38. EL AMANTE OLVIDADO

-¡Una caja de música! –gritó Banjuló- ¿Eso es lo que has mangao del mercao, mujer? ¿Nada de más valor? ¿Nada con más chicha?

-Esto no es pa vender. ¿Tenteras? Esto es pa mí, pa mis cosas.ujaranza relato

Ujaranza atrajo la misteriosa caja de música hacia su pecho, como si temiera que su marido se la fuera a quitar y echarla al fuego.

Los dos mercaderes se hallaban en mitad del camino, al abrigo de una hoguera y con la espalda apoyada en su carromato. Los caballos pastaban junto a un árbol, y los dos perros que les servían para guardar sus pertenencias jugueteaban cerca. Sobre la hoguera, los dos mercaderes asaban una liebre raquítica. Así solían hacer cuentas todas las noches, durante los viajes, antes de dirigirse a la taberna Dos Jarras. A su alrededor se agrupaban bolsas de monedas, aparejos de labranza, joyas de poca importancia, prendas de vestir y otros objetos. El único objeto que desentonaba era aquella caja de música.

los mercaderes Ujaranza Banjulo Impro

-No se roba pa uno –dijo Banjuló, señalándose al pecho- Se roba pa los dos. Asín es como ha sio siempre.

-Calla ya, pesao. Pa una cosa que quiero mía, no me la vengas a quitar. Esta caja me gusta y sanseacabó.

-¿Pero qué tiene d´especial esa caja, a ver?

-Me trae recuerdos.

El mercader enarcó una ceja.

-¿Recuerdos? Pero si tú no recuerdas ná. Tienes pérdida de cabeza.

-Se dice “pérdida de memoria”, tarugo.

-¡Lo que sea!

Se produjo un silencio. El crepitar de las llamas ahogaba el canto de los grillos. Banjuló dio media vuelta al conejo de su cena.

-Pues sí –dijo Ujaranza al cabo de un rato-. Hay algo que hace que se me vengan cosas a la memoria.

Banjulo Reino de Calamburia ImproAcarició la caja como si ésta fuera a romperse. Paseó sus dedos por los bordes; cuando sus yemas acariciaron el cierre, no pudo evitar levantarlo. Alzó la tapa. En el interior no había nada, salvo una rueda dentada sobre la que se paseaban diferentes pelos de cobre. Aquel artilugio rudimentario producía una melodía singular. Era simple y, tal vez por eso, conseguía tocar el corazón con una confianza familiar. Casi parecía una canción de cuna, o una de esas melodías que todo el mundo parece tener en la cabeza. Era, sin duda alguna, agradable al oído; y tenía la magia de evocar instantes de felicidad.

Banjuló se sorprendió a sí mismo riendo. Ujaranza, en cambio, no apartaba la vista de aquella rueda con dientes, de su movimiento y de la música que salía de ella.

-Pues no suena mal esta cosa. A uno le dan ganas de reír – confesó el mercader.

Ella no dijo nada.

-Ujaranza –llamó, cansado de esperar-. ¿T´ocurre algo?

-Ná –ella hizo una mueca-. ¿Tú no recuerdas cosas cuando oyes esta música?

-Pues sí –reconoció el otro-. M´acuerdo de cuando era niño. Estaba estudiando pa ser erudito. Fíjate tú, y ahora no sepo ni escribir ni mi nombre bien. Eso sí, de matemáticas y cuentas y dineros me lo sepo todo. A mí no me engaña nadie, ¿A qué sí, Ujaranza?

-Sí…

-¿Y a ti qué se te recuerda?

-Cosas raras –ella torció el gesto-. Cosas que no recuerdo nunca jamás. Me viene a la cabeza un nosequé de un balcón. Yo estoy asomá, como si la casa fuera de mi propiedá. Y debajo mía hay un muchacho bien parecío que me canta… me canta esta canción. Justo esta.

Ujaranza Reino de Calamburia ImproA Banjuló se le encendió el rostro. Se puso en pie de un salto, y a punto estuvo de saltar la hoguera para caer sobre Ujaranza. Lo habría hecho de no ser porque se habría llevado el conejo por delante.

-¡Mecagüen…! ¡Un mozo cantándote! ¿Pa eso quieres tú la música? ¿Pa soñar con amoríos? Trae pa´ca la caja, que la echo al fuego ahora mismo.

Ujaranza se puso en pie, retrocedió un par de pasos, y abriendo los ojos como platos, señaló a su marido.

-Como t´atrevas, Banjuló el mercader, a tocar esta caja, te juro que te corto la virilidá y la vendo como pienso pa cerdos. No me pongas a prueba, ¿eh?

-¿Pero vas a estar soñando con mozos cantarines tol´rato?

-No, pero esta caja es importante. Me ayuda a recordar, que ya sabes que no me recuerdo nada desde hace tiempo y necesito saber muchas cosas. Respeta lo mío y yo respetaré…

Bajó el dedo, y señaló a la entrepierna de tu marido.

-… Y yo respetaré lo tuyo. ¿Estamos?

Banjuló tragó saliva. Había intentado imponerse, pero Uajaranza tenía mucho más carácter que él. Siempre había sido así. Desde luego, tenía los arrestos necesarios para transformarle en eunuco de la noche a la mañana. Volvió a sentarse, se cruzó de brazos y arrugó el rostro como un niño al que le hubieran quitado una chuchería.

-Venga, estamos… Pero no quiero ver esa caja más –dijo él.

-No la verás. Descuida, que no la verás.

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