La mente de Ventisca era un caos de emociones que chocaban entre sí como ráfagas de una tormenta embravecida. Diferentes ventanales se abrían, permitiendo atisbar recuerdos perdidos de una ciudad en los cielos llena con bellas columnas. Otros, se abrían y mostraban las simas más oscuras de la desesperación, la muerte y el sufrimiento. Todo se entremezclaba sin control, evidenciado que faltaba una presencia que equilibrase todo, un contrapunto a la locura. Sin que nadie lo supiera, Ventisca estaba perdiendo poco a poco el control, porque ya no estaba completa. Brisa andaba libre y Ventisca prisionera de su propia locura. Pero no era esa la información que precisaba el visitante, ya que no era eso lo que buscaba. Hacía mucho tiempo, había amado a las dos mitades de la Aisea caída, pero ya no. Ante sus ojos apareció una pequeña cueva, en la que una caja incrustada en diamantes reposaba en un altar.

– Sé dónde está la piedra – dijo Quasi, abriendo los ojos, retirando la mano de la frente de Ventisca -. Y no está lejos de aquí.

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– Muy bien. Vayamos tú y yo, no creo que quede nada más amenazante por estas cuevas, por ahora – dijo Penélope -. Que los Impromagos cuiden de los suyos y atiendan a los heridos.

La pareja cruzó el campo de batalla. A su paso, grupos de Impromagos comentaban emocionados el hechizo de Eme, mientras los Duendes curaban a los heridos con sus ágilesdedos y una pizca de chispas curativas. En el centro, Duende Mayor Fradil y Eme descansaban en dos camastros, con las heridas curadas y un semblante satisfecho en el rostro.

Dejaron atrás la gigantesca cueva y se adentraron en las entrañas del Inframundo. Pasaron por túneles largo tiempo olvidados, donde almas en pena vagaban sin rumbo, buscando la salida a ese infierno que se ocultaba bajo la tierra de Calamburia. Vetas verdes recorrían sus paredes, mostrando cuan hondo había penetrado la Maldición de las Brujas, despertando el oscuro pensamiento de que quizás era demasiado tarde para solucionar este suceso.

Así, la pareja llegó al final de un túnel, donde las paredes se hallaban labradas con esculturas de cuerpos retorcidos que emergían de la tierra y ascendían hacia la luz del sol.

– Que diseño tan encantador. Tomo nota para alegrar mi cementerio – comentó distraída Penélope.

Se acercó a las paredes para estudiarlas más en detalle, pero súbitamente, las sombras cobraron forma y notó la punta de un cuchillo en su garganta.

– No se mueva, señora. ¡Y ni lo pienses siquiera, Portero! O esto acabará muy muy rápido – siseó la oscura sombra.

– Tú…deberías estar muerto – musitó Quasi.

– Lo estoy, al igual que tú, a pesar de tu supuesta inmortalidad. Pero por caprichos del destino, nos volvemos a encontrar.

– Caballeros, me alegro que esta pequeña reunión familiar se esté produciendo, pero preferiría no tener un cuchillo en mi garganta.

– Mi señora, no baje la guardia. Se trata de una de las personas más mortíferas de Calamburia, Garth el Zíngaro, la Sombra de Medianoche – dijo el Portero, mientras se ponía en guardia, listo para reaccionar ante cualquier movimiento de su enemigo.

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– Quieto, Portero. Creo que podemos llegar a un trato. Sólo quiero la piedra para poder salir del Inframundo. Como tú, no estoy muerto, desdé que morí, vago dando tumbos por estos túneles sin poder acceder al descanso eterno. Estoy rozando la locura. ¡Necesito sentir la luz del sol de nuevo sobre mi piel! – gritó descontrolado el zíngaro.

– ¿Y qué te ha impedido usar la piedra y salir de aquí?

– Lo he intentado un millón de veces, pero sólo un auténtico mortal puede abrir la caja. Y como entenderás, por aquí no suele haber muchos – rió peligrosamente Garth.

– Entiendo. Dado que mi vida es un bien valioso no solo para mí, sino para ambos, creo que debería apartar ese cuchillo de mi garganta, gracias – dijo Penélope, apartando suavemente el cuchillo con la punta del dedo.

La Sombra de Medianoche se apartó con un gesto brusco mientras, oteaba los flancos. Su estancia forzada en el Inframundo no parecía haberle sentado bien a su cordura, ya que miraba nerviosamente, con el flequillo caído y los hombros ligeramente encorvados. Quasi le observaba con el cuerpo relajado, pero todavía en actitud vigilante.

– ¡Mucho mejor así! Bueno, cada vez me veo acompañada por hombres más atractivos. Esta excursión está siendo todo un éxito. Muy bien, terminemos ya lo que hemos venido a hacer.

Juntos, entraron en la pequeña cueva, iluminada por temblorosas antorchas que conferían un aura sobrenatural a la escena. Las paredes se hallaban cubiertas de murales en donde se escenificaba la caída del Titán a la tierra, y cómo uno de sus ojos se separaba del cuerpo, aterrizando en un poblado de salvajes. Fue pasando de mano en mano, heredado por chamanes que acababan corrompidos por su poder. Finalmente, lo que parecía un grupo de sabios sellaba la piedra en un cofre decorado con diamantes y lo lanzaban a un profundo pozo sin fin.

Ajenos a este retazo de historia, el inusual trío subió por las escaleras hasta llegar al altar que presidía la cueva. Los diamantes de la misteriosa caja brillaban como diminutas estrellas, reflejando las luces oscilantes de las antorchas. Penélope se acercó a la caja con parsimonia y accionó el pestillo ante los ávidos ojos de Garth y la cauta mirada de Quasi. Todos se asomaron para descubrir el contenido del cofre, anhelando poder tocar la tan ansiada piedra.

Pero no había nada.

– ¿Cómo? ¿Qué tipo de jugarreta es esta? ¿Os estáis riendo de mí? – gritó Garth, exaltado y con una brillo de locura.

– Calma, Zíngaro. Me temo que estoy tan disgustada como tú – dijo Penélope, chasqueando la lengua con desagrado.

– Pero…es imposible. La mente de Ventisca apuntaba hacia esta cueva. Ella pensaba que estaba aquí – dijo Quasi, todavía sin poder creérselo.

– Sólo hay una explicación posible, caballeros: alguien ha robado la Piedra sin que las Guardianas del Inframundo se enteren. Menuda faena.

– ¿Pero quién? ¿QUIÉN? – gritó desesperado Garth, mientras caía de rodillas.

El grito del zíngaro recorrió los pasillos rebotando por los diferentes túneles y deformándose hasta unirse a los lamentos que llenaban el Inframundo.

Lejos, muy lejos de ahí, se ubicaba una chabola destartalada y vieja, llena de multitud de cachivaches y objetos de dudosa procedencia. La mugre y el oro se alternaban creando un curioso caos, mezclando la riqueza y los desperdicios a partes iguales. Encima del catre, el más pícaro de todos los mercaderes y sin duda, el personaje con menos escrúpulos de toda Calamburia, dormía plácidamente en su enjuto camastro. El cuerpo de Banjuló, a veces sacudido por espasmos que le hacían soltar molestos ruiditos, se veía tenuemente iluminado por una luz rojiza. La luz provenía de una extraña piedra, posada sobre un fajo de documentos como un vulgar pisapapeles. En su interior, un ojo atento podía observar el paso de las eras, el secreto de la inmortalidad, la receta de la vida y de la muerte. Se trataba, sin duda, de la Piedra de la Resurrección.

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