Los Porteros

Si alguien les hubiera asegurado que la vida iba a cambiarles tanto, Finin y Omero se habrían reído en su cara. Ambos, amigos y compañeros de los bajos fondos, crecieron en familias de lo más pobres, sabiendo que nunca cambiaría su estrella. Dedicaban cada uno de sus días a sisar carteras en el mercado y, si el tendero no se percataba, también a coger algún que otro alimento. Vivían en una chabola cerca de un arroyo, todo un lujo para los bajos fondos en los que vivían. Sí, podía decirse que, entre todos los rateros de la Aldea Libre, eran de los que mejor vivían.

Un día, mientras oteaban el mercado en busca de nuevos e incautos comerciantes a los que engatusar, descubrieron a una mujer que deliraba en un callejón. Parecía muy enferma, y no paraba de repetir que era la reina Urraca.

Finin y Omero, que en el fondo no eran malvados sino dos pobres diablos con mala estrella, decidieron llevársela a casa y cuidarla hasta que se encontrara mejor.

En tres días la mujer despertó. No sabía dónde estaba, y les contó a los dos mendigos que se llamaba Julia, y que había sido abandonada por su marido. Ella también pertenecía a los bajos fondos, pero había llegado desde la aldea de Siahuevo, al norte. La falta de alimentos y el cansancio por el viaje la debilitaron tanto que cayó desmayada. “Decías que eras la reina”, dijo uno de los mendigos entre risas de incredulidad “¿De verdad?” contestó Julia “En realidad deseaba maldecirla, sí. Maldecirla por mi terrible pobreza, a ella y a todos los ricachones”. Y con esto, la conversación se dio por concluida.

Julia pasó a formar parte de aquel peculiar trío de mendigos ladrones, especializándose en buscar entre la basura de los comercios y las casas algún resto de comida que llevarse a la boca.

No mucho después, una mañana en la que, como siempre, Finin y Omero recorrían las calles, volvieron a pasar por el callejón en el que habían encontrado a Julia, por ver si sorprendían a algún pazguato al que robarle la bolsa. Cuál fue su sorpresa cuando hallaron, escondidos bajo un enrejado del suelo, dos anillos que parecían muy valiosos. En seguida los llevaron a un tasador, entusiasmados por ver cuánto podrían sacar por ellos. Apenas los hubo visto, el tasador puso cara de espanto. “¿De dónde los habéis sacado”? Preguntó en tono agresivo. “Los encontramos en la calle” Declaró Omero. No mentía, pero el tasador no quiso comprarlos; más aún, los despidió de su tienda entre patadas e improperios.

Los dos amigos no sabían qué había podido suceder, pero se quedaron los anillos por ver si de alguna otra forma conseguían que alguien se los cambiara.

No pasó ni una semana antes de que un día, de forma sorpresiva, una patrulla de la guardia de Instántalor irrumpiera en su chabola y les arrinconara a punta de lanza. La reina Sancha III entró después, sin hacer ascos al suelo húmedo y las paredes mohosas, y les encaró.

“¿Dónde está?” Dijo. Los dos mendigo nos sabían a lo que se refería y no supieron qué contestar. “¿Dónde está Urraca?”  Repitió Sancha III.

Entonces lo comprendieron todo. ¡Era cierto! Aquello que balbuceaba su compañera cuando la recogieron en el callejón era la cruda realidad. ¡Habían dado cobijo a la mismísima reina Urraca!

Ella apareció entonces. Se había escondido en uno de los arcones de la chabola, en la que los mendigos guardaban restos de comida y objetos robados. Tenía un porte regio que Finin y Omero no habían visto jamás. Les saludó como si no hubiera compartido con ello los últimos meses de vida y les dio las gracias por albergarla. Había algo de tristeza en sus ojos, como si fuera a echar de menos la vida de mendicidad. Entonces extendió la mano. Los desposeídos pensaron que iba a castigarlos de alguna manera, pero en lugar de eso encontraron en la palma de Urraca los dos anillos que habían encontrado en el callejón.

“Es un regalo. Guardaos estos anillos. Cuando os necesite, brillarán”, declaró Urraca. ¿Les estaba recompensando?

Pasó algún tiempo antes de que sucediera algo. Incluso Finin y Omero llegaron a pensar que Urraca no les reclamaría. Hasta que una mañana les despertó un resplandor verdoso. Los dos anillos brillaban con una luz que alumbró toda su chabola. Había llegado el momento de dirigirse al Palacio de Ámbar, donde ahora Urraca volvía a ser Reina.

Cuando llegaron, la monarca les atendió en su salón del trono “Ha llegado la hora de que os pongáis los anillos. Tengo un trabajo para vosotros”, dijo.

Acto seguido, les nombró Porteros de la Puerta del Este.

Al principio, Finin y Omero pensaron que iban a enfrentarse a una tarea de lo más aburrida, y en efecto, en parte no se equivocaban. Vigilar las arenas del desierto no era tan emocionante como robar en el mercado pero, a cambio, los dos mendigos detuvieron el envejecimiento. Los años no volverían a pasar por ellos, siempre y cuando no se separaran de la puerta.

En sus nuevos puestos, Finin y Omero sonrieron felices. Sin duda, su bondad les había proporcionado un trabajo mucho mejor remunerado que el de recolectar basura.



LOS PORTEROS

Presentación

Eran unos desposeídos, unos pobres diablos sin hogar ni nada que llevarse a la boca… hasta que se ganaron la amistad con la Reina Urraca. Ahora han cambiado a una profesión mucho más honorable: vigilar la gran Puerta del Este de las invasiones de los nómadas. ¡Ellos son, los Porteros!


La pareja

Finin Ojo avizor

Antaño era experto en echar ojo a las bolsas repletas de oro y a las joyas de buena calidad. Ahora se dedica a estudiar el desierto al otro lado le la Puerta del Este, atento a cualquier indicio de un posible ataque extranjero. ¡Él es Finin Ojo Avizor!

 

Omero El vigilante

Gracias a su altura, era el encargado de avisar por sivenían los guardias, cuando dedicaba sus esfuerzos al robo de fruta en el mercado. Ahora es el encargado de dar parte a la Reina ante cualquier intento de los nómadas para adentrarse en territorio civilizado. ¡Un saludo para Omero El vigilante!