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EL ORBE DE LA CONFUSIÓN III
El orbe de la Confusión infundido por la magia de Ramia y controlado por Ona generó un campo de luz de color morado que aisló a los tres cazademonios. Mientras la traficante de almas se consumía, Aldric usaba sus poderes para sanarla y permitirle continuar con su labor. Kiajají alertada por aquella palpable profanación de la reliquia de su pueblo, abandono las gradas y lanzó contra la barrera su lanza con fuerza suficiente como para atravesar a un toro de lado a lado. SIn embargo, el arma revotó mellándose como si hubiera chocado contra una pared de piedra.
Titania, que empezaba a reponerse del combate, se volvió hacia Elga.
—Esos humanos retorcidos lo tenían todo planeado —maldijo la Dama Irisada acariciándose las costillas llenas de cardenales—. ¿Te dije o no te dije que no se podía confiar en ellos?
La enana asintió, con una expresión sombría.
—Sea como sea, este giro de los acontecimientos no le va a gustar nada a la Dama Negra.
Ukarin K-bum, la inventora, preguntó confundida.
—¿Pero qué efecto exacto tiene este Orbe? ¿Cuáles son sus funcionalidades operativas exactas?
Naruik, más directa, añadió.
—Creo que se refiere a si nos va a hacer explotar a todos.
Clemente, con voz grave, respondió.
—Es peor que eso. Si las escrituras son ciertas, la realidad conocida se retorcerá sobre sí misma y todas las parejas se separarán irremediablemente. Las consecuencias son del todo impredecibles.
Efélide, con una pizca de ironía, murmuró.
—Pues a lo mejor no nos viene mal del todo…
Carmélida ya recuperada y sin dejar de mantener aferrada en su mano la Esencia de la Divinidad, le atizó un coscorrón con la mano abierta la joven por su descaro.
—¡Calla, desagradecida! La unidad es nuestra fuerza; separados no somos nada. ¡Que el Titán Oscuro nos ampare!
Ona, consciente de la magnitud de su tarea, se preparó para sufrir y para prevalecer.
—Soy consciente de su poder destructivo y de que nadie de los que lo ha utilizado antes ha logrado sobrevivir —dijo mirando intensamente a Aldric y a Ramia mientras sentía como el desbocado poder de la magia antigua sacudía su cuerpo mortal—. Sufriré como nunca, es cierto, pero gracias a mis compañeros, no moriré. Y el poder del orbe separará a todas las parejas de Calamburia para evitar un mal mayor. Alejada de sus demonios, Amunet será vulnerable.
Un destello de luz y un ruido mágico llenaron el claro. Ona gritó de dolor mientras las manos de Aldric se encendían para sanarla y la varita de Ramia brillaba intensamente alimentando el poder de la reliquia. Una intensa luz morada cegó a los presentes, al disiparse, los dos Ymodavans habían desaparecido así como Ramia y el propio Aldric. Ona, agotada, estaba ahora sola con el orbe aún brillante en las manos.
Drawets miró a Van Bakari, furioso.
—¿Y tú por qué no lo has impedido? ¿Qué clase de padre eres? Es tu hija la que ha estado a punto de morir.
Van Bakari, con una sonrisa calculada, respondió.
—Soy perfectamente consciente de ello, Drawets. Por eso la preparé cada día de su vida para que pudiera cumplir su importante misión. —Entonces abandonó su puesto en la grada y se acercó hacia su hija con una sonrisa plena—. Sí, Ona, hija mía, yo soy Amatis de Mora. Yo robé el Orbe de la Confusión a las Amazonas y junté en secreto al trío de Cazademonios para traer de nuevo el equilibrio al mundo.
Andamana, enfurecida, gritó.
—¡Él es el ladrón, acabemos con él, hermana!
En ese momento, el orbe volvió a destellar con fuerza cegando a los presentes. Al apagarse, Kiajají, Carmélida y Eurídyce desaparecieron.
—¿Hermana? ¿Qué habéis hecho con ella? —gritó Andamana, desesperada.
Clemente, con voz temblorosa, preguntó.
—¿Dónde está la segunda hermana? ¡Esto sin duda es obra de brujería!
Kávila, aterrada, exigió respuestas.
—¿Qué habéis hecho con mi hija? ¡Devolvédmela, degenerados! Mi hija no se va con cualquiera.
Van Bakari sonrió.
—El Orbe está actuando según lo previsto. Las parejas se están rompiendo. Probablemente la mismísima Amunet esté maldiciendo la desaparición de sus demonios ahora mismo.
Otro destello de luz morada envolvió el claro, y la mitad de los participantes desaparecieron. Tinín, llorando, buscó a su hermana.
—Papá, no encuentro a Gorrión —susurró tirando del chaleco de Drawets con los ojos llenos de lágrimas.
Ona, derrotada, miró a su padre con tristeza.
—Ramia y Aldric ya no están. He perdido a todos aquellos que me importaban…
—Haré como que no he oído eso —sonrió el traficante de almas.
—Lo tenías todo planeado desde el principio —le reprochó Ona a su padre—. Nos has utilizado todo este tiempo
Van Bakari asintió.
—Sí, hija, has sido mi marioneta. Pero ten claro que todo ha servido a un bien mayor. Los demonios estaban desatados, y no hay nada que perjudique más al negocio familiar que un bando acapare todas las almas —expuso el traficante de almas con su tono más zalamero—. Pero tampoco podíamos permitir que el bando de la luz se impusiera, pues la paz no da negocio. Así que tramé un plan perfecto, uno que me permitiera devolver el equilibrio pasara lo que pasara. Ahora ven conmigo, el espectáculo no ha acabado. Vamos a asestar el golpe final. Ahora que está sola, Amunet es vulnerable.
Van Bakari tomó a Ona de la mano que, abatida, se dejó arrastrar. Se la llevó aprovechando la desazón general, dejando a Drawets con los pocos participantes que quedaban. Los pocos que quedaban, observaban en silencio al pícaro con gesto grave.
—Las parejas han sido separadas —anunció Drawets, despidiendo el show con solemnidad ante su exiguo público—. El equilibrio ha sido restaurado, pero a un alto precio.
El claro se quedó en silencio, mientras las sombras de la noche cubrían el bosque y los ecos del torneo se desvanecían en la oscuridad. En vez de aplausos y fiestas, solo había un contenido pesar. Todos habían perdido a alguien aquella noche. Todos se sentían un poco más solos; más vulnerables.
Media cuadrilla de carpinteros comenzó a desarmar las gradas mientras el pícaro miraba al infinito pensando cuál habría sido el paradero de Tinín y de Gorrión. Sentía una conexión especial con sus hijos. Con Tinín, su vínculo empezó cuando le vio nacer con ese exótico rabo de cerdo al que siempre vio tantas posibilidades. Con Gorrión, su vínculo empezó a forjarse el día en que se la entregaron siendo solo un bebé. Desde entonces había empezado a querer a la niña como si fuera su propio hijo. En ese momento, algo turbó la melancólica reflexión de Drawets: un pequeño portal se abrió y fue atravesado por un pintoresco visitante que le recordaba ligeramente a un viejo amigo tristemente desaparecido tiempo atrás. “¿Katurian?”, se preguntó el pícaro “no puede ser, Katurian ya no está…”.
El inventor, que lucía una elegante chistera negra y unas gafas protectoras que cubrían sus ojos se quitó las lentes y miró en derredor. Drawets al verle los ojos se percató de que era en realidad Kurian, la variante multiversal de su amigo en la Calamburia 09. El inventor llevaba en la mano un extraño aparato que emitía un cierto brillo.
—¿Es aquí la final del torneo? —preguntó—. ¿Llego demasiado pronto?
—Más bien demasiado tarde —apuntó el pícaro con tristeza—. Todo era un plan secreto de Van Bakari, han usado el Orbe de la Confusión.
—Qué casualidad, eso también pasó en mi multiverso —sonrió el inventor—. Supongo que le habéis detenido, como hice yo.
—¿Detenerle? Es una reliquia arkhana, ¿cómo íbamos a detenerle?
—Pues con prolita, claro —expuso Kurian mientras sacaba un extraño medidor y extendía sus antenas de captación—. Deberíais haber utilizado la suficiente cantidad de prolita líquida para sumergir el orbe y evitar que… ¡Oh, no! —añadió con creciente preocupación—. Esto es malo, ¡es muy malo! ¿Dónde están Ukarin y Naruik?
—¿Y cómo voy a saberlo? —espetó Drawets irritado—. Te digo que la mitad de los calamburianos han desaparecido, parece que eso incluye a tus amigas. No sabemos dónde están.
—Es una catástrofe, sin ellas no puedo concluir mi misión. ¡Tengo que encontrarlas! —añadió guardando el medidor de nuevo e introduciendo unas extrañas coordenadas en su máquina del tiempo de bolsillo—. Un momento… es como si el panel de control de la máquina se hubiera vuelto loco… ¡qué raro!
—Es el Orbe de la Confusión —apuntó con retintín el pícaro—, ¿te dice algo ese nombre? Seguramente todo el multiverso ande trastornado ahora que lo han activado. ¿Es que no sabes los efectos que puede tener? Pensé que te habías enfrentado a él en tu universo.
—¿Cómo voy a saberlo? Ya te digo que, en mi mundo, lo desactivé antes de que todo esto pasara. Está bien, tendré que jugármela, que sea lo que el Titán quiera —dijo mientras apretaba botones y su máquina emitía sospechosos destellos de colores— Voy a buscarlas aunque sea a ciegas.
—Pero espera, antes de irte… —preguntó Drawets con curiosidad mientras un aura iridiscente envolvía el cuerpo de Kurian—. ¿Qué es eso de la prolita?
—¿Cómo, es que no conocéis la prolita? —preguntó el inventor incrédulo mientras su cuerpo parpadeaba comenzando a desaparecer—. ¿Pero qué diablos le pasa a este cacharro del demo…?
Y desapareció sin dejar rastro dejando al pícaro como un pasmarote en mitad de la arboleda. Ahora no solo sentía pena por su pérdida, sino la inconmensurable sensación de que toda aquella debacle podría haberse evitado.

