La tierra se agitó de un extremo a otro de Calamburia. Ni siquiera los eruditos de Skuchain fueron capaces de prever un acontecimiento tan fuera de lo corriente.

Se trató de un temblor suave, pero que anunciaba, sin duda, la llegada de algo importante. Algo que terminaría por cambiarlo todo.

Los primeros en notarlo fueron los Hijos del Dragón. Allí abajo, cerca del Inframundo, Uruyumi pudo captar el débil quejido de la tierra. Den Shiao, que meditaba no muy lejos, comprendió que aquello vaticinaba un acontecimiento peligroso, de modo que marchó a la tierra de los muertos para preguntar a sus ancestros.

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Los segundos en orden fueron los Inventores. Ambos no tuvieron más remedio que agachar la cara de vergüenza al sentir el suceso, pues sabían que los temblores habían sido originados por una de sus máquinas. ¡Es increíble lo que pueden cambiar las cosas cuando se varía la ubicación de una sola tuerca!, sobre todo, si se trata de una máquina para alterar la realidad…

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Los Eruditos, enfrascados en su perpetuo aprender, decidieron que lo mejor era estudiar el fenómeno, de modo que, apenas hubieron percibido cómo los temblores les desconcentraban de su estudio, resolvieron encerrarse en la biblioteca y estudiar aún más. Seguro que entre los volúmenes de libros hallaban alguna respuesta.

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Los Nómadas, por su parte, se encomendaron al Titán tras comprobar cómo las dunas del desierto eran removidas. Al – Yavist nunca antes había temblado. Aquello no era natural.

En cambio, los mercaderes reaccionaron de modo contrario. Banjuló y Ujaranza, que vendían cosas en el mercado de Instántalor, se frotaron las manos de pura codicia, pues sintieron que Calamburia agitaba a sus habitantes, lo cual facilitaba que las cosas se les cayeran de los bolsillos.

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Zora, la marquesa de Siahuevo, sintió que el corazón se le detenía por la emoción. Pensó que aquel estruendo no eran sino ensayos con fuegos artificiales, o una comitiva de cien mil hombres a caballo, al menos. Todo ello debía ser el preludio para anunciar las nupcias de su hija con Comosu. Melindres, por el contrario, no llegó a sentir nada, pues se hallaba muy ocupada con un hortelano…

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Incluso muy al norte, en las montañas, el pequeño terremoto logró desencadenar algún que otro alud. Los Salvajes se asustaron y tomaron sus armas. Dorna pensó que tropas de humanos civilizados se habían decidido a atacar; de modo que ordenó a Corugán desencadenar un hechizo protector. Nadie vino en su busca, por supuesto.

Los últimos en detectar que algo raro sucedía fueron los trovadores. Se encontraban demasiado embebidos en sus poemas, en sus loas y en sus músicas como para percibir cualquier hecho del mundo real. Cuando al fin se enteraron, supusieron que, al fin, el mundo se había estremecido al comprender su arte.

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El temblor sólo duró unos instantes; luego cesó, y la tierra volvió a quedarse como si nada. Los calamburianos regresaron a sus quehaceres, alegando que habría sido algo sin importancia, una de aquellos antojos que de vez en cuando manifestaba el Titán.

¡Pobres ingenuos! Preparaban su viaje a la arboleda para asistir a la Gran Final del II Torneo desconocíendo cuánto iba a afectarles el caos, y cómo sus vidas transcurrirían, a partir de entonces, de modo muy diferente.

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