HOMBRE LOBORazman olisqueó el viento mientras el aire agitaba su corto pelaje negro. Había humanos cerca. Siempre los había.

Contempló el prado en el que se hallaba, agitando su cola de un lado a otro. Él, que siempre había viajado solo. Él, que había sido el rey del bosque. Y ahora… condenado a estar pendiente de una ardilla.

Empezó a notar un familiar hormigueo por debajo de su piel; aquél no iba a ser un día tranquilo.

– ¡Cilia! – ladró enfadado – ¿Pero dónde te has metido?

No lejos de allí, en un claro del bosque, unas carcajadas cesaron de repente. Un gigantesco hombretón se incorporó y aguzó el oído.

– ¿Has oído eso, Tanis? ¡Lobos! – exclamó con voz grave Ranulf, el Matabestias.

– Lobo. Solo uno. No hay más – masculló por lo bajo Tanis, la niña salvaje, mientras mordisqueaba un puñado de frutos secos.

CAZADORES OBSERVANDO- Pero no sonaba a un lobo normal… es casi como si lo entendiese – rezongó Ranulf mientras volvía a sentarse, girando el espetón que colgaba por encima del fuego.

– Llevamos meses persiguiendo rumores – dijo Tanis mientras escupía una cáscara contra las chisporroteantes llamas del fuego.

– ¡Existen, te digo! He cazado todo tipo de criaturas que muchos consideraban extintas. ¡Por el Titán, si hasta yo mismo cacé un grifo, que todos creían invenciones de viejas!

– Seguro que su carne era deliciosa – comentó la joven con mirada soñadora.

Ranulf observó con atención a su compañera. Frunció el ceño.

– ¿Quieres que hablemos del encuentro de esta mañana?

– No hay nada que hablar.

– Te encargaste tu sola de esos tres salvajes. Dos flechazos limpios en la garganta. Y el tercero, muerto desangrado en el suelo con la garganta rajada.

– Muertes limpias. Más de lo que se merecen – dijo escupiendo al fuego.

– Tanis, pequeña – empezó Ranulf, con tono preocupado –. Cazamos monstruos. No personas. No seres humanos.

– Son monstruos. ¡Son monstruos disfrazados de humanos! – la joven se levantó de un salto, poseída por una energía rabiosa – ¡Fingen ser humanos, pero se cubren de pieles, atacan en la noche y te roban lo que más quieres! Solo merecen que los cacen, que los despellejen y que se los coman las alimañas. ¡Y me da igual lo que pienses!

– No debes decir eso. Son humanos, sólo han vivido una vida más difícil – le respondió con el ceño fruncido – Ahora tenemos una reina Salvaje, y lo sabes. Los tiempos cambian. La gente cambia.

– ¡Los animales como ellos no! Los mataré a todos, ¿Me oyes? ¡A todos! – chilló furiosa mientras pateaba el suelo.

cazadores enfrentados

En ese momento, un sonoro crujido en las copas de los arboles atrajo la atención de los dos. Le siguió otro. Y otro. Y de repente, entre un estruendo de ramas y hojas, una forma cayó como un fardo al centro del claro, cerca de la hoguera, con un agudo chillido.

Ambos cazadores empuñaron sus armas con un rápido movimiento y observaron el bulto. Entre las ramas y las hojas, asomó una aturdida cabeza.

– Ay ay ay… ¡Maldita seas, rama! ¡Traidora!

Ranulf se aproximó hacia la joven que empezaba a levantarse del montón caído de los árboles.

– ¿Estás bien? Menuda caída. ¿Cuánto tiempo llevabas ahí?

– ¡Oh!, yo solo…¡Ah! ¡Sí! ¡Frutos secos!¡Oh sí!

Y dando un chillido de alegría, se abalanzó sobre el montón de frutos secos que Tanis se estaba comiendo.

CAMBIAFORMAS SUELO

Ranulf dio un paso hacia ella para impedir que siguiese dándose un festín, cuando una forma surgida de la espesura lo embistió, lanzándolo contra su joven compañera. Se trataba de un enorme lobo negro, con el pelo erizado y mirada inteligente. Se colocó en actitud protectora delante de la recién caída, que seguía devorando frutos secos, ajena a todo.

– ¡Ah! Razman, estás aquí, ¡Mira, frutos secos! – exclamo ella, alegre y despreocupada.

Aunque parezca increíble, el lobo puso los ojos en blanco, pero volvió a gruñir cuando los cazadores empezaron a incorporarse. Mientras retrocedía lentamente, su cuerpo empezó a ser presa de espasmos y les lanzó una mirada de pánico. Y de pronto, rodeado de un extraño brillo verdoso, empezó a aullar y cambiar de forma, con el cuerpo recolocándose, mutando y adaptándose a una forma humana. En lugar de un lobo se hallaba un hombre de melena negra como el carbón que seguía aullando pero esta vez palabras audibles:

– ¡No no no no no! ¡Ahora no maldita sea! Siempre en el peor momento.

lobo aullando

– ¡Lo sabía! – rugió Ranulf mientras empuñaba sus hachas – ¡Cambiaformas! ¡Existen! ¡Vais a ser mi mayor trofeo!

– Humano…-gruñó el recién llegado – No queremos problemas. Somos como tú ahora.

– ¡Já! – Rió Ranulf – ¡Sois una burda copia! Y colocaré vuestra cabeza en mi salón.

– ¿No podemos ser todos amigos? Me llamo Cilia y …- empezó a explicar la joven caída del cielo, pero fue interrumpida por una vibrante flecha que se clavó a escasos centímetros de sus pies.

Tanis la miró furiosamente desde el otro lado de su arco.

– Deja Mis Frutos Secos.-exigió, espetando cada palabra.

La extraña caída del cielo, con sus extravagantes prendas, la miró con cara de pánico. Su cuerpo empezó a emitir un color verdoso mientras su forma cambiaba en un abrir y cerrar de ojos a la de una diminuta ardilla que trepó a toda velocidad sobre su compañero hasta colocarse en la coronilla.

– En fin – suspiró Razmán- Sabía que iba a ser un mal día…

CAZADORES y CAMBIAFORMAS

Con un movimiento inhumanamente ágil, dio una patada a la hoguera, mandando chispas y trozos de carbón hacia los dos cazadores, que tuvieron que protegerse los ojos. Cuando retiraron las manos, las dos extrañas criaturas ya no estaban ahí.

– Tanis, recoge todo el campamento. Tenemos su rastro. ¡Y esta caza no terminará hasta que despelleje sus cadáveres!

En el bosque, un largo aullido resonó por entre las copas de los árboles. Pero un oyente atento podría haber pensado que se asemejaba más al lamento de un hombre.

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