Adonis sintió que había en su sueño algo raro, como si, aunque quisiera, no le fuera posible despegar los párpados.

Por otro lado, era normal sentirse extraño; de hecho, ¿cómo era posible que aún viviera? Los últimos combates le habían alejado –y mucho- de la Puerta del Este, lo cual, según las reglas establecidas durante su construcción, significaban un rápido envejecimiento de su cuerpo, quizás incluso la muerte.

Sí, debería estar muerto. ¿Era eso la muerte?

adonis muerto            Pues no; al menos no lo parecía. Se hallaba en un estado entre la vigilia y el sueño, como si una droga se hubiera apoderado de todos sus sentidos. Intentó moverse, pero no le fue posible. Estaba claro que su cuerpo no le obedecía. Al fin, se decidió a articular un pensamiento.

-¿Dónde estoy? –dijo para sí, motivado por alguna suerte de impulso.

-No estás muerto- respondió una voz femenina-. Sólo te hallas en éxtasis, invadido por mi hechizo. Se te pasará pronto, descuida.

¿Habían mencionado la palabra “hechizo”? Adonis sintió que el temor se adueñaba de sus entrañas. Temió ser un prisionero y, poco a poco, fue recordando el combate que le hizo perder el sentido. ¿Y Quasi? ¿Acaso no había fallecido tras ser atacado por las Guardianas del Inframundo?

-¿Quién eres? ¿Kashiri?

            No hubo respuesta. El portero se temió lo peor.

-¡Si eres la Emperatriz Tenebrosa, te ordeno que me liberes de inmediato! Si no lo haces, yo…

            -¿Qué harás? –respondió la voz entre risas- Estás tan débil que no puedes moverte. Los poderes que te concedía la Puerta del Este se han disipado. Nada te queda de aquellas protecciones. Tu cuerpo se ha marchitado, hasta dejar poco más que un débil hálito de existencia. Pero no te asustes, mi querido portero. No soy Kashiri.

            -¿Entonces, quién?

            Antes de responder, la voz dejó salir una risa suave, adormecedora. Adonis tuvo que esforzarse por mantener la consciencia, pues su sonido parecía querer introducirse en sus pensamientos y manipularlos.

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-No has sentido los temblores, por lo que veo –declaró la mujer.

            -¿De qué temblores hablas?

            -Los del Maelström; el vórtice de caos que ha confundido el mundo. Tu cuerpo apareció junto a mí. Quizás debería haber terminado contigo, portero, pero tienes algo… algo especial. Algo familiar, quizás.

            Adonis sintió que un fuego germinaba en su interior, y que, con gran violencia, ascendía hasta el centro de su pecho. No supo decir, en aquel momento, si lo que le sucedía era producto de la ira, del temor, o quizás a causa de la sensación que le provocaba haber escuchado una antigua verdad. Sea como fuere, no pudo menos que emitir un grito mudo desde lo más profundo de sus pensamientos.

-¡Calla! ¿Quién eres? ¿Qué has podido hallar tan familiar tú, que no eres sino una voz trémula? ¡Habla e identifícate!

            -Soy Kálaba, ¿es que no me has conocido?

            -¡La zíngara!

            -La misma.

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            Adonis reunió todas sus fuerzas para despertar de aquel extraño sueño. Intentó moverse, agitar los brazos, mover las piernas. Intentó gritar, o revolverse tan solo, pero no consiguió nada. De nuevo, la voz de Kálaba invadió su mente.

-No conseguirás nada, portero. Pero descuida, tu odio hacia mí terminará volviéndose amistad. Pronto aceptarás el nuevo rumbo de tu vida, y quizás comprendas que el verdadero sino para el que llegaste a Calamburia no era ser fiel a la destronada Urraca, sino a mí. Descansa, Adonis. Vuelve a los sueños y recupera tus heridas. Mis hechizos te volverán joven de nuevo. A partir de ahora, es el futuro lo que tienes que guardar.

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