino durante el último cataclismo. Tal fue la agitación de la propia tierra que todos los presentes tuvieron que echarse al suelo. La unicornia y el druida siguieron haciendo fluir su magia ante los atónitos ojos de los presentes. Sin embargo, tras unos instantes, el tenaz rayo de energía luminosa que emanaba del báculo de Karianna empezó a hacer retroceder al de Drëgo, que observaba contrariado cómo su poder se debilitaba.
—No puede ser… —maldijo el malvado druida—. He empleado demasiada magia en mi proyecto y ahora no puedo doblegar a esa maldita unicornio.
—Haberlo pensado antes —lanzó Karianna triunfante mientras hacía retroceder a su enemigo y lograba desarmarlo—. No te preocupes, tendrás mucho tiempo para meditar sobre tu traición en las mazmorras de la torre arcana. Kórux, el Archimago, se alegrará de volver a verte.
A unos metros de distancia, Karkaddan trataba de reanimar a Kárida.
—Querida, ¿estás bien? —preguntó ante el cuerpo inmovil de su esposa caído al suelo tras el impacto del rayo lanzado por su hermana.
—No siento a la Dama Añil, no percibo su energía —dijo Tyria a Kyara mientras ambas se parapetaban tras un árbol—. Es como si hubiera… desaparecido.
—¿Mi hija ha muerto? ¡Yo os maldigo a todos y cada uno de vosotros! —espetó la antigua Dama Blanca apretando los dientes con rabia.
Sin embargo, en ese mismo momento, la silueta de Kárida comenzó a flotar en el aire envuelta por un halo de oscuridad que parecía haberla hecho tan ligera como una pluma. Sus ropas, lejos del añil que antes lucía, estaban ahora teñidas de negro y su cuerno, antes azulino y resplandeciente, brillaba ahora con un relucía oscuro y tenebroso.
—¡Drëgo lo ha logrado, admirad su creación final! Dad la bienvenida a… —anunció con gesto teatral mientras entregaba con una reverencia el báculo del Druida Supremo a su nueva creación—. ¡La Dama Negra!
La majestuosa unicornia había cambiado su tradicional elegancia por una mirada sádica repleta del más profundo de los odios. Caminó con la suavidad de una pantera hacia su hermana, que aún sostenía el báculo de la Dama Blanca. Tras ella, las damas y sus ejércitos se preparaban para lo peor.
—¿Quién es ahora la que corre demasiado? —murmuró la antigua Dama Añil justo antes de elevar el arma que había recibido de manos de Drëgo. Una onda expansiva de energía oscura lanzó a todo el mundo por los aires e incluso partió algunos troncos de los árboles cercanos. Todas las Damas saltaron por los aires, a excepción de la Dama Blanca, que se mantenía dentro de un escudo protector que los protegía a ella, a su hijo Yardan y a Breena.
—No puede ser, Kárida… —se sorprendió Karkaddan ante el inmenso poder que ahora poseía su esposa.
—Ha derribado a las damas de un solo golpe —advirtió Dagaz mientras se levantaba y se sacudía el polvo.
—Suerte que madre está de su bando —le respondió Isaz utilizando su maza de guerra para levantarse.
—Razas fieles —profirió la Dama Negra tras su evidente muestra de poder—, seguidme. Ignoremos a estos seres insignificantes. Para empezar, acudiremos todos a la Morada de los Druidas donde Drëgo podrá recargar su magia. Allí, las damas reorganizarán su ejército. Luego nos dirigiremos hacia la Aguja de Nácar y tomaremos el trono. La Dama Negra gobernará el Reino Faérico en una nueva era de gloria.
El príncipe Carlin se acercó a algunos de sus compañeros que aún se estaban poniendo en pié:
—Un hado siempre está del lado de los vencedores —sonrió con gesto macabro—. ¡Vamos efreet, avisa a la Dama Carmesí! —dijo a Sîyah, que asintió con rapidez y desapareció en un remolino de llamas—. Y vosotros, enanos, volved a la Forja Arcana y avisad a la Dama de Acero. Yo correré a llevar la gran noticia a la dama de las hadas.
Kárida, Drëgo y sus seguidores abandonaron el claro dejando tras de sí un paisaje desolado. Cuando se hubieron retirado, Karianna clavó una rodilla en el suelo y la barrera protectora se disipó. Estaba agotada y no solo físicamente.
—Es muy poderosa, es necesario que nos reagrupemos —aconsejó Breena ayudando a Édera a ponerse en pie.
—Nos ha atacado a traición —dijo la Dama Esmeralda—. No hemos podido defendernos, pero la próxima vez estaremos preparadas
—Debemos volver a la Aguja de Nácar antes de que estén listos para su siguiente ataque —sentenció Kyara—. Es necesario alertar al resto de ancianas faéricas. Nos apoyarán en esta guerra.
—Un ataque contra sus iguales, las damas faéricas e incluso contra su anciana madre… —se lamentó Airlia, la Dama Turquesa, mirando con ternura a la Dama Blanca—. Definitivamente vuestra hermana ha cruzado una línea de no retorno.
—Creo que hace tiempo que la cruzó —reflexionó la Dama Blanca, que no solo había confirmado las sospechas respecto a la traición de Kárida, sino que había comprobado que su fidelidad a Drëgo era inquebrantable y su ambición infinita—, pero no será fácil vencerlos ahora que cuentan con tanto poder —dijo cabizbaja.
—Pero es necesario que lo intentemos, madre —dijo Yardán con una convicción que su madre nunca antes había percibido en sus ojos—. El futuro de nuestro mundo está en juego.

