Muchos calamburianos se lamentan pensando en los aciagos tiempos en los que viven. Mas si supieran cómo eran los oscuros tiempos antiguos, enmudecerían de inmediato y mirarían su jarra de cerveza con cara de pánico y desearían no haberlo sabido jamás.

Hubo una época salvaje y animal donde no existían las leyes ni criaturas como el Titán o el Dragón. La vida bullía sin control, como un caldo de cultivo borboteante que creaba criaturas y las exterminaba sin ningún tipo de orden ni de compasión. Los elementos campaban a sus anchas, cambiando el mundo a su aleatorio antojo. Fuego, Aire, Tierra y Agua, todos ellos en equilibrio en una intrincada armonía que convirtió el caos del vacío en una tierra rica y fértil y con un propósito.

Nadie sabe de dónde vienen ni si tienen realmente consciencia. Hace mucho que duermen latentes, deseando que no se les molesten. Su hogar es de donde provienen, el vacío inconmensurable que llena los huecos entre las estrellas.

Pero, por una vez, ese vacío estaba siendo ocupado por una solitaria figura. Se trataba de una muchacha con un aire sereno y elegante, cubierta de largos ropajes. Parecía una sacerdotisa. Flotaba en el vacío como una titilante y frágil vela, pero no había debilidad en la seguridad de su mirada.

– ¡Heme aquí, Señores del Vacío! ¡Mostraos ante mí y superad mi desafío! – gritó Naisha.

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Su voz rebotó por el vacío, haciendo que las estrellas titilasen. De pronto, una de ellas brilló con aún más fuerza y empezó a crecer y acercarse a la joven. Se trataba de una gigantesca bola incandescente de fuego y magma.

Naisha pareció ignorar el insoportable calor que la rodeaba y cerró los ojos mientras realizaba rápidos gestos con las manos en una secuencia imposible de seguir. Los abrió de golpe e impulsó de sus manos un torrencial chorro de agua que se ensanchó y serpenteó por el aire hasta chocar con la estrella, causando una nube expansiva de vapor que amenazaba con quemarla viva.

En ese mismo instante, conjuró un fuerte viento que le hizo esquivar un rayo que iba prácticamente a la velocidad de la luz. Al hacerlo, se propulsó directamente hacia una lluvia de asteroides congelados con amenazantes aristas. Girando sobre sí misma, unas alas de fuego se formaron a su espalda y le hicieron volar como un cometa, deshaciendo todos los pedazos de hielos en su camino.

El vacío entero parecía estar tratando de exterminarla, pero ella era elusiva como el agua, resistente como la tierra, ágil como el viento y explosiva como el mismísimo fuego. Esquivaba estrellas incandescentes, planetas, meteoritos, la totalidad del cosmos. Explotaba satélites, congelaba los proyectiles, llenaba el vacío con rayos de poder inconmensurable.

El vacío ya no era tal, estaba lleno de energía primaria, una energía antigua y poderosa.

De pronto, todas las energías parecieron retirarse para acumularse y entremezclarse entre ellas. El vacío entero fue succionado y las estrellas se apagaron. En el centro del universo se concentraba una energía de tamaño inconcebible. Una bola de fuego, entremezclada con aros de agua, rayos eléctricos y asteroides del tamaño de pequeñas galaxias que giraban sin control. Todo ello fue cogiendo velocidad y se precipitó sobre la minúscula forma de Naisha. Era como ver las olas tragarse una piedra. Como un grano de arena contra una montaña. Como una hormiga contra el más grande de los gigantes. Era imposible.

Naisha tocó su frente y empezó a gesticular rápidamente con su otra mano. Los cuatro elementos giraron en espirales alrededor de su mano hasta crear una figura con forma humana. Ya no eran energías descontroladas, tenían un propósito. Mitad humano, mitad energía ancestral: se trataba de Nimai, el guardián personal de Naisha. Ambos se miraron con calma a los ojos, se agarraron de las manos y encararon la descomunal amenaza.

Abriendo los brazos, empezaron a entonar un mantra repetitivo y rítmico que hizo relucir sus cuerpos ligeramente. No hicieron nada más que entonar y recibir el fin de sus vidas con los brazos abiertos.

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La colisión fue imperceptible, eran una mota de polvo en el firmamento. Pero de pronto, la gigantesca bola de energía empezó a ser recorrida por espasmos, como si la realidad se fuese deformando. Poco a poco, fue reduciéndose como de un globo deshinchándose se tratase, mientras meteoritos, chorros de agua y electricidad salían despedidos por los aires. La totalidad de la energía primitiva del cosmos fue absorbida por ambas figuras, que seguían repitiendo monótonamente el mantra hipnótico.

Finalmente, el silencio. Nada quedaba ya en el vacío, salvo nuestros dos visitantes. Los ojos de Naisha relucían de poder y en ellos se podía ver todas las energías que componen la vida, luchando entre sí, pero en precario equilibrio.

– Renovamos nuestro pacto una vez más, Sacerdotisa de los Elementos – dijeron cuatro voces provenientes de ningún sitio en concreto, al unísono-. Has superado todas las renovaciones del pacto hasta ahora, pero pronto se acerca la más dura de las pruebas.

Naisha frunció el ceño extrañada. Esta inesperada declaración se salía de todos los protocolos del ritual.

­– ¿A qué os referís, Señores del Vacío?

– No sabemos cuándo pasará, el tiempo no existe para nosotros. Pero nuestra misma esencia peligra. Cumple tu promesa, Sacerdotisa, honra tu pacto y salvaguarda la esencia del universo a cualquier precio.

El vacío en el que se hallaban empezó a girar de forma violenta, un huracán en el que ambos protectores se vieron inmersos y que no cesó hasta que abrieron los ojos.

La Sala del Apeiron, el núcleo central y más recóndito del Templo de los Elementos, estaba iluminado por una cálida penumbra. Naisha, Protectora de los Elementos se hallaba sentada en el centro con las piernas cruzadas en estado de meditación. A su alrededor, las cuatro esencias de los elementos descansaban en sus altares, reluciendo cada una con su color, unidas por líneas de poder que recorrían el suelo y que convergían todas donde meditaba la joven.

Sus ojos recorrieron los murales del templo que mostraban la historia de generaciones de Protectores que había realizado periódicamente el Pacto. Se trataba de un ritual en el que se renovaba los votos de protección y servidumbre para los Señores del Vacío, los cuatro elementos que componen la vida.

– No es normal. Nunca había ocurrido esto, Naisha – dijo Nimai mientras andaba alrededor de ella con un gesto de preocupación. Su figura de poderoso guerrero era imponente, pero las energías que se arremolinaban detrás de sus ojos eran aún más amedrentadoras.

– No está contemplado en los protocolos del ritual que los elementos se comuniquen conmigo, en efecto.

– Han hablado de una amenaza. Debemos investigar y descubrir qué es lo que ocurre. No creo que tenga que ver con esas patéticas mortales, las Brujas. Sus intereses son demasiado superficiales – bufó con desprecio.

– Sin duda, no deben ser ellas. Son niñas jugando con poderes ridículos y banales comparado a los elementos. No, el mal que nos acecha debe de ser mucho más artero… y antiguo.

– Busquémoslo y erradiquémoslo. ¡Acabemos con quien ose enfrentarse a la esencia de la vida!

– Calma, Nimai. No dejes que tu parte humana tome el control – le interrumpió suavemente mientras se incorporaba con gracilidad Naisha–. Somos Protectores Elementales. Nuestro deber es proteger, no atacar. Somos el escudo que protege la vida de su propia autodestrucción. Debemos conservar la serenidad.

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– Como desees, Sacerdotisa. Pero tengo un mal presentimiento sobre esto – dijo meditabundo Nimai mientras guiaba sus pasos a las profundidades del templo.

¿Sería acaso una visión sin sentido? ¿Es posible que los cuatro elementos hayan perdido la cordura tras tantos milenios de existencia? ¿Acaso una sombra más larga y oscura se disponía a hundir a Calamburia más profundamente en las tinieblas?

La respuesta no iba a tardar mucho en llegar. Para desgracia de todo Calamburia.