Calamburia es un reino mutable en el que nada permanece estable durante mucho tiempo. Las monarquías van y vienen, las criaturas mágicas despiertan y se consumen con la misma rapidez y la delgada línea entre el bien y el mal es difusa. Lo único que separa a un paladín defensor de la luz de caer en un pozo de oscuridad es una serie de palancas, que pulsadas en el orden adecuado, pueden alterar todo su sistema de valores.

Eso, y un poco de magia oscura, claro.

Justamente, sobre las consecuencias del bien y el mal reflexionaba Aurobinda, mientras andaba plácidamente tras la estela de mineros e Impromagos que recorrían los túneles que horadaban las profundidades de Calamburia. El parloteo de Stinker Comecobalto llenaba los huecos que dejaban sus pensamientos.

– Disculpad que no estén debidamente apuntalados. Estos túneles no suelen recibir muchas visitas, es más, con este calor, ya no baja nadie – se excusó el Capataz de los mineros.

– ¡La Esencia del Fuego está cerca! Los cálculos de Minerva eran ciertos. Por eso es la mejor profe – dijo Sirene mientras su coleta saltaba ligeramente al ritmo de sus pasos -. ¿Empieza a hacer mucho calor, verdad Pelusín?

La mascota de la joven miró alrededor con nerviosismo. A su lado Eme andaba con pasos torpes, mirando hacia atrás con aprensión.

– Sirene, sigo sin fiarme de las Brujas. Estoy seguro que traman algo – dijo nerviosamente. Las dos hermanas le devolvieron la mirada con inocentes sonrisas, mientras dejaban que los mineros se abriesen paso

– Oh, yo creo que se han reformado – replicó con aire extrañamente distraído mientras acariciaba sin darse cuenta el colgante de su cuello. Tenía engarzada una joya negra que parecía absorber los reflejos de las antorchas a su alrededor -. Las vigilaremos de cerca igualmente.

– Nos están mirando, hermana. No se fían – dijo Defendra resoplando.

– La confianza no se construye en un día, querida. Dales tiempo. Les demostraremos que pueden confiar en nosotras. Hemos cambiado, ya lo sabes – dijo con voz tranquila la Señora de los Cuervos.

El grupo continuó avanzando por los cada vez más tórridos túneles. El calor emanaba de las paredes como si estuviesen respirando. Vetas de magma empezaron a acompañarles en aquel descenso a las profundidades de la tierra.

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Según las leyendas, la Tierra de Calamburia eran los restos del Titán que cayó de los cielos. Y en ese momento, con la tierra palpitando y el magma recorriendo los túneles como si fuesen venas, las leyendas parecían convertirse en realidad.

Finalmente, el túnel se ensanchó hasta convertirse en una especie de gruta cubierta de estalactitas. En el centro de la cueva se hallaba un lago de fuego del que explotaban perezosas pompas de magma volcánico. En un costado de la cueva, un túnel parecía haber sido creado a arañazos y dentelladas por una criatura monstruosa.

– La otra razón por la que nadie viene aquí es porque descubrimos que se trataba del cubil del Dragón, ese bicho que os dio tantos problemas en la superficie. Nosotros somos sensibles a la magia, ya sabéis que muchos de nosotros estudiamos para ser Impromagos, y algunos de mis chicos son muy supersticiosos: es la primera vez que bajamos aquí en mucho tiempo – dijo Stinker.

– Aquí hay una magia poderosa latente. Puedo sentirla – dijo Defendra, olisqueando el aire.

– ¡Algo se acerca! ¡Preparaos! – dijo Sirene sacando su varita.

El lago de lava empezó a burbujear con violencia, vomitando columnas de fuego gigantescas hacia el techo de la ennegrecida gruta. Las columnas giraron entre sí, trenzándose en una macabra danza hasta que tomaron la forma de una colosal serpiente de magma, que brillaba y palpitaba con la fuerza del corazón de un volcán.

Una cuadrilla de mineros se apresuró a los bordes del lago con los dispositivos que solían emplear en caso de incendio en los túneles. Los artefactos, creados por los inventores, lanzaban una especie de niebla que  evitaba que el fuego creciese. La serpiente se agitó enfurecida, pero no se extinguió. Aquellos juguetes no eran suficientes para desafiar a la mismísima representación del fuego en la tierra.

– Oooh, por fin alguien que puede jugar conmigo y no morir a las primeras de cambio – dijo Defendra entre saltitos de emoción-. Ahora sufrirá la caricia de la ortiga.

Salmodiando una serie de oscuras palabras, la bruja se agachó y tocó la tierra con sus manos desnudas. La tierra tembló violentamente y del techo de la cueva surgieron gigantescas zarzas de aspecto venenoso que se agitaron como tentáculos. La serpiente se giró y empezó a morder y desgarrar con explosiones de fuego las innumerables zarzas.

– ¡Iré a ayudar a los mineros! ¡Hay que protegerlos! – dijo Eme mientras se alejaba corriendo.

Sirene se quedó a solas con Aurobinda mientras calculaba a toda velocidad sus opciones.

– Es una criatura mágica alimentada por la propia Esencia de Fuego. Es inmune a todos los demás elementos por lo que habrá que combatirla con algo similar. Pero en un espacio reducido puede ser peligroso y no puedo prever las consecuencias.

– Yo conozco un poderoso hechizo para doblegar el fuego. Pero me temo que estoy muy debilitada para ello. Hicisteis un muy buen trabajo derrotándome, especialmente tú, desmantelando mi Maldición – dijo con una sonrisa la bruja mientras se acercaba poco a poco.

– Oh, gracias – dijo distraída Sirene, mientras se tocaba el colgante sin darse cuenta -. La verdad es que fue bastante complicado. Pero me está costando pensar, no sé por qué. Podría aplicar algunos de los hechizos de combustión ígnea pero no sé si serán suficiente…

– Deja que te ayude, niña. Yo tengo los conocimientos y tú el poder. Alguien tan capaz como tú…tan lista… tan prometedora… estoy segura que conseguirás resolver esto antes de que haya alguna baja.

Sirene miró preocupada a su alrededor. Los mineros se protegían de las ráfagas de fuego con enormes escudos de hierro forjados con poderosos martillos. Eme desviaba los ataques mientras la serpiente acababa con las ultimas zarzas, que ya se replegaban por el techo.

– Lo siento hermana. Aún me sorprendo por lo débiles que estamos – dijo con un mohín de desagrado Defendra.

– ¿Qué tienes que perder, pequeña? Sólo queremos ayudar. Utilízame – dijo Aurobinda, cada vez más cerca de Sirene.

– Los Impromagos no utilizamos a la gente… existimos para protegerlos – dijo Sirene, ligeramente desorientada.

– Si, niña, yo también pensaba eso. Yo también juré proteger a todo Calamburia. Pero, a veces, la gente no sabe lo que quiere. Tú sabes lo que les conviene, ¿verdad? ¿Acaso no te gusta ayudar a la gente? ¿No sois los Impromagos los repetidos salvadores de Calamburia? ¿Les negarías tu ayuda? – dijo Aurobinda, dando vueltas alrededor de Sirene. La Impromaga se sujetaba el colgante con fuerza contra el cuello, presa del nerviosismo.

– ¡No! ¡Claro que no! Yo…quiero ayudar a la gente que me importa.

– Y quién no, pequeña. Y quién no… – dijo con una maternal sonrisa la bruja mientras se acercaba a la oreja de la joven y le susurraba el hechizo para doblegar el fuego. Sirene aguantó la respiración mientras el colgante refulgía con malignidad, aunque pasó desapercibido para todos.

– Entiendo. No es complicado – dijo Sirene, repentinamente tranquila. Girándose, se dirigió a gritos a su compañero.

– ¡Eme! ¡Tienes que mandarme un hechizo potenciador con todas tus fuerzas! Voy a lanzar todo lo que tenemos contra esa criatura.

– Pero Sirene… ¿eso no será peligroso?  Quiero decir, es un espacio muy cerrado y aún no controlo del todo el tema de los hechizos potenciadores, podría darte demasiado poder y….

¡HAZLO DE UNA VEZ, MALDITO INUTIL! – gritó de repente Sirene con una voz ronca y dura. Su mirada era puro acero, y debajo de este, latía una extraña oscuridad.

Eme enmudeció de golpe y miró asustado a Sirene. Jamás le había hablado así, por muchas veces que se equivocase. Llevaban años haciendo magia juntos y a pesar de ser menos capaz, nunca se había sentido inferior. Pero las palabras de Sirene, y peor aún, su mirada, le habían partido su corazón de patata.

– Tu eres más lista que yo, Sirene – musitó triste, por lo bajo -. Pero pensaba que éramos un equipo.

Alzando el brazo, ondeó la varita y gritó el nombre del hechizo potenciador, que imbuyó a Sirene de un poder sobrecogedor. La magia del receptáculo de Theodus recorrió su cuerpo como chispas, evitando palpablemente entrar en contacto con el colgante. El lazo de Sirene se deshizo y el pelo fluyó suelto a su alrededor como si fuesen serpientes. La mirada de la Impromaga era implacable y letal. Sin darse si quiera cuenta, Pelusín saltó aterrorizado de su mano y se escondió tras una piedra.

Encarando la serpiente, que cascabeleaba con el retumbar de la tierra y los borboteos del magma, apuntó con su varita a la criatura y pronunció las palabras de poder:

– ¡Laqueus ex ignis!

Un descomunal chorro de fuego surgió de la varita de Sirene, creando una malla de poder casi descontrolado que se lanzó sobre la serpiente. Ésta amagó y trató de huir con una finta, pero la red de fuego era gigantesca y apresó a la criatura con la potencia de mil volcanes. La red empezó a apretar y asfixiar la criatura, emitiendo terribles aullidos agónicos. Su cabeza chocó contra las paredes de la gruta aunque sus esfuerzos eran inútiles. Con un último grito, la serpiente explotó liberando una lluvia de cascotes y polvo, lanzando a todos los presentes por los aires.

El polvo empezó a disiparse por la abertura creada por el Dragón tantos meses atrás, mostrando un lago cubierto de costras de magma enfriándose a toda velocidad. En su centro, una esfera roja descansaba en aquel moribundo lecho.

Sirene miró a su alrededor confusa. No entendía muy bien qué había pasado, su memoria de los últimos minutos le fallaba. Se tranquilizó cuando volvió a tocar su colgante. Todo había ido bien. Lo que importaba es que la Esencia de Fuego había sido controlada. Y mientras los mineros se arrastraban por el suelo y se comprobaban las heridas, pensó que no había sido para tanto. Si se hubiese fijado con más atención, habría visto a Eme acurrucado en el suelo, mirándola con ojos desencajados, mientras Pelusín se escondía en su capa, temblando y observando de lejos en lo que se estaba convirtiendo su amiga.

Aurobinda se acercó a Defendra, alejándose del resto del grupo.

– ¿Ves hermana? No tenías por qué dudar. Todo va según el plan. Como esperábamos, el colgante que le dimos a Ébedi Turuncu hechizada ha funcionado. Sirene nunca iba a sospechar de un regalo dado por su querida madre y puedo notar como la magia oscura empieza a sembrar sus raíces en su interior.

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– Nunca son tan listos como parecen – dijo Defendra canturreando entre dientes -. Si tú te encargas de esto, yo me ocuparé de los Duendes. Es hora de que juegue más en serio con ellos.

– Ve, hermana. Calamburia ha olvidado ya la fuerza de la Magia Negra, pero nosotras nos encargaremos de recordárselo.

Efectivamente, nada es estable en Calamburia. Y la delgada línea entre el Bien y el Mal iba a ser pronto, por desgracia, puesta en entredicho.

 

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