Si el Palacio de Ámbar hubiese sido un primaveral parque, los murmullos que lo recorrían constantemente serían como las atareadas abejas produciendo miel y cumpliendo sus recados de aquí allá. Mas aquel palacio no era bucólico, sino más bien peligroso y decadente como un jardín de rosas negras. Los murmullos recorrían sus paredes como un ejército de incansables hormigas, entrando por cualquier rendija, recorriendo impúdicamente con sus pequeñas y articuladas patas cualquier secreto oculto.

El lugar en el que más murmullos se concentraban eran sin duda el Pasillo de Ámbar, un gigantesco pasillo de kilómetro y medio decorado profusamente con oro y Ámbar y con una anchura suficiente para que cuatro carrozas pudiesen circular la una al lado de la otra.

Ese día, estaba especialmente concurrida. Centenas de nobles paseaban con un deliberado paso lento, susurrando secretos y observando atentamente a sus rivales políticos, a los que saludaban con hipócritas inclinaciones de la cabeza.

Los Trovadores del Rey animaban el ambiente del gran pasillo con su arpa y su laúd, dando un contrapunto alegre a la nube de oscuros murmullos que flotaba por el aire. Los Inventores también deambulaban por ahí, tratando de buscar mecenas para sus disparatadas creaciones, aunque desde el incidente del Caos del Maelstrom, nadie estaba muy interesado en invertir en invenciones posiblemente apocalípticas.

Pero había una persona que recorría ese pasillo como si le perteneciese. Era como un buque recorriendo aguas pantanosas, apartando implacablemente los obstáculos y la inmundicia a su alrededor. La Reina Madre Sancha III, seguida de su hija la antigua Reina Urraca, flotaba por encima de los murmullos ya que ella era la instigadora de muchos de ellos. Nada ocurría ya en el palacio sin su permiso o conocimiento.

– Querida, trata de andar con un porte más…elegante – dijo manteniendo una sonrisa falsa la venerable anciana.

– Lo siento madre. Tengo todavía muchas costumbres aprendidas de la calle – dijo Urraca, tratando de evitar un tic que le hacía mirar a su alrededor como un pájaro asustadizo -. Sé que no soy bien recibida aquí.

– Tonterías. Solo fuiste echada de tu trono por un advenedizo y por una banda de bárbaros norteños. Sólo tenemos que cambiar ese leve detalle y será sencillo volver a la normalidad. El pueblo tiene muy mala memoria, y los nobles, una ética que puede ser comprada.

– No es tan sencillo, madre. La gente aprecia los Salvajes, les da una sensación de falsa seguridad. Los prefieren aquí que en las montañas. Y el Rey Comosu, aunque loco, está recluido en sus habitaciones y hace que todo sea mucho más fácil y tranquilo en el palacio.

– Es cierto que la gente busca la estabilidad y un caldo de cultivo adecuado para sus intrigas. Pero nosotras podemos dárselo.

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– ¡Oh mi querida Reina Madre! ¡Qué gran placer verla aquí – dijo una voz.

– Hablando de alimañas que ponen precio a su ética…

Lord Besnik y Lady Dardana, los Archiduques, se acercaron con paso pomposo y haciendo un gran ostento de sus galas. Sus esfuerzos eran en vano, ya que toda la corte sabía que estaban arruinados.

– Está usted reluciente, milady – dijo como afectación Lady Dardana. Tras una leve pausa, y sin mucho convencimiento, añadió­­– y usted también, Urraca.

– ¡Qué tiempos de incertidumbre! ¡Una época de héroes! Sin duda habrá escuchado las gestas y proezas de mi hijo, el valiente Sir Finnegan! – empezó a proclamar Lord Besnik -. Desgraciadamente nosotros debemos invertir nuestro tiempo e innumerables riquezas en nuestra hacienda. ¡La prosperidad de nuestra gente es lo más importante! Además, tenemos total confianza en que sea nuestro hijo el que devuelva la estabilidad a Calamburia.

– He oído numerosas historias sobre su hijo. Su valentía no tiene rival – le cortó con una mirada gélida Sancha. La sonrisa de pomposidad de Besnik se congeló en el acto -. Le deseo lo mejor en el cuidado de sus tierras. Estoy al tanto de lo llenas que están vuestras arcas. Si lo desea, podemos hablar de las deudas pendientes con la corona…

– ¡Ah! Que… ¡bien! – respondió nerviosamente -. Pero no será necesario, no queremos molestar el ocio de tan real pareja. Nosotros proseguimos nuestro camino pero no dude en contactar con nosotros si necesita cualquier tipo de ayuda o favor.

– Créame Lord Besnik, si a pesar de todo esta ancianita inválida necesita ayuda, usted será la primera persona a la que acudiré rauda y veloz – respondió la Reina Madre rezumando sarcasmo como si fuese ácido.

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La desinflada pareja trató de alejarse entre reverencias, evitando tropezar a duras penas con su pisoteado ego. Pero la real pareja no tuvo tiempo de descansar ya que fueron abordadas por unas rivales mucho más peligrosas que unos nobles arruinados.

– Mira Beatricce, ¡que honor el de poder pisar el mismo suelo que la Reina Madre! – dijo Anabella, una de las cortesanas más famosas del reino. En este caso, cortesanas era un bonito eufemismo -. ¿Por cierto querida, nunca te has preguntado como la madre de una depuesta reina puede tener tantos privilegios en este palacio? ¡Ay, Urraca, querida, disculpa, no te había visto!

– Es que en el Palacio de Ámbar siempre han sido muy respetuosos con la tradición y las antiguas reliquias, hermana. ¡Nos recuerdan los errores del pasado! – dijo Beatricce con una encantadora sonrisa.

– Dejan entrar a cualquier gentuza en este palacio, en efecto – dijo Sancha III con la espalda muy estirada y una mueca de desagrado. Urraca les devolvió la mirada con un ceño fruncido y su tic nervioso de nuevo en acción.

– ¡Oh, sí, somos afortunadas por poder siquiera acercarnos a vuestro resplandor! Pero nuestros clientes buscan nuestros consejos en todo momento, y nunca hemos faltado a nuestra profesionalidad. Por cierto, recuerdos del Rey Comosu. En sus escasos momentos de lucidez, nos pregunta por las novedades del palacio – dijo con fingida seriedad Beatricce.

– No dudo que estará encantado con vuestros consejos – respondió Urraca con desagrado -. ¿Dónde está nuestro apuesto Rey, por cierto? No se le ve por la corte desde la Maldición de las Brujas.

– ¡Ni a ti, querida! Pero claro, me han dicho que le has cogido gusto a las calles de Instántalor. Te entiendo querida, ¡yo también tuve una época de estar en la calle de lo más entretenida! – respondió entre cristalinas risas Beatricce -. Las malas lenguas dicen que Dorna lo ha retirado a alguna finca de la realeza a salvo de las miradas indiscretas. ¿Pero quién podría fiarse de las malas lenguas?

– Les sorprendería la necesidad de hablar que tienen los hombres…y las mujeres. Solo somos una oreja a la que hablar. Por cierto, últimamente la Reina Dorna viene a pedirnos consejo sobre la corte y sus entresijos. Me temo que su cultura norteña hace que se le escapen ciertas sutilidades – dijo Anabella mientras se abanicaba y miraba a su alrededor como un gato perezoso.

– ¿La Reina Dorna? Pensé que no estaba interesada en las intrigas de palacio – dijo con recelo Sancha III.

– ¡Y no lo está! ¿Pero qué tipo de ciudadanas monárquicas y preocupadas por el bienestar de Calamburia seríamos si no informásemos con fervorosa pasión de todo lo que ocurre dentro y fuera de este palacio? – dijo Beatricce, exagerando una mueca de sorpresa -. Desde que susurramos a su oreja, ha aprendido a delegar muchas cosas a nuestras manos.

Un silencio tenso se deslizó entre ambas parejas, creciendo poco a poco en intensidad. Las miradas se transformaron en espadas, las sonrisas en cañones y las afectadas posturas en un campo de batalla. En medio de ese silencio, se estaba librando un encarnizado combate. Y por encima de él, los murmullos del palacio zumbaban como una bandada de moscas, esperando a cebarse en los cadáveres.

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Podría haber seguido eternamente, como una partida de ajedrez en tablas o el paso del sol y las estrellas. Pero un lacayo real interrumpió la escena con un sonoro carraspeo.

– Lady Sancha, lady Urraca… me temo que hay una persona interesada en reunirse con vos, pero que no quiere exponerse a las miradas del Pasillo de Ámbar – dijo tartamudeando mientras cuatro ojos fríos como la mismísima muerte lo taladraban y diseccionaban.

– ¿Y quién me molestaría en semejante momento? – dijo con un quedo y peligroso susurro la Reina Madre.

– Bueno… creo que merecía la pena molestarle. Se trata del antiguo Rey de Calamburia, Rodrigo V.

Los cuatro pares de ojos se abrieron desmesuradamente. El antiguo Rey había sido depuesto por su hijo y después había colaborado con él en su lucha contra el Dragón. Desgraciadamente, en la Maldición de las Brujas, su paradero había sido desconocido, probablemente surcando los mares y buscando un sentido a su nueva vida.

La sonrisa de Sancha brilló como la erupción de un dormido volcán. Las cartas que le habían tocado en esta nueva mano parecían haber mejorado considerablemente.

– Esta conversación ha sido de lo más interesante, pero me temo que los asuntos mundanos tendrán que esperar. Ya sabéis, la verdadera realeza nunca descansa – dijo sonriendo como un tiburón.

– Veamos que excusa tiene mi marido esta vez – masculló por lo bajo Urraca, mientras apretaba los puños.

Sin esperar respuesta, la real pareja se alejó de las Cortesanas, las cuales abandonaron su fingido porte y acuchillaron con la mirada las espaldas que se alejaban de ellas. Ahí fuera, con el descontrol de los elementos, la lucha era atroz, pero la guerra que se libraba dentro de aquellas paredes no era menos despiadada.

Pese a todo, solo eran un murmullo más dentro del largo pasillo. Una vibración en aquella gigantesca tela de araña. Un zumbido que se añadía a aquella enloquecedora colmena, a esa Corte de los Susurros en la que se había convertido el Palacio de Ámbar.


La vegetación palpitaba con latidos lentos y regulares. Las plantas relucían con la humedad de la mañana, sus colores chillones compitiendo entre sí por deslumbrar a los incautos visitantes. Era una auténtica jungla, hormigueante de vida, como si de un caldero primigenio se tratase. Pero por debajo de la exuberante vida, algo no terminaba de encajar.

– ¡Esto antes era desierto! Os lo juro, pasé por aquí con mis nómadas hace escasas lunas. Y mirad ahora… ¡tanto vomitivo verde me va a hacer perder la cabeza! – Escupió Arishai, el Escorpión de Basalto -. ¿Habéis estado de nuevo jugando con magia prohibida?

La comitiva se abría paso a trompicones. Una larga hilera de salvajes miraba con suspicacia las descomunales hojas de su alrededor, aferrando con fuerza sus lanzas y preparándose a enfrentarse a cualquier emboscada. Adelantándose a la hilera, un grupo de nómadas se abría paso trabajosamente con sus cimitarras, cortando la densa jungla y dejando un rastro de muñones vegetales derramando sus fluidos contra el suelo.

– No somos nosotros los que hemos roto el equilibrio de los elementos. Pero de nuevo, por el bien de nuestra tierra y siguiendo los designios del Titán, tendremos que restaurar la paz entre la esencia de la creación – dijo Dorna solemnemente mientras apartaba una rama con su cayado. A su lado, Corugan gruñó con aprobación, mientras aferraba su racimo de fetiches, paladeando la magia desatada que saturaba la atmósfera de aquel lugar.

Arishai la miró con un brillo calculador en los ojos. Aliado a la marquesa Zora Von Vondra, la mayoría de sus planes habían girado en torno a hacerse con la corona. Que la misma realeza viniese a él era cuanto menos…inesperado. Pero los nómadas acostumbran a modificar sus planes según los designios del clima y del viento.

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– ¿No es un poco arriesgado abandonar el Castillo de Ámbar en estos periodos de crisis? – preguntó, intrigado por la estrategia de su rival.

– Las conspiraciones seguirán ocurriendo esté yo allí o no. Y hay algo más acuciante que vuestros juegos de niños. La tierra misma nos ha guiado hasta aquí, suplicando que yo la ayude. Y como hija de los primeros hombres, acudo a ella.

Antes de que Arishai pudiese responder, Corugan levantó la cabeza repentinamente y miró hacia el frente. Lanzando un terrible grito de aviso, cogió a Dorna y ambos cayeron cuan largos eran al suelo.

En el mismo momento, un gigantesco miembro alargado y rápido sacudió el aire donde segundos antes se hallaban sus cabezas. Uno de los nómadas fue empalado por el aguijón en el que terminaba aquel extraño miembro.

Todos alzaron las cabezas y vieron con horror como un escorpión de monstruoso tamaño descendía de un de los troncos titánicos que se erguían a su alrededor. Con un chasqueo de sus mandíbulas, se abalanzó sobre las filas de los salvajes, cortando y empalando con sus quitinosos miembros.

– ¡En formación!¡Levantad un muro de lanzas! – gritó Dorna mientras se incorporaba, ayudada por Corugan.

Los salvajes rugieron y trataron de alejar a la bestia, pero sus armas rebotaban contra el negro caparazón de la criatura. Con un antinatural movimiento, atrapó a uno con sus pinzas y lo partió en dos ante los atemorizados ojos de todos.

– ¡Vamos, hijos del desierto! ¡Cubrid los huecos de la formación! – gritó Arishai mientras desenvainaba su espada.

Los nómadas se apresuraron a cubrir los huecos mientras el escorpión levantaba la tierra del suelo con sus patas, en un siniestro baile macabro.

Las cabezas se giraron nuevamente al escuchar un rugido que surgía de la maleza. ¿Qué nueva criatura trataría de aplastarlos de nuevo?

Pero no fue ninguna criatura la que salió de la maleza, sino Ranulf Hangerton, el Matabestias, que rugía como una carga de osos. Empuñando sus dos hachas, corrió hacia la criatura y clavó sus armas en las junturas de la quitinosa armadura. La criatura trató de contraatacar con un chillido, pero su aguijón fue desviado por unas flechas que salían aparentemente de la nada. Ensañándose como un maníaco, Ranulf partía las articulaciones y encajaba sus hachas con la precisión de un carnicero. El escorpión empezó a retroceder lastimeramente, lo cual fue como una señal para todo el grupo, que cargó hacia adelante y empaló a la criatura con sus lanzas.

– ¿Ya está? ¿Es que no va a haber ninguna bestia que suponga un desafío para mí? – aulló al cielo el legendario cazador.

– Gracias por la ayuda, Matabestias. Tu nombre es ampliamente conocido por nuestro hogar de las montañas – dijo Dorna, acercándose al cazador.

– Solo era un bicho. Los hay peores por esta jungla – dijo Camila Tanis, su discípula, mientras emergía de la vegetación -. Como por ejemplo, la escoria que aquí se haya.

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Dorna contuvo a Corugan con un gesto, antes de que este se lanzase sobre ella. La estudió con el ceño fruncido.

– Tú debes de ser la famosa niña que sobrevivió a aquel saqueo. Me han hablado de tu odio por nosotros. Que sepas que es sólo la ley de las montañas, sangre por sangre. No me importa que quieras vengarte, eso te hará fuerte. Y la fuerza, es la única ley que importa – susurró Dorna, mirándola fijamente a los ojos.

– Cuando la tenga, acabaré con todos vosotros – le respondió con una mirada de maníaca.

– ¡Cuidado! ¡Vienen más! – gritó alguien.

Todos miraron hacia arriba, viendo como bajaban de los árboles decenas de escorpiones. Su mirada insectoide y casi alienígena podía paralizar el corazón de cualquier valiente. Corugán masculló algo por lo bajo.

– Corugan tiene razón. La Esencia de la Tierra debe de estar en este árbol y es la causante de esa antinatural jungla. ¡Escuchadme! Luchad contra estas criaturas y mientras, Corugan trepará a por ella y la contendrá.

A su alrededor todo el mundo preparó las armas, tensando los músculos y preparándose para un mortal combate.

– ¿Con que poder, eh? ¿Eso es lo que necesito? ¡La Esencia de la Tierra será mía! – gritó exultante Tanis mientras se colgaba el arco del hombro y empezaba a trepar con la agilidad de un primate.

Antes de que nadie pudiese frenarla, incluso Ranulf, los escorpiones atacaron la comitiva con una furia desenfrenada. Ajena a los gritos de abajo, Tanis siguió trepando concentrada hacia la copa del gigantesco árbol. Esquivando pinzas y aguijones y dando patadas a sus propietarios, tirándolos a la espesura del bosque, terminó por llegar a la copa del árbol.

Las sospechas de Corugan se confirmaron al momento: como en un altar vegetal, la Esencia misma de la Tierra descansaba en forma de un orbe luminoso, rodeado de ramas y enredaderas. Tanis miró la piedra y sin ningún tipo de miramientos, extendió la mano para cogerla.

Desde la espesura, entre el encarnizado combate, se pudo escuchar un agudo grito que emergió de las copas de los árboles. Los salvajes se veían sobrepasados por los temibles insectos y los nómadas empezaban a batirse en retirada, guiados por un Arishai que calculaba los posibles desenlaces de aquella aventura.

Como una centella, una luz marrón con toques de ámbar saltó de la copa de los árboles y cayó contra el suelo con la fuerza de una avalancha de tierra. La onda expansiva lanzó a todo el mundo al suelo. Los escorpiones se volvieron como uno solo y atacaron a la figura de luz, pero las raíces emergían del suelo y los estrangulaban y arrancaban sus miembros quitinosos en una orgía de violencia que nada tenía de natural.

– El poder de la tierra… ¡es mío! – gritó Tanis con un toque de locura. Se giró hacia el grupo, contrayendo las manos y amenazando con exterminar a todo el grupo con la fuerza elemental de la tierra.

Ranulf apareció de su lado y dio un fuerte golpe a la mano de la chica que sujetaba la Esencia de la Tierra. El orbe salió rodando y Tanis perdió el fulgor que la poseía.

– ¡No! ¡El poder! ¡Mi venganza! – espetó furiosa contra su amigo y mentor, lanzándose para estrangularlo.

Ambos empezaron a rodar por el suelo mientras Ranulf intentaba tranquilizarla, pero era imposible: Tanis, la legendaria rastreadora, parecía haber perdido el juicio.

Mientras, Corugan sacó una caja engarzada con piedras de ámbar mientras salmodiaba en un idioma antiguo. Se fue acercando con delicadeza a la piedra, y sin tocarla, la introdujo dentro de la caja, que se cerró con un golpe seco. Al segundo, la vegetación palpitó y empezó a perder poco a poco su color.

– Corugan trató de avisarla. Ningún mortal puede soportar el contacto con la Esencia de los Elementos. Deben ser contenidas de nuevo, ya que en ellas está el poder de la creación. Probablemente el despiadado Van Bakari usó a su compañero muerto para que no sufrir las consecuencias del contacto con un poder primigenio.

Ranulf, sujetando a Tanis con una compleja llave de lucha, miró desesperanzado a su compañera, que gruñía y babeaba mirando a su alrededor con una mirada animal.

– ¿Acaso no hay ninguna cura? ¿No hay nada que podamos hacer? ¡Es la única compañera que tengo en el mundo! – suplicó el gigantesco hombretón de manera lastimera.

– Por ahora no, hasta que vuelvan a estabilizarse los elementos. Y aún así…quién sabe. Quizás el destino de una cazadora es ser convertida en un animal. Fue débil y se dejó llevar por sus emociones. Y la ley del más fuerte no perdona.

Con esas ominosas palabras, Dorna se dio la vuelta y guió a su comitiva lejos de aquella moribunda jungla. La mirada de desesperación de Ranulf se quedó clavada en su corazón para siempre, pero ya no podía dar marcha atrás. El embarazo progresaba y pronto no podría participar directamente en los eventos que amenazaban Calamburia. Iba a traer a la vida a un líder, a un salvaje con sangre mágica que rivalizaría con todo lo conocido hasta entonces. Y no pensaba entregarle un mundo caótico y al borde de la destrucción.

Costase lo que costase.

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