Pocas veces el destino de Calamburia ha resultado tan frágil como lo fue durante la última batalla entre el bien y el caos.

En pleno desierto, entre la torre de Scuchain y la Puerta del Este, los dos bandos se disputaban la hegemonía con toda la fuerza de sus ejércitos. Al pie de la torre, los Impromagos, Eme y Sirene, invocaban conjuros defensivos que descendían sobre los hombres del reino. También se encontraban presentes todos los demás alumnos de la escuela: Tábata, Aruala, Estuco, Enona, Tilisa… ellos ponían en práctica sus mejores hechizos para retener la fuerza mágica de los Zíngaros: Kálaba, frente a la torre, invocaba toda suerte de maldiciones y males de ojo, mientras Garth, apoyado por las tropas de Petequia y Comosu, intentaba rodear las defensas y atacar por un flanco. Allí les esperaba Urraca; sus soldados, protegidos por la impromagia, repelían a un enemigo que veía reforzado su número con la llegada de Kashiri y Ventisca. El ejército de no – muertos que comandaban las Guardianas del Inframundo estaba ya muy cerca. Sólo el inmenso arco que era la Puerta del Este se interponía en su camino. Allí, los dos Porteros, Quasi y Adonis, hacían lo posible por contenerlos.

Las fuerzas estaban equilibradas… hasta la llegada de los Piratas, que emergieron desde el sur de forma sorpresiva. Aquella horda de filibusteros se había desecho de sus barcos para poner los pies en tierra firme. Acompañados de rugidos, maldiciones y juramentos, alzaron sus sables, sus mosquetes y sus botellas rotas y cargaron contra la torre.

-¡Eme! –gritó Sirene- ¡Son demasiados! ¡No podemos contener a los zíngaros, proteger a los hombres de la Reina y retener a los Piratas! Es mucho trabajo para nosotros.

Eme no respondió. Era tal el miedo que sentía, que se había quedado mudo. Entonces sucedió lo que nadie esperaba. El milagro; la salvación.

-¡Aún no está todo dicho! –se escuchó por todo el campo de batalla.

Desde el norte, entre la torre de los Impromagos y el ejército pirata, emergió una nueva fuerza. Eran más soldados, reclutados por el rey Rodrigo. Venían desde la capital; y con ellos, en vanguardia, podía distinguirse a los dos Taberneros. Las palabras que detuvieron la batalla habían procedido de Ebedi. La Tabernera llevaba un rodillo en la diestra.

-¡Esta batalla no ha finalizado! –añadió.

-¡Cierto! –intervino Yangin.

-Eso, eso. Muy cierto –dijo el rey Rodrigo.

-¡Soldados, cargad! –ordenó ella.

Los hombres se miraron un segundo desconcertados, hasta que fue el propio Rey quien repitió la orden.

Las fuerzas volvían a equilibrarse. En el tumulto que era aquel enfrentamiento por el destino de Calamburia, donde numerosos ejércitos de todo tipo se daban lugar, los rayos de poder mágico se mezclaron con los golpes de espada, las cargas de caballería, los juramentos de todo tipo, los aullidos de los heridos y las fuerzas de ultratumba. Y mientras unos y otros atacaban y contraatacaban, los Impromagos empezaron a notar, desde su posición a las puertas de la torre, que las fuerzas del mal perdían terreno.

-¡Eme, estamos ganando, no me lo puedo creer! –celebró Sirene.

A su lado, Ebedi se quitaba de encima a todo el que osara acercársele. Las palabras de aquella niña llamaron su atención. Habían despertado en ella una chispa de familiaridad; algo capaz de despertar cierto sentimiento afín, que llevaba mucho tiempo dormido. Miró a Sirene de reojo y analizó el modo en que sonreía, sus rasgos y algunos de sus gestos. ¿Acaso sería ella…?

Se formó un nudo en su estómago; una breve conmoción que, por desgracia, no pudo hallar su merecida respuesta. No era momento para resolver enigmas. El enemigo era fuerte, a pesar de que ya se retiraba.

Los primeros en abandonar fueron los Zíngaros. Su magia, sin el apoyo del Patriarca, era limitada. Comprendieron que ésta se agotaba y retrocedieron. Los Piratas siguieron después, cuando se dieron cuenta de que en tierra su combate no era tan bueno. Así, todo el ejército del caos se dio a la huida. Kashiri lo hizo en último lugar, no sin antes formular un juramento que Ventisca extendió por el cielo:

-¡Habéis ganado, pero sabed que no he sido liberada del Inframundo para conocer la derrota! ¡Jamás volveré a mis prisiones! ¡Tendréis mi presencia sobre la faz de Calamburia para siempre!

Desapareció en mitad de una monstruosa tormenta de arena, y con ella todo su ejército. El campo de batalla quedó en silencio un segundo, pero no tardó en llenarse con los vítores de las fuerzas del bien. Urraca se hizo un hueco en mitad de las tropas, pidió atención y dirigió unas palabras a sus hombres.

-¡Hemos ganado! Regresad tranquilos a vuestras casas, saludad a vuestras familias y dormid sin miedo a la oscuridad ¡Calamburia vuelve a estar en paz!

Y era cierto. La tierra de Calamburia había quedado libre de peligros… por el momento.