En Calamburia se ha levantado una extraña sospecha. Cuentan algunos de los sirvientes en el Palacio de Ámbar que el rey Rodrigo ya no está tan hechizado como de costumbre. En sus paseos por los jardines no huele las flores suspirando por Urraca, y cuando ésta se halla fuera, gobierna a sabiendas de lo que significan sus órdenes.

Estos rumores han aumentado durante las últimas semanas, hasta tomar la forma de una leyenda: la que dice que Rodrigo, en efecto, ya no está hechizado, sino que en todo momento sabe lo que hace. ¿Por qué calla entonces? ¿Con qué objeto sigue manteniendo su farsa? Revolotean muchas teorías, pero sin duda, el único que conoce la verdad es el capellán de palacio, Irving van der List, quien, en las últimas semanas, ha estado visitando a Rodrigo más que de costumbre.

En la soledad de su celda, y durante los silenciosos paseos por el claustro, Irving, secreto vasallo de Petequia, lleva mucho tiempo buscando la manera de liberar al Rey de su prisión mental. En los libros antiguos ha escudriñado el método para deshacer la sugestión a la que fue condenado por los zíngaros, hasta que ha hallado una respuesta; un incienso aromático que, al olerlo, devuelve la cordura a quienes la perdieron. La elaboración de este incienso no ha resultado sencilla. La hermana Mitt Clementis, bajo pretexto de hablar la palabra del Titán a los pueblos, ha recorrido Calamburia de un extremo a otro buscando los componentes. Una vez fabricado, Irving ha hecho respirar al Rey este incienso durante todas las mañanas hasta que, en efecto, Rodrigo V de Calamburia ha despertado.

Lo primero que ha hecho, al verse dueño de sus facultades ha sido preguntar por Petequia. Han sido necesarios varios días para explicarle toda la historia: cómo Urraca urdió un plan para hacerse con el trono, cómo desterró a la que iba a ser su auténtica esposa… y cómo, en Villa Olvido, aguarda su heredero.

¿Cuál ha sido la reacción del Rey? A Irving le sorprendió que no dijera nada al principio, ni tampoco después. Tres días necesitó Rodrigo para meditar, y al  tercero, como si en su cabeza despertara al fin la astucia, ordenó traer treinta hortelanos, los  más discretos de todo el continente.

Tras reunirlos, el Rey en persona los entrevistó, haciéndoles jurar bajo pena de muerte que no dirían nada del encargo que estaba a punto de hacerles. Después eligió al hortelano más listo y le entregó unos planos, en los que se distinguía el diseño de una nave cerrada, sin cubierta ni ojos de buey: un arca con el que resguardarse de la Ira del Leviatán, si es que Calamburia, finalmente, era cubierta por el tsunami.

Sin embargo, construir un arca no es algo que pueda mantenerse en secreto durante mucho tiempo; se necesitan materiales, un lugar espacioso en el que plantar las cuadernas y garantizar el trabajo en silencio, algo que, con trabajadores hortelanos, no siempre ha sido posible. Rodrigo y el hermano Irving sospechan que la Reina sabe algo, y aunque el capellán ha procurado mantenerla alejada del lugar de trabajo, bien saben los dos que Urraca tiene ojos por todas partes. Por si acaso, Rodrigo ya ha inventado una excusa: el arca no tiene más que dos plazas, una para él y otra para la Reina. Pero, ¿para quién está reservada en realidad esa otra plaza? Ni siquiera Irving lo sabe, pero está claro que Urraca no tiene su lugar reservado en ese barco.