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DONDE SE JUNTAN TRES CAMINOS
La horda de demonios empezó a cerrar el cerco sobre los tres cazadores. Desde el cielo, un diablo alado les observaba. Tras esbozar una sonrisa malévola, se lanzó sobre ellos en picado con los ojos inyectados en sangre. Ramia, la guardabosques renegada, alzó la varita con un gesto sucinto pero energético y lanzó un rayo certero que atravesó el ala derecha de aquel ser. La expresión del demonio cambió de repente cuando se desplomó aplastando a varios diablillos cuyos cuerpos ya no volvieron a moverse.
—Ha estado bien, Ramia —la felicitó su compañero Aldric, el sanador desterrado, mientras imponía sus manos ardientes sobre un demonio que trataba de agarrarle con su zarpa mortal. La piel del ser del averno empezó a despedir un vapor similar al del ganado cuando se le grava con hierro candente. Los gritos de dolor de aquel pobre diablo estremecieron al resto, que detuvieron su avance un instante, con un atisbo de duda en su iracunda expresión.
—Pero no os durmáis —añadió Ona Bakari, la traficante de almas, mientras alzaba su orbe—. Ellos son millares y nosotros solo tres.
Su único ojo resplandeció con un fulgor morado mientras estiraba el brazo en dirección a las huestes de Amunet. Sus dedos se agitaron de forma espasmódica mientras el receptáculo brillaba al absorber las renegridas almas de todos aquellos demonios a los que sus compañeros habían conseguido dañar. Los cazadores de demonios formaban un buen equipo, pero aquellos seres del inframundo de expresión feroz se abalanzaban sobre ellos cerrando cada vez más el cerco. El extravagante trío de guerreros renegados iba retrocediendo en posición defensiva, tratando de mantener a los enemigos a raya. Pero, tras unos instantes, estaban los tres espalda contra espalda rodeados del grueso de los ejércitos infernales de la Emperatriz de los Dos Mundos.
—La cosa se complica —apreció Ramia con expresión de preocupación.
De repente se oyó un estruendo. Entre los múltiples diablos, comenzó a abrirse paso un especimen especialmente grande y fornido con tres cabezas que lanzaban al aire un coro de sonoras carcajadas. Sus enormes brazos empuñaban un pesado tridente de un grosor similar al del mástil de un barco. Se acercó hasta ponerse frente a ellos y les miró con una sádica sonrisa que dejaba ver sus afilados y gigantescos colmillos.
—Así que vosotros sois los tres que han dado tanta guerra últimamente. Aquellos que se hacen llamar “los cazademonios” —sonrieron sus tres caras con gesto de irónica superioridad—. Mi nombre es Trymon, Guardián de la Sala del Lamento. Por si queréis saber el nombre de aquel que os va a hacer picadillo.
Los tres compañeros tragaron saliva. A punto de perder la vida —esa vida que hasta hace bien poco a ninguno le hubiera importado perder— cada uno tuvo ocasión de recordar cómo habían acabado por meterse en la boca del lobo.
Varios años antes, en la Torre de Magia de Skuchaín.
—¡Ramia Laforet! —dijo la directora Aurobinda con cierta irritación—. ¿Se puede saber qué te pasa? No te he hecho venir a mi despacho para que te quedes alelada pensando en las musarañas, jovencita.
—Disculpe señora directora —se excusó Ramia volviendo de su ensimismamiento. No era capaz de procesar lo que acababa de escuchar—. Estaba diciendo que… ¿debo ingresar en el cuerpo de Guardabosques?
—Es un buen sitio para una maga de la casta natura como tú. Eres buena con la varita y no estamos para desperdiciar talento en los tiempos que corren —enunció como si lo que dijera fuera de todo menos un halago—. A Aodhan le vendrá bien algo de refuerzo, se pasa el día lloriqueando por el asunto de las incursiones de bestias mágicas a través de los portales —dijo como si sintiera cierto hastío ante las repetidas peticiones de ayuda del jefe de Guardabosques.
A Ramia le temblaba el labio inferior. Quería graduarse; soñaba con graduarse. No quería ser una guardabosques; los guardabosques eran un cuerpo formado por impromagos natura que no se habían llegado a graduar. Era injusto que ella acabara en un destino como ese; era prácticamente un castigo. Pero, sorprendentemente, con toda la locuacidad y espíritu justiciero que la caracterizaba, no fue capaz de articular una sola palabra. Como alumna, había tenido una trayectoria excepcional, destacando entre todos al obtener las mejores calificaciones en los exámenes de Impromagia, demostrando una creatividad y talento desbordantes. Sin embargo, en ese instante crucial, todo su ímpetu parecía haberse desmoronado. Aurobinda se interrumpió contemplando los espasmos del labio de la alumna casi con lástima.
—Para ser una insoportable marisabidilla, no pareces muy locuaz hoy, ¿verdad, Laforet? —dijo la bruja con ironía—. Acabar en los Guardabosques es mejor que una expulsión directa, ¿no crees? Me parece que estoy siendo muy benevolente contigo.
—Pero… si yo no he hecho nada —su hilillo de voz oscilaba entre la indignación y la más pura incredulidad.
—Uy, querida, ¿estás segura? Yo creo que has hecho algo muy, muy malo —matizó la bruja en tono condescendiente.
—¿Se refiere a denunciar a Drëgo?
—No, claro que no. No solo no me molesta que los alumnos se denuncien entre sí. De hecho es algo que trato siempre de fomentar, especialmente entre mis Ténebris. Ayuda a mantener el orden, querida —explicó Aurobinda como enunciando una verdad trivial—. El problema no ha sido ese, sino que hayas presentado una queja formal sobre el sistema de evaluación.
—Pero es que… Drëgo ha copiado… —titubeó la joven— y nadie ha hecho… nada. Es tan… injusto.
—Eso no es lo relevante, mi pequeña Ramia. Y, hazme caso —añadió como si le diera un consejo de amiga—, no castigues más al mundo tratando de imponerle tu simplista y radical idea de justicia. Drëgo será castigado, ya se me ocurrirá a qué lejano lugar mandarle —murmuró la bruja como pensando en alto mientras se rascaba la barbilla— alguno donde sus torticeras habilidades puedan ser de utilidad para alguien. Lo relevante sin embargo, es que al darte cuenta de su infracción te haya faltado tiempo para ir corriendo a contárselo al claustro al completo e interponer una queja formal. ¡La primera queja en años! ¿Dónde crees que deja eso al profesorado? ¿Y a mí que soy la directora y estaba además encargada de vigilar vuestro examen? Lo que has hecho, amiga mía —añadió poniendo su mano sobre el hombro de Ramia— es mucho más grave que lo que ha hecho ese pobre diablo de Drëgo: has puesto en cuestión tooodo el sistema —expuso en tono sosegado mientras señalaba con sus manos delicada el espacio en derredor.
—¿Yo? —Ramia no daba crédito a lo que oía.
—Sí, tú. De forma inconsciente y algo temeraria… —expuso la bruja como si tratara de hacer un esfuerzo por lograr que aquella obtusa niñita comprendiera la profunda abyección de sus decisiones—. No viniste a mí para tratar de mediar de forma discreta; elegiste los fuegos de artificio. Con tu pequeño acto de insurrección has hecho temblar los cimientos de esta institución.
Aurobinda calló y caminó con aparente desenfado por su despacho hasta llegar a la pared donde estaba el retrato de la familia real. Lo miró largamente, en silencio.
—Por curiosidad, —lanzó sin mirarla— ¿sabes cómo se financia Skuchaín?
—No lo sé… —admitió Ramia con cierta vergüenza.
—A través de las generosas donaciones de la corona y de alguna de las más grandes casas nobles como los Colby o los Von Vondra. Nuestra fama de escrupulosos y justos impromagos nos granjea los tan preciados recursos que necesitamos para que este abigarrado engranaje que construyó mi hermano hace años siga funcionando —explicó didáctica mientras señalaba por la ventana hacia los carros de víveres que llegaban desde Ámbar e Intántalor para surtir las cocinas de la escuela—. La confianza que los prohombres de Calamburia tienen en la pureza de los métodos que se aplica dentro de estos muros es lo que nos garantiza, no solo nuestro sustento, sino ciertos puestos importantes en la corte y la administración —siguió caminando dedicando una mirada a otra pared, llena de cuadros de personas que Ramia no conocía pero que rápidamente identificó como exalumnos ilustres de la torre—. Algunos eruditos y alquimistas sirven a la corona como consejeros y muchos magos acaban siendo parte del ejército real o protegiendo a los miembros más importantes de la estirpe de los Rodrigo. Y tú, con tu egoísta afán de mostrarte más lista que el resto… has puesto en jaque todo esto.
—Lo siento… —musitó contrita la impromaga.
—De hecho, Ramia. ¿Para qué crees que sirven los exámenes? ¿Crees que son la mejor forma de demostrar vuestra valía con la varita? —preguntó retóricamente la directora—. Te garantizo que nadie en el claustro necesita que os examinemos para saber eso. Tú eres buena con la varita, ¡de las mejores! Pero ese examen, en realidad, es un mecanismo para obtener otra información muy distinta sobre vosotros. Distinta, pero no menos relevante.
—¿Cuál? —susurró ella temiendo la respuesta.
—Saber qué clase de personas sois —lanzó la bruja como quien lanza un dardo sin mirar sabiendo que dará en el blanco—. Theodus siempre decía que es ante los retos cuando uno puede ver con claridad el alma de la gente. ¿Qué clase de personas sois, alumnos míos? ¿Sois gente sosegada y tranquila, mesurada y equilibrada que sabe obedecer y entiende el orden superior de las cosas? ¿O sois acaso torbellinos de ego con ganas de significarse cueste lo que cueste? Piénsalo Ramia, tú misma has labrado tu futuro.
Ramia Laforet, con recobrado coraje, apuntó su varita hacia el suelo, frente al inmenso diablo de tres cabezas. Al instante, decenas de enredaderas surgieron de la tierra por arte de magia, enzarzándose en las inmensas piernas del enemigo. La impromaga agradeció entonces su paso por la orden de Guardabosques. Aunque finalmente fuera expulsada, aprendió mucho del viejo Aodhan, y aquel hechizo de inmovilización era del que más orgullosa estaba. El demonio, al verse anclado al suelo, alzó su gigantesco tridente con ambas manos, dispuesto a descargar un golpe fatal contra el trío de Cazademonios.
—¡Vamos Aldric, es tu turno! —gritó Ramia en ese preciso momento.
Aldric Klausen miró hacia arriba contemplando cómo el enorme tridente era alzado con ánimo de descargar contra ellos toda la ira del inframundo, y recordó que no era la primera vez que se encontraba en el infierno.
Varios años antes, a las puertas del monasterio Cóncavo.
El aire olía a resina ardiente y madera húmeda. Las llamas bailaban en los ojos del Primer Hermano, que se alzaba sobre el estrado, envuelto en una túnica marrón ribeteada en oro. A su lado, la segunda hermana sostenía el pesado tomo de las Escrituras, abierto en una página que hablaba de purificación y castigo divino. Su voz, grave y firme, resonaba en la plaza abarrotada.
—¡Aldric Klausen! —declaró, señalando al joven encadenado frente a la pila de leña—. El Todopoderoso Titán Oscuro ha marcado tu alma con el estigma de la herejía. Tus manos, que deberían sanar, traen la destrucción. Eres una amenaza para la obra divina.
Aldric, de rodillas, con las muñecas amarradas a su espalda, mantenía la cabeza erguida. El sudor le caía sobre el rostro, impidiéndole abrir bien los ojos, sin embargo el sanador mantenía su expresión desafiante. A pesar de los golpes y la humillación, no mostraba miedo, tan solo la vaciedad de su alma. Aldric Klausen había muerto por dentro años antes cuando, siendo solo un adolescente, su madre, la sanadora Niobe, descubrió que en vez de un don, su hijo portaba una maldición. Sus ojos de sanadora se mostraron aterrados cuando vio el efecto de las manos de su hijo. Desde entonces, la orden de sanadores le había mantenido apartado de toda labor. Al alcanzar la adultez, sin embargo, Aldric volvió a intentar imponer sus manos. Empezó sanando animales heridos a escondidas y funcionó un par de veces, pero la pesadilla regresó, como siempre regresaba tarde o temprano. Fué el día que llegó el capitán de la guardia. Aquel hombre no parecía nadie especial, pero su herida era claramente mortal, había acudido en busca de la Orden de Sanadores acompañado por dos de sus mejores hombres. El resto de miembros se encontraban fuera, curando a los menesterosos, así que Aldric se vió obligado a tomar una decisión: trataría de salvar la vida de aquel hombre, aunque supusiera romper el veto que le había impuesto. Su madre Niobe llegó a la casa con el corazón acelerado por los gritos de dolor que escuchaba a lo lejos, al abrir la puerta pudo ver a Aldric, prendido por los soldados y, en el suelo, el cadáver humeante del capitán.
La multitud murmuraba, dividida entre la fascinación morbosa y el horror silencioso. Algunos conocían al capitán de la guardia que había perecido bajo las manos de Aldric, y susurros de su crueldad corrían como una corriente subterránea. Otros, más fervorosos, vitoreaban al Primer Hermano, ansiosos por ver arder al supuesto hereje.
Niobe Klausen, de pie entre la muchedumbre, luchaba por mantener la compostura. Su rostro estaba pálido como la ceniza, pero sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. Había suplicado, había prometido, había humillado su orgullo frente a los miembros de la Santa Hermandad. Todo para salvar a su hijo. Y aún así, el Primer Hermano no cedía.
—El fuego purgará tu impureza y devolverá tu alma a allá de donde nunca debió salir —continuó el Primer Hermano mientras levantaba un brasero encendido—. Que estas llamas sean testigo de su juicio.
Los acólitos avanzaron para desatar a Aldric y empujarlo hacia la pira. Niobe no pudo contenerse más. Rompió el círculo de aldeanos, esquivando las manos que intentaban detenerla, y cayó de rodillas frente al Primer Hermano.
—¡Os lo ruego! ¡Misericordia! —gritó, su voz desgarrada por la desesperación—. Mi hijo no es un ningún hereje. ¡Os lo juro! Tan solo es un pobre disminuido, una abominación, que no solo no domina los dones que el Titán le ha concedido sino que es negligente en su aplicación. He intentado enseñarle pero finalmente la orden le ha prohibido ejercer sus poderes. Sin embargo, él ha roto la prohibición y, fruto de su error, un hombre justo ha muerto.
“Justo”. Hubo un murmullo tras esa palabra. Parecía que, ante el cariz que tomaban los acontecimientos, y tras la intercesión de la doliente madre, un creciente número de los presentes se sentían inclinados hacia el perdón de aquel joven de mirada perdida.
El Primer Hermano la miró largamente, con una mezcla de lástima y desdén. Hizo un gesto a los guardias para que la apartaran, pero Niobe se aferró a su túnica, su voz rompiendo el solemne silencio de la plaza.
—Si debe morir, que sea en el exilio, no en las llamas —imploró la madre con la voz temblorosa—. No es un hereje que deba ser purificado, no merece tal atención. Solo es un pobre tullido, un fallo de la naturaleza… un error del Titán.
El Primer Hermano vaciló e hizo una pausa que pareció alargarse eternamente. Sus ojos recorrieron la multitud, midiendo su reacción. Un nuevo murmullo recorrió la plaza como el viento en un campo de trigo. Finalmente, habló, con la voz fría como una hoja de acero.
—El Titán Oscuro no se equivoca y, ante todo, en su magnánima crueldad, no comete errores. Sin duda este ser retorcido que has traído al mundo debe de tener una misión. ¿Y quiénes somos nosotros para cuestionar la voluntad del Todopoderoso Titán? —añadió con fervor—. Que sea desterrado, y que sus días se consuman en la soledad, lejos de la gente devota, para que no vuelva a ser una amenaza para nadie. Y, si la ocasión llega, que el Titán Oscuro ejecute el destino que para él tenga preparado.
La multitud soltó un suspiro colectivo. Niobe, derrumbada en el suelo, sollozaba en silencio. Aldric, encadenado, no apartó los ojos del Primer Hermano, grabando su rostro en la memoria. No dijo nada cuando lo arrastraron lejos de la pira, pero en su corazón quedó por siempre grabada la voz de su madre llamándole “abominación”. Esas palabras de Niobe, y no las llamas, fueron su primer infierno.
Aldric alzó las manos y las impuso sobre la enorme pierna del gigantesco demonio que estaban inmovilizadas por el hechizo de Ramia. Al hacerlo, la carne de aquel ser empezó a consumirse expulsando un humo que olía a carne quemada y azufre. El diablo gritó abriendo en ese acto sus tres enormes mandíbulas y disponiéndose , en un último acto de desesperación a acabar con los tres cazademonios abalanzándose sobre ellos con todo el poder de su pesado cuerpo.
—Te tocas, Ona —dijo Aldric con su habitual serenidad.
—¡Voy! —dijo la traficante de almas acariciando su orbe con la punta del dedo índice. Debía ser rápida si no quería ser aplastada por el enemigo, pero mientras preparaba su sortilegio, no pudo evitar recordar cómo había llegado hasta allí.
Unos meses antes, en las Marismas de la Confusión.
—Ona, cariño —dijo Van Bakari mientras se enrollaba la bufanda al cuello—. Papá tiene que salir un momento. Será breve: un par de semanas.
—¿Te vas dos semanas, papá? —dijo la hija incrédula—. ¿Qué demonios tienes que hacer que te lleve tanto tiempo?
—Cosas de traficantes. No preguntes tanto —dijo Van Bakari echando balones fuera—. En mi ausencia, puedes aprovechar para pasar el plumero a los orbes y hacer inventario de almas. Pero eso sí, no seas cotilla hija. No entres en mi escritorio ni remuevas mis cosas. Y sobre todo —añadió remarcando esas últimas palabras—. Ni se te ocurra remover mi secreter. Hay cosas importantes y delicadas.
—Descuida, papá —respondió Ona Bakari con gesto complaciente.
Van Bakari partió rumbo a su misterioso cometido y Ona volvió a quedarse sola en aquella mugrienta y húmeda guarida. Hizo lo que su padre le había dicho: limpió, hizo inventario y hasta preparó unas conservas de mora silvestre para el invierno. Pero, como era de esperar, le sobró tiempo. Fue entonces cuando, por puro hastío, se acercó al secreter de su padre. Encontró muchísimas cartas en él, algunas dirigidas al traficante de almas, pero se sorprendió al encontrar, de repente, una dirigida a ella. El destinatario era visible: Ona Bakari. ¿Por qué diablos su padre le habría ocultado esa misiva? Pensó en esperar a su regreso para pedirle explicaciones, pero no pudo contenerse y la abrió. Leyó su contenido y entendió el motivo por el que Van Bakari no se la había entregado. Era una carta dirigida a ella, en la que alguien reclamaba su presencia, basándose en la decisiva importancia de sus habilidades, para formar parte de un cuerpo de élite cuya importante misión era acabar con la amenaza del inframundo. Había en la carta un mapa y una ubicación a la que debía acudir si quería formar parte del movimiento de resistencia contra Amunet. Según advertía la carta, iba a ser una misión difícil, casi suicida, pero iba a cambiar definitivamente el mundo a mejor. La carta estaba firmada por un personaje desconocido y misterioso: Amatis de Mora.
Una llama de pasión se encendió en el joven pecho de Ona Bakari. Por primera vez en su aún corta existencia de aprendiz de traficante de almas, se sentía realmente viva. Alguien había considerado que su talento podía servir para algo más que para limpiar y clasificar cosas. Alguien importante, un prohombre anónimo, le brindaba la oportunidad de empezar una nueva vida: una que estuviera lejos del aburrimiento de las tareas del hogar y del constante vacío de un padre ausente. Una vida llena de aventuras, luchas contra demonios y compañeros a su lado; una en la que tuviera, por primera vez, una familia. Tomó su orbe-receptáculo, hizo un hatillo con sus pertenencias más importantes, y se escapó de casa antes de que su padre regresara.
Ona Bakari alzó el orbe sujetándolo con las dos manos hacia Trymon, el gigantesco demonio de tres cabezas y su magia de traficante de almas hizo el resto. El enorme diablo fue absorbido por el orbe mientras sus tres bocas lanzaban aullidos de horror. El resto de demonios, al ver desvanecerse a su colosal compañero emprendieron una caótica retirada. Los tres cazadores resoplaron fatigados pero orgullosos de sí mismos.
—Felicidades, compañeros —sentenció Ona con una sonrisa de plenitud—. Es un placer trabajar con vosotros.
—Lo mismo digo —se sumó Ramia con brillo en los ojos.
—Supongo que no ha estado mal —añadió Aldric. Con un atisbo de sonrisa en su rostro casi siempre inexpresivo—. Formamos un gran equipo.
Entonces Ona dió un respingo al percibir que su orbe brillaba y se agitaba de una forma inusitada. ¿Qué diablos pasaba? ¿Acaso los demonios capturados trataban de liberarse? Pero para sorpresa de los renegados, pudieron ver cómo lo único que sucedió fue que la luz del orbe tomó una forma de C con un intenso color morado. Los cazademonios participarían en el VII Torneo del Titán.

