141 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO III: OSCURIDAD SIN REFLEJOS

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas ventanas se abrieron en esta aventura.

La Torre de Skuchaín es bien conocida por su espectacular magia. No hay historia ni relato en Calamburia que no tenga algo de esa fuerza incontrolable que surgió a la vez que las fuerzas primarias de la creación. Pero aunque parezca difícil de creer, los Impromagos no son la energía que mueve la torre, no. Cuando se trata del mecanismo humano, no hay magia que valga: los verdaderos dueños de la Torre son los Eruditos.

Ya desde tiempos de Theodus, muchos sabios y mentes brillantes fueron atraídos por la Torre Arcana en búsqueda de saber. Si bien no disponían de una marca en la frente que les designaba como elegidos por la magia, Theodus supo que si los reyes necesitan escribas, su Torre necesitaría de Eruditos. Así es como fundó esta noble Orden dentro de la institución mágica, asegurándose que estas personas inquietas y con sed de saber se encargaran de la logística de la Torre y de la propia enseñanza.

La vida del erudito en Skuchaín es, digámoslo con diplomacia, árida. Supone pasar prácticamente toda la vida adulta entre libros, acompañados solo por plumas y tinta y el olor a antorchas mágicas o velas chisporroteantes, la vida de un hortelano podría parecer más entretenida. Algunos de ellos deciden centrarse en ramas del saber concretas, como los Alquimistas, pero muchos de ellos al no saber elegir con cuál quedarse, deciden usar la solución más pragmática: acumular todo el saber posible.

En el despacho de Minerva, templo del saber, cuartel general del conocimiento, la austeridad brillaba con pulida eficiencia. Solo un cuadro de Theodus decoraba las paredes de una habitación sobria que contenía únicamente una estantería con libros y una reluciente mesa de escritorio y unas sillas. Acodada en esa mesa, ojeando un enorme tratado de numerosas páginas, Minerva se asemejaba a un extraño buitre, listo para despedazar su presa.

– Muy interesante… fascinante como habéis aplicado las runas de los portales a otras dimensiones con los hechizos de contención más comunes – murmuró mientras ojeaba rápidamente las páginas del tratado.

Frente a ella se sentaban dos nerviosos aprendices de eruditos, removiendose incómodos en las sillas mientras veían como su destino pendía de un hilo.

–  ¡Estamos especialmente orgullosos de esa parte! Creo que podría suponer una gran mejora para la labor de los Guardabosques – explicó solícito Érebos, mientras repasaba las horas que había gastado cotejando fuentes en la biblioteca.

– Si, si  – contestó distraída Minerva, sin haber escuchado siquiera lo que decía -. Y vuestros apuntes sobre los extraños cambios de actitud del Rey Rodrigo IV son sin duda llamativos. Esto puede arrojar un enfoque totalmente distinto a su biografía.

– No pudimos quedarnos solo con un área del saber. La historia también nos apasiona – repuso Barastyr, que ya se conocía el árbol genealógico de Calamburia mejor que la palma de su mano. Y eso era mucho decir, ya que la propia realeza se perdía a veces.

Minerva dejó de escrutar el tomo de golpe y clavó su mirada sin parpadear en sus pupilos.

– ¿Estáis seguros?

Un silencio tenso se acomodó en el despacho de la erudita.

– ¿De…qué? – preguntó Érebos, con miedo de romper el silencio.

– De que el saber os apasiona – la mirada de Minerva era implacable

– Bueno, sí, claro – dijo Barastyr, maldiciendo su lengua seca y su espalda cubierta de sudor.

Minerva se incorporó de repente, alzando los brazos hacia el techo, proyectando la voz como si fuese una reina a punto de saludar a sus súbditos 

–  ¿Estáis seguros de que amáis al conocimiento como si fuese vuestro amante? ¿Qué buscáis el saber allí donde los demás solo encuentran ceniza? ¿Qué los libros son vuestros amigos y que los secretos del universo esperan a ser desentrañados?

El silencio era casi cómico. Pero el terror que invadía a los dos jóvenes era dolorosamente real y apenas se atrevían a respirar.

– Ahem. ¿Sí? – se aventuró Érebos, casi temiendo recibir un golpe.

Minerva movió la cabeza con la rapidez de un búho, mirándolos fijamente. Sin previo aviso sonrió y se sentó.

– ¡Perfecto! Bienvenidos, nuevos Eruditos. Enhorabuena, por cierto.

El silencio volvió, más estupefacto que antes.

–  ¿Cómo? ¿Ya está?

– No hay algo así como…. ¿Una ceremonia?

– ¿Ceremonia? Tonterías para engreídos y ególatras. Os llevo tutorizando desde hace años, habéis mostrado un ahínco sin igual en la búsqueda del saber y he disfrutado leyendo vuestras tesis. Sois Eruditos lo queráis o no.

– Suena un poco decepcionante – se lamentó Érebos.

– ¡Bien! Acostumbraos: la realidad a veces es decepcionante, pero las maravillas de la naturaleza y de la ciencia están siempre a la vuelta de la esquina. Además, tengo una tarea que encomendaros.

– ¿Organizar la biblioteca prohibida? – preguntó emocionado Barastyr.

– ¿Liderar una comitiva a otros planos de la realidad para estudiar mundos desconocidos? – inquirió Érebos.

– No.

– Ah.

– Oh.

–  Necesito que bajéis a las catacumbas de Skuchaín y empecéis a catalogar  e inventariar todas las salas, cuevas y recovecos. Los últimos inventarios eran tan antiguos que los pergaminos se han apolillado y son ilegibles. Necesito dos mentes capaces que bajen ahí abajo a poner algo de orden.

A ojos de un profano, podríais pensar que se trata de una tarea pesada e ingrata. Nada más lejos de la realidad, los eruditos aman catalogar e indexar todo tipo de cosas. Pero algo parecía intranquilizar a los recién nombrados eruditos. Primero uno y luego el otro, ambos intentaron hablar pero se arrepintió en el último instante. Tras unos segundo de bochornosos intentos, Barastyr habló:

– Verá, señora Minerva…

– Es que nos da miedo la oscuridad – concluyó Érebos.

La cara de Minerva era un auténtico poema. Érebos se apresuró a explicar antes de que le retirasen su recién adquirido tocado.

– Sí, sé que es una tontería, pero los dos andamos como niños asustadizos por la noche, cuando se nos hace tarde en la biblioteca. Hay…sombras.

Ambos se estremecieron temblando.

– Paparruchas. Deberíais tener miedo a los fuegos cerca de los libros, de la tinta emborronada o de los paletos sin cultura. Pero de la oscuridad no. A menos que queráis que os retire vuestro título y os mande con los Mineros, bajareis ahí abajo y racionalizareis esas dichosas catacumbas.

–  Veo que no tenemos mucha opción – se lamentó Barastyr.

Minerva se levantó y se apoyó en la mesa, dedicando la más temible de sus miradas a sus dos eruditos.

– Si no bajáis, quizás os apetezca conocer la fiesta que monto cuando la gente no obedece mis órdenes. Y par que quede claro, fiesta es un eufemismo.

Aterrados por la ira de su jefa, se sobrepusieron a sus miedos más primigenios y bajaron a las catacumbas de la Torre. Lo que no sabían es que jamás volverían a ser los mismos. De hecho, jamás volverían a ser ellos. Solo habría Oscuridad.

140 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO II: UNA NUEVA SACERDOTISA

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas ventanas se abrieron en esta aventura.

Las Marismas de la Confusión son sin duda uno de los lugares más inhóspitos de toda Calamburia. Hogar de las Amazonas, pobre de los aventureros que osen explorar sus estancadas aguas cubiertas de lianas (si son aventureras, serán tratadas con infinita hospitalidad).

No solo las Amazonas suponen un gran peligro para los incautos, sino la propia fauna y flora amenaza la vida de los extraños en todo momento. Criaturas escamosas con innumerables dientes, plantas dotadas de vida propia que intentan asfixiar a sus presas, e incluso dicen que en lo más profundo de las marismas reside Van Bakari, el cosechador de almas, aunque nunca nadie ha podido encontrar su morada.

Pero si lográis sortear todos esos peligros y conocéis los pasos seguros por las Marismas, el aliviado superviviente de tan accidentado viaje suspirará aliviado al descubrir el corazón de un pantano lleno de vida y de colores. Un pequeño poblado de pacíficos nativos, adoradores de los Elementos, han establecido sus hogares en pequeñas cabañas por encima del agua. Viven de manera sencilla, honrando al fuego, la tierra, el aire y el fuego.

La tierra es benevolente con este humilde pueblo. A cambio, los adoradores de los Elementos entrenan a sus huérfanas desde pequeños para volverse Sacerdotisas de los Elementos, un título que obtienen las que logran realizar el ritual que les conectan directamente con las fuerzas de la creación.

El Templo de los Elementos es el hogar de estas Sacerdotisas, el núcleo de la creación, donde conviven en paz y armonía manteniendo el equilibrio de Calamburia. El templo es enorme y se erige en una pequeña isla alrededor de la cual se amontonan las pequeñas cabañas de los adoradores

Por supuesto, la labor de mantener impoluto y brillante el templo es sagrada, por lo que un pequeño ejército de acólitos se encarga de cuidar de su orden y limpieza, así como educar a todas las aspirantes a Sacerdotisa. Los acólitos son elegidos entre los primogénitos de los adoradores de los Elementos y se trata de una tarea que conlleva un gran honor y estatus.

Es en uno de los patios interiores del Templo donde una joven Naisha trata sin éxito de convocar sus poderes Elementales. Frente a ella se sitúan dos cuencos con madera y tierra, una vela apagada y una pequeña veleta de madera. La joven se deja caer al suelo, presa de la frustración:

– ¡Nunca podré ser la guardiana de los Elementos!

A su lado Kesia remienda una de las túnicas de entrenamiento de la aspirante a Sacerdotisa.

– ¿Por qué dices eso, pequeña? – preguntó mientras no perdía de vista su obra.

– Por que por más que me esfuerce, no ocurre nada!

– Eso es porque no hay que forzar la naturaleza. Debes fluir con ella – respondió con voz amable y ausente.

– No. Quizá es que no soy la elegida, cualquier otra persona lo haría mejor que yo – concluyó Naisha con tristeza, con la exageración de la que sólo pueden hacer gala los niños.

Kesia llevantó la vista y miró a la pequeña. Sonriendo, dejó de lado su labor de costura para dedicarse a su protegida.

-¿Y por que piensas que cualquier otra persona lo haría mejor que tú?

– Nada se me da bien! ¡Ni siquiera para lo que se supone que soy elegida! Parezco una Hortelana. Todo el mundo tiene muchas expectativas en mi, y todos están pendiente de lo que hago, y todo lo que hago está mal.

– Es normal, eres la que aspira a ser la Sacerdotisa de los Elementos, pero aún una niña. Toda flor ha sido antes una semilla.

– ¡No! ¡Los elementos se equivocaron! Quizás hay otra huérfana por ahí que es la verdadera elegida.

– Escúchame, pequeña – le pidió Kesia mientras se arrodillaba a su lado-. Te voy a contar una historia. Es la historia de una joven que tampoco entendía su lugar en el mundo, hasta que sintió la llamada de los elementos.

Naisha se acercó expectante para escuchar la historia de la Custodia. Narró la historia de una chica avisada en sueños de que la misión más importante de su vida estaba a punto de empezar. Guiada por las imágenes de sus sueños, recorrió el poblado hasta llegar a la cabaña más alejada. Ahí, entre el viento que empezaba a soplar huracanado por culpa de una incipiente torment, un incendio estaba abrasando la pequeña cabaña de paja y adobe. Mientras la lluvia empezaba a caer y el viento avivaba las llamas, la joven entró en la cabaña guiada por unas risas. Ahí vió algo increíble: un bebé, levitando en medio del fuego, mientras las llamas la rodeaban como si fuese un manto digno de una reina. Y en cuanto la vió, lo supo: estaba viendo a la futura Sacerdotisa de los Elementos.

– ¡Ya me sabía la historia del fuego! Pero nunca hablaban de quién me encontró. ¿La joven eres tú? ¿Tú me encontraste?

Kesia volvió a pensar en aquella noche. Decidió volver a omitir el hecho de que las risas que la guiaron hasta el epicentro del fuego no fueron de Naisha: el bebé levitaba en el fuego con una cara de grave sabiduría e infinito poder. No, las risas provenían de otra fuente.

– Así es. Era solo una novicia en el templo, aún no sabía cuál era mi lugar en el mundo. Aún no sabía que mi lugar en el mundo era ser Custodia.

– ¿Y qué te ayudó a descubrirlo? Tengo miedo de ser una inútil. Tengo miedo de ser un fraude.

– Fuiste tú.

– ¿El qué?

– Tú me diste un propósito: cuidar de la guardiana de los elementos hasta el fin de mis días. Con eso me basta.

A la pequeña se le llenaron los ojos de lágrimas, abrumada por tanta bondad. Sin poder contenerse, se arrojó al regazo de Kesia para que esta no la viese llorar.

– Te vi hacerlo cuando fuiste un bebé. Puedes volver a hacerlo si no tratas de controlarlo – le dijo mientras la acariciaba suavemente, mesándole el pelo -. Vamos, inténtalo de nuevo, pero sin intentarlo.

– ¡Eso es imposible!

– Vamos fierecilla. No te resistas. Déjate llevar. Concéntrate en la vela.

Naisha se secó discretamente los ojos al incorporarse y se enfrentó a la vela que la miraba burlonamente. Frunciendo su joven ceño, se concentró y buscó la rabia de su interior. Cogió todas sus frustraciones y miedos e hizo un atillo con ellas. Creó una imagen mental de una antorcha en su mente y arrojó todas sus inseguridades al fuego. La vela prendió con un fogonazo, con una llama titilando en lo alto. Naisha abrió los ojos asombrada y la llama se apagó de repente.

– ¡He logrado encender un fuego de por mi misma! ¡Soy la Guardiana de los Elementos! – susurró, visiblemente emocionada.

– Lo serás, pequeña. Yo estaré ahí para verlo. Y todos lo verán.

Lo que no sabía Kesia es cuál iba a ser el precio a pagar por guardar secretos. Y sobretodo, a quién iba a custodiar en el futuro.

 

139 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO I – EL PESO DE LA CORONA

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas más ventanas se abrieron en esta aventura.

El Palacio de Ámbar brillaba como si del propio sol se tratase. Con el calor del verano, el palacio amurallado hacía honor a su nombre y arrojaba destellos dorados hacia el horizonte del atardecer.

En una de las torres más altas del castillo, Rodrigo IV se inclinaba sobre un antiguo pergamino, estudiándolo con detalle. De pronto, una niña entró en la habitación causando un terrible revuelo, como si de un torbellino se tratase. El rey apartó discretamente el documento y lo dejó guardado dentro de su escritorio mientras sonreía a su hija Urraca.

– ¿Te ha gustado el paseo con mi nuevo semental? Es de la raza que entrena los nómadas del desierto de Al Ya-Vist.

– ¡Parecía que volaba, papá! Es el caballo más brioso en el que me he subido nunca – le respondió la pequeña con los ojos haciendo chiribitas – ¡Cabalgar caballos es mi nueva cosa super preferida!

–  Eres toda una Amazona, gorrioncillo. Quizás no deberías ser princesa.

–  ¡Podría ser la reina de las Amazonas! ¡O del mundo! – contestó ella subiéndose a una silla y adoptando una pose heroica.

Rodrigo IV miró a su hija y supo que las decisiones que había tomado habían sido las correctas. Haría cualquier cosa por sus hijas. Su mirada rebosaba cariño cuando le dijo:

– Puedes ser lo que tú quieras.

– ¿Incluso reina de Calamburia? – dijo dando vueltas sobre sí misma, como si fuese una peonza.

Los rasgos de Rodrigo IV se ensombrecieron de repente. La bondad y el cariño se cortaron en seco, reemplazados por algo más oscuro.

– No. Eso no. Sabes que tu hermana Petequia es la primogénita. Ella tiene derecho al trono. La ley es la ley. Hemos tenido esta discusión cientos de veces.

– Pero papá, si Petequia no hace nada, no sabe cabalgar y no sabe mandar. Hasta los soldados se ríen de ella por lo bajo – comentó con maldad, lista para tener otra discusión con su padre. Le enfadaba mucho que siempre pusiese a su hermana por delante por culpa de viejos papeles.

– Pero la ley es la ley. Es como un contrato: una vez que se firma no hay vuelta atrás. Basta ya, no quiero hablar del tema.

– ¡Pues cuando sea Reina, quitaré esa estúpida ley! – dijo dando una patada a la silla, tirándola al suelo y sabiendo que luego se iba a arrepentir.

– ¡No lo serás! – exclamó el rey, levantándose de golpe, apretando los puños con fuerza.

– ¡Sí lo seré! ¡Y tú estarás demasiado viejo y cascarrabias para impedírmelo! – le contestó Urraca, dando pisotones en el suelo, perdiendo el control.

Rodrigo dio dos rápidos pasos y descargó la palma de la mano contra la mejilla de su hija, causando un sonoro tortazo que rebotó por las paredes de la torre.

– ¡He dicho que no lo serás!

Alertada por los gritos, la Reina Sancha se asomó por la puerta. Con un rápido vistazo analizó la situación y fingiendo una calma que no tenía, preguntó:

– ¿A qué vienen esos gritos? ¿Te has tropezado, vida mía?

Urraca se secó las lágrimas con fuerza y se incorporó para enfrentarse a su padre.

–  Estoy bien. Soy fuerte. Mucho más fuerte de lo que creéis. Y tú lo verás, padre. Todos lo veréis.

Acto seguido, la niña se fue corriendo con sus puñitos apretados, decidida a doblegar el mundo a su voluntad. El Rey Rodrigo IV se giró hacia la fuente de vino que descansaba al fondo de la habitación y se sirvió una generosa copa con manos temblorosas.

– ¿Bebiendo de par de mañana? – preguntó Sancha con frialdad

– ¡Soy el rey y hago lo que me place!

– Por supuesto, su majestad – contestó ella con un bufido.

– ¿Tú también me desafías? ¿Tú también quieres sufrir la cólera de tu rey? – Rodrigo se había girado en redondo y miraba a su mujer con ojos desorbitados.

– Puestos a recibir, preferiría la de mi marido. Pero al final lo que está claro es que recibo – contestó Sancha, levantando la barbilla y preparándose para la habitual tunda de golpes. Pero esta vez Rodrigo pareció avergonzado y parpadeó, agitando la cabeza y perdiendo ese combate.

– Yo…perdona. No…no es fácil ser rey. No es fácil tener hijas. No es fácil ser un hombre.

Sancha se acercó suavemente a él, retirando la copa de la mano temblorosa.

– Claro que sí amor mío. El peso de la corona es algo que los dos conocemos bien. Déjame ayudarte. Déjame que comparta el peso del reinado.

– No. Es una carga que debo llevar yo solo. No es tarea para una mujer – el Rey no pudo ver la mirada de desprecio que le dedicó su mujer ante semejante declaración -. Además he estado recibiendo ayuda. Consejos. Favores. Todo irá mejor a partir de ahora.

– ¿Tienes un nuevo consejero? ¿Cómo es que no lo conozco?

Rodrigó lanzó una rápida mirada al escritorio donde había guardado el pergamino.

– Mejor. La nuestra es una relación meramente comercial. Un trueque. Y a cambio, obtengo lo que deseo de sus servicios.

– Suena terrible, querido. ¿En qué andas metido?

– ¡No me juzgues! – respondió de nuevo alzando la voz -. No te atrevas a juzgarme. Nadie puede hacerlo. Soy el rey.

– Muy bien, majestad. Le dejo para que disfrute de su soledad de monarca. Y de su vino.

Lo que no sabía Rodrigo es que esa misma mañana, Sancha se había levantado con certeza que iba a envenenar lentamente a su rey y disfrutar con su agonía. Este pequeño incidente, uno de tantos, no hacía más que reforzar la certeza de que Sancha y sus hijas estarían mejor sin el débil de su marido. Y mientras tanto, Rodrigo IV apuraba la copa y volvía a ojear el pergamino, ajeno al presente, demasiado centrado en el futuro.

138 – EL FARO DEL TIEMPO

El faro partido presidía en lo alto de una colina, erguido ante la inmensidad del mar. Antigua estructura construida por los marineros de Calamburia cuyo origen resulta desconocido, cayó en desuso hace decenas de años. Su imponente figura se enfrenta a los elementos, encajando el viento y la espuma con sólido estoicismo, mientras el Ojo de la Sierpe deja manar un constante reguero de espumosa agua bajo sus cimientos.

Muchos creen que ese faro cayó en desuso por la falta de navegación por la zona. Pero en realidad, es porque el faro debía cumplir otro propósito. Nadie lo sabía, pero el faro tenía que guiar a viajeros una vez más, pero no de la manera en la que había sido concebido. De hecho, nada era ya lo que parecía en este faro.

Los inventores residían en él, llenándolo con sus invenciones y cachivaches. Acostumbrados a la soledad y al grito de las gaviotas, estaban un tanto inquietos por tener a tantos invitados dando vueltas por su taller.

– ¡No, no, no, es un invento muy delicado y no testado para ningún tipo de uso! – grito Teslo, quitándo de las manos a Falgrim un enorme taladro.

– ¡Pero si es perfecto! – exclamó el minero -. Con esto seguro que podríamos excavar incluso más allá de los Huesos del Titán!

– ¡No! ¡Es una batidora multiusos! ¡No es un simple taladro! – explicó exasperado Teslo.

Mientras, un poco más allá Katurian mantenía otra conversación muy poco agradable, aunque sus invitados no tenían intención alguna de tocar nada.

– ¿Mantenéis algún registro sobre la financiación recibida por la Corona? Tengo entendido que hace poco realizasteis mejoras sobre la Flota Real – comentó Doña Constanza, mintiendo descaradamente. Como Recaudadora sabía exactamente en qué se había gastado cada Calamburo de las arcas de la Corona.

– Está claro que este sitio necesita de una mejor gestión contable. Debe saber, buen inventor, que para pequeños negocios como el suyo, la Corona ofrece un servicio de gestión contable externalizable por un módico precio, claro – explicó Don Vítulo, como si se tratase de un discurso ensayado.

Katurian palideció como si hubiese visto a la mismísima muerte. Los Inventores tenían mentes brillantes pero los detalles mundanos como el dinero o el orden les parecían tan ajenos como la existencia de tierra más allá de Calamburia.

– ¡Ah, no! Muchas gracias, nos organizamos muy bien así.

Mientras, el resto de la comitiva observaba con recelo el gigantesco taller, lleno de todo tipo de basura y genialidades. Minerva la Erudita se ajustaba las gafas mientras fruncía el gesto ante tanto desorden, acompañada por la mueca de desdén de Galerna, cuya idea de hogar es el de una nube tallada por magia Aisea. En cambio, la novicia Katrina y Brianna la Guardabosques correteaban por el taller, curioseando en ese mar de maravillas. Tras deambular un rato, llegaron a la esquina más alejada del faro. En él se respiraba una extraña quietud, como si el tiempo se detuviese, ajeno a los problemas mundanos. En una esquina descansaba un extraño conjunto de engranajes y pistones, coronado por una delicada cara humana realizada con aleaciones de cobres y diversos engranajes. Los ojos del autómata permanecían cerrados, como si estuviese durmiendo pero listo para despertarse en cualquier momento.

Cuando Katrina estaba a punto de tocarlo, una manta cayó sobre el autómata.

– ¡He dicho que no se tocan nuestras invenciones! Y menos esta – les recriminó Teslo, con los ojos desorbitados.

– ¡Es hermoso! ¿Cómo habéis hecho algo así? – preguntó Brianna.

– ¡No hemos sido nosotros! Y no funciona – dijo escuetamente mientras empujaba a las jóvenes de nuevo hacia la entrada del faro.

Todos se juntaron ante un enorme armatoste del que colgaban numerosas luces apagadas y extraños mecanismos. Parecía una puerta, pero detrás sólo había el resto del taller, por lo que parecía el más inútil de todos los cachivaches de la sala.

– ¡Gracias por venir, queridos mecenas y ayudantes, a la mayor demostración de ciencia jamás presenciada! – exclamó Katurian.

– Por lo menos en esta época – aclaró Teslo.

– ¡Aunque eso pronto también lo sabremos!

El grupo de personas ahí reunidas no compartían su entusiasmo, salvo Katrina, que aplaudió por educación.

– Inventores, no tengo mucho tiempo. Mis deberes como Directora de Skuchaín son una pesada carga y solo he venido aquí porque quiero asegurarme que esto se hace bien. Espero que las piedras mágicas que usamos para contener los portales de las lindes de Skuchaín os hayan servido de ayuda – apuntilló mientras Brianna empezaba a dibujar la máquina con sus carboncillos.

– Sí, la Corona también quiere saber si las ridículas cantidades de oro que habéis pedido han servido para algo o solo se trata de otro pozo sin fondo y sin retorno de inversión – aclaró Don Vito.

– ¡Y si nuestros minerales han sido de utilidad! He tenido que cavar muy hondo para conseguirlos – aseguró Falgrim mientras se rascaba la cabeza.

– ¡Por supuesto! – aclaró nervioso Katurian – Sin ellos no podríamos haber construido semejante milagro de la ciencia. Teslo, échame una mano anda.

Teslo agitó sus brazos como si fuese el maestro de ceremonias de un circo.

– ¡Hoy vais a presenciar un hecho insólito! Vamos a viajar en el tiempo para conocer los entresijos de la historia y de la humanidad.

– Todo eso está muy bien. ¿Pero y cómo sabemos que no vamos a crear otro Caos del Maelstrom? – inquirió Minerva.

Los Inventores se quedaron con la boca abierta, sin saber qué contestar.

– Bueno, pues… porque…simplemente, no va a ocurrir – concluyó Katurian, mirando a su hermano.

Todos suspiraron de frustración. Otra vez los inventores haciendo de las suyas. A veces sus invenciones aciertan pero otras resultan ser una auténtica catástrofe.

– Porque tendrán la esencia del propio Titán. ¡Por eso mismo! – dijo una voz.

En la puerta del faro, a contraluz, se hallaba apoyado con actitud insolente el Pícaro Drawets, sosteniendo un pequeño botellín.

– Veréis, sabéis que condeno el robo y el latrocinio con todas mis fuerzas pero al oír que estabais planeando un experimento temporal, he pensado que quizás necesitaríamos esto.

– ¿Eso es la auténtica esencia de la divinidad? – preguntó Lady Constanza.

– ¡Una gota! Apenas un dedal. Los ganadores del Torneo siempre beben con tantas ansias que a veces no la apuran del todo. Esta es una gotita que guardé de ciertos ganadores, no mucho tiempo atrás – replicó con descaro mientras hacía volar la botellita de una mano a otra -. Estoy dispuesto a cederla por el bien de Calamburia…y para que la Reina Sancha me colme de oro, por supuesto. La vida eterna no estará tan mal si me vuelvo asquerosamente rico.

– Primero veremos si todo este circo funciona. Si es así, habrá recompensas – explicó con una aduladora y falsa sonrisa don Vítulo.

Con gesto teatral, Drawets ofreció el botellín a Teslo, quién lo cogió con reverencia y observó con una de sus lupas.

– Bueno, teniendo esto en cuenta, podemos hacer unas cuantas calibraciones a la máquina. ¡Es posible que facilite las cosas!

– ¿Es posible? ¿Desde cuando la ciencia se basa en posibilidades? – bufó Minerva.

– ¡En las magnitudes en las que vamos a adentrarnos, os aseguro que la ciencia se vuelve una auténtica pieza de artesanía! Pero no os preocupéis, que lo tenemos todo controlado.

Mientras Teslo se afanaba en introducir el contenido del botellín en un matraz que burbujeaba en los costados de la máquina, Katurian pasó a explicar el viaje.

– Bien, hemos cambiado la máquina desde el último intento de salto temporal. Esta vez funcionará como un portal a otros mundos. Vosotros os quedaréis aquí presenciando todo el suceso, como si estuvieseis mirando por una indiscreta mirada por el tiempo y nosotros nos encargaremos de dar los saltos temporales desde dentro.

– ¿Vosotros solos? ¿Nó queréis más ayuda? – preguntó esperanzada Katrina.

– ¡No! Podría ser peligroso. Hay reglas y debemos respetarlas. Nuestra misión es observar los sucesos del pasado para entender el equilibrio entre las fuerzas de la Luz y la Oscuridad. Tendremos que tener en cuenta cientos de parámetros y es posible que tengamos que contactar con las mismas esencias de la Luz y la Oscuridad para ayudarnos, pero creo positivamente que podremos lograrlo.

– No he entendido nada. Pero no necesitamos entenderlo. Cuando antes empecéis, antes podremos irnos. Al menos si sale mal, os afectará a vosotros – comentó Doña Constanza.

-¿Necesitáis ya mi poder o váis a estar discutiendo tonterías de mortales todo el día? Vuestro extraño barco volador no puede despegar sin ayuda – interrumpió Galerna, irritada. Ocupando gran parte del taller, un extraño barco con demasiadas velas colocados en lugares incorrectos parecía esperar pacientemente a que un Titán lo cogiese y lo lanzase por los aires.

Teslo volvió de terminar los últimos preparativos y se giró hacia su hermano.

– ¿Listo para darle al botón, hermano? – preguntó con una sonrisa.

– ¡Por supuesto! – le contestó dirigiéndose a un interruptor.

– ¡No, ese no! – gritó Teslo

– ¿Cómo que no? ¿Cuál va a ser sino?

– ¡Siempre haces lo mismo!

Ambos hermanos se pusieron a discutir acaloradamente mientras los allí presentes se removían incómodos, esperando sinceramente que si algo salía mal afectase sólo a los inventores y no a los invitados a esta aventura.

– ¡He dicho este! – dijo pulsandolo Teslo.

– ¡No, este! – dijo Katurian pulsando otro diferente.

Con un crepitar de energía, la máquina empezó a zumbar y a temblar ligeramente. Poco a poco, las luces fueron girando, los engranajes chirriando y con un sonoro estampido, una grieta se abrió en el centro del portal.

– ¡Ha funcionado! – comentaron al unísono, sorprendidos.

– Por el Titán, que mala espina me da todo esto – dijo Minerva masajeándose el puente de la nariz.

– ¡Recordad, lo veréis todo, pero no toquéis nada! – gritó Katurian, por encima del viento que emanaba de la brecha.

– ¡Y no entréis! Podríais alterar el tejido de la realidad! – comentó Teslo.

Los hermanos subieron apresuradamente por un costado de la aeronave mientras la magia de Galerna envolvía la extraña maquinaria. Los motores de la nave empezaron a rugir lanzando auténticos torbellinos de aire y empezó a levitar. Con un hastiado movimiento, Galerna empujó la aeronave por el portal, atravesando la grieta temporal y volando a los confines del Tiempo.

  Poco a poco, la comitiva se fue acercando para conseguir una vista más completa de la brecha del portal. Una sucesión de imágenes, lugares y personajes desfilaron ante sus ojos.

– Lo han conseguido – susurró Drawets.

– Espero que salgan vivos – masculló Minerva.

Y en atónito silencio, presenciaron escenas que jamás habían sido vistas en su tiempo. Pero no estaban solos, mirando por aquella indiscreta ventana temporal. La propia esencia del Pasado y el Presente y el Futuro se habían materializado junto a ellos. Urd, Skald y Verdandi miraron con atención: este viaje estaba destinado a ocurrir y ya había ocurrido antes, ya que los Calamburianos tenían un don para poner el tiempo patas arriba.

 Así empezaron Las Crónicas del Tiempo.