La derrota puede ser más amarga que la hiel en la boca de muchos guerreros. Grandes héroes del pasado no han podido soportar el sabor del fracaso y han abandonado gestas épicas que habrían hecho las delicias de cualquier trovador. Pero cuando se es un cobarde, una víbora traicionera, un cambiacapas, en definitiva, un pirata, el fracaso es sólo la oportunidad de vivir un día más.

El golpe de estado pirata había fracasado estrepitosamente. Sancha III se había incrustado en el trono con aún más fuerza. La Torre de Skuchain había radicalizado en sus métodos. La milicia de Calamburia, formada por innumerables hortelanos, patrullaban las calles de Instántalor en búsqueda de cualquier villano malcarado. La Reina Urraca proclamaba que todos los recursos del Palacio de Ámbar serían destinados a crear una armada invencible que arrasaría la isla Kalzaria, hogar de los piratas, con sangre y justicia. Todo pintaba bastante mal.

Y es por eso que la rebelión pirata estaba emborrachándose con todas sus fuerzas, celebrándolo como si hubiesen ganado. Lo cierto es que habían perdido una rebelión, pero ahora eran todos inmensamente ricos con el saqueo del Palacio de Ámbar.

La taberna más bulliciosa de la isla, La Tortuga Tuerta, rebosaba de chusma de la misma manera que una jarra mal servida rebosaba espuma. La sala principal de la taberna, con gigantescos candelabros cubiertos de velas que goteaban sobre sus comensales, olía a sudor, alcohol y depravación. Los cambios políticos en Calamburia habían tastocado la rutina de muchos Calamburianos, que parecían estar adaptándose a la nueva situación. En algunas mesas se podían ver grupos de salvajes haciendo círculos de cómbate, retando a los piratas, los cuales, tambaleándose, entraban a recibir un buen puñetazo en los morros y perder todo lo apostado. En las esquinas más sombrías, zíngaros y otros personajes de siniestra silueta con máscara y fetiches jugaban a tensas partidas de dados en el que lo extraño era no tener las manos ágiles. También se podía ver aquí y allá hortelanos que demostraban que su habilidad de regateo con las zanahorias también podía aplicarse al reparto de botines y saqueos. Y por encima de todo ese caos y locura, en una pequeña plataforma junto a la barra, dos Trovadores tocaban una alegre jiga a la que nadie hacía ningún caso.

Por encima del salón principal, en los reservados el segundo piso, otra reunión bastante menos festiva estaba desarrollándose con una violencia poco contenida.

– ¡Este lugar apesta a civilización! ¿Por qué no estamos marchando hacia la capital y salvando a mi hijo? ¡Mi hijo! – dijo Dorna dando un puñetazo a la mesa, rompiendo uno de sus tablones.

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– Créeme, a mí esto me gusta tan poco como a ti. Pero han desplegado el Ejército Real, y no podemos luchar contra ellos cara a cara. Esto iba a ser un golpe de estado limpio y sencillo – dijo Efraín eructando tras beberse todo su vaso de golpe -. Pero todo lo que incluye a mi sobrina nunca lo es.

– ¡Estás hablando de un golpe de estado a MI reinado! – escupió Dorna mientras Corugan, situado de pie a sus espaldas, gruñía amenazadoramente.

– ¡Já! Las cosas cambian, salvaje. Un día eres el capitán de un barco temido por todos los mares y al día siguiente te pasan por la quilla. Es la ley de la sal – respondió con una risotada Efrain.

– ¡Tito! ¡Yo quería el trono! ¡Es mío mío mío! – dijo enfuruñada Mairim mientras se cruzaba de brazos. La marca del Titán palpitaba con suavidad en su pecho.

– Y la malvada Reina Urraca vuelve a estar en el trono. Somos una deshonra para el Rey Rodrigo – dijo Pierre Renoir mientras unas lágrimas viriles caían por su rostro.

Una fusta se estrelló en la mesa con fuerza, provocando una mirada recelosa en todos los presentes.

– Panda de lavanderas acongojadas, ¿Para esto me sacáis de mi reclusión? ¿Para ver cómo fracasan vuestros planes y observar el deplorable estado de mi hijo medio loco? – dijo Petequia con aire furibundo -. Os merecéis lo que os ha ocurrido. Haced como yo, aceptadlo, buscad un lugar apartado y bebed todo lo que podáis.

– ¡No mamá! ¡No te vuelvas a ir por favor! Me portaré muy bien y conseguiré ese trono que brilla y haré que todos te quieran – dijo Mairim mientras se incorporaba de un salto. La C de su pecho relucía con aún más fuerza -. Quiero que tú y papá os sintáis orgullosos de mí y que seamos una familia genial de nuevo, así que no te preocupes que lo voy a conseguir. Cueste lo que… ¡CUESTE!

El grito de Mairim recorrió la habitación como un huracán y casi arroja de la silla a sus asistentes. El aspecto inocente de la niña siempre les hacía olvidar que estaban ante una bomba de relojería que debían de tratar con mucho cuidado.

Unos golpes fuertes resonaron en la puerta, provocando que todos desenfundasen sus armas en un abrir y cerrar de ojos. La puerta se abrió y la enorme silueta de Ranulf Matabestias llenó el umbral. Morgana, la antigua pirata y ahora mercenaria, se asomó por uno de sus costados.

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– Perdonad, no hemos podido evitar escuchar que teníais necesidades y que todo dependía de un precio.

– ¡Hermanita! – dijo Mairim con alegres saltos -. ¡Es mi primera reunión de familia con tanta gente!

– Estoy que me desmayo de la alegría – espetó Petequia con una mueca de asco -. Saluda de mi parte al idiota de tu padre y recuérdale que me debe dinero.

– La vida disoluta de Petequia desde que no está con nuestro amado Rey Rodrigo me parece cuestionable – murmuró Pierre a Balian sin que nadie le escuchase.

– ¡Quién seré yo para cuestionar la vida de libertinaje, mi buen amigo! – le respondió Balian atusándose el bigote – Mi padre estuvo en la tripulación del Capitán Flink, el padre de ambas. Fue un temido filibustero, así que probablemente se trate de algún tipo de alianza oculta.

– No tengo nada que ver con mi padre. Estará emborrachándose en algún prostíbulo, poco me importa. Lo que quiero es oír ofertas – dijo Morgana zanjando la cuestión.

– Cazar humanos es como cazar bestias para mí. Poned un precio y nos encargaremos de juntarnos con otros mercenarios para ayudaros en lo que sea – Ranulf escupió al suelo con una mueca al ver a los salvajes – Necesito destrozar cosas para olvidar mi pasado.

– Pagaré lo que haga falta para salvar a mi hijo. Aunque sea con sangre – dijo Dorna enseñando los dientes.

– Con cantidades obscenas de oro nos basta, muchas gracias – dijo Morgana con una sonrisa de suficiencia.

– Haced lo que queráis. Yo me voy de vuelta a mi islote a cuidar de la locura de mi hijo. A pesar de que me expulsó y me repudió, no puedo dejar de ser su madre – dijo Petequia mientras salía de la sala con un leve toque de tristeza en la voz.

– ¡No se preocupe Milady! ¡Nosotros cuidaremos del legado del Rey Rodrigo! – dijo Balian incorporándose de un salto de manera totalmente innecesaria ya que la hermana de la Reina Urraca cerró la puerta tras de sí.

Corugan gruñó intrigado mirando a Dorna. Esta le respondió apartando la mirada.

– Sí, Corugan. Me aliaré también con Zíngaros, Pícaros, Redivivos… incluso hablaré con las Guardianas del Inframundo. Lo que haga falta para recuperar a mi vástago. Poco me importa ahora el Reino de Calamburia, como si se hunde en llamas – masculló Dorna con la voz tensa y la mirada perdida -. Dejamos las montañas por ellos. Nos adaptamos a sus bárbaras costumbres. Traté de traer algo bueno siguiendo los designios del Titán. Pero nos han abandonado, como a perros. He perdido la fe en este pueblo que apoya la nueva monarquía y todo lo que me queda ahora es ira y venganza – masculló Dorna con la voz tensa y la mirada perdida.

– ¡Muy bien, decidido! Tito, págales con todas las cosas brillantes que robamos del castillo. Tenemos que conseguir ese trono para que mamá esté contenta y yo pueda jugar con todas mis amigas y hermanas en el palacio – sentenció Mairim mientras aplaudía con alegría.

Efrain miró el fondo de su vaso. En él vio un futuro en el que el corsario era un feliz hortelano, arando todo tipo de tubérculos y disfrutando de espumosa cerveza al atardecer como recompensa de sus esfuerzos. Con un sonoro escupitajo, hizo desaparecer ese futuro y se preparó a sacrificar de nuevo su vida por su sobrina. Una vez más.

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