-¡Trovadores! ¡Qué vengan los trovadores! –los gritos de Dorna recorrieron los corredores de la fortaleza -¡Llamad de una vez a los trovadores!

Por encima de estas órdenes, sin embargo, se escuchaba un aullido estremecedor. Era el lamento de Comosu, que volvía a despertar presa de uno de sus muchos terrores nocturnos.

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En estas monstruosas ensoñaciones, el Elegido observaba cómo la Emperatriz Tenebrosa derretía sus entrañas y, tomando su cerebro, lo estrujaba hasta convertirlo en polvo. Comosu despertaba entonces presa de terribles dolores, pero era aún más lacerante la sensación de percibir la realidad tal cual era, de saber cuánto había perdido, y cuánto había sido engañado. Recordaba cada oscuro detalle de su reinado, cuando actos y decisiones estuvieron controlados por Kashiri. En aquel tiempo actuó sin misericordia, obedeciendo a una voluntad vesánica que terminó por oscurecer su alma. De este modo, rememoraba ejecuciones de hortelanos, decisiones que pusieron en peligro a sus tropas y antojos llenos de maldad, que tenían por fin ceder su trono.

No obstante, no era la pérdida de su reinado lo que más le atormentaba, sino el hecho de que, nada más tomar posesión del mismo, expulsara a su madre lejos del continente. En efecto, Petequia había sido deportada fuera de Calamburia, y desde entonces no se tenía noticia de su paradero. Corrían rumores sobre su presencia en la isla Kalzaria, pero la cruda realidad era que todo el mundo la daba por muerta.comosu triste

Era esa posibilidad, la más clara, y a la vez la más perturbadora, la que hacía a Comosu perder el juicio. El elegido había sido tocado en su punto más débil: su madre.

Por mucho que se esforzara, Dorna no conseguía aplacar el corazón de su esposo. Éste se había transformado en un niño incapaz de tomar decisiones. Corugán, por su parte, se hallaba demasiado débil como para intentar algo. Su regreso desde los tentáculos del Maelström aún afectaban su poder. También se había recurrido a los sanadores del reino, colegas de los Capellanes, pero nada habían podido mejorar sus emplastos y potingues.

Lo cierto era que Comosu parecía al borde de la locura. Nada conseguía aplacarle.dorna MAELSTROM IMPRO CALAMBUR MADRID

-¡Trovadores! –chillo una vez más Dorna.

Éstos hicieron acto de aparición en la alcoba real. Comosu se revolvía entre las sábanas. Su frente, perlada de sudor, aún dejaba ver la marca del Titán; la marca del elegido. Dorna permanecía sentada a un lado, procurando que su esposo no se cayera de la cama.

-¡Tocad algo! –dijo la reina del norte.

Los trovadores dieron comienzo a una nana; la más suave y delicada que había en su repertorio. Sin embargo, nada pudo aquella melodía contra las pesadillas. Ahora Comosu las percibía incluso despierto, de tal forma que su madre emergía de entre los oscuros rincones, transformada en un cadáver putrefacto y devorado por las alimañas.

-¡Mamá! –gritó- ¡No te mueras! ¡Mamá, no me dejes!

petequia y comosu            De repente, Comosu dejó de prestar atención al vacío. Alargó la mano, tomó el puñal que Dorna guardaba en su bota y lo dirigió hacia su pecho.

-¡Voy contigo, mamá!

A poco estuvo de hundir el filo en su pecho, y lo habría conseguido, de no ser por la orden mágica que resonó en la alcoba:

-¡Congelado!

Comosu fue incapaz de moverse. Sirene aún le apuntaba con su varita.

-Yo puedo ayudarle –dijo la niña, a modo de presentación.

-No me gusta la magia –gruñó Dorna, al tiempo que avanzaba hacia la estudiante con la intención de echarla de sus aposentos.

-¡Pero conozco un hechizo que puede funcionar! Creo que puedo borrar la memoria del Rey. Así no recordará todo lo que ha hecho mal en el pasado… incluso se olvidará de cómo echó a su madre. Volverá a ser feliz.

Dorna enarcó una ceja. Había probado todo, y ningún procedimiento logró curar al heredero. No tenía nada que perder; al fin y al cabo, un niño llorón no le servía para gobernar Calamburia.

-Haz lo que quieras –resolvió, echándose a un lado.

sirene y petequia fantasma

Comosu, aún congelado, sólo pudo ver de reojo cómo Sirene se aproximaba a la cama, agitaba su varita, y pronunciaba las palabras de un antiguo hechizo. Un rayo verde alcanzó su frente, pero entonces sucedió algo con lo que nadie contaba: la C del elegido se iluminó, contrarrestando la magia que caía sobre ella. De alguna manera, el poder que palpitaba en el interior del joven creyó estar siendo atacado, y se defendió. El rayo verde cubrió a Comosu, otorgándole un extraño color fluorescente… pero sólo duró unos segundos. Después, el joven, volviendo a su estado febril, se quedó dormido.

-¿Qué ha pasado? –quiso saber Dorna- ¡Habla!

Sirene, muy pálida, se dio media vuelta para encarar a la Reina.

-Dime –habló Dorna- ¿Ha funcionado? Parece muy relajado.

-Pues… sí y no.

-¿Qué significa eso? –Dorna enseñó los dientes.

-Significa que el hechizo le ha borrado la memoria, pero sólo por hoy. El poder del Elegido es muy fuerte, no he podido luchar contra él. Comosu eliminará mi magia dentro de veinticuatro horas, y con ello volverá a recordar sus pesadillas.

Dorna se lanzó contra la estudiante y la aferró por las solapas de la camisa. Su primera intención fue la de golpearla, pero la detuvo un pensamiento más sensato. Ella había sido la única capaz de calmar al Rey. Ya era algo.

-Está bien. En ese caso permanecerás aquí, conmigo. Lanzarás a Comosu el mismo hechizo todos los días, y de este modo le borrarás la memoria con cada nuevo amanecer. Te lo ordeno.

La primera idea que le vino a Sirene acerca de Eme. ¿Quién le cuidaría entonces? Por suerte, acababa de estudiar un hechizo para crear duendes ayudantes. Conjuraría a dos de ellos. Así podrían ocuparse de que Eme no sufriera ningún accidente, mientras ella cuidaba a Comosu.

-De acuerdo, me quedaré aquí. Yo salvaré al Rey de Calamburia.

comosu c verde

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