dragon sobre el palacio de ambara - calamburia-Pareces cansado –susurró Beatrice al oído de su amante

-Detener al dragón está resultando casi imposible –contestó éste-. No sé si lo lograremos antes de que arrase el Reino.

-Tranquilo, ahora estás aquí, conmigo. En mis aposentos existe una regla: dejar atrás las preocupaciones. Nada de lo que suceda en el exterior puede afectarte aquí.

La cortesana avanzó hasta la puerta y la fue cerrando poco a poco. La fina hebra de luz que se colaba desde el exterior fue menguando hasta desaparecer.

Cuando todo hubo quedado en penumbra, la mujer encendió una minúscula vela. Su luz arrojaba la suficiente claridad como para adivinar los pliegues de las sedas sobre las paredes, las plumas de pavo real que adornaban las almohadas, o los tulipanes carmesíes distribuidos aquí y allá en diferentes jarrones.

Beatrice aprovechó la llama para encender una varilla de incienso. Cuando ésta se puso incandescente, sopló, dejando que los primeros dedos de humo rodearan a su amante. Luego fue hacia la cama.

-Ven –invitó-, recuéstate conmigo.cortesanas burdel calamburia

Gateó sobre la cama, lenta pero sensual. Cada uno de sus movimientos era suave, hipnótico; pero destilaba cierto peligro. Semejaba una pantera domesticada, en cuyos ojos, sin embargo, brilla todavía un halo salvaje.

Su invitado avanzó lento, cauteloso, hasta que sus piernas rozaron los bordes de las sábanas. Entonces, Beatrice dejó ver una media sonrisa. Alargó la mano y acarició la del otro; luego la tomó con firmeza y tiró.

-Todo lo que decían era cierto –dijo él, cayendo sobre las sábanas-. Pareces una amante increíble.

-Aún no hemos empezado. ¿Te conformas con tan poco? Por cierto, ¿qué deseas para tu guardaespaldas?

cortesanas mirandose reino de calamburia impro calambur-No es mi guardaespaldas. Sólo… sólo es un amigo.

-De igual modo, querrá divertirse.

-Creo que él no lo necesita. Ha hecho votos…

Beatrice puso un dedo en los labios de su cliente.

-Calla. En mis aposentos no hay votos, ni juramentos, ni linajes, ni pasado. Aquí sólo existen mis reglas. Una vez dentro, todos las acatan.

-Diríase que te has erigido como reina de este… burdel.

De nuevo, Beatrice distendió los labios en una maliciosa sonrisa.

-Puedes llamarlo así, si lo prefieres, y sí, también puedes tratarme como a un miembro de la realeza. No te lo impediré. Ocupémonos de tu amigo.

-Pero él…

De nuevo, Beatrice hizo callar a su acompañante. Luego dio una palmada y, al instante, Anabella se dejó ver tras una cortina.

-Anabella, querida. Llévate a ese… capellán –volvió la vista a su cliente y preguntó- ¿Cómo has dicho que se llamaba?

-Irving van der List.

beatriche irving calamburia

-Ya lo has oído, Anabella. Deja que Irving goce de tus placeres.

-¿Un capellán? –rió la otra cortesana-, me preguntó qué esconderá bajo el hábito.

-Descúbrelo.

anabella cortesana

Anabella desapareció tras las sedas. Segundos después, la sombra que evidenciaba la presencia de Irving ya no estaba.

-Al fin solos –bisbiseó Beatrice a su cliente.

-A si es… mi reina.

-Me gusta que me llames así, mi rey.

-Pero yo soy rey de verdad.

-Querrás decir que lo eras.

Comosu se puso en pie, ofendido por aquel comentario.

-¡Sigo gobernando Calamburia, pero desde otro trono! Lo hago en la seguridad del norte. Esa emperatriz me ha quitado el puesto, pero te puedo asegurar que… que en cuanto tenga la oportunidad… yo… yo… ¡todos me engañaron! ¡me engañaron para usurpar mi reinado! ¡Vosotras también! Sí, vosotras también lo hicisteis.

Beatrice alargó la mano. Su índice acarició el muslo de Comosu, desde la rodilla a la ingle. Aquello fue suficiente para que el monarca se apaciguara. Entro de nuevo en aquel trance, donde las palabras de la cortesana despedían un aroma embriagador. Así, ella le atrajo de nuevo hasta la cama.

-¿Qué importan los engaños y las traiciones, mi Rey? Ya te he dicho que en mis aposentos no rigen las leyes del exterior. Aquí sólo importa una sola cosa: tu placer. Ven, olvida tus problemas, deja atrás aquello que te preocupa. En mis brazos no volverás a sentir dolor. Ven… ven.

REY COMOSU PODERSin saber cómo, el Rey se vio entre los brazos de Beatrice. Notó que el tiempo se detenía, y cómo hasta su mismo corazón postergaba el latido. Su mente dejó paso a un ensueño en el que todas sus fantasías se revelaban y, de este modo, entregó cuerpo y alma a un placer irrefrenable.

Desnudo, mientras las caricias de Beatrice lo elevaban al conocimiento de un placer imposible, se escuchó a sí mismo gritar entre jadeos:

-¡Te amo! ¡Te amo tanto! No me dejes salir de este lugar jamás. No quiero abandonar estas habitaciones. Negaría incluso la luz del sol, para entregarme por siempre a la llama de esta única vela, si a cambio obtuviera para siempre los deleites que me provocas. ¡No! ¡No me dejes, te lo ruego! ¿Acaso tú no percibes lo mismo? Es como si nos uniera un vínculo inseparable, urdido por el mismísimo destino. ¡Dime que sí!

-No podría negarlo, mi Rey –respondió Beatrice con la misma cadencia, la misma suavidad de siempre.

Y, aunque Comosu no pudo escucharlo, pues había rendido todas sus percepciones a la fruición, Beatrice añadió algo más:

-Al fin y al cabo, tú y yo somos familia, mi Rey.

 

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