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EL ORBE DE LA CONFUSIÓN II
Titania hizo un movimiento firme con la mano derecha. Era una señal.
—¡Ymodavans! ¡Posición de ataque! —ordenó con decisión.
Sus dos soldados, casi a la vez, reaccionaron algo azorados para no decepcionar a su señora. Ambos extendieron sus manos hacia el follaje que yacía en el suelo del claro y las hojas ocres y amarillas se elevaron como movidas por una ráfaga mágica. A continuación quedaron flotando en el aire como sostenidas por una brisa invisible. Ambos hados se miraron entre sí con una sonrisa de satisfacción y asintieron.
—¡Espíritu otoñal! —gritaron al unísono mientras extendían sus brazos y las hojas salían precipitadas como flechas en dirección a los miembros de la Santa Hermandad.
Los tres religiosos se mantuvieron impertérritos, pero justo antes de que los afilados proyectiles les alcanzaran, Clemente profirió con voz cavernosa:
—Que la oscura llama del Titán os purifique.
En ese momento, las velas que habían colocado frente a ellos se tornaron negras y también lo hicieron sus llamas. El fuego que de ellas emanaba creció de repente elevando un muro contra el que todas las hojas vinieron a impactar, ardiendo irremediablemente.
La Dama Irisada resopló mirando con desprecio a sus lacayos.
—¡Sois unos inútiles! ¿A qué esperáis? ¡Id a por ellos! ¿O es que lo tengo que hacer todo yo?
Uno de los Ymodavan alzó el vuelo y desenvainó su espada dispuesto a cargar desde el aire contra la Santa Hermandad. Al ver aproximarse el filo hacia ella, la Tercera hermana profirió un grito. Pero con un gesto ágil la mano firme de Carmélida se interpuso y contuvo la hoja mientras entonaba un cántico tenebroso. Su mano empezó a sangrar por el filo, pero su sangre, roja al manar, se fué transformando en algo mucho más oscuro al tocar el suelo.
—El Titán Oscuro exige sacrificios —murmuró Carmélida poseída por el fervor de la divinidad. Y su sangre derramada ya oscurecida, coaguló formando una serpiente de sombras que trepó rauda por la pierna del pobre hado. El pobre Ymodavan cayó inmovilizado por aquella macabra y retorcida atadura.
Mientras Efélide vomitaba sin parar por la visión de la sangre, que nunca había podido soportar, el segundo Ymodavan se lanzó con un grito de furia sobre el Primer Hermano que, con un gesto raudo de sus manos, hizo el símbolo del Titán Oscuro:
—Todos seremos castigados por su mano —dijo con su voz cavernosa mientras una gigantesca falange de oscuridad brotaba del suelo del claro del bosque. A esa falange le siguieron los restantes dedos y luego la mano al completo.
El público contuvo la respiración. ¿Qué prodigio era aquel?
El segundo Ymodavan trató de frenar su embestida para evitar chocar con la gigantesca y oscura mano. Lo logró justo a tiempo. Se paró justo frente a ella y suspiró aliviado mirando al público qu aplaudió sus reflejos, pero en su distracción no pudo ni siquiera ver como era aplastado de un solo golpe por aquella gigantesca y renegrida palma como si fuera un vulgar mosquito.
—Está claro que si quieres que las cosas salgan bien… debes hacerlas tú misma —sentenció Titania impasible ante sus dos pérdidas mientras empezaba a batir las alas con fuerza.
Una vez en el aire, emanó un resplandor iridiscente e invocó cientos de rosas de los más variopintos colores, con afiladas espinas, que flotaban en el aire en torno a ella.
—Ahora probareis el sabor de la derrota. Más hermosa de lo que os merecéis, pero una derrota al fin y al cabo. ¡Dardos de primavera!
Las rosas comenzaron a lanzáse como dardos, una tras otra, contra la gigantesca mano que había invocado Clemente. El primer Hermano abrió los ojos sorprendido. No esperaba que aquel ser faérico fuera tan poderoso. La Mano del Titán Oscuro se disipó como si fuera humo tras varios ataques y entonces Titania, aún desde los aires, se dispuso a ejecutar su ataque final:
—Ahora probaréis el vuelo rasante de la Dama Irisada —sonrió con suficiencia—. Será visto y no visto, y ni siquiera vuestro dios de pacotilla podrá hacer nada para evitarlo.
—Nadie… —comenzó a proferir la Segunda Hermana.
Titania se elevó aún más para tomar impulso.
—Insulta…—prosiguió Carmélida con la mirada llena de odio y fervor mientras sus manos empezaban a ennegrecerse y endurecerse tomando una consistencia pétrea.
El hada se lanzó en picado hacia la segunda hermana a gran velocidad.
—¡…al Todopoderoso Titán Oscuro! —gritó la Segunda hermana mientras contenía el envite de Titania con sus manos ahora endurecidas y negras como el tizón, emanando esencia de pura oscuridad. Sin embargo Titania seguía empujando y batiendo su poderosas alas haciendo retroceder a la hermana que parecía perder terreno poco a poco.
Clemente, que estaba ayudando a incorporarse a la Tercera hermana, susurró:
—¡Oh, no! Su fe es fuerte, pero me temo que la Segunda hermana no resistirá mucho ante el poder de ese engendro faérico, ¡hay que hacer algo! —dijo colocando sus manos en posición de orar.
Pero no tuvo tiempo de intervenir. La Segunda Hermana salió despedida por los aires incapaz de seguir conteniendo la arrolladora fuerza de Titania y vino a dar fuertemente con su espalda contra el suelo.
—¡Noooo, Carmélida! —gritó Efélide mientras una lágrima resbalaba por su rostro. Y entonces una ira inconmensurable se apoderó de ella y un aura de pura energía emanó de su cuerpo.
Desde la grada, Gorrión sintió que un terrible dolor de cabeza le oprimía el cráneo y su piel escocía como si un fuego interno le recorriese la sangre. Su frente se perló de frías gotas de sudor.
—¿Eztáz bien, hermanita? —le preguntó Tinín preocupado ignorando por un momento el combate.
Mientras, Efélide seguía en el claro del bosque, con los ojos en blanco, como si su cuerpo entero hubiera sido invadido por una extraña presencia. La novicia extendió su mano hacia el hada y una onda de luz salió como cascada de energía en dirección al hada. La energía luminosa impactó sobre ella y proyectó a Titania a gran velocidad como si fuera una vulgar muñeca de trapo con alas. La Dama Irisada fue a estamparse contra la grada partiendo en dos uno de los listones.
El público se quedó mudo. Se habían visto muchos prodigios aquella noche, pero este último había sido especialmente llamativo e inexplicable. ¿Qué diablos era aquel poder que parecía residir en la joven religiosa? Para la mayor parte de los presentes fue solo un exotismo, pero al pícaro Drawets le pareció recordar otros momentos de la historia en los que había contemplado prodigios parecidos, aunque por algún motivo extraño, todo ello parecía bastante borroso en su memoria.
—¡Ya tenemos un trío ganador! —profirió el pícaro señalando a los religiosos.
Tras un silencio de estupefacción, el público estalló en vítores. La Santa Hermandad había ganado el VII Torneo del Titán Oscuro.
Varios seres faéricos, incluidos Elga y su inmenso gólem, abandonaron sus localidades en las gradas para ir a ayudar a la abatida Titania y a sus dos anónimos soldados.
Clemente, por su parte, ayudó a Efélide a levantarse pues casi se había desvanecido tras ese último ataque que les había granjeado la victoria. La joven apenas recordaba lo que había pasado y, mientras ambos acudían en auxilio de Carmélida, el Primer Hermano le contó los detales del prodigio. Una vez recuperado el aliento, los tres acudieron hasta donde se encontraba Drawets el presentador, que les esperaba para hacerles entrega del oscuro brebaje que todos conocían como la Esencia de la Divinidad: el merecido premio para los vencedores.
—Por curiosidad, Hermanos —comentó Drawets—. ¿Qué van a pedir al Todopoderoso Titán Oscuro?
—Que el mundo siga siendo un lugar de orden, como sin duda ya es bajo el mandato de nuestra bienamada Emperatriz Amunet y la guía del Todopoderoso Titán Oscuro —sentenció Clemente con el corazón lleno de gozo.
—Eso y potenciar las buenas y rectas costumbres —añadió Carmélida que aunque aún tenía la espalda dolorida no dudó en dar un paso al frente y tomar de las manos del pícaro la preciada botella —la moral, la castidad y el folklore.
Pero en ese preciso instante pareció que unas nubes de tormenta oscurecieron la luz del claro. Los tres cazademonios irrumpieron en la escena.
—¡Un momento! —ordenó Ona Bakari, con voz firme—. ¡Cazademonios, en posición!
Los tres renegaron adoptaron cada uno la postura que habían ensayado previamente, listos para actuar.
—¡Un momento, hermana! —rugió Kiajají, la amazona, lanzando una mirada a Andamana —. ¿Ese no es nuestro orbe?
—Este es el plan secreto de nuestro benefactor —dijo Ona a sus compañeros sin que los presentes tuvieran tiempo de reaccionar—. Devolveremos el equilibrio a este mundo de locos. Su mensaje fue claro y contundente —añadió sacando una carta de su zurrón y mostrándola al público. En ese momento, los tres cazademonios recordaron de nuevo en sus mentes su contenido. Ese contenido que tantas veces había releído. Con una elegantísima caligrafía, el mensaje decía:
“Queridos Cazademonios. Yo, vuestro secreto valedor, he urdido el plan definitivo con el que conseguiréis el objetivo para el que vuestro grupo fue creado. Llegado el improbable caso de que no ganéis el Torneo. Ni la luz ni la oscuridad deben prevalecer y allí estaréis vosotros para evitar que ninguna de las dos partes se imponga. He robado una antigua reliquia, el orbe de la Confusión, que os será de gran ayuda. Usadla si gana el bien o si gana el mal. La combinación de vuestros poderes os ayudará. Juntos, seréis imparables. Devolved el justo balance al universo. Firmado: Amatis de Mora.”
En ese mismo instante Ona sacó el orbe, y todos los presentes quedaron boquiabiertos.
—¡Malditos ladrones, es el Orbe Sagrado! ¡Lo habéis robado vosotros! —gritó Kiajají, furiosa.
—Es una de las sagradas reliquias del Clan de la Serpiente. Devolvédnoslo o ateneos a las consecuencias. ¡Pertenece a las Marismas y a su gente! —amenazó Andamana.
Sámara, con las manos sobre los oídos, se quejó con voz temblorosa.
—Siento como vibra, puedo escucharlo en su interior, pero… solo emite ruido.
Kávila explicó, con una expresión preocupada.
—Eso es porque es el Orbe de la Confusión del que hablaban las leyendas Zíngaras. Por suerte, todo el mundo sabe que no se puede usar el orbe sin una fuente de magia arcana y esa pobre traficante de almas no tiene una mísera varita.
Ramia sonrió y sacó su varita lanzando una mirada desafiante a la celestina que la mirada atónita desde la grada.
—Yo soy la fuente de magia arcana, me formé en Skuchaín, ¿recuerdas? —profirió la antigua guardabosques—. Y aquí está mi varita. ¡Orbis alimentatio potentia maxima!
Kálima gritó, alarmada.
—¡Pero, estáis locas! —gritó la zíngara desencajada—. Ese orbe consumirá a quien lo utilice. Muchos magos y zíngaros han muerto intentando usar su poder.
Aldric intervino con determinación.
—Cierto, pero para eso estoy yo aquí. Si el orbe la consume, yo la iré curando de sus heridas —dijo dando un paso al frente y extendiendo sus manos—. ¡Poder de sanación!
Colocó sus palmas en la espalda de Ona, mientras Ramia apuntaba al orbe con su varita. Un aura mística y poderosa rodeó al orbe y les envolvió ante la atónita mirada del público.

