A Kashiri le emborrachaba tanto poder. Desde que el Maelström había hecho de las suyas, los calamburianos, ya estuvieran vivos o muertos, descendían al Inframundo para ser torturados por la Emperatriz tenebrosa.

Ésta trataba a todos por igual, con independencia de si merecían o no castigo. Haciendo uso de su omnipotencia, les sometía a las más originales torturas; luego, los vientos del caos volvían a sacarles de allí de un modo igual de aleatorio. Kashiri se enfurecía con ello, pero no le duraba mucho el enfado, pues al poco tiempo unos cuantos infelices volvían a caer en su reino, y el maltrato volvía a comenzar.

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En esta ocasión, sin embargo, el Maelström quiso que Félix y Dorna fueran los elegidos. La reina de los Salvajes tenía un plan, e igual que ya había hecho en otra ocasión, su caída en el Inframundo no fue para nada aleatoria.

-Félix- llamó, nada más caer en aquella red de túneles sinuosos

El erudito aún no sabía dónde se hallaba; necesitó alto de tiempo para ubicarse. Lo consiguió a partir del reconocimiento de los minerales que le rodeaban; un tipo único que sólo se encontraba en el Inframundo.

-Hola, reina de los Salvajes –saludó después de un rato.

Ésta respondió con el ceño fruncido, pues el erudito se parecía, y mucho, a su desaparecido esposo. Nadie sabía dónde se encontraba Corugan, ni siquiera ella; de hecho, llegó a pensar que su magia había errado el objetivo, y que era el Salvaje quien se presentaba ante ella con los ropajes cambiados.

erudito y salvaje

-Félix – tuvo que repetir, para asegurarse.

-¿Cómo hemos llegado hasta aquí? –respondió el otro, todavía acongojado.

-El Maelström nos ha traído, y mi magia.

-¿Qué?

-Te he traído para que me ayudes. No tenemos mucho tiempo. Hay que cerrar el Inframundo.

-¿Pero cómo se supone que vamos a hacer algo así?

Dorna no llegó a contestar. Una maligna carcajada crepitó por toda la galería. Kashiri se aproximaba. Justo un instante después, Katurian y Kálaba aparecieron como por arte de magia. El Vórtice continuaba haciendo de las suyas.

katurian kalaba inframundo

Aquello era justo lo que Dorna necesitaba.

-¡Vamos! –apremió- Dejemos que la Emperatriz se entretenga con esos dos. Tenemos que alcanzar el centro de este lugar.

Echaron a correr por aquel entramado de oscuros túneles. Subieron empinadas cuestas, descendieron pozos, se escurrieron por estrechas grietas y saltaron oscuras fosas hasta que, al fin, llegaron a la sala donde Kashiri tenía su torno. Desde una pared se agitaban unos vaporosos zarcillos, semejantes a cortinajes de humo. Eran uno de los extremos del Maesltröm, que tocaba directamente con el Inframundo.

-¡Es aquí! –gritó Dorna, pues un fuerte viento se llevaba las palabras- ¡Félix!, dime, ¿qué hago?

El Erudito reaccionó con desconcierto; pero luego, armándose de valor, avanzó hasta los zarcillos del vórtice y comenzó a estudiar su composición. Al poco, la voz de Kashiri rugió por toda la cámara.

-¡¿Dónde estáis?! Os encontraré, siento vuestra presencia. ¡Aquí abajo, en mis dominios, nadie puede escapar!

-¡Félix, date prisa! –dijo la salvaje.Captura de pantalla 2016-01-16 a las 20.34.47

-¡Ya lo tengo! Sólo hay que atacar la pared de roca desde donde sale este humo. Si destruimos su consistencia, el Maelström dejará de estar anclado al Inframundo y éste cerrará sus puertas. Quedará reservado a los muertos, como siempre ha estado. Una naturaleza curiosa, por otro lado, puesto que no hay forma de averiguar qué suerte de magia trae el alma de los caídos hasta…

-¡Basta de cháchara! –gritó Dorna- Dime sólo dónde golpeo.

Extendiendo su pluma, el erudito señaló un punto en la pared. Dorna apuntó hacia allí su báculo, se lanzó a la carrera y asestó un poderoso golpe a la roca. Ésta se resquebrajó; luego toda la galería se llenó de enormes grietas. El Maelström desapareció con un aullido, como si aquel golpe le hubiera provocado dolor. Justo entonces, Kashiri apareció.

-¡¿Qué?! ¿Os atrevéis a desestabilizar mis dominios?

-¡Tarde, Emperatriz tenebrosa! –dijo Félix, envalentonado.

FELIX INFRAMUNDO

En efecto, la salvaje y él mismo comenzaban a desaparecer, al igual que Kálaba y el inventor. Kashiri comprendió que no podía hacer nada, pero justo entonces, cuatro nuevos desdichados cayeron en el Inframundo, atraídos por los últimos coletazos del Maelström en aquel reino.

Lo último que Dorna pudo escuchar fue aquella risa maligna. Luego todo desapareció a su alrededor. En un instante, se vio de regreso en Calamburia.

-¿Lo hemos cerrado? –Preguntró Félix.

-Sí, el Maelström ya no volverá a llevar a nadie al Inframundo. Ha sido cerrado, pero no antes de que cuatro nuevas almas hayan caído sin merecerlo.

-¿Quiénes eran?

-No he llegado a verlo. Sea como fuere, tendrán que arreglárselas para salir por sus propios medios. Nada ni nadie puede ayudarles ahora.

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