191 – LA ECDISIS DEL ESCORPIÓN I

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LA ECDISIS DEL ESCORPIÓN

La noche se cernía sobre el desierto de Al-Yavist y todas las hijas del Escorpión de Basalto se habían reunido para jurar lealtad a Nashel, la mayor de ellas. El comandante del desierto se había ausentado años atrás, tras el enlace de su primogénita Melindres con el difunto rey Sancho y, tras años de búsqueda, Nashel había decidido ceder a las presiones de los nómadas y aceptar su jefatura. 

Ella era la segunda hija del temido Arishai y la que siempre le ayudaba con las cuestiones organizativas del clan. Melindres, su primogénita e hija de la Marquesa Von Vondra, había conseguido el ansiado Trono de Ámbar y el señor del desierto había legado la comandancia de los nómadas a su querida Nashel. Desde el día de su nacimiento la niña encandiló al peligroso guerrero, que no dudó en pedir a su djinn y protector personal una bendición para ella. Éste le lanzó un poderoso hechizo que dotó a la pequeña de magia para dar forma a las arenas a su voluntad. Durante el ritual, a la bebé le empezaron a brillar los ojos con la intensidad de un incendio. Es por ello que la apodaron la flor de fuego, la primera de las flores del desierto.

Los años pasaron y Nashel demostraba día a día ser digna hija de su padre. Asistía siempre a las reuniones de gobierno y con los jefes de otros clanes y compartía su ambición de gobernar toda Calamburia. A la tierna edad de quince años, ya se había convertido en una experta estratega y diplomática. Desde entonces su padre delegaba en ella cuestiones menores del clan o la jefatura del mismo cuando él se iba a batallar, hasta el día que partió para asistir al enlace de Melindres con el Rey Sancho y nunca regresó. Esa vez, temiendo por su seguridad, le hizo jurar lealtad hacia la reina Melindres y prometer que los nómadas siempre la protegerían. Aunque ella odiaba a su hermana mayor, a la que su padre tanto admiraba, cumplió su promesa.

Siguiendo los deseos de su padre, Nashel decidió preparar a dos de sus más hábiles hermanas para enviarlas al Palacio de Ámbar a asegurar el bienestar de la joven reina. Mandó llamar a Shuaila y Shuleyma, quienes se presentaron de inmediato en la jaima de la nueva jefa. Eran las más astutas de las Diez elegidas, el grupo de guerreras de élite que protegían al comandante de los nómadas.

Las dos hermanas nacieron en el mismo momento en la misma jaima, pero de distintas madres. Ya de niñas demostraron tener grandes habilidades en la lucha y pronto se convirtieron en las más fieras guerreras del batallón. Bajo su sensual y delicada apariencia, se escondían dos letales e implacables mujeres.

Shuaila era una verdadera maestra en el uso de cuántas armas caían en sus manos, aunque el puñal era su favorita. Ella fue la encargada de adiestrar al resto de sus hermanas en el combate. Por su parte, Shuleyma nació con un gran talento para las artes, especialmente la música. Con apenas diez años ya hablaba siete idiomas, que había aprendido escuchando a los comerciantes y viajeros que atravesaban el desierto. No obstante, soñaba con convertirse en una de las mejores guerreras de Calamburia. Es por ello que empezó a observar a su padre y a su hermana Shuaila y rápidamente aprendió a imitar todos sus movimientos de combate.

—¡Shuaila, Shuleyma! —dijo Nashel con firmeza— Tengo una importante misión para vosotras.

—Dinos, hermana —respondió Shuaila con curiosidad.

—Como sabréis, Melindres dio a luz hace cinco años y teme que los nobles de la corte puedan urdir alguna intriga que ponga en peligro el bienestar de los tres infantes. Ahora que son solo unos niños de cinco años, están protegidos entre muros y nodrizas, pero en cuanto empiecen a salir al mundo estarán expuestos a mayores peligros —explicó Nashel—. Por eso, la reina ha solicitado que prepare a conciencia a un par de fieles guerreras para que, cuando sus hijos alcancen la juventud y comiencen a abandonar la seguridad de su aposentos, sean  protegidos en todo momento.

—¿Qué debemos hacer? —preguntó Shuleyma ansiosa por conocer los detalles.

—Tendréis que instruiros —declaró la comandante—. Será una misión en la que tendréis que prepararos a fondo durante el próximo lustro. Sois astutas, hábiles y letales, pero habréis de pasar desapercibidas. Nadie deberá saber que sois las hermanas de la reina. Os haréis pasar por cortesanas y, desde la cercanía con los infantes que os dará vuestra posición, cuidaréis de nuestra hermana y su familia. Además —continuó— tengo otra misión especial para vosotras. Quiero que seáis mis ojos y mis oídos en la corte. Quiero saber absolutamente todo lo que ahí acontece. ¿Lo tenéis claro?

—Sí, hermana —asintieron las dos al unísono.

A la mañana siguiente, Shuaila y Shuleyma prepararon un pequeño zurrón y emprendieron la marcha hacia la Aldea Libre, donde comenzarían su preparación. El lugar indicado por Nashel era un famoso lupanar donde recibirían la primera parte de su instrucción. También recibieron una lista de ingredientes que debían recoger por el camino, parte del pago que Nashel había pactado con la que sería su anfitriona.

Atravesaron las peligrosas Marismas de la Confusión, donde Van Bakari y las temidas amazonas reinaban con terror. Gracias a sus habilidades, pasaron desapercibidas y pudieron recoger lirios de agua, flores de loto, nenúfares y diversos tipos de juncos en el sinuoso río; según imaginaron, hierbas necesarias para preparar elixires de fertilidad, abortivos y filtros de amor.

Al llegar, fueron recibidas por Kávila, una preciosa mujer rubia de severos ojos castaños, zíngara exiliada del clan que ahora trabajaba como celestina y regentaba el lupanar. Kávila aceptó instruir a las hermanas a cambio de protección, ingredientes para sus pociones y la recuperación de cierta reliquia zíngara.

Tras entregar la carta de Nashel, la celestina las condujo a su habitación.

—Como os ha informado vuestra hermana —declaró Kávila— estaréis a mi cuidado hasta que os convirtáis en verdaderas expertas en las artes amatorias. A cambio, deberéis cumplir con la entrega de las hierbas e ingredientes necesarios para mis brebajes y, al final de vuestra instrucción, la reliquia zíngara que me habéis prometido.

Las lecciones comenzaron de inmediato. Kávila les proveyó de ropajes cortesanos y les enseñó exóticas danzas y trucos de seducción. Shuleyma destacó en la danza donde brillaba por sus sensuales y sinuosos movimientos; mientras Shuaila se mostró especialmente capaz en persuadir a los clientes para que cumplieran sus deseos.

Durante los tres años que estuvieron al servicio de la zíngara en el lupanar, las hermanas aprendieron todo sobre el arte de la seducción, perfeccionando sus habilidades para la misión que Nashel les había encomendado.

Finalmente, llegó la última noche. El aire estaba cargado de una expectación mágica y misteriosa cuando Kávila se acercó a ellas, esperando el cumplimiento final del trato. Con reverencia, Shuaila y Shuleyma presentaron la reliquia: una antigua baraja de cartas zíngaras, llena de símbolos y runas, que emanaba una magia oscura y poderosa.

—Por fin han vuelto a mí las cartas de mi clan. Esta vez, nadie podrá arrebatármelas de nuevo —dijo Kávila, sus ojos brillando con una mezcla de alegría y determinación.

—Nuestro padre pagó un alto precio a Myrtille Lebeau, la coleccionista, para conseguirla —dijo Shuaila mientras entregaba la baraja con una voz cargada de tensión.

—Tuvo que entregarle una antigua piedra que estaba en posesión de los zíngaros desde hacía muchas generaciones. Se dice que esta formada de un mineral originario del mismo inframundo —añadió Shuleyma con una mezcla de solemnidad y resignación en su tono. Ambas hermanas sabían que el sacrificio de su padre había sido grande y que el intercambio no les favorecía, pero la importancia de su misión requería tales actos.

—Gracias, hijas de las arenas. Todos saben que no está en mi naturaleza de celestina hacer regalos —dijo irónicamente Kávila—, pero os habéis ganado mi favor. Permitidme ofreceros una visión del futuro para vuestra hermana, la reina.

Antes de que Suhaila y Shuleyma pudieran responder, Kávila abrió la baraja y, al instante, la atmósfera cambió. Un humo oscuro y denso llenó la habitación, sombras danzaban en las paredes y el aire se cargó de una energía siniestra. La celestina comenzó a pronunciar salmos antiguos de los zíngaros, sus ojos se pusieron en blanco y su voz resonó como si viniera desde las profundidades del Bosque de la Desconexión. Tomó tres cartas de la baraja y volteó las dos primeras: la carta del sol coronado y la del árbol cortado.

—“El infante no llegará a adulto —profirió con una voz cavernosa que ni siquiera recordaba a la que las hermanas estaban acostumbradas a escuchar en ella— y, por sus acciones, morirá ejecutado por alguien de sangre real.”

—Juramos por el Aguijón del Escorpión que transmitiremos la profecía a la reina —dijo Shuaila, y Shuleyma asintió con determinación.

—No tan deprisa, aún falta una carta —dijo volteando la última de trío que había extraído: la luna carmesí. La miró largamente y con curiosidad.

—Mmm… interesante —murmuró la zíngara.

—¿Qué sucede? —apremió Shuleyma.

—¿Son malas noticias? —preguntó a su vez Shuaila con expectación.

—Según esta carta —expuso Kávila— debéis tener en cuenta que solo podréis entregar el mensaje a la reina la luna antes del décimo cumpleaños de los infantes. Hasta entonces, deberéis mantener este conocimiento en secreto. Si no respetáis esta condición, os arriesgáis a que caiga sobre ellos una terrible maldición  —les advirtió con una voz cargada de misterio.

Las palabras flotaron en el aire antes de que la atmósfera volviera a la normalidad, y el humo y las sombras se disiparon como si hubieran sido absorbidos por los naipes. Las hermanas dialogaron con solemnidad.

—Entendido, maestra —asintió la Shuleyma con firmeza intercambiando una mirada con su hermana—. Guardaremos la profecía y la entregaremos en el momento justo.

—Nos aseguraremos de cumplir con esta misión, por el bien de nuestra hermana y de sus hijos —añadió Shualia reafirmando su compromiso.

Sabían que esta visión quizás podría evitar el infausto destino de su hermana y de los nómadas, y con esta nueva información, se prepararon para continuar su viaje y cumplir su misión.