Personajes que aparecen en este relato

EL SELLO DE SANGRE VELADA
Los peldaños crujían bajo sus pies, castigados por la violencia que sacudía la Torre.
Baufren, duende mayor del claustro, ascendía a grandes zancadas por la escalera de piedra. Su sombrero alto, morado y ladeado rozaba las paredes abovedadas en cada giro, mientras la chaqueta roja, de paño aterciopelado y botones desparejados, ondeaba tras él. Llevaba el Libro de la Sabiduría sujeto contra el pecho y lo apretaba con tanta fuerza que su temblor se confundía con el de sus manos.
Los duendes no utilizaban varitas. Su magia se sostenía mediante la voz, la memoria y ciertos objetos capaces de conservar una voluntad durante siglos. La de Baufren poseía un poder considerable, aunque pagaba por él con lagunas cada vez más frecuentes. A veces olvidaba los nombres de sus propios conjuros; otras, se perdía en pasillos que él mismo había ayudado a diseñar.
Sin embargo, todavía conservaba recuerdos que ninguna defensa de su mente había logrado borrar. Entre ellos permanecían el rostro de Periandro y las palabras que le había dirigido unas horas antes.
Tres duendes más jóvenes trataban de seguirle el ritmo. El primero portaba las piedras luminosas necesarias para el ritual; el segundo cargaba varios frascos de protección, cuyo contenido tintineaba con cada tropiezo, y el tercero repetía en voz baja las fórmulas que tendría que sostener si la memoria del duende mayor llegaba a traicionarlo.
Antes de iniciar el ascenso, Baufren había encontrado a Viriato en los niveles inferiores. El erudito comprendió la gravedad de la situación en cuanto supo que Periandro no parecía dueño de sí mismo y que ninguno de los tres hermanos había regresado del Salón de Evaluaciones.
Viriato no podía proteger el ritual mediante la magia, pero todavía podía reunir a quienes protegieran el ritual. Baufren le pidió que enviara ayuda y emprendió la subida sin esperarla. Si los Sibyla continuaban allí, cada minuto podía fortalecer aquello que los retenía.
Uno de los jóvenes miró el Libro antes de atreverse a hablar.
—Duende mayor, ¿está seguro de que siguen en el salón? A veces recuerda cosas que no han pasado.
—Quizá lo de antes fue un malentendido —añadió otro—. O un recuerdo antiguo. ¿Y si solo se lo ha imaginado?
La pregunta quedó suspendida entre ellos. Baufren todavía escuchaba la voz de Periandro.
«Eres solo un maldito duende. Una creación mágica defectuosa. Nada natural. Nada necesario».
Apretó el Libro hasta que los nudillos le crujieron.
—No fue un recuerdo inventado ni una alucinación. Era Periandro, mi antiguo alumno, el más brillante de cuantos han pasado por esta Torre.
Sus ojos se perdieron durante unos instantes, atrapados por una escena que ya no pertenecía al presente.
Lo recordó de pie frente a él, todavía joven, con la túnica amarilla desordenada sobre los hombros. La vestían los descendientes de los primeros discípulos de Theodus, aunque aquel atuendo no representaba un privilegio. Pertenecer a la casta Primus exigía una mente capaz de estudiar la magia hasta alcanzar sus fundamentos.
Pocos eran admitidos, y Periandro había sido uno de ellos.
Era el sobrino de Minerva, el muchacho que no abandonaba el aula al terminar las clases y permanecía allí para formular preguntas que los libros aún no habían contestado.
Entre todos aquellos recuerdos, Baufren conservaba con especial claridad una tarde en la que el adolescente regresó cubierto de polvo y sol. Había descendido hasta los límites donde la Torre rozaba el desierto de Al-Yavist y traía una raíz seca atravesada por un tenue resplandor azul. La depositó sobre la mesa con el cuidado reservado a las incógnitas.
—Maestro, si algo ha crecido fuera de toda lógica, ¿significa eso que la lógica está incompleta?
No buscaba provocar ni cuestionar cuanto había aprendido. Necesitaba comprender aquello que escapaba a las clasificaciones y llevar la magia más allá de su uso, hacia el saber.
Aquella tarde, Baufren comprendió que Periandro no se conformaría con ser mago. También sería erudito.
De aquellos años conservaba el respeto silencioso que se había tejido entre quien enseñaba y quien deseaba aprender. Sin embargo, el fuego que había conocido en los ojos de Periandro se había convertido en hielo unas horas antes.
—Era su cuerpo —murmuró mientras los jóvenes aguardaban una explicación—, pero él no estaba allí. Me expulsó y me humilló. Me miró como a un estorbo, como si ya no quedara en mí nada digno de su atención.
Los tres bajaron la mirada. El menor tardó unos segundos en reunir el valor necesario.
—¿Y por qué no hizo nada?
Baufren levantó ligeramente el Libro. Las runas de la portada proyectaron un resplandor tenue sobre su rostro.
—Porque entonces no tenía esto. No pude detenerlo, pero quizá todavía pueda traerlo de vuelta.
Reanudó el ascenso. Viriato enviaría ayuda; él debía asegurarse de que, cuando llegara, aún quedara alguien a quien proteger.
Las escaleras desembocaron en un rellano amplio, flanqueado por ventanales rotos que dejaban entrar la luz incierta del crepúsculo. El aire olía a ozono y a piedra herida. Frente a ellos, la puerta del Salón de Evaluaciones —habilitado días atrás como nueva cámara de teleportación— estaba entreabierta.
Más allá del umbral reinaba un silencio impropio de una Torre asediada.
Baufren levantó una mano arrugada y los jóvenes se detuvieron al instante. Después se acercó a la puerta y empujó la hoja con cautela.
La madera cedió sin oponer resistencia.
Dentro, el círculo arkhano seguía grabado en el suelo. Sus runas permanecían intactas, aunque el brillo del contorno se había vuelto opaco, debilitado por una magia que había consumido su energía sin destruirlo.
En el centro, sobre el mármol gastado por generaciones de exámenes, yacían los tres cuerpos.
Aurora, Periandro y Carmélida permanecían tendidos unos junto a otros, sin heridas visibles ni señal alguna de conciencia.
—Por las ramas del primer Roble… —murmuró uno de los duendes.
Baufren cruzó la estancia y se arrodilló junto a Periandro. Los rizos plateados le caían empapados de sudor y la chaqueta roja estaba cubierta de polvo. Apoyó una mano temblorosa sobre la frente de su antiguo alumno.
—No están muertos, pero sus conciencias ya no permanecen en sus cuerpos.
—¿Entonces…?
—Las han desplazado y encerrado en otro lugar.
Rozó la muñeca de Carmélida y percibió un pulso lento. Aurora tenía los labios entreabiertos, detenidos en el intento de pronunciar una palabra que nunca llegaba a formarse.
Baufren cerró los ojos para examinar los residuos mágicos adheridos a los tres.
—Hay dos fuerzas entrelazadas. Una voluntad demoníaca ha deformado sus vínculos, y una magia zíngara ha utilizado esas emociones para encerrarlos.
El joven que sostenía los frascos observó los cuerpos.
—¿Puede liberarlos?
Baufren depositó el Libro de la Sabiduría sobre la losa y abrió la cubierta con cuidado. Las páginas se resistieron al movimiento. Bajo sus dedos, la tinta comenzó a desplazarse por los pergaminos en busca de la fórmula adecuada.
Entre todos los duendes de la Torre, él era quien mejor comprendía aquella clase de magia, aunque nunca la hubiera estudiado. Su propia existencia había nacido de fuerzas semejantes.
Defendra y Aurobinda, hermanas de Theodus, lo habían creado durante su juventud, cuando todavía jugaban con poderes cuyo alcance no comprendían. Baufren había conocido la oscuridad desde dentro y, cuando consiguió liberarse, selló parte de sus recuerdos para conservar la cordura.
Muchos atribuían sus olvidos a la edad. En realidad, eran las defensas que había levantado contra su pasado.
La tinta se detuvo sobre una página atravesada por tres círculos. Cada uno se cerraba sobre sí mismo y se alimentaba de una emoción distinta.
—El Sello de Sangre Velada.
Antes de que pudiera examinarlo con mayor detenimiento, unos pasos precipitados resonaron al otro lado de la puerta.
Drawets apareció cubierto de ceniza y sangre seca, con la daga todavía en la mano. Cristóforo entró detrás de él y apoyó el trabuco contra el hombro mientras inspeccionaba cada rincón del salón.
—Viriato nos ha enviado —explicó el pirata—. Ha dicho que necesitarías protección.
La tensión cedió ligeramente en los hombros de Baufren. Viriato había cumplido su promesa.
Drawets vio los cuerpos y perdió toda ligereza.
—¿Qué les han hecho?
—Continúan vivos, pero están atrapados en una prisión construida con sus propias emociones. Si intento abrirla, no podré defender el círculo.
Cristóforo observó las líneas de tinta sin apartarse de la entrada.
—¿Cómo funciona?
—Alguien deformó los vínculos que existían entre ellos: el orgullo, el resentimiento, la culpa y los años de silencio. Después utilizó esas emociones para encerrarlos. El Libro puede abrir una grieta, pero ellos tendrán que atravesarla.
Drawets recorrió con la mirada los tres cuerpos y después examinó los accesos.
—Entonces procura traerlos a los tres. No hemos subido hasta aquí para elegir a quién dejamos atrás.
Cristóforo cerró la puerta y atravesó los tiradores con una barra desprendida de uno de los pupitres.
—Haz lo tuyo, duende. Nosotros impediremos que nadie lo interrumpa.
Drawets se apostó frente a los ventanales rotos, desde donde podía vigilar las galerías superiores.
Baufren pidió a los tres jóvenes que ocuparan sus posiciones. El primero distribuyó las piedras luminosas alrededor del círculo arkhano; el segundo vertió las protecciones sobre las runas dañadas, y el tercero se situó junto al duende mayor, preparado para repetir las fórmulas si su memoria llegaba a fallar.
El más joven observó a los hermanos.
—¿Y si no pueden oírnos?
Baufren mantuvo los ojos sobre el Libro.
—Entonces los llamaremos hasta que recuerden que todavía existe un camino de regreso.
Las piedras comenzaron a emitir un resplandor débil. La magia duende no descendía en forma de rayos ni estallaba entre llamas; nacía de voces bajas, objetos cargados de memoria y antiguos acuerdos entre la voluntad y la materia.
Baufren apoyó ambas manos sobre los márgenes de la página.
—Cuando empiece, no rompáis el círculo, aunque escuchéis sus voces o creáis que os piden que os detengáis.
Los tres asintieron.
Las páginas se agitaron con violencia y solo se detuvieron al alcanzar un pergamino cuyos signos cambiaban de posición. Baufren pronunció la primera fórmula con una fuerza que hizo vibrar los cristales rotos de los ventanales.
Las piedras se encendieron y una línea de luz rodeó a los hermanos Sibyla.
El sello respondió mediante una presión oscura que obligó a Baufren a inclinarse sobre el volumen. Las letras comenzaron a desaparecer bajo sus dedos y una de las piedras perdió intensidad.
—¡Mantened la luz!
Los jóvenes afirmaron sus posiciones. El tercero repitió la última fórmula mientras Baufren buscaba las palabras siguientes en su memoria. El Libro trató de cerrarse, pero el duende mayor clavó los dedos en la cubierta y elevó la voz hasta recuperar el control.
La resistencia cedió con una sacudida que abrió una grieta bajo sus rodillas. La tinta se extendió por la página y dibujó tres trazados, uno por cada cuerpo.
Cada fórmula arrancaba una pulsación de luz al círculo y consumía parte de sus fuerzas. Al alcanzar la última, Baufren tuvo que apoyarse sobre el Libro para no caer.
—Abrid el camino —pronunció con la voz quebrada—. Yo los traeré de vuelta.
La luz de las piedras y el resplandor del Libro lograron enlazarse. Un latido recorrió las losas y la primera línea de tinta se desplegó sobre la página.
La tinta dibujó a un hombre con una túnica amarilla, aislado en lo alto de una Torre vacía. Las puertas permanecían abiertas a su paso y los libros que lo rodeaban mostraban páginas sin palabras. Tras el único umbral cerrado aguardaba una figura pequeña con un sombrero ladeado.
Baufren reconoció a Periandro.
Dentro del sello, las palabras con las que había expulsado a su antiguo maestro resonaban una y otra vez.
«Eres solo un maldito duende. Una creación mágica defectuosa. Nada natural. Nada necesario».
La prisión había convertido su orgullo en desprecio y lo había encerrado en una Torre construida para él solo.
No había alumnos ni profesores. Tampoco quedaban hermanas capaces de discutir sus decisiones. Cada pasillo respondía a su voluntad y cada puerta se abría antes de que la tocara.
Al principio, aquella obediencia le había producido alivio.
Nadie cuestionaba el plan. Nadie le recordaba cuánto tiempo había permanecido lejos ni cuántos problemas habían surgido durante su ausencia. Podía proteger la Torre sin soportar la lentitud de quienes no comprendían lo que debía hacerse.
Sin embargo, la soledad creció con cada corredor.
Las aulas estaban vacías, los retratos apartaban la mirada cuando él pasaba y las páginas de los libros se volvían blancas en cuanto intentaba leerlas. Todo cuanto había pretendido salvar permanecía allí, pero ya no quedaba nadie con quien compartirlo.
Entonces escuchó la voz de Baufren.
Al principio creyó que formaba parte del hechizo. Después regresaron las tardes que había pasado en su aula, las preguntas que el duende nunca se cansaba de responder y la confianza con la que defendió que él podía llegar a ser erudito.
Las palabras pronunciadas contra su maestro volvieron a cercarlo. La voz que sostenía la prisión insistía en que nadie estaba a su altura y en que solo él podía salvar la Torre.
Baufren continuó llamándolo desde el otro lado.
Periandro dejó de combatir la oscuridad y pronunció las palabras que su orgullo le había impedido decir cuando el duende cruzó por primera vez aquella puerta.
—Ayúdame, maestro.
La oscuridad se agrietó alrededor de su voz. El desprecio perdió consistencia y, a través de la abertura, Periandro alcanzó la luz del ritual.
En el centro del círculo, su cuerpo se arqueó bajo el empuje de una fuerza invisible. Una bocanada de aire regresó a su pecho y le arrancó una tos áspera. Sus ojos se abrieron mientras intentaba distinguir dónde terminaba la prisión y comenzaba la realidad.
Cuando reconoció al duende, trató de incorporarse, pero los brazos no lograron sostenerlo.
—Maestro…
Baufren mantuvo una mano sobre la página y utilizó la otra para impedir que se levantara.
—Permanece dentro del círculo.
Periandro obedeció. La vergüenza lo obligó a apartar la mirada, aunque solo consiguió hacerlo durante unos segundos.
—Recuerdo lo que te dije. Estaba dentro de mi propia cabeza, escuchándolo todo, y aun así no pude detenerme.
El rostro del anciano se tensó.
—Entonces procura que lo próximo que digas te pertenezca.
Periandro asintió. Baufren no lo había absuelto, pero tampoco retiró la mano de su hombro.
La segunda línea de tinta comenzó a moverse.
Sobre la página apareció la silueta de una niña pequeña sostenida entre dos brazos. A cierta distancia, un hombre permanecía oculto tras una sombra que no llegaba a alcanzarlas.
Dentro del hechizo, Carmélida reconoció a Efélide y se encontró de nuevo en el Monasterio Cóncavo.
Efélide volvía a ser una niña y caminaba tras ella por los corredores, formulando las mismas preguntas que Carmélida nunca había podido responder.
«¿Por qué mi padre no viene a verme?».
«¿Era un cobarde?».
«¿Está muerto?».
Cada pregunta conducía hasta Periandro, que aguardaba al final del pasillo y repetía que todo había sido necesario. La seguridad de su voz alimentaba la ira de Carmélida, porque detrás de aquella necesidad permanecían los años durante los que ella había consolado a la niña con respuestas falsas.
El sello insistía en una sola idea: Efélide había sido una pieza del plan y Carmélida, el escondite elegido para protegerla.
La voz de Baufren consiguió alcanzarla cuando el resentimiento ya ocupaba todo el corredor.
Carmélida miró a la niña aferrada a su hábito. Efélide seguía esperando una respuesta, pero la alquimista dejó de mirar hacia Periandro y se arrodilló ante ella.
Recordó las noches que había permanecido despierta junto a su cama, las lecciones, las reprimendas y la forma en que la niña buscaba su mano cuando tenía miedo. Periandro había elegido el engaño. Aquellas noches y el amor con el que Carmélida había criado a Efélide le pertenecían únicamente a ella.
Al incorporarse, sostuvo la mirada de su hermano.
—Tú me engañaste, Periandro. Pero el amor con el que crié a Efélide fue verdadero.
El pasillo se agrietó de un extremo al otro. La prisión intentó devolverle la rabia, pero ya no pudo confundirla con cuanto había sentido por Efélide.
—Fue mi hija en todo cuanto importaba. Ningún plan puede arrebatarme eso.
La segunda línea de tinta se abrió.
Carmélida jadeó dentro del círculo. Su cuerpo se agitó y se incorporó bruscamente, con los ojos desorientados.
—¡La niña…! ¿Dónde está?
—Carmélida —la llamó Baufren—. Estás en la Torre. No abandones el círculo.
La alquimista recobró poco a poco la conciencia. Su mirada encontró a Periandro y permaneció fija en él.
—Eso no significa que te haya perdonado.
—Lo sé.
Baufren cerró los dedos alrededor del borde del Libro.
—No necesitabas perdonarlo para regresar. Solo debías impedir que su mentira decidiera también qué había sido Efélide para ti.
Carmélida no añadió nada. Recorrió el salón con la mirada hasta reparar en el tercer cuerpo.
—Aurora…
Se arrastró hasta su hermana y le tomó la mano. Pronunció su nombre y aguardó, apretándole los dedos con creciente fuerza. Al no recibir respuesta, acercó aquella mano a sus labios y apoyó la frente sobre sus nudillos.
—No me hagas esto. Todavía no hemos terminado de hablar.
La luz de las runas alcanzaba la piel de Aurora, pero se debilitaba antes de penetrar en ella.
—¿Por qué no despierta? Está viva. Puedo sentirlo.
Baufren examinó la tercera línea. Las otras dos comenzaban a deshacerse, pero aquella permanecía cerrada sobre sí misma.
La tinta trazó una bóveda agrietada sostenida por dos manos. Bajo ella se amontonaban figuras pequeñas, mientras otras dos aguardaban a cierta distancia.
—¿Qué han utilizado contra ella? —preguntó Carmélida.
Baufren mantuvo la mirada sobre el dibujo.
—Todo cuanto tuvo que soportar mientras vosotros estabais lejos: la Torre, los alumnos, las muertes y la certeza de que, cuando algo se derrumbaba, ella era quien permanecía para recoger los restos. Convirtieron esa resistencia en una prisión y la convencieron de que aceptar ayuda borraría cuanto había conseguido sostener.
Periandro frunció el ceño.
—Aurora nunca ha presumido de nada de eso.
—No necesita hacerlo —aclaró Baufren—. El sello ha unido su valor a la idea de que debe soportarlo todo sola. Para ella, aceptar vuestra ayuda significa ceder de nuevo el lugar que tanto le ha costado conservar.
Periandro recibió las palabras sin defenderse.
La tercera línea se abrió lo suficiente para que la voz de Baufren penetrara en la prisión.
Aurora se encontraba bajo la bóveda central de la Torre. La piedra descendía sobre ella y las grietas avanzaban por los pilares mientras, a su espalda, se amontonaban alumnos heridos, pupitres rotos y nombres que ya solo podían pronunciarse durante los funerales.
Sostenía el arco con ambas manos.
Al otro lado del salón aparecían Periandro y Carmélida. Los dos se acercaban para ayudarla, pero el hechizo le devolvía cuanto había acumulado durante años: la marca que nunca apareció en su frente, las ausencias, las decisiones tomadas sin contar con ella y el tono de Periandro al reducir la defensa de la Torre a un informe demasiado largo.
Cada vez que sus hermanos extendían las manos, Aurora pronunciaba las mismas palabras:
—No os necesito.
Periandro y Carmélida desaparecían. La bóveda descendía un poco más y todo comenzaba de nuevo.
Durante la última repetición, la voz de Baufren consiguió alcanzarla.
«No tienes que apartarte, Aurora. Solo debes permitir que compartan el peso».
Ella lo oyó.
Sus brazos dejaron de temblar durante un instante y volvió el rostro hacia sus hermanos. Periandro y Carmélida aguardaban a pocos pasos, con las manos preparadas para sostener la piedra junto a ella.
Aurora abrió la boca, pero el orgullo que el sello había levantado alrededor de su dolor cerró de nuevo la salida.
—No os necesito.
La bóveda descendió hasta obligarla a doblar las rodillas.
En el Salón de Evaluaciones, la tercera línea de tinta se contrajo con violencia. Aurora movió apenas los dedos dentro de la mano de Carmélida, aunque sus ojos permanecieron cerrados.
—Nos escucha —explicó Baufren—. Ha visto la salida, pero todavía no puede atravesarla.
—¿Qué tiene que hacer?
El duende levantó la vista hacia los dos hermanos.
—Aceptar que la ayudéis sin creer que eso borra cuanto ha sostenido.
Periandro observó la mano de Aurora.
—¿Cómo rompe el sello?
—Cuando consiga miraros y decir «sostenedla conmigo», dejará de cargar sola con la bóveda.
Carmélida estrechó la mano de su hermana contra el pecho.
—Entonces dile que estamos aquí.
—Ya lo sabe —respondió Baufren—. Lo que todavía no consigue creer es que esta vez vayáis a quedaros.
La tercera línea de tinta se contrajo sobre la página y el círculo de runas respondió con una última pulsación. La luz recorrió el cuerpo de Aurora, se detuvo sobre su frente y terminó por extinguirse mientras Baufren se apoyaba en la losa para no caer.
Cuando el zumbido de la magia cesó, Aurora seguía respirando, pero no había regresado.
Periandro y Carmélida habían conseguido romper sus prisiones. Aurora continuaba bajo la bóveda.
Con la luz desapareció cualquier esperanza de recuperarla aquella noche. En el Salón de Evaluaciones solo quedaron las respiraciones contenidas y Baufren inclinado sobre un Libro que ya no podía ofrecerles nada más.
Carmélida continuaba sujetando la mano de Aurora.
—Dijiste que había visto la salida.
—La ha visto, pero eso no significa que pueda alcanzarla.
La alquimista dejó la mano de su hermana sobre la losa, se levantó de golpe y cruzó la distancia que la separaba de Baufren. Le aferró las solapas de la chaqueta roja y tiró de él hasta obligarlo a mirarla.
—Entonces vuelve a entrar y sácala de ahí.
El duende no trató de apartarla. Tenía los ojos enrojecidos por el ritual y las manos todavía le temblaban sobre el Libro.
—Ya he entrado una vez. Abrí una grieta en el sello y llevé mi voz hasta vosotros, pero he gastado toda mi fuerza. Aunque lo intentara, no conseguiría llegar hasta ella.
Los dedos de Carmélida se tensaron sobre la tela.
—La has dejado allí dentro sabiendo que no puedes volver.
—Abrí el paso hasta donde alcanzaba mi magia. Lo que queda depende de ella.
Carmélida lo soltó con tal brusquedad que Baufren tuvo que apoyar una mano en la losa. Después regresó junto a Aurora, se arrodilló y le sostuvo el rostro entre las manos.
—Aurora, abre los ojos.
La inmovilidad de su hermana dejó la orden sin respuesta. Carmélida le sacudió una vez el hombro y se detuvo al advertir cómo la cabeza cedía bajo sus dedos. La depositó de nuevo sobre la piedra con un cuidado desesperado y descargó el puño contra el suelo.
El golpe le abrió la piel de los nudillos.
—¡No puedes hacerme esto! —La sangre descendía por su mano mientras la voz se le quebraba—. No puedes obligarme a comprenderlo todo cuando ya no puedo alcanzarte.
Aurora continuó respirando con la misma levedad.
Carmélida apoyó la frente contra la de su hermana.
—Me quedaré. Seguiré hablándole hasta que responda.
—Quedarte no cambiará nada —le advirtió Baufren—. Su cuerpo está aquí, pero su conciencia continúa dentro del sello. Puedes hablarle y velarla durante años; la decisión seguirá dependiendo de ella.
Carmélida levantó la cabeza. La furia había desaparecido de su rostro y había dejado una expresión mucho más difícil de sostener.
—¿Cuánto tiempo puede permanecer así?
Baufren cerró el Libro con ambas manos.
—No lo sé. No debéis esperar que despierte pronto. Podrían pasar años antes de que consiga salir.
Carmélida miró a Aurora y calculó cuanto podía perderse durante aquella ausencia: la guerra, la Torre, los rostros conocidos y la vida que su hermana había defendido hasta quedar atrapada en ella.
—Cuando vuelva, quizá ya no reconozca nada.
Baufren no intentó contradecirla.
Carmélida se llevó los nudillos heridos a los labios para contener el sonido que amenazaba con escapar. Después volvió a tomar la mano de Aurora, aunque esta vez no le pidió que reaccionara.
El duende mayor recogió el Libro y tuvo que sostenerlo contra el pecho para que el agotamiento no se lo arrancara de las manos.
—No podemos dejarla sola —murmuró Carmélida.
—Permanecer junto a ella no la ayudará, pero su cuerpo necesita protección. Yo me quedaré para custodiar el círculo, y los tres duendes permanecerán conmigo.
Los jóvenes ocuparon sus puestos alrededor de las piedras que ya delimitaban el círculo. La luz bastaría para proteger el cuerpo de Aurora, aunque no podía penetrar en el lugar donde seguía encerrada.
Cristóforo cargó el trabuco y se acercó a los hermanos.
—¿Y ahora qué hacemos?
Periandro consiguió ponerse en pie.
—Minerva está aquí, en algún lugar de la Torre. Tenemos que encontrarla.
Drawets apretó la empuñadura de la daga.
—¿Estás seguro?
—El círculo debía traeros a los tres hasta este salón. Alguien desvió la llegada de Minerva.
Carmélida se inclinó una vez más sobre su hermana y le apartó un mechón de la frente.
—Vamos a encontrar a la tía Minerva. Cuando consigas salir, vuelve a nosotros, aunque para entonces todo haya cambiado.
Permaneció junto a ella unos segundos más, con los labios apoyados sobre su frente, hasta que tuvo que separar por sí misma los dedos de los de Aurora.
El mago-erudito, la alquimista, el pícaro y el pirata se reunieron junto a la puerta. Ninguno podía hacer nada por Aurora desde aquel lado del sello, mientras Minerva continuaba en manos de quienes habían invadido la Torre.
—Vamos —ordenó Drawets.
Periandro se volvió una última vez hacia Baufren.
—¿Estará bien?
El duende mayor tomó la mano de Aurora entre las suyas, aunque no asintió ni intentó tranquilizarlo.
—Su cuerpo estará protegido. En cuanto a ella, ya no puedo alcanzarla. Tendrá que encontrar sola el camino, y puede tardar mucho tiempo.
Periandro sostuvo su mirada con la mandíbula tensa.
—Cuídala.
—Es lo único que todavía puedo hacer.
Los cuatro cruzaron la puerta astillada del salón. A sus espaldas, la luz de las piedras continuó rodeando el cuerpo de Aurora sin conseguir alcanzarla.
El eco de sus pasos los acompañó durante el descenso. El aire se espesaba con cada peldaño, mientras las antorchas se encendían una tras otra y proyectaban sombras inquietas sobre los muros. La Torre respiraba a su alrededor mediante crujidos, susurros y gemidos que parecían surgir de la propia piedra.
Una voz atravesó el muro, cargada con una acusación nacida del miedo.
—¡No, maldita insensata! ¡Si supieras lo que acabas de hacer!
Los cuatro se detuvieron, alcanzados por la misma descarga.
Carmélida alzó la cabeza.
—Es ella.
Periandro echó a correr antes de que su hermana terminara de hablar, y los otros tres se lanzaron tras él. Minerva seguía viva, pero el terror contenido en su voz anunciaba que lo peor aún no había comenzado.
