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UN PACTO DE ACERO
Elga sentía el peso del mundo vibrando bajo sus pies. La Forja Arcana bullía a su alrededor con el latido ancestral de los canales mágicos, y ella, sola en la penumbra, ajustaba con firmeza el último sellado de las tuberías encantadas. Llevaba semanas reforzando los conductos subterráneos que conectaban el mundo faérico con Calamburia, asegurándose de que la magia fluyera limpia, sin ser manipulada, sin ser saqueada.
La guerra de los humanos contra los demonios del Inframundo había dejado heridas profundas en los antiguos conductos mágicos que conectaban el mundo faérico con Calamburia: grietas por donde se colaban energías inestables o distorsiones causadas por la brutalidad de la magia bélica. Algunas zonas se habían vuelto impredecibles, y otras, simplemente, habían dejado de responder. Si no se contenía aquella hemorragia del flujo mágico, Calamburia no solo se quedaría sin defensas…se quedaría sin esencia: sin magia.
Aún recordaba, con rabia, cuando años atrás no acudió a la llamada de Karianna a todos los clanes. Alguien tenía que quedarse, proteger la raíz mágica del reino, custodiar el flujo de los canales de la Forja Arcana en mitad de una batalla sangrienta. Mientras otros sellaban pactos y lanzaban proclamas, ella se quedó en las profundidades, enfrentándose al olvido.
—Si hubiera estado allí… —murmuró con amargura, limpiándose el sudor con el antebrazo ennegrecido por el hollín—. Si no me hubieran obcecado con ayudar al Archimago, jamás habría ascendido esa unicornia engreída de Kárida.
Su voz, ronca, se perdió entre las resonancias de la forja.
– Todo se habría hablado. Yo la habría hecho entrar en razón. Ella siempre me ha escuchado al igual que lo hacía su madre. Ser Dama Blanca no le daba derecho a desafiar la ley druídica, ni a levantar la mano contra su hermana. Esa ley es el pilar sobre el que se construyó el equilibrio. Nadie, ni siquiera Karianna, estaba por encima de eso.
Pero no fue así. En su ausencia, los pactos se rompieron, las palabras se torcieron y ahora estaban en mitad de una guerra en la que ella no quería tomar parte. Ni con la Dama Negra, ni con alianzas vacías. Su deber era otro: el equilibrio, la contención. Su bastión era el acero: de aspecto frío pero bien templado.
Apretó los dientes. Otalan, su esposo, y sus hijos… ¿cómo pudieron permitir que todo sucediera? Si al menos hubieran tenido la dignidad de levantar la voz. Pero no. Se acomodaron. Se rindieron. Le ocultaron incluso lo de la letra del Torneo y la excluyeron. ¡Su propio esposo y sus dos hijos! ¡Como si ella no la mereciera! . Y para colmo, ni siquiera ganaron. ¡Hicieron el ridículo mancillando el honor de todo el pueblo enano!
El eco del metal vibró a su alrededor como si compartiera su furia. Al fondo, descansaba su creación más preciada, inmóvil, pero vivo. El gólem. Su gólem. Serörkh.
Su silueta de acero resplandecía en la penumbra con un leve pulso carmesí. Un corazón de magia latía en su pecho.
Y fue en ese instante cuando, desde la profundidad del rubí, emergió un pensamiento. No de Elga… sino de la gema misma.
Porque las piedras también recuerdan.
Y cuando el corazón de una piedra late, lo hace con siglos de memoria. Con historias que se hunden en la tierra, que viajan por los canales de magia y que respiran el fuego de antiguas forjas.
Bajo las montañas de acero, bajo la presión del peso y el tiempo, nacen algunas de las gemas más preciadas del mundo faérico. Cuentan las ancianas enanas del clan de los forjadores que su origen es la mezcla de la proximidad de los fuegos de la Forja Arcana y la circulación de la magia faérica por los canales del subsuelo. Muchas de estas piedras preciosas fueron extraídas en los primeros tiempos de la civilización subterránea y corrieron las más variadas de las suertes. Se dice que algunas de ellas terminaron esparcidas por el desierto carmesí, enterradas por milenios en las arenas rojizas, templándose al calor incandescente de esa tierra de fuego y tomando un color rojo intenso.
Por su parte, los ancianos efreets cuentan también una historia sobre piedras mágicas extrañas y poderosas. Se dice que solo una vez cada mil años nace en el Desierto Carmesí un Rubí de Sangre: una gema arcana infundida por el poder antiguo de las arenas. Son muchas las circunstancias que deben converger para que así sea: el sol debe brillar con fuerza, el viento debe soplar sobre las dunas rojizas y debe darse una tormenta escarlata. Es extraño que las tres cosas pasen a la vez y, cuando así sucede, puede darse el milagro. Los rubíes de sangre son valiosísimas reliquias por su rareza y su belleza, pero casi todos han corrido suertes desdichadas. Sin embargo, esta es, precisamente, la historia de uno de esos rubíes; uno que corrió una suerte especial: el primero que logró cobrar vida.
Uno que fue moldeado por las arenas del desierto y templado por el aliento de un volcán antiguo. Uno que no solo atrapó la luz, sino también la memoria. Que no solo conservó poder, sino también conciencia. Porque hay gemas que se esconden, otras que brillan… y otras que tienen alma.
Y nuestro rubí, el Rubí de Sangre que se encontraba delante de los ojos de la Dama de Acero, recordaba…
Porque incluso una piedra, si ha vivido lo suficiente, guarda su primer recuerdo.
Un destello.
Un contacto.
Un instante que lo cambió todo.
La primera vez que sintió el frío fue cuando una mano humana lo desenterró de entre las arenas y lo tomó con inconmensurable avidez. Se trataba de un ser poderoso al que todos llamaban Othÿn que lo llevó consigo a un lugar extraño y húmedo que emanaba magia ancestral. Experimentó durante largo tiempo con el rubí tratando de extraer su poder, pero la esencia de la piedra preciosa se resistió a salir. Las frías manos de aquel mago no parecían merecedoras de confianza, por lo que el rubí de sangre pasó largo tiempo retraído sobre sí mismo como una ostra en su caparazón cuando se siente insegura.
Nunca había sentido algo parecido al miedo… hasta entonces.
Pasaron los años en una especie de duermevela hasta que algo sucedió: el rubí sintió por vez primera la calidez de un corazón puro. Fue cuando aquella niña de fuego lo tomó entre sus manos. Abandonó su reclusión para probar un nuevo tipo de calidez que le recordaba al de las arenas rojizas que lo vieron crecer: la del corazón de una efreet.
Y por primera vez, quiso pertenecer a alguien.
—¿Es para mí, madre?
—Para ti, que estoy segura de que un día heredarás mi pesada carga —asintió När, la Dama Carmesí con orgullo en los ojos—. Fue un regalo que los druidas hicieron a los efreets en pago por su fidelidad en tiempos oscuros. Ahora que has cumplido la edad suficiente quiero que lo tengas tú. Se dice de estas piedras que conservan el poder de la montaña y la esencia del desierto.
La pequeña Sörkh era todo lo que se puede esperar de un espíritu del fuego: era temperamental, pero también cálida con aquellos a los que amaba. Guardó el rubí de sangre como un preciado tesoro, en el interior de una vasija, pero todas las noches lo sacaba para contemplarlo y decirle cosas bonitas.
—Eres la piedra más brillante y preciosa de todo el Reino Faérico —decía con orgullo infantil—. Nunca nos separaremos y siempre serás parte de mí.
Y el rubí, en su silencio, aprendía el significado del afecto.
Sin embargo, un día como cualquier otro, nuestro rubí de sangre volvió a la vasija y, con ello volvió la oscuridad y el frío. ¿Se habría olvidado de él su pequeña genio del fuego? Su alma de piedra se puso triste por haber vuelto a la soledad de donde provenía hasta que una noche algo lo despertó de su letargo.
Salió despedido de su vasija y fue a caer sobre una mano conocida, la de Sörkh, que había crecido para convertirse en una hermosa e imponente efreet que ahora ostentaba el título de Dama Carmesí. Frente a ella había otra mujer singular con un carácter igual de fuerte e inquebrantable que el de aquella que lo recogió de la arena roja por primera vez. Más adelante conocería su nombre, aunque para él siempre sería su “ama”, aquella persona a la que le uniría el segundo de los grandes vínculos de su vida.
Sörkh extendió su mano entregando el rubí de sangre a aquella mujer que miró la piedra con fascinación. Lucía una capa de pieles y una brillante corona y sus pinturas de guerra la identificaban como un miembro del pueblo enano. Se llamaba Elga y era la Dama de Acero.
Al tocarla, el rubí comprendió que su destino acababa de reescribirse.
—Quería obsequiarte con una antigua reliquia efreet para que pudieras completar tu creación —explicó la Dama Carmesí mostrando la hermosa piedra preciosa—, pero me temo que no sé despertar su poder y mi madre, como bien sabes, tampoco nos puede ayudar.
—¡El Rubí de Sangre! —exclamó Elga emocionada— ¡Hacía siglos que no lo veía! Creía que se había consumido durante la Gran Catástrofe.
—Fue un obsequio de los druidas como agradecimiento por la energía ardiente que les proporcionamos como tributo después de la Gran Catástrofe —expuso Sörkh—. Sin embargo, tanto mi comunidad como yo desearíamos que te quedaras con ella y fuera parte de tu anhelado proyecto.
—Te doy las gracias de todo corazón, querida. Quizás no lo sepas, pero este rubí surgió del mismísimo fuego de la Forja Arcana y es ahí donde aguarda su verdadero despertar —respondió la Dama de Acero con una luz en la mirada de quien reencuentra un tesoro largamente extraviado—. Aunque hay algo en él que es diferente… su rojo es más intenso… —añadió examinándolo con curiosidad—. Pero no puedo aceptarlo, es demasiado valioso, además es una reliquia importante para los tuyos —objetó la enana algo abrumada.
—Que esta sea la prueba de que la llama que nos une nunca será apagada —recitó la efreet con el fuego de pasión crepitando en sus ojos.
La Dama de Acero miró aquella piedra como si sus ojos de experimentada forjadora pudieran ver su alma más profunda traspasando su hermosa carcasa. Aquella no era una piedra singular y algo había cambiado en ella desde que la vio siendo solo una niña. Ahora parecía más madura, más consciente. Rezumaba por sus paredes cristalinas no solo el poder de la montaña, sino la esencia del mismo desierto. Pareció dudar, lo cual mostró un resquicio para su amante.
Y el rubí, latiendo bajo la mirada de Elga, aceptó lo inevitable: había encontrado a quien servir.
—Vamos, Elga, ya sabes que no es buena idea contrariar la voluntad de un efreet —la riñó Shörk con dulzura y, antes de que pudiera replicar, selló sus labios con un beso ardiente.
—Sea. Pero que quede aquí sellado un pacto eterno entre la montaña y el desierto —dijo con los ojos vidriosos mientras desnudaba a su amante y acariciaba su cálida piel—. Esta piedra es rara y valiosa, pero siento que puedo hacer de ella algo que nunca nadie ha soñado hacer.
—No se me ocurre nadie mejor que tú para darle un buen uso —lanzó la Dama Carmesí con una sonrisa—. Libera todo el poder de tu imaginación, haz de él algo grande. ¿Me lo prometes?
—Soy buena forjadora. En realidad la mejor de la Forja Arcana, tal y como mi madre me hizo —añadió sacudiéndose la falsa modestia, no la necesitaba cuando yacía con su amante.
—Pues solo tú podrás utilizarla, quizás sea la pieza que falta para completar tu proyecto. Porque… ¿sabes, querida Elga lo que dice mi pueblo de los rubíes de sangre? —murmuró Sörkh mientras pasaba su dedo índice por el turgente pecho derecho de Elga en dirección al izquierdo.
—¿Qué? —preguntó la Dama de Acero con curiosidad.
—Que tienen alma.
El aire llevaba trazas de azufre y vapor de agua. El golpeteo constante del martillo contra el hierro candente retumbaba por las galerías subterráneas. Elga llevaba tres días y tres noches trabajando sin descanso al fuego de la legendaria Forja Arcana. La peculiar fragua había sido creada siglos antes por los primeros miembros del clan de forjadores de la que su madre fue la última líder. Ahora ella, convertida en Dama de Acero, gobernaba sobre la totalidad de su pueblo. Tras su matrimonio con su primo Otalan, tuneladores y forjadores habían enterrado sus antiguas rencillas. El pueblo enano vivía bajo su mando una nueva edad dorada. Gracias a los canales mágicos que fluían por los túneles que su pueblo mantenía, la magia faérica fluía de un mundo a otro manteniendo el equilibrio. Además, el fuego de su forja se beneficiaba del paso constante de tan inmenso poder. Nunca antes los enanos habían sido capaces de forjar armas tan poderosas como las que Elga construía con sus propias manos. Había sido idea de Theodus, el apuesto archimago. «Es una pena que ya no esté —se dijo la Dama de Acero para sí—. Su presencia era agradable y olía bien». Luego le invadió una amplia sonrisa poco común en su adusto rostro: «También era bueno en la cama —sopesó divertida—. Más vigoroso que Otalan… pero menos que Sörkh».
—Esposa mía —la interrumpió su marido en el peor de los momentos. El Señor de los Túneles parecía preocupado por la obsesiva laboriosidad de su mujer.
—¿Qué diablos haces aquí? ¿No deberías estar durmiendo? Es lo único que sabes hacer —le reprendió ella con desdén. Últimamente no se alegraba de ver a su primo y esposo; ya no era aquel guerrero laborioso y ambicioso que un día conoció y con quien compartió sueños y un proyecto de vida. Se había convertido en alguien fofo y débil, acomodaticio.
—Te estaba esperando —expuso él con un hilillo de voz—, no has acudido a nuestro lecho desde hace varias noches.
—Tengo… cosas que hacer —respondió ella sin dejar de martillear el metal.
—Los niños… —comenzó a decir Otalan.
—¿Qué pasa con esos mocosos irresponsables? —le interrumpió—. ¿Han vuelto Isaz y Dagaz a hacer de las suyas?
—Preguntan por ti… eso es todo —dijo tratando de dar lástima a su esposa—. Echan de menos a su madre.
—Echan de menos a alguien que los cuide, los atienda y les ría las gracias —matizó Elga quitando hierro al asunto—. Pero no te preocupes: si todo va bien, en breve habrá alguien que se encargue de ellos mientras yo me ocupo del destino de nuestro pueblo y tú te pasas el día acostado o destilando tu propia cerveza. Ahora vete, tengo trabajo.
—Sí, Elga.
—¿Cómo? —le reprendió ella entornado los ojos con severidad.
—Sí, mi Dama de Acero —enunció contrito Otalan mientras se retiraba resignándose a pasar solo otra noche.
Elga siguió trabajando, martillenado las placas una a una, templándolas y ensamblándolas hasta que hubo terminado su obra magna. Se trataba de una gigantesca figura humana articulada y toda hecha de puro acero. En su mano llevaba un pesadísimo lucero del alba, una enorme maza con púas capaz de aplastar cualquier armadura por gruesa que fuera. En el lado derecho de su inmenso pecho había una pequeña cavidad con una sola runa grabada y, en él, fue donde Elga, con un cuidado que rozaba la ternura, colocó el rubí de sangre.
Al sentir el contacto con la estructura de acero, el rubí supo que aquel cuerpo era su destino. Como si cada golpe de martillo hubiera resonado en su interior desde mucho antes.
Entonces se produjo el milagro y el descomunal gólem cobró vida.
—Ama —pronunció aquel ser con dificultad.
—Te llamaré Serörkh —sentenció ella recordando las cálidas manos de su amante—. Eres la perfecta combinación de todo aquello que más amo: el acero y las llamas.
—Sí, Ama. Serörkh se llamará Serörkh —pronunció el gólem demostrando su corta inteligencia pero, a la vez, su evidente fidelidad.
En lo más profundo del rubí, algo se encendió. El nombre selló un nuevo vínculo. Ya no solo era una gema: era un corazón latente en un cuerpo de acero.
—Y ahora, Serörkh, tengo una importante misión para ti —dijo Elga dejando su martillo sobre la mesa y secándose el sudor que le resbalaba por el cuello.
—¿Peligrosa misión para Serörkh? —preguntó aquel ser con ardor en la mirada, como si su mayor deseo fuera entrar en batalla por su ama.
—Algo así —respondió ella—. Arriba debe estar amaneciendo y pronto prenderán las lágrimas de luna de las galerías. Mis hijos se levantarán pronto y vendrán a importunarme. Encárgate de ellos.
—¿Serörkh aplasta?
—Solo como última opción —sonrió la Dama de Acero con malicia—. De momento estaría bien que jugaras un rato con ellos. Yo por el momento me voy a la cama —añadió estirándose y bostezando—. Me muero de sueño.
Y así fue cómo la gema más especial del mundo faérico, el legendario Rubí de Sangre, cobró vida en un cuerpo indestructible. Vino al mundo como casi todos, siendo fruto del amor y del esfuerzo. Su alma, aún simple, sintió entonces un profundo vínculo con las manos que le habían creado. Se juró para sí ser siempre fiel a aquellas manos: un pacto inquebrantable como el más puro de los aceros.
…y ahora, años después, en las entrañas de la Forja Arcana, el rubí volvió a latir más fuerte que nunca.
Sintió a su ama. Sintió su cólera, su orgullo, su pasión templada como metal. La reconoció, como solo se reconoce a quien ha sellado un pacto con fuego y alma.
Elga abrió los ojos al notar el temblor. El pulso carmesí del gólem se intensificó. La Forja rugió suavemente. Y entonces, del pecho de Serörkh, emergió un nuevo signo: una letra incandescente, grabada en fuego puro, que se dibujó en el centro de la gema.
Una C.
La letra del Torneo.
Elga se quedó inmóvil, observando cómo la gema que una vez besaron dos corazones ardientes cobraba un nuevo sentido. Sonrió con amargura, pero también con orgullo.
Ahora era su turno. Había sido elegida. Lo haría mejor que sus hijos, mejor que su esposo. Esta vez no habría traiciones, ni pactos rotos. No habría más guerra ni más sangre: si vencía, devolvería el río a su cauce.
Y sabía que no estaría sola.
Porque llevaría con ella el arma definitiva.
El ser en quien más confiaba.—Vamos, Serörkh —susurró, acariciando el pecho del gólem—. Nos espera el Torneo.

