–¿Cómo que no había nada? ¡Eso es imposible! ¡Miente!

La tensión se podía cortar con un afilado cuchillo en el Gran Salón de la Torre de Skuchaín. Los pesados pendones colgaban de las paredes, mustios y deslucidos. La moral de los presentes estaba muy baja, se trataba de la reunión de un ejército en retirada.

–No soy una mujer muy dada a repetirme. Pero lo haré una vez más y no toleraré que nadie ponga en duda mis afirmaciones. La Piedra de la Resurrección no estaba en su sitio y, creedme, ése era su sitio. Tengo la palabra de dos caballeros que la certifican– dijo Penélope solemnemente mientras martilleaba el suelo rítmicamente con su paraguas cerrado.

–¿Y dónde puede estar? ¿Acaso no hay otra posibilidad de derrotar a las Brujas? – dijo Félix el Preclaro con angustia mientras estrujaba su túnica entre las manos.

El resto de Impromagos se hallaban cabizbajos alrededor de la gran mesa. Eme, Stucco, Enona, todos ellos habían peleado en la batalla del inframundo, pero sin conseguir su objetivo. Duende Mayor Fradil miró fijamente a todos los presentes.

–En el Libro de la Sabiduría no viene ninguna otra solución a este entuerto. Me temo que estamos en un callejón sin salida. El Titán sabe dónde puede estar esa maldita piedra.

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–¡Y no solo eso! Ha llegado una paloma desde la Torre de Ámbar y, al parecer, la Reina Dorna sufrió una emboscada en el bosque y sobrevivió por los pelos. La magia de las Brujas está cada vez más descontrolada. ¡Quién sabe cuál será el siguiente paso!– exclamó Gody ajustándose las gafas.

–La magia oscura nunca se descontrola, son sus usuarios los que pierden el control. La magia oscura es pura y única– sentenció Telina con una sonrisa.

–¡No me vengas con magia oscura ahora, Tenebris!– gritó Stucco –. ¡Si la magia negra y vosotros no existieseis, todo sería mucho mejor!

–Créeme, Stucco, si supieses lo que somos capaces de hacer estarías suplicándole piedad al Titán ahora mismo– dijo con voz peligrosa Telina.

–¿Me estás desafiando? ¡Comprobémoslo ahora mismo!

–¡Basta de riñas! Esto es justamente lo que quieren las Brujas. Compórtate Stucco, eres un Primus, no un estibador pendenciero– le regañó Tilisa dando un golpetazo en la mesa.

­–Quizás los árboles tengan la respuesta. Deberíamos salir todos a abrazarlos y esperar a que la savia nos aconseje– aportó Nika, con semblante preocupado.

–¿Nadie va a comentar que conseguí derrotar a Ventisca?– preguntó tímidamente Eme.

Pero era inútil. Ninguno de ellos escuchaba, ya que estaban demasiado ocupados discutiendo y resucitando viejas rencillas. Las castas de Skuchaín se hallaban enfrentadas, quizás de manera irreconciliable.

De repente, un portal rasgó el tejido de la realidad en una esquina de la sala y se ensanchó hasta formar un vórtice de energía mágica del que emergió Sirene.

–¡Vaya! Por solo unos metros, ¡pero ha funcionado!– dijo emocionada dando saltitos –. ¡Choca esos cinco, Pelusín!

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Varias figuras empezaron a emerger del portal. Capellanes, Impromagos, Eruditos, todos ellos desaparecidos hasta la fecha por el efecto de la Maldición de las Brujas.

–¡Minerva!– gritó Félix mientras se acercaba a ella con pequeños pasos presurosos–. ¿Cómo es posible?

–Sirene nos reunió. Nos ha ido buscando uno a uno. En vez de tratar de derrotar la Maldición de golpe, ha usado complejos hechizos de rastreo para sortear la maldición.

–¡Me ha costado muchísimo! ¡Pero es como hacer un puzzle muy grande, una vez que te pones es divertido!

El ambiente se relajó en el Gran Salón. Todos se fundieron en abrazos y palmearon las espaldas de los recién llegados, contentos de ver unos rostros tanto tiempo desaparecidos.

–Pero aun así es imposible. La Maldición es demasiado potente para hechizos de rastreo– comentó meditabunda Telina.

–¡Ya no! He estado investigando mucho durante todo este tiempo– dijo Sirene ajustándose las gafas como si fuese a dar una importante clase–. Hay una razón detrás del aumento de actividad de las Brujas: la tierra de Calamburia está empezando a rechazar poco a poco la Maldición. Aún no sé si es porque el Titán está recobrando fuerzas, pero algo está fallando en el hechizo.

–No se puede mantener un hechizo durante tanto tiempo a semejante escala. Tiene lógica– comentó meditabundo Gody, mirando al techo.

–¡Entonces tenemos que luchar!– dijo Stucco empuñando su varita –. Basta de escondernos en estos muros y hacer excursiones por Calamburia. Propongo una guerra abierta de nuevo contra los Zíngaros y las Brujas, por el bien de nuestra tierra.

Todos apoyaron la idea con asentimientos y algún que otro grito. Los Capellanes movieron con gesto grave la C del Titán en el aire.

–¡Sí! ¡Es el momento de contraatacar! Pero tenemos que pensar en la retaguardia– dijo Sirene.

–¿La retaqué?– preguntó Eme confuso.

–¡Los nuevos aspirantes! Los hemos tenido a la espera, pero creo que los vamos a necesitar más que nunca. ¡No podemos paralizar la actividad de la Torre!

–Sirene tiene razón. Las nuevas generaciones son el pilar de nuestro futuro– afirmó con gravedad Minerva.

–Pero para esta guerra necesitaremos a los más preparados de nosotros en el campo de batalla. Los Eruditos serán necesarios, y los Capellanes también. Todo Impromago que pueda empuñar las varitas será indispensable en el campo de batalla. Propongo que solo unos pocos de nosotros nos quedemos aquí para formar a los nuevos aspirantes.

Los murmullos recorrieron toda la sala. Nunca había pasado nada igual, generalmente el proceso de adiestramiento de los aspirantes era algo sumamente medido y controlado que necesitaba de un cuidadoso calibramiento. La magia, al fin y al cabo, era algo delicado.

–¡Decidido entonces! Yo me quedaré para formarlos lo más rápido posible y mandarlos al campo de batalla cuanto antes– dijo Stucco mirando a su alrededor con firmeza.

–Necesitaremos la representación de todas las castas. Creo que deberían quedarse los Prefectos de cada casta para formar a los nuevos aspirantes: Sirene, Eme, Stucco, Tilisa, Eliz, Telina, Gody y Nika– dijo Felix mirándolos uno por uno–. Sé que sois más que capaces.

–¡Por fin! ¡Combate, guerra, lucha! – dijo Eliz dando saltitos de emoción.

–Menuda pérdida de tiempo. Van a ser carne de cañón en esta guerra– comentó con desagrado Telina.

–En vuestro poder está que no lo sean– dijo Minerva con tono serio.

–¡Telina! ¡Vas a tener que hacer un esfuerzo para ser más simpática, o si no vas a espantar a los nuevos aspirantes!– dijo Sirene con tono de regañina.

Telina miró los ceños fruncidos a su alrededor y mostró las palmas de las manos en son de paz.

–¿Queréis que sea agradable? Os prometo que voy a rezumar arcoíris y sonrisas– dijo con una sonrisa peligrosa Telina.

–No sé qué es peor…– susurró por lo bajo Gody.

–Tengo un presentimiento que vamos a necesitar las reliquias de la Torre de Skuchaín. No sé si es un recuerdo de Theodus o qué es, pero creo que deberíamos hacerlo– dijo Eme mientras se rascaba la cabeza con la varita.

–¡Por fin habláis mi idioma! Soluciones, planes, actitud. Ese es el secreto para levantar un buen negocio. Caballeros, señoritas: ¡a trabajar!– dijo Penélope, abriendo su paraguas con un seco chasquido y caminando hacia la puerta.

El grueso de la reunión empezó a separarse entre murmullos, cada uno de los presentes muy atareados con la nueva situación que acababa de surgir. Pero había algo muy diferente en la mirada de todos los presentes: la luz de la esperanza encendía sus ojos. La Maldición de las Brujas tenía una debilidad y se podía vencer. Y mientras existiese la Impromagia, habría esperanza. Por fin volvían a lucir sus vivos colores los grandes pendones de las paredes.

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CONTINUARÁ…