—¡Están por todas partes! ¡Ya no sé cuántas de esas cosas negras he aplastado con mis botas!— exclamó la Duende Eneris, mientras observaba sus pies con asco.

—Está claro que esto no está funcionando. Deberíamos salir de esta cueva y buscar el Orbe de la Resurrección— comentó disgustada Penélope, como si no estuviese en el ojo del huracán de una encarnizada batalla.

—Mi señora, propongo que nos escabullamos y lo busquemos por nuestra cuenta— declaró Quasi —. Necesitamos a alguien que distraiga a Ventisca para que pueda usar mis poderes telepáticos y descubrir dónde está la piedra. Quizás si…

Pero fue interrumpido por un cuerpo que cayó a sus pies. Se trataba de Duende Mayor Fradil, que había quedado inconsciente. Las carcajadas de Ventisca resonaron por el campo de batalla.

—¡Eme es muy bueno haciendo distracciones! Vamos Eme, ¡tú puedes!— le animó Eneris.

—¿Yo? Pero si… yo no sé hacer nada. ¡Todo me sale sin querer!— dijo tembloroso el Impromago.

—¿Pero y que pasaría si lo hicieses queriendo por una vez? ¡Si lo intentases muy fuerte! ¡Imagínate lo que podría pasar!— dijo la pequeña duende con los ojos brillantes.

—Es…es verdad. Nunca he intentado controlarlo. Tenía demasiado miedo. Pero todo esto me da mucho más miedo. No puedo huir siempre, todos confían en mí. Lo… lo voy a intentar.

relato-calamburia-eme-reflexivoDe entre los confines del campo de batalla, Ventisca se acercó con paso tranquilo, mientras oleadas de magia oscura emanaban de sus manos. Duendes e Impromagos eran lanzados por los aires a su paso: resultaba imparable.

Eme se encaró ante ella, aún un poco encorvado por el miedo, pero agarrando su varita con las dos manos.

– Voy a usar ese hechizo Sirene… espero no pasarme, ¡porque lo voy a intentar con todas mis fuerzas! – dijo con los dientes entrecerrados por la concentración, mientras Eneris convocaba a todos los Duendes disponibles para corear gritos de ánimo y de apoyo.

Los ojos de Eme se volvieron blancos y chispearon de poder

— Allá va….Lux….¡¡IGNIFER!!

La punta de la varita brilló con una fuerza cegadora y una lanza de luz surgió de ella, incandescente y luminosa como la explosión de incontables estrellas. Chocó como el tañido de una campana contra la figura de Ventisca, haciendo que esta se tambalease. Sus ojos oscuros se tiñeron de un breve pánico, haciendo que sus manos aspirasen más y más de sus malévolos súbditos para acumular más energía maligna. Contraatacó con fuerza, vomitando cúmulos de sombra contra el haz de luz, obligándola a retroceder palmo a palmo. Los Duendes empezaron a amontonarse detrás del Impromago, empujando su espalda y haciendo lo posible por mantenerlo firme. Sus compañeros alzaron sus varitas y reforzaron el haz de luz, parando el avance de la oscuridad.

relato-calamburia-eme-varita-poderEme miró a su alrededor. Sintió las manos de los Duendes en su espalda. Vio como todos sus amigos y compañeros lo apoyaban con hechizos. Sintió que las esperanzas de todos lo volvían más fuerte y dejaba de tener miedo. Poco a poco, sus ojos fueron perdiendo el color blanco y recobraron su aspecto habitual. Ya no necesitaba la ayuda de su antiguo yo, el Archimago. Por primera vez se daba cuenta que todo ese poder había estado siempre a su alcance y que el miedo se lo había impedido ver. Era hora de que fuese más, mucho más que el Archimago Theodus.

Gritando con todas sus fuerzas, dio un paso hacia la Guardiana del Inframundo. Los Impromagos corearon el nombre de Eme.

Dio otro. Los Duendes siguieron empujando mientras trataban de sostener sus sombreros.

Dio otro más. Todos los sirvientes eran aspirados por Ventisca, tratando en vano de parar el avance de la brillante luz.

Dio otro paso más. Pensó en Sirene, en lo orgullosa que estaría.

Y otro más. Pensó en todas las veces que tuvo miedo y no pudo hacer nada.

Y otro. Recordó que las Brujas estaban libres por su culpa, porque fue un cobarde y tuvo miedo.

Y entonces, echó a correr. Sin dejar de gritar, sin pararse a pensar, sólo buscando proteger a sus compañeros.

La Aiséa caída miró con los ojos desorbitados cómo cargaba hacia ella la mismísima esencia de la luz. Los Duendes salieron despedidos hacia atrás por el impulso mágico y los Impromagos corearon su nombre con aún más fuerza. Cuando chocaron ambos cuerpos, una gigantesca onda expansiva de luz y polvo recorrió toda la caverna, derribando y ensordeciendo a todos los presentes. Ya no quedaba ninguna criatura oscura, todas habían sido absorbidas por su maestra.

relato-calamburia-ventisca-rayo-emeUna vez despejado el polvo y el humo, Penélope se acercó al cuerpo inmóvil de Ventisca, apartando con su paraguas los chispazos de energía que pululaban por el aire. El rostro de la Guardiana, al no estar contraído por el odio, se hallaba en paz. Se parecía a Brisa más que nunca.

La empresaria se giró hacia el montón de Duendes e Impromagos que trataba de incorporarse, y dirigiéndose a Quasi, preguntó:

—¿Y bien? ¿Es suficiente distracción o necesitas algo más?

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