Cuando Yangin, dueño de la taberna Las Dos Jarras, propuso a su esposa colarse en el reino del Inframundo, ésta le sopló una bofetada que le dejó marca durante una semana. ¿Había estado bebiendo más de la cuenta, para variar? Enfrentarse a campo abierto era relativamente sencillo; ella, Ébedi Turuncu, no tenía problemas para abatir oleadas de enemigos a sartenazo limpio. Sin embargo, el Inframundo era un lugar peligroso. La Emperatriz Tenebrosa tenía ojos en todas partes.Captura de pantalla 2014-12-10 a las 13.14.10

-Qué poco confías en mis habilidades, cariño -insistió Yangin- ¿Ya no recuerdas cómo logramos robar los naipes de las Zingaras? Aquello nos salió redondo.

-¿Redondo? -Ébedi amagó otro guantazo- Casi me matan todos esos bichos del bosque, mientras tú, borracho perdido, te abrazabas a los árboles. Qué poco me cuidas, Yangin.

-Como si tú demandaras cuidados.

-¿Qué has querido decir? -Ébedi enarcó una ceja.

-No, nada.

Ébedi se cruzó de brazos. Estaba decidido. Jamás descendería al Inframnudo. No. Nunca lo haría. Bajo ningún concepto.

Captura de pantalla 2014-12-10 a las 13.15.41Nunca, nunca, nunca jamás.

Pero al final, allí estaba, arrastrándose por aquellos túneles llenos de vapores sulfurosos, linterna en mano, y siguiendo el culo de Yangin. ¿Cómo la había convencido? ¿Cómo, en el nombre del Titán, había logrado persuadirla para descender a ese maldito lugar? No recordaba en qué punto de la conversación había cedido. Sus pensamientos se materializaron.

-No sé qué puñetas hago aquí, Yangin.

-¡Calla! -susurró el otro- Estamos llegando a la cámara de Kashiri. Pronto tendremos su vara al alcance de la mano. ¿Sabes lo que eso significa?

-A mí sólo me importa que la taberna no quede desatendida. Pero aquí me tienes, justo detrás de ti. Y eso es lo que pretendo averiguar. Por qué voy siguiéndote a todas partes. Cómo me convences.

-¡Poder, Ébedi! La vara significa mucho poder. Pero no pienso usarla… no

Yangin crispó los dedos, igual que si ya tuviera el objeto en sus manos.

-Voy a venderla por un montón de dinero. Algún loco habrá que la compre.

Captura de pantalla 2014-12-10 a las 13.15.34            -¡¿Quién va a querer eso?! -explotó Ébedi.

Quiso iniciar una retahíla de improperios, pero Yangin la detuvo con un gesto de la mano.

-Ahí está.

Frente a ellos se abría una caverna espaciosa, perlada de estalactitas y estalagmitas. Al fondo se erigía un enorme trono de piedra. Kashiri dormía en él. A su lado, había una vara de color negro, con una discreta decoración en la punta.

Yangin se frotó los dedos.

-Mírala, qué hermosa -dijo sin parpadear.

-Espero que te refieras a la vara -refunfuñó Ébedi.

-Claro… a la vara… Voy por ella. Tú vigila.

El tabernero se puso a gatas y, muy despacito, avanzó en dirección al trono. Ébedi, de guardia en la entrada a la caverna, apretó los dientes invadida por la tensión.

-Como falles… -dijo para sí- Como se te ocurra fallar, Yangin. No va haber muerte que te libre de mí.

Al fin, el tabernero alcanzó el trono. Se deslizó por uno de los laterales y estiró la mano para alcanzar la vara. Sus dedos ya habían acariciado aquel poderoso objeto cuando, de repente, Kashiri abrió los ojos de golpe. Había una sonrisa en sus labios.

-Has caído en la trampa, Tabernero -declaró, antes de aferrar su vara.Captura de pantalla 2014-12-10 a las 13.20.17

Yangin se puso en pie de un salto.

-¡Ébedi, cambio de planes! ¡Nos vamos corriendo de aquí!

-¡Te lo dije, hijo de mil padres! ¡Te dije que esto era mala idea! -rugió Ébedi, al otro lado de la caverna.

Dio media vuelta y se remangó la falda, dispuesta a escapar a todo correr, pero la sombra de Ventisca le cerró el paso. El Avatar del Caos observó a la tabernera adoptando el gesto de quien ya saborea la victoria.

Captura de pantalla 2014-12-10 a las 13.23.16-Aquí termina vuestro viaje -las palabras de Ventisca fueron transportadas por una corriente de aire cálido que, sin embargo, causó en Ébedi un escalofrío.

Estaban perdidos. Ella, sin embargo, sólo recordó su promesa. Moriría allí, sí, pero en cuanto las Guardianas les volatilizaran, se cuidaría de machacar el alma de su marido por toda la eternidad.

Se dispuso a la muerte, pero justo cuando Kashiri y Ventisca les tenían atrapados,

 

Ébedi observó que se aproximaba a ella una especie de bola de pelo sucia y desgreñada. Aquella pelota, sin embargo, le causó cierta empatía. Había algo familiar en ella, algo muy cercano. La pelota señaló una grieta en la pared moviendo sus ojillos tristones, y luego se introdujo rodando por ella. Ébedi reaccionó empujada por un presentimiento.

-¡Por aquí, Yangin!

Los dos taberneros se colaron por la grieta antes de que Kashiri y Ventisca les alcanzaran. Así dieron a un túnel secundario y medio derruido que, tras un buen tramo, les condujo al exterior. El contacto con la luz del sol hizo que Ébedi soltara una carcajada. Yangin bailaba de alegría.Captura de pantalla 2014-12-10 a las 13.26.38

-¡Qué suerte! -dijo él, mientras observaba de reojo la salida, para vigilar que nadie les siguiera- ¿Cómo has dado con este atajo?

-Yo no he sido -Ébedi se aproximó a aquella bola de pelusa y la tomó-. Ha sido esta… esta extraña cosa. No parece un habitante del Inframundo. Casi podría afirmar que, de algún modo, me pertenece.

sirene y pelusin

 

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