La vegetación palpitaba con latidos lentos y regulares. Las plantas relucían con la humedad de la mañana, sus colores chillones compitiendo entre sí por deslumbrar a los incautos visitantes. Era una auténtica jungla, hormigueante de vida, como si de un caldero primigenio se tratase. Pero por debajo de la exuberante vida, algo no terminaba de encajar.

– ¡Esto antes era desierto! Os lo juro, pasé por aquí con mis nómadas hace escasas lunas. Y mirad ahora… ¡tanto vomitivo verde me va a hacer perder la cabeza! – Escupió Arishai, el Escorpión de Basalto -. ¿Habéis estado de nuevo jugando con magia prohibida?

La comitiva se abría paso a trompicones. Una larga hilera de salvajes miraba con suspicacia las descomunales hojas de su alrededor, aferrando con fuerza sus lanzas y preparándose a enfrentarse a cualquier emboscada. Adelantándose a la hilera, un grupo de nómadas se abría paso trabajosamente con sus cimitarras, cortando la densa jungla y dejando un rastro de muñones vegetales derramando sus fluidos contra el suelo.

– No somos nosotros los que hemos roto el equilibrio de los elementos. Pero de nuevo, por el bien de nuestra tierra y siguiendo los designios del Titán, tendremos que restaurar la paz entre la esencia de la creación – dijo Dorna solemnemente mientras apartaba una rama con su cayado. A su lado, Corugan gruñó con aprobación, mientras aferraba su racimo de fetiches, paladeando la magia desatada que saturaba la atmósfera de aquel lugar.

Arishai la miró con un brillo calculador en los ojos. Aliado a la marquesa Zora Von Vondra, la mayoría de sus planes habían girado en torno a hacerse con la corona. Que la misma realeza viniese a él era cuanto menos…inesperado. Pero los nómadas acostumbran a modificar sus planes según los designios del clima y del viento.

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– ¿No es un poco arriesgado abandonar el Castillo de Ámbar en estos periodos de crisis? – preguntó, intrigado por la estrategia de su rival.

– Las conspiraciones seguirán ocurriendo esté yo allí o no. Y hay algo más acuciante que vuestros juegos de niños. La tierra misma nos ha guiado hasta aquí, suplicando que yo la ayude. Y como hija de los primeros hombres, acudo a ella.

Antes de que Arishai pudiese responder, Corugan levantó la cabeza repentinamente y miró hacia el frente. Lanzando un terrible grito de aviso, cogió a Dorna y ambos cayeron cuan largos eran al suelo.

En el mismo momento, un gigantesco miembro alargado y rápido sacudió el aire donde segundos antes se hallaban sus cabezas. Uno de los nómadas fue empalado por el aguijón en el que terminaba aquel extraño miembro.

Todos alzaron las cabezas y vieron con horror como un escorpión de monstruoso tamaño descendía de un de los troncos titánicos que se erguían a su alrededor. Con un chasqueo de sus mandíbulas, se abalanzó sobre las filas de los salvajes, cortando y empalando con sus quitinosos miembros.

– ¡En formación!¡Levantad un muro de lanzas! – gritó Dorna mientras se incorporaba, ayudada por Corugan.

Los salvajes rugieron y trataron de alejar a la bestia, pero sus armas rebotaban contra el negro caparazón de la criatura. Con un antinatural movimiento, atrapó a uno con sus pinzas y lo partió en dos ante los atemorizados ojos de todos.

– ¡Vamos, hijos del desierto! ¡Cubrid los huecos de la formación! – gritó Arishai mientras desenvainaba su espada.

Los nómadas se apresuraron a cubrir los huecos mientras el escorpión levantaba la tierra del suelo con sus patas, en un siniestro baile macabro.

Las cabezas se giraron nuevamente al escuchar un rugido que surgía de la maleza. ¿Qué nueva criatura trataría de aplastarlos de nuevo?

Pero no fue ninguna criatura la que salió de la maleza, sino Ranulf Hangerton, el Matabestias, que rugía como una carga de osos. Empuñando sus dos hachas, corrió hacia la criatura y clavó sus armas en las junturas de la quitinosa armadura. La criatura trató de contraatacar con un chillido, pero su aguijón fue desviado por unas flechas que salían aparentemente de la nada. Ensañándose como un maníaco, Ranulf partía las articulaciones y encajaba sus hachas con la precisión de un carnicero. El escorpión empezó a retroceder lastimeramente, lo cual fue como una señal para todo el grupo, que cargó hacia adelante y empaló a la criatura con sus lanzas.

– ¿Ya está? ¿Es que no va a haber ninguna bestia que suponga un desafío para mí? – aulló al cielo el legendario cazador.

– Gracias por la ayuda, Matabestias. Tu nombre es ampliamente conocido por nuestro hogar de las montañas – dijo Dorna, acercándose al cazador.

– Solo era un bicho. Los hay peores por esta jungla – dijo Camila Tanis, su discípula, mientras emergía de la vegetación -. Como por ejemplo, la escoria que aquí se haya.

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Dorna contuvo a Corugan con un gesto, antes de que este se lanzase sobre ella. La estudió con el ceño fruncido.

– Tú debes de ser la famosa niña que sobrevivió a aquel saqueo. Me han hablado de tu odio por nosotros. Que sepas que es sólo la ley de las montañas, sangre por sangre. No me importa que quieras vengarte, eso te hará fuerte. Y la fuerza, es la única ley que importa – susurró Dorna, mirándola fijamente a los ojos.

– Cuando la tenga, acabaré con todos vosotros – le respondió con una mirada de maníaca.

– ¡Cuidado! ¡Vienen más! – gritó alguien.

Todos miraron hacia arriba, viendo como bajaban de los árboles decenas de escorpiones. Su mirada insectoide y casi alienígena podía paralizar el corazón de cualquier valiente. Corugán masculló algo por lo bajo.

– Corugan tiene razón. La Esencia de la Tierra debe de estar en este árbol y es la causante de esa antinatural jungla. ¡Escuchadme! Luchad contra estas criaturas y mientras, Corugan trepará a por ella y la contendrá.

A su alrededor todo el mundo preparó las armas, tensando los músculos y preparándose para un mortal combate.

– ¿Con que poder, eh? ¿Eso es lo que necesito? ¡La Esencia de la Tierra será mía! – gritó exultante Tanis mientras se colgaba el arco del hombro y empezaba a trepar con la agilidad de un primate.

Antes de que nadie pudiese frenarla, incluso Ranulf, los escorpiones atacaron la comitiva con una furia desenfrenada. Ajena a los gritos de abajo, Tanis siguió trepando concentrada hacia la copa del gigantesco árbol. Esquivando pinzas y aguijones y dando patadas a sus propietarios, tirándolos a la espesura del bosque, terminó por llegar a la copa del árbol.

Las sospechas de Corugan se confirmaron al momento: como en un altar vegetal, la Esencia misma de la Tierra descansaba en forma de un orbe luminoso, rodeado de ramas y enredaderas. Tanis miró la piedra y sin ningún tipo de miramientos, extendió la mano para cogerla.

Desde la espesura, entre el encarnizado combate, se pudo escuchar un agudo grito que emergió de las copas de los árboles. Los salvajes se veían sobrepasados por los temibles insectos y los nómadas empezaban a batirse en retirada, guiados por un Arishai que calculaba los posibles desenlaces de aquella aventura.

Como una centella, una luz marrón con toques de ámbar saltó de la copa de los árboles y cayó contra el suelo con la fuerza de una avalancha de tierra. La onda expansiva lanzó a todo el mundo al suelo. Los escorpiones se volvieron como uno solo y atacaron a la figura de luz, pero las raíces emergían del suelo y los estrangulaban y arrancaban sus miembros quitinosos en una orgía de violencia que nada tenía de natural.

– El poder de la tierra… ¡es mío! – gritó Tanis con un toque de locura. Se giró hacia el grupo, contrayendo las manos y amenazando con exterminar a todo el grupo con la fuerza elemental de la tierra.

Ranulf apareció de su lado y dio un fuerte golpe a la mano de la chica que sujetaba la Esencia de la Tierra. El orbe salió rodando y Tanis perdió el fulgor que la poseía.

– ¡No! ¡El poder! ¡Mi venganza! – espetó furiosa contra su amigo y mentor, lanzándose para estrangularlo.

Ambos empezaron a rodar por el suelo mientras Ranulf intentaba tranquilizarla, pero era imposible: Tanis, la legendaria rastreadora, parecía haber perdido el juicio.

Mientras, Corugan sacó una caja engarzada con piedras de ámbar mientras salmodiaba en un idioma antiguo. Se fue acercando con delicadeza a la piedra, y sin tocarla, la introdujo dentro de la caja, que se cerró con un golpe seco. Al segundo, la vegetación palpitó y empezó a perder poco a poco su color.

– Corugan trató de avisarla. Ningún mortal puede soportar el contacto con la Esencia de los Elementos. Deben ser contenidas de nuevo, ya que en ellas está el poder de la creación. Probablemente el despiadado Van Bakari usó a su compañero muerto para que no sufrir las consecuencias del contacto con un poder primigenio.

Ranulf, sujetando a Tanis con una compleja llave de lucha, miró desesperanzado a su compañera, que gruñía y babeaba mirando a su alrededor con una mirada animal.

– ¿Acaso no hay ninguna cura? ¿No hay nada que podamos hacer? ¡Es la única compañera que tengo en el mundo! – suplicó el gigantesco hombretón de manera lastimera.

– Por ahora no, hasta que vuelvan a estabilizarse los elementos. Y aún así…quién sabe. Quizás el destino de una cazadora es ser convertida en un animal. Fue débil y se dejó llevar por sus emociones. Y la ley del más fuerte no perdona.

Con esas ominosas palabras, Dorna se dio la vuelta y guió a su comitiva lejos de aquella moribunda jungla. La mirada de desesperación de Ranulf se quedó clavada en su corazón para siempre, pero ya no podía dar marcha atrás. El embarazo progresaba y pronto no podría participar directamente en los eventos que amenazaban Calamburia. Iba a traer a la vida a un líder, a un salvaje con sangre mágica que rivalizaría con todo lo conocido hasta entonces. Y no pensaba entregarle un mundo caótico y al borde de la destrucción.

Costase lo que costase.

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