En la profundidad del Inframundo, allí donde ni siquiera las alimañas de Calamburia se atreven a poner el pie, Ventisca tiene su hogar. Es una caverna fría, con muchos pequeños agujeros a través de los que silba el viento. Ventisca se sienta en el centro y aguarda hasta que llegue su momento, hasta que Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa, decida el siguiente movimiento a tomar.

La Guerra de Calamburia finalizó, y las fuerzas del bien triunfaron. Ambas Guardianas del Inframundo fueron expulsadas a su reino y encerradas allí. Sólo ahora, con la amenaza del Leviatán, han vuelto a hacerse notar. La destrucción del mundo también las afecta.

Pero en los ratos en los que Ventisca pasa sola, se entretiene en sus pensamientos. Son pocos esos momentos de paz, cuando no la reclaman las necesidades del torneo, ni hay almas a las que guiar por el Inframundo. Entonces Ventisca desciende muy profundo, a esa caverna en la que sopla el viento, y piensa.

Antaño tenía otro nombre: la Dama Celeste. Eran años que en su memoria se nublan. No obstante, todavía puede evocar días en los que jugaba con las nubes, paseaba al lado de otros seres de su raza y… y reía.

Sí, Ventisca cree recordar que antaño era feliz, y que no existían deseos amargos. Reía porque no tenía males en su corazón, y porque amaba. No era un amor perfecto, por supuesto. Tenía sus defectos, pero era amor.

El amor ahora le resulta un sentimiento imposible de recuperar. Observa su alrededor, a los agujeros pequeños de la caverna, por los que silba el aire, como si a través de ellos se hubieran colado esas sensaciones que la aproximaban a la humanidad. Pero a pesar de sus esfuerzos, sabe que nunca podrá volver a enamorarse.

Muchos hombres la persiguieron cuando era la Dama Celeste, y todavía quedan algunos que se atreven a sentir algo por ella. El último fue Quasi, uno de los porteros. Le confesó que ella era la primera y la única; que no había ninguna otra a quien dedicar sus sueños, y que no la habría jamás. Lo hizo justo antes de caer rendido ante el Avatar del Caos, pues Ventisca, inmisericorde, no se dejó vencer por aquellas palabras.

Ahora, en su caverna, donde el viento la envuelve, recuerda cómo sintió pena por aquel amor. No porque lo correspondiera, sino por ver cómo se había adueñado de la lealtad de su enemigo. Le había hecho débil, y por eso, Ventisca triunfó.

En esa caverna donde no alcanza ninguna luz, se escucha una risa. Es Ventisca, alegrándose de haberse desprendido de aquellos sentimientos. La hacían débil, pero ahora es fuerte. Ahora es invencible.

Sin embargo, el viento continúa silbando en su oído, y con un cosquilleo se cuela en sus oídos una frase: “¿No lo echas de menos?” Le dice una voz que nadie más escucha. “¿No querrías volver a amar de verdad?”, añade.

Ventisca queda un instante en silencio; enmudece su risa y escucha el mensaje del viento, y las palabras en su cabeza que una y otra vez se repiten: “¿No querrías volver a amar?”.

Mira a los agujeros, a su alrededor. Sus ojos escudriñan la oscuridad. Con ella no hay nadie, sólo sus pensamientos, sus recuerdos. Sólo ella misma.

-No –responde a viva voz, y el eco hace que su respuesta se extienda por todo el Inframundo.