234 – SALVAR EL MULTIVERSO I/π

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SLAVAR EL MULTIVERSO I – VARIANTE π DE CALAMBURIA

Ukarin K-Bum acudió a la Gran Gruta Ambarina respondiendo a la llamada de su líder. La última incursión había sido todo un éxito y todo se debía a la destreza de Ukarin en la fabricación y manejo de los explosivos. Los enanos no volverían a molestarles, al menos mientras se lamían la heridas.

Desde la revolución ya nadie conocía a Stinker Comecobalto con ese nombre, sino que todos se referían a él con su nuevo título oficial: camarada Stinker, Primer Ciudadano de la Subcalamburia. 

Hacía tiempo que Ukarin no visitaba la sala de la Asamblea. La Gran Gruta Ambarina era un prodigio de la ingeniería, lo más cercano a una maravilla del mundo desde que la propia Calamburia, tal y como antes se conocía, desapareciera bajo el calor abrasador de los rayos del sol. Ya nada ni nadie vivía en la superficie por lo que las galerías eran el único vestigio de civilización humana. Sin embargo, y aunque recordara su infancia en el Faro Partido, junto a su hermana Tesla, a Ukarin no le disgustaba su mundo actual. Bueno, salvo por la sopa de líquen y el asado de topo arcano. No soportaba ninguna de esas cosas y ambas solían estar frecuentemente en el menú. Echaba de menos a su hermana, pero estaba convencida de que, de haber sobrevivido a la primera Ola Solar, ella hubiera sobrellevado peor el encierro en el submundo. Aún recordaba su cadáver chamuscado, a pocos metros de la entrada de la mina. Unos pocos segundo más y Tesla Flemer aún seguiría con vida.

Cuando Ukarin entró en la Gran Gruta pudo comprobar la belleza de las columnas de ámbar que apuntalaban el techo. En las paredes, los líderes del nuevo mundo lucían las cabezas de sus enemigos, como antaño hicieron los reyes con las de ciervos y jabalíes. Solo que, en la Gran Gruta, las cabezas disecadas que había habían pertenecido en el pasado a poderosos guerreros enanos. Ukarín avanzó bajo la luz anaranjada de las antorchas y se encontró con él, el camarada Stinker en persona. Estaba sentado sobre un ajado trono de piedra, tallado en la misma roca que se fundía con la sala y lucía su casco de gala, recubierto de piedras preciosas. Sobre su regia figura, a varios metros de altura, se encontraba el más preciado de sus tesoros que exhibía para recordar los principios del nuevo orden: la cabeza de Otalan, el antiguo Señor de los Túneles que tan férreamente se negó a colaborar.

—Katurian Flemer, más conocida como Ukarin K-Bum. Héroe de la Subcalamburia, te doy la bienvenida a la Gran Gruta Ambarina.

—Gracias, Primer Ciudadano.

—Tú puedes llamarme camarada Stinker, Ukarin, estamos en confianza —dijo rebajando su tono solemne ahora que nadie les veía.

—Así lo haré, camarada —asintió—. Me congratula que podamos celebrar la retirada del Escuadrón de Hierro —sonrió la inventora con visible satisfacción—. Parece que ese tal Dagaz no nos causará problemas hasta dentro de bastante tiempo.

—Ese maldito enano, el Titán melle sus desdichadas hachas —masculló con profundo desprecio—, ahora se hace llamar Señor de los Túneles. Sabe que tenemos encerrado a su hermano Isaz y aún así, se niega a negociar. Por si fuera poco, Elga y su maldito gólem nos hostigan de nuevo en la frontera sur. Han vuelto a hundir las galerías —añadió con preocupación en la mirada—. La fundición de prolita ha tenido que detenerse, casi no tenemos existencias en los almacenes.

El tiempo había dado a Stinker una forma de hablar distinta a cuando era un vulgar minero. Ahora había algo de peso y cansancio en todo lo que decía, y también un profundo rencor en sus ojos. Había visto demasiado dolor y sentía cada día sobre sus hombros el peso de la necesaria continuidad de una civilización entera en un mundo donde los recursos eran escasos y más que arduas las condiciones de existencias. Lejos quedaban las eras de opulencia del pasado remoto, los tiempos de los reyes, el oropel y las cosechas abundantes. 

—Sin duda son funestas noticias… —convino Ukarin acariciando la bomba que llevaba al cinto— pero sabremos devolverle la visita a la Dama de Acero. Yo misma podría encargarme, con un destacamento de artificieros.

—Y así será —sentenció el Primer Ciudadano—. Eres nuestro mejor activo, Ukarin. La máxima experta en explosivos, la más fiera de las guerreras y la única garante de la civilización subterránea frente a la amenaza enana. Sin tí… me temo que estaríamos perdidos.

—Partiré en seguida —profirió la inventora con un destello en los ojos—, y Elga lamentará sus actos terroristas contra el progreso de la civilización.

Tras hacer una reverencia a Stinker, Ukarin K-Bom puso rumbo al polvorín, donde podría abastecerse de suficientes explosivos. Sin embargo, mientras caminaba pensó en lo hábil que había resultado la estrategia de la Dama de Acero. Hundiendo las galerías de extracción, había logrado paralizar la producción de nitrato de prolita, por lo que los explosivos pronto empezarían a escasear. Sonrió ante el nuevo reto, lo cierto es que esos enanos habían demostrado ser dignos rivales. En ese preciso instante una leve vibración de su zurrón la arrancó de sus reflexiones. Era la KAT-señal. No era posible, no se habían reunido desde la Prohibición. ¿Le habría pasado algo al anciano Katurian? Atiborró su zurrón de explosivos y programó su máquina del tiempo de bolsillo: había llegado el momento de volver a visitar el Umbral.