- ¡Huelo a aventura, mi noble escudero! ¡Huelo a épicas batallas y a incontables tesoros! ¡Huelo a fama y gloria!

– Yo solo huelo pescado y salmuera, mi señor…

La curiosa pareja caminaba con tiento por extraños túneles cubiertos de un reluciente y fantasmagórico coral. Las paredes rezumaban humedad y multitudes de pequeños crustáceos la recorrían alimentándose de las algas que crecían sin control. El viento soplaba suavemente por todas partes, trayendo el ruido de las olas y el mar, de tal forma que, más que andando, parecían nadar en agua.

– ¡Eso es porque no aprecias la heroicidad de nuestra gesta! – replicó Sir Finnegan con un sabio asentimiento de cabeza -. ¡Aún ves las cosas desde el prisma de un sirviente! Más no temas, pronto verás el mundo como yo lo veo. ¡Cantarán loas y alabanzas sobre esta aventura!

– Disculpe a este escudero tan aprensivo, mi señor – se disculpó Edmundo con el ceño fruncido por el esfuerzo que le suponía pensar -. Debe ser que sigo un poco receloso por el hecho de que, en uno de nuestros numerosos paseos por la playa, nos hayamos encontrado una gigantesca construcción de coral que hace semanas no estaba ahí y usted se haya precipitado dentro sin avisar a nadie.

– ¿Y que nos roben la gloria? ¡Jamás! Venimos a impartir justicia y deshacer entuertos.

– ¿También devolvemos la vista a la gente? Mi señor, a veces ando un poco despistado en el alcance de nuestros poderes – dijo con cara de admiración el antiguo sirviente.

– ¡No seas ridículo! No tenemos tales poderes, nuestros dones son mucho más mundanos: el valor, la amistad, la caballerosidad, el buen porte…

Su discurso se perdió por los entresijos de los retorcidos pasillos, que parecían haber sido tallados por la misma agua. Las paredes emanaban una extraña luz azulada que confería un toque fantasmagórico a la escena.

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Tras largas horas de caminata y de varias discusiones infructuosas en cruces de túneles, llegaron a un punto en el que el túnel se ensanchaba y alcanzaba las proporciones de un palacio. Se trataba de una sala con un lago alimentado directamente por agua de mar. Debía conectar directamente con el océano ya que el lugar se hallaba poblado de tritones, que parecían mantener una encarnizada lucha con algún tipo de criaturas escamosas. La espuma saltaba de un lado al otro y de vez en cuando emergían cuerpos para volver a hundirse en un implacable combate cuerpo a cuerpo.

En la pequeña playa rocosa con restos de coral y algas, se erguía una comitiva de tritones que hablaban entre ellos con gesto grave, tratando de dirigir el combate sin éxito, ya que era imposible comunicarse con sus atareados camaradas en el agua. El príncipe heredero Itaqua taladraba con su mirada las aguas, intranquilo, mientras sus consejeros parloteaban. Sus lúgubres pensamientos fueron interrumpidos por nuestro noble héroe:

– ¡Ah! ¡Un miembro de la realeza! ¡Majestad, para mí es un honor disfrutar del placer de su compañía! – dijo ser Finnegan apareciendo de pronto en su campo de visión, como si acabasen de encontrarse en un pasillo de algún palacio.

– ¿Cómo? ¿Qué hacen unos vulgares terráneos por aquí? – replicó indignado el Príncipe, mirando con incredulidad a su alrededor.

– ¡Disculpe que lo hayamos sorprendido! A veces olvido que disponemos de un sigilo que haría palidecer a los felinos.

– Sí, mi señor. ¡Felinos! – asintió con fervor Edmundo.

Los consejeros pararon de discutir durante un segundo para mirar a la inusual pareja, y tras catalogarlos de irrelevantes, siguieron discutiendo a voz de grito. Itaqua bufó con desprecio y dio la espalda a los recién llegados.

– Bah, no tengo tiempo para hablar con bufones. Mis soldados están librando un despiadado combate contra las Semillas del Leviatán, que han sido atraídas por la Esencia del Agua. Pensábamos haberlas exterminado a todas, pero se ven que las pocas supervivientes han venido aquí. Creo que desean usar el poder de los elementos para traer de vuelta a su amo.

– ¡Bestias! ¡Monstruos! El trabajo perfecto para héroes como nosotros, ¿Verdad Edmundo?

– Bueno, tienen pinta de tener unos dientes muy grandes mi señor. Quizás podríamos mirar todo esto desde una distancia prudencial. ¡Pero miraremos como héroes! – dijo el escudero, sonriendo bobaliconamente por tan gran ocurrencia.

– ¡Paparruchas! ¿Sabes cuáles fueron las últimas palabras de Sir Anduin, en su famosa carga que le causó la muerte, durante la Rebelión de las Patatas?

– Usted lo sabe todo, mi señor. ¿Cuáles fueron?

– “¿Quién ha sido el bastardo que ha azuzado mi caballo?” – citó con pomposidad Sir Finnegan.

– No suena muy heroico mi señor. ¿Y qué tiene que ver con esto?

Sir Finnegan se quedó congelado unos instantes, ya que ni él mismo lo sabía. Le gustaba citar grandes hombres porque eso le hacía sentirse importante, pero nunca se planteaba que querían decir. Pero no había obstáculo lo suficientemente grande para la agudeza y rápida lengua de nuestro increíble héroe.

– ¡Todo, Edmundo! La vida es una faena, y cabalgamos un caballo constantemente azuzado por la gloria y el deber. ¡Y hacia allí nos dirigimos! – exclamó con la mirada perdida, confiando en que su escudero no pidiese más explicaciones.

– Ah, tiene lógica mi señor. ¡Me encanta dirigirme a sitios! – suspiró aliviado Edmundo.

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Antes que la pareja continuase con su épico dialogo, las aguas se agitaron y una sombra enorme empezó a emerger del agua. Se trataba de una criatura de pesadilla, todo aletas y dientes. Sujetándose a duras penas en la frente del monstruo una delgada y fibrosa figura acuchillaba con violencia sus ojos, provocándole chirridos de dolor. No era otra que Aquilea, la guerrera más valiente y fuerte de todo Aurantaquía. Los Tritones que peleaban en el agua redoblaron sus esfuerzos al ver a su líder luchar contra aquella abominación.

– ¡Una damisela en peligro! ¡Los dioses y el destino han hablado! ¡Resista, milady, acudo en su ayuda! – dijo Finnegan mientras lanzaba su sombrero al suelo de coral y se zambullía en el agua con un patoso salto.

Mientras, el lago bullía de actividad. El monstruo redobló sus esfuerzos, lanzando su corpachón contra las paredes de la extraña construcción, provocando una lluvia de coral y algas resecas. Pero la tritona era como un mastín agarrando a una presa: parecía incansable y sus cuchilladas caían con la regularidad de la misma lluvia. La frente de la criatura estaba cubierta de lacerantes heridas. De pronto, con un grito de furia, un tercer ojo se abrió por encima de los otros dos. Brillaba con una potente luz azulada. En el centro de la monstruosa pupila, se hallaba la Esencia del Agua, un orbe de incalculable poder que poco a poco se estaba fusionando con la criatura. El pesadillesco enemigo abrió sus fauces que relucían con una extraña luz y vomitó un chorro de energía azul fría como el hielo. El rayo atravesó tritones, coral, y la propia pared de la caverna. Si un observador estuviese situado fuera de la extraña construcción, vería como rayos azules la atravesaban y se disipaban en el infinito del cielo.

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Los tritones perdieron interés en sus combates particulares e intentaron ponerse a salvo del temible rayo, que giraba descontrolado y convertía en hielo todo lo que tocaba para acto seguido destruirlo en mil pedazos. Aquilea empezó a trepar trabajosamente hacia la esencia del agua, clavando sus espadas en la carne y usándolas como punto de apoyo. Desgraciadamente su pie derecho se hallaba congelado, probablemente impactado por alguna onda secundaria de aquel peligroso rayo. La criatura reaccionó al verse en peligro y se zambulló en el agua para tratar de ponerse a salvo.

El lago brilló con un azul intenso, mientras la criatura buceaba más y más profundo. Pero los tritones son los hijos de la espuma y la sal, y las profundidades su hogar. Un desgarrador rugido hizo temblar la cueva entera, y después, el silencio llenó cada recoveco.

Los tritones que habían sobrevivido empezaron a salir poco a poco del agua, ayudando a los heridos, viendo como las Semillas supervivientes se daban a la fuga. El conclave empezó a distribuir a los supervivientes y a tratar sus heridas mientras Itaqua miraba fijamente las aguas. Pero su ceño fruncido se relajó cuando una luz empezó a brillar seguida de Aquilea rompiendo la superficie del lago escupiendo sangre. Con movimientos lentos, se acercó a la orilla, y con pasos torpes debido a su pie congelado, se dirigió hacia su príncipe. Sujetaba con su mano su espada, que tenía ensartado el ojo de la bestia que contenía la Esencia del Agua. Postrándose de rodillas, dijo:

– Una ofrenda para mi príncipe. Espero que esto ayude a traer el equilibrio a nuestra tierra – dijo entre jadeos.

– No es la tierra lo que me importa, sino el mar – bufó Itaqua, mirando con aire calculador la piedra.

Mientras tanto, Edmundo salió del lago cargando con su señor inconsciente a sus espaldas. Sin que nadie les prestase la menor atención, lo tumbó en la arena y con una mueca empezó a hacerle un boca a boca. Sir Finnegan se incorporó entre toses, escupiendo agua salada y la poca decencia que le quedaba.

– ¡Está vivo señor! – dijo con alegría Edmundo abrazándole con fuerza.

– ¡Perdí la consciencia! ¡Qué vergüenza! Y no recuerdo nada – dijo entre espasmos, mirando confuso a su alrededor-. Pero dime, mi fiel amigo… ¿Fui épico? ¿Fui legendario? ¿Esto que noto en mis labios es el beso de esa amazona, como recompensa a mi hombría?

Edmundo miró a su señor, empapado y oliendo muy fuerte a pescado, al borde de la muerte por casi no saber nadar. Pensó en decirle la verdad, pero también pensó que hay que ser muy valiente o muy tonto para hacer lo que había hecho. Y a su lacayo le gustaba mucho el papel de tonto y no pensaba compartirlo:

– Ha sido increíble mi señor, casi imposible de describir. No lo admitirán nunca porque los tritones son muy orgullosos, pero Aquilea le está muy agradecida.

La mirada de Finnegan brilló de emoción. Edmundo se sintió de repente muy avergonzado, pero ya había llegado demasiado lejos y no podía detenerse ahí.

– ¡Y debo decirle que huele muchísimo a fama y gloria mi señor! – dijo con una sonrisa bobalicona.