79. ENSOÑACIONES DE AMOR

Carcajadas cristalinas resonaban por los jardines del palacio. El sol calentaba los altos y relucientes muros del Palacio de Ámbar, mientras los ecos de las risas se enroscaban entre las ramas de arbustos tallados con intrincadas formas geométricas.

El origen de las risas era una joven de pelo anaranjado, que se apeaba de un caballo con la ayuda de un pequeño ejército de sirvientes. Con las mejillas arreboladas, se dirigió con saltitos emocionados hacia la pérgola instalada para protegerla del sol.

– ¡Oh, ha sido increíble! Illia, adoro tu caballo. ¡Es tan brioso! –dijo emocionada, mientras se dejaba caer encima de una de las sillas al cobijo de la agradable sombra.

Su invitado rio con suavidad, mientras negaba con la cabeza. Iba vestido primorosamente, con una ribeteada chaqueta cubierta de encajes.

– Eres incorregible, Cassandra. No sé si es adecuado para una dama cabalgar de esa manera.

– ¡Al Titán con los modales! Me siento tan libre cuando voy a caballo, tan lejos de todas estas estúpidas normas… -suspiró, soñadora, mirándole- ¿Y si huimos para siempre de todo esto? ¿Y si nos retiramos en una pequeña mansión de las montañas?

– ¡Eso es lo que me gusta de ti, mi amor! Tienes una imaginación y una creatividad sin par, nunca abandonas una idea si te lo propones. Ojalá se me pegase un poco de tu actitud…

– Eres demasiado mojigato para cambiar, Illia –sonrió con picardía Cassandra-. Pero supongo que necesito a alguien que ponga límites a mis absurdos sueños.

RELATOcassillia

La joven se quedó mirando pensativa el errático vuelo de una mariposa, que brillaba con los colores del arcoíris. Un leve temblor hizo vibrar suavemente el suelo, pero ninguno de los dos pareció darse cuenta.

– He vuelto a soñarlo –dijo pensativa.

– ¿Otra vez ese horrible sueño?

– Sí. Otra vez en la oscuridad del Inframundo. Con las almas en pena… haciendo cosas horribles a la gente.

-Mi amor, tú no eres así, y lo sabes. No he conocido a nadie más llena de vida y bondad. Pero es extraño, yo también he tenido sueños fuera de lo normal -explicó el joven príncipe con una mueca extraña en el rostro.

– ¿Sí? ¿Cómo son? -preguntó intrigada, echándose hacia delante y colocándose sus rebeldes cabellos detrás de la oreja.

– Sueño… sueño que recorro los caminos. Solo tengo como compañera de viaje a otra mujer y un cayado. Voy imponiendo las manos… y la gente se cura –Illia se miró las manos fijamente, como si las viese por primera vez-. Creo que siempre he tenido ese poder. Incluso ahora.

RELATOsueñoillia

– ¿Cómo que con otra mujer? ¿Y no soy yo? –preguntó molesta Cassandra. El suelo volvió a temblar con más fuerza. Los pájaros enmudecieron y el ejército de solícitos sirvientes desapareció, pero de nuevo, ninguno de los dos pareció notarlo.

-No, no te preocupes, mi vida. A ella no la amo. Pero siento… siento que puedo arreglar todo con estas manos, salvo a mí mismo. Ahora mismo me siento como en esos sueños. Siento que podría arreglarlo todo, incluso a ti. Solo con tocarte, Cassandra –explicó, levantando la mirada de sus manos.

Una mirada de súplica, de desesperación.

El suelo empezó a temblar violentamente, haciendo que los gigantescos robles de los jardines fuesen cayendo como titánicas columnas de un templo antiguo. Una grieta surgió entre los dos y se agrandó a toda velocidad, separando a los dos amantes. Cassandra fue arrojada con violencia, mientras Illia trataba de incorporarse, acercándose al borde de la grieta todo lo que pudo.

– ¡Cassandra! ¡Aguanta! –gritó desesperado.

– ¡No! ¡No te acerques o caerás!

Más allá de los jardines, el Palacio de Ámbar empezó a desmoronarse. Bellas y elaboradas torres se desmigajaban y caían hechas pedazos, mientras la estructura central se agrietaba y los muros se deshacían. Un rugido sobrecogedor retumbó por entre las ruinas del castillo, haciendo de contrapunto a los cada vez más violentos temblores.

-¡Estoy perdiendo el equilibrio! ¡Cassandra! ¡Búscame! ¡Siempre te estaré esperando! –exclamó Illia, mientras se tambaleaba al borde del precipicio, rodeado de grietas que llevaban a los confines de la tierra. Sus ojos se cruzaron con Cassandra durante un instante, y presa de un último temblor, se precipitó al vacío.

-No…-susurró Cassandra, sin poder creérselo, mientras pugnaba por mantener el equilibrio.

El rugido aumentó, y de las ruinas del castillo asomó una gigantesca garra compuesta de huesos de proporciones ciclópeas. Apoyándose en las ruinas de la puerta del palacio, se apoyó haciendo rechinar la estructura, y un cuerpo se pesadilla se incorporó para tapar el cielo y las nubes. Dos alas correosas y casi esqueléticas se abrieron y batieron el aire, impulsando un viento pútrido que parecía sacado de una tumba. Una cabeza reptiliana se alzó hacia el firmamento, paladeando de nuevo el frescor del aire. El Dragón se alzó sobre sus dos patas traseras en toda su gloria corrupta, con colgajos de carne cayendo de su cadavérica figura, las escamas marchitas y sus cuernos partidos brillando con una luz roja y verde enfermiza.

Mirando con sus malignos ojos amarillos, se dirigió hacia la forma de la joven princesa que trataba por todos los medios de no caerse por las grietas que le rodeaban.

RELATOcassandragon

-¿Pensabas que iba a ser tan fácil? – la voz del dragón parecía resonar en su mente. Una voz familiar, pero a la vez distinta.- ¿Pensabas que se puede controlar mi poder sin pagar nada a cambio?

– ¡No sé quién eres! ¡Por favor, devuélveme a Illia! ¡No puedo vivir sin él!

– Estúpida insensata. Ese destino se te negó hace mucho tiempo. Pero ya no puedes ocultarte en tus sueños. Ahora también me pertenecen. Ahora, tu cordura me pertenece… KASHIRI.

Cassandrá recibió ese nombre como si de un golpe físico se tratase. De repente todos los recuerdos volvieron de golpe. Illia, el pacto, su caída al Inframundo, las almas torturadas, sus crímenes atroces. Su postura cambió de forma radical y se incorporó con parsimonia. Ahora escuchaba, de fondo, las carcajadas histéricas y estridentes de las brujas. El contrapunto de toda esta pesadilla.

– No te tengo miedo, Dragón. Hace tiempo que perdí el miedo a nada- dijo con orgullo, erguida en actitud desafiante.

– Oh, pero harías bien en tenerlo. Ahora conocemos tus secretos. Ahora conocemos lo que más amas. ¡Y te lo arrebataremos! –rugió el Dragón, al eco de las voces de las brujas.

Kashiri miró a la bestia y el suelo agrietado que le rodeaba. Con un leve asetimiento, tomó la decisión.

-Os buscaré. Encontraré la oscura madriguera en la que cobardemente os ocultáis. Arrastraré vuestros decrépitos cuerpos a la luz del sol y los atravesaré con mi báculo. Nunca podréis torturar a la Guardiana del Inframundo. La tortura y el sufrimiento es MI reino.

Y con firmeza, dio un paso adelante y se precipitó hacia el vacío. El Dragón se lanzó hacia delante, rugiendo con todo su poder y su rabia, pero era en vano. Kashiri ya estaba lejos de su alcance. Preso de furia, escupió llamaradas de fuego verde y rojizo hacia el cielo, mientras los siseos de rabia de las brujas llenaban el firmamento.

Illia se incorporó jadeante de su camastro. Otra vez esos sueños. Rápidamente intentó acordarse de detalles, de información, pero era como intentar retener agua con las manos. Poco a poco, los débiles recuerdos del sueño se esfumaron y le dejaron tan confuso como en todos sus despertares.

Mientras, en las profundidades del inframundo, Kashiri abrió los ojos. Mediante una calma gélida, se incorporó de su gigantesco lecho, cubierto de telas y pieles. Los recuerdos de su sueño se difuminaban a toda velocidad, pero agarró con fuerza dos sensaciones, dos leves aleteos de su consciencia, mientras apretaba sus puños con fuerza. Su amado seguía vivo, en algún lugar. La segunda sensación era que aquellas malditas brujas querían interponerse en su camino.

Permaneció sentada en su lecho, mientras éste se encendía como una gigantesca pira funeraria, sin dejar que las llamas le afectasen. Pero donde si brillaban las llamas era en sus pupilas. Iban a pagar con su estúpida vida haberse atrevido a mancillar el único tesoro que le quedaba: sus sueños.

RELATOdespertares

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