—¡Vamos! ¡Necesitamos más energía!

Los gritos resonaban por toda la caverna, en las profundidades del Inframundo. Un grupo de pequeños Impromagos, compuestos por caras conocidas como Aruala, Stucco, Eliz, Roby y otros, trataban de lanzar oleadas de magia hacia una burbuja protectora gigante que aguantaba a duras penas. Tríos de Duendes, siempre compuestos por un Duende Mayor y dos más jóvenes, les daban apoyo lanzando chispas por los dedos y realizando cabriolas a su alrededor.

En medio de todo el batiburrillo de actividad, sobre una gran piedra plana, los cerebros de la invasión del inframundo estudiaban los posibles desenlaces a este épico enfrentamiento.

—¡Estamos en un buen lío! La burbuja esa rara no aguantará mucho más, y yo empiezo a estar cansada…— se quejó la Duende Eneris.

—La situación es ciertamente peliaguda. No sé cuánto tiempo más podrán aguantar mis pequeños duendes. Los Mayores hacen lo que pueden, pero tenemos a muchos aún recién creados sin ninguna experiencia – comentó meditabundo el Duende Mayor Fradil.

—Y Sirene no está aquí para ayudarnos… ¡ella sabría lo que hacer!— se quejó amargamente Eme, el Impromago.

Dándoles la espalda y mirando el techo de la gigantesca caverna en la que se hallaban, Penélope guardaba silencio, ajena a todas las quejas.

– Caballeros— espetó con tono autoritario, sin girar la cabeza —, hemos hecho una inversión y lo hemos apostado todo. Me temo que en el mundo de los negocios no hay vuelta atrás, así que sólo nos queda una cosa: seguir adelante.

Una descomunal explosión hizo temblar la burbuja protectora, que titiló y osciló como si de una frágil vela se tratase. Varios Duendes salieron despedidos por encima de la improvisada reunión, soltando chispas de colores.

— Mi señora, una retirada a tiempo quizás sea una opción inteligente. Si volvemos a la torre y consultamos el Libro de la Sabiduría, quizás…— comenzó Fradil

— ¡Silencio! No quiero oír más propuestas pesimistas. Quiero planes que hablen de victoria y de cargas heroicas. Y rapidito, que no tengo todo el día— dijo Penélope, girando hacia el atemorizado grupo —. ¿Es que no hay un héroe entre tanto ser mágico?

—Quizás yo pueda ayudarle, mi señora— dijo una profunda voz masculina.

El grupo entero se giró hacia el recién llegado. Se trataba de un hombre alto con bombín, vestido con un pantalón y casacas verdes.

—¿Cómo ha cruzado la burbuja de protección? ¡Es imposible!— gritó Eme, alarmado.

—No soy ajeno a vuestra magia, Impromagos. Y digamos que en mi estado, me es más fácil hacer ciertas cosas— repuso amablemente el recién llegado.

—¿Tiene alguna propuesta de negocio que hacerme, caballero?— preguntó con aparente indiferencia Penélope.

—Quiero ayudarles, mi señora. Mi nombre es Quasi, y pensaba pasar una eternidad lejos de los deberes mundanos, aquí abajo, pero me ha sido prohibido el descanso. Mi compañero Portero ha sido captado por la oscuridad. Por la amistad que nos unía, no puedo permitir dejarle caer al pozo de sombras en el que está sumido.

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—¡Maravilloso! No sé a quién se refiere, pero si nuestros intereses comunes coinciden, alabado sea el Titán. Muy bien, ¿qué propone?— preguntó satisfecha la empresaria.

Antes de que Quasi pudiese contestar, una explosión aún más ensordecedora que la anterior hizo estremecerse toda la caverna, lanzando a todos los afectados al suelo. Varios Impromagos pasaron corriendo, huyendo de la lluvia de escombros y gritando despavoridos. La burbuja protectora tembló una última vez y se fue desvaneciendo poco a poco. El polvo de los escombros lo llenaba todo, y añadía más caos y confusión a la escena.

A gritos, Duende Mayor Fradil consiguió reunir a varios supervivientes para formar algo parecido a un frente. De la polvareda empezaron a emerger figuras deformes e imposibles, rezumando oscuridad: Siervos del Inframundo. A la cabeza, caminaba con aire altanero Ventisca, el Avatar del Caos. Se detuvo orgullosamente ante el atemorizado grupo y gritó:

—¿Pensábais que podíais venir a nuestro Reino y marcharos de rositas? ¿Creéis que por que Kashiri esté desaparecida podéis hacer lo que os venga en gana? ¡Sufriréis una eternidad de tormento por vuestra desfachatez!— Y dio una furiosa patada en el suelo.

A su alrededor, las formas oscuras rugieron y bufaron mostrando hileras de dientes.

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—¡Podemos colaborar! ¡Buscamos lo mismo, derrotar a las Brujas! ¡Sólo queremos el Orbe de la Resurrección!— gritó Penélope, sin dejarse amilanar.

—¡No necesitamos vuestra ayuda para conseguirlo! Y no permitiremos que invadáis nuestro hogar. ¿Acaso habéis olvidado que el Inframundo es el verdadero epicentro del Mal, y no esas viejas chocheantes con escoba? Yo os lo recordaré… ¡Y deseareis no haber pisado estas cuevas!

Ventisca empezó a absorber filas de sus sirvientes, que fueron aspirados de manera incontrolable hacia la palma de su mano abierta. La energía oscura fue tomando la forma de una enorme bola palpitante, que tras crecer hasta dos veces el tamaño de una persona, fue arrojada hacia el grupo de confusos Impromagos. De la nada, un gigantesco sombrero de copa violeta cayó de las alturas y tapó al grupo, haciendo que la energía oscura se desparramase por su superficie, sin provocar daño alguno. Con un sonido parecido al de una burbuja al pincharse, el sombrero se encogió mágicamente hasta su tamaño normal. Duende Mayor Fradil recogió su sombrero y le quitó el polvo. Tras colocárselo con parsimonia, se encaró hacia los Sirvientes del Inframundo.

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—La Torre de Eskuchain todavía tiene un par de cosas que decir al respecto. ¡No nos rendiremos!— gritó, mientras los Impromagos y Duendes supervivientes se apresuraban a formar a su lado.

—Sea pues. No os mataré limpiamente. ¡Haré que sufráis durante milenios en las profundidades del Inframundo!

Y así, lejos de la luz del sol, a varios kilómetros bajo tierra y sin ningún tipo de ayuda posible, el destino de Calamburia estaba a punto de verse sellado.