04. UNA SOLA NUBE

Amanece en la Puerta del Este. El sol, grande y rojo, asoma en el horizonte e ilumina una sucesión infinita de dunas. Cada duna parece idéntica a su vecina, pero Adonis les ha puesto nombre a todas: Margarita, Reana, Tara, Adoncia… nombres de mujeres, de todas y cada una de sus amantes. Así, cada duna le trae a su recuerdo un instante de pasión. Es una pena que no tenga una vista más afilada, aún le quedan nombres de mujeres que no tienen su respectiva duna.

En el otro extremo de la Puerta, Quasi se balancea adelante y atrás, al tiempo que centra su atención en el amanecer, en cómo el cielo se pinta de lapislázuli. Sólo una nube peregrina lo mancha; es pequeña y raquítica, y amenaza con desaparecer a medida que avance la mañana.

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-Quasi, ¿sabes lo que opino? -dice Adonis.

Pero no ha movido los labios. Ambos porteros llevan tantos años juntos que han establecido un vínculo telepático. Se comunican a través de sus pensamientos.

-¿Qué opinas sobre qué? -responde Quasi, sin dejar de observar la quietud del cielo.

-Creo que el cielo y el desierto son como nuestras relaciones. A mí me faltan dunas para bautizar a todas mis amantes, y tú…

-Yo tengo una nube. Mi nube.

-Una sola, Quasi.

-No necesito más.

Quasi se tambalea adelante y atrás, con una media sonrisa titilando en sus labios. Adonis le mira de reojo, tuerce el gesto y le envía un pensamiento:

-¿Por qué no me dices de una vez quién es tu enamorada?

-No importa. Ni siquiera ella lo sabe.

-Pues tendrás que declararte algún día. ¿Y si ella no te ama?

-No importa.

-¡Claro que importa! Quasi, si no te ama, tus fantasías se esfumarán, igual que le sucederá a esa nube cuando el sol esté en lo más alto.

-No importa.

Adonis resopla. Es el único ruido que se escucha en la soledad de sus guardias.

-Yo podría ayudarte, aconsejarte. Incluso podrías abandonar el puesto durante unos días para visitarla.

-Sabes que eso es imposible -Quasi arruga el entrecejo al pensar estas palabras-. Si abandonamos este lugar dejaremos de tener privilegios. Entre ellos el don de la longevidad. En cuanto nos alejemos unos metros de la Puerta, envejeceremos a toda velocidad.

-¿Y no merece la pena por conocer los deseos de tu único amor? ¿No quieres verla?

-Adonis, no importa.

-Ya, siempre dices que no importa.

-Porque no importa.

Se hace el silencio en sus mentes y el día avanza. El sol asciende y se coloca en lo más alto, mientras las temperaturas se vuelven insoportables. En la puerta, Adonis y Quasi parecen inmunes al calor. Continúan en sus sitios, sin nada mejor que hacer que observar un paisaje desprovisto de vida. Peregrinas ráfagas de viento elevan arreboles de arena entre las dunas, y entretanto, en el cielo, la solitaria nube resiste. Quasi no le quita ojo. Adonis, por su parte, lleva con la mirada entornada un buen rato. Se centra en la lejanía.

-Quasi… -llama en sus pensamientos.

-¿Qué pasa, Adonis?

-¿Te has preguntado qué sucedería si nos atacara una tribu de bárbaros?

-Llevamos aquí más de cien años y jamás ha sucedido nada igual. Por esta puerta no entra nadie. Casi todos los comerciantes utilizan las rutas marítimas.

-Ya pero, ¿y si un día atacan un montón de bárbaros?

Quasi mira a su espalda. Las enorme Puerta del Este fue diseñada para contener los ataques de las tribus nómadas. Mide casi cuarenta metros de alto. Los dos porteros llevan custodiándola desde su construcción, hace más de un siglo. Por ejercer su trabajo, ambos han sido premiados con el don de la longevidad. Eso sí, nunca, bajo ninguna circunstancia deben abandonar su puesto. De lo contrario, el hechizo se desvanecerá y envejecerán a toda velocidad.

-Adonis, escucha. Si atacan los bárbaros tendremos que contenerlos. Para eso llevamos aquí tanto tiempo. Es nuestro trabajo, ¿no lo recuerdas?

-¿Cómo vamos a contener una tribu de bárbaros? Sólo somos dos.

Turbado, Quasi desvía la mirada.

-Pues sí -piensa-, somos… somos dos nada más.


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-¿Nosotros solos contra una tribu de bárbaros? Quasi, nos machacarán si aparecen por esas dunas.

Quasi mira hacia el desierto. Ahora parece asustado.

-Adonis, ¿qué hacemos si vienen?

-Tendremos que luchar, claro.

-¡Nos matarán!

-Bueno, hemos vivido más de cien años. Eso es más de lo que puede permitirse la mayoría de las personas. Podemos morir tranquilos y sabiendo que hemos aprovechando nuestras vidas.

-¿Aprovechado? ¡Si no nos hemos movido de aquí!

-Es cierto, Quasi. No nos hemos movido de aquí. Pero yo sí he aprovechado para extender  mi fama de amante sin parangón. Las damas vienen a visitarme, a comprobar de primera mano mis encantos. En cambio tú, ¿qué has hecho? Nada, Quasi. Absolutamente nada, ni siquiera declararte a ese único amor que tienes.

De repente, Quasi entiende la treta.

-De modo que era eso, ¿verdad, Adonis? Has querido meterme miedo para que te confiese la identidad de mi amada.

-¿Por qué no me dices de una vez quién es? Puedo ayudarte, de verdad, Quasi.

-No importa.

-¡La perderás! Se esfumará, tarde o temprano.

Sin embargo, la nube sigue ahí, resistiendo. Quasi lanza una mirada cómplice a sus bolutas; aunque, de inmediato, regresa su atención al desierto.

-Adonis…

-¿Qué?

-Sé que lo has dicho para sonsacarme, pero… ¿y si fuera cierto? ¿Y si atacan los bárbaros?

-Pues, no sé. Ya pensaremos en algo.

-A mí no se me ocurre nada.

Adonis tarda unos segundos en responder.

-A mí tampoco.

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El día toca a su fin y la tierra se pinta de tonos cobrizos. En la Puerta, Adonis y Quasi disfrutan de algo de sombra, pues el Sol queda a sus espaldas. En el desierto bajan las temperaturas y empieza a soplar un viento frío procedente del sur.

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Quasi entra en la pequeña garita que les sirve de hogar y vuelve con dos levitones.

-Quasi -piensa Adonis mientras se abriga-, ¿te has parado a pensar qué habrá más allá del desierto?

-La torre de Skuchain, donde estudian los Impromagos.

-Ya, ya… pero ¿y más allá? ¿Qué hay?

-Pues… creo que nada.

-¿Nada de nada? Algo tendrá que haber, Quasi.

-No sé. ¿No teníamos un mapa de Calamburia en alguna parte?

-Lo que quiero decir, Quasi, es si no te gustaría averiguarlo por ti mismo. Nunca nos movemos de aquí.

-Espera, ya sé por dónde quieres ir, pero esta vez no vas a engañarme. Quieres convencerme de que no estoy aprovechando mi vida. Pero sí la aprovecho. Estoy aquí, en la Puerta, y es donde quiero estar. Me conformo con eso.

-Tú te conformas con mirar nubes. ¡Pero yo te hablo de disfrutar del amor, Quasi! ¡Vive, experimenta las caricias de las mujeres! Mira, ya sé que abandonar tu puesto puede ser un suicidio, pero podemos arreglarlo. Escribiremos una carta a tu amada y le pediremos que venga a visitarte, igual que hacen las mujeres que desean conocerme. Le daremos la carta al próximo comerciante que veamos, ¿Qué ta parece?

-No es necesario. Ya te he dicho que me conformo con lo que veo.

-¿Esa nube?

-Sí, esa nube.

-Quasi, no te comprendo. Llevamos años juntos y no te comprendo.

-La nube sigue en su sitio, Adonis.

-Mañana ya no estará. El Sol la disipará.

-Es posible. No importa.

-¿Por qué? ¿Por qué no importa?

Pero Quasi no dice nada. Sigue observando aquel pedazo de algodón sobre un cielo cobrizo. La nube no se ha movido de su sitio en todo el día, y no lo hará. Hoy no.

Justo sobre ella, y si uno agudiza la vista, puede verse un templo de corte clásico. Una suerte de gigantesco panteón que sobrevuelan cientos de seres de ropas níveas. Adonis, tan centrado en contar sus dunas, no se ha dado cuenta de este detalle. Pero Quasi lleva todo el día mirándoles volar de un lado a otro. Se preparan para bajar a tierra, seguro. Quién sabe con qué elevadas intenciones.

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Quasi solo les vio de cerca una vez, cuando era niño. Sin embargo no necesitó más para enamorarse. Desde entonces no ha dejado de recordar a su amada, y no ha tenido otro amor, ni lo ha necesitado, pues la belleza de su aisea, como se les llama a los Seres del Aire, supera a la de cualquier mortal.

Poco le importan las dunas, y cuántas haya en toda la tierra de Calamburia. Él sonríe observando su nube, con la esperanza de que los aiseos vuelvan a descender. Quién sabe si, por un azar, su amada estará entre ellos.

Pero aun si no descendiera, si esta vez no le toca a ella visitar los reinos terrestres, Quasi continuará esperando, beneficiándose de la longevidad que le proporciona la Puerta del Este para aguardar hasta el día de su anhelado reencuentro. Quizas pasen días, años o centurias enteras…

En realidad, no importa.

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03. LA CRÓNICA DEL REY PERTURBADO

Tomo la pluma una última vez, haciendo un esfuerzo por reunir las ideas, pues los desvaríos de mi cabeza son cada vez más frecuentes, y sé que, en cualquier momento, ya no seré dueño de mi cordura. El destino ha sido cruel conmigo, pero si esta crónica sirve de algo, quede por escrito que yo, el rey Rodrigo V de Calamburia, he sido víctima de un poderoso hechizo. Si alguien lee este relato, y conoce un método para revertirlo, que me libere. Pero advierto a mi salvador que debe actuar con cautela, pues la reina Urraca, de la que muy pronto estaré enamorado sin desearlo, es astuta, y no resultará fácil planear en contra su persona sin que tal noticia llegue a sus oídos.

El hecho es que el hechizo que me aprisiona pronto deshará mis pensamientos, me convertirá en un perturbado, y me hará sentir por Urraca la mayor de las devociones. Seré su títere, mientras ella se hace con el reino de Calamburia. Un reino que por derecho pertenecía a su hermana Petequia, ahora desterrada y encinta de mi heredero. He aquí la crónica que explica un desenlace tan aciago:

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Mi nombre, antes de transformarme en rey, era Rodrigo de Haines. Crecí entre las comodidades de una familia noble de Calamburia. Llegado a la adolescencia, destaqué como un notable estudiante, jinete sin parangón y maestro con la espada. No había en el reino otro joven que me igualara, y quizás por eso el anciano Rey, que deseaba un marido para su hija Petequia, puso sus ojos en mí antes de fallecer.

El último deseo del Rey fue concedido en su lecho de muerte. Frente a su cama de enfermo, a la luz de las velas, fui presentado a Petequia. El Rey extendió su mano marchita y unió las nuestras, bendiciendo el futuro matrimonio que, según dijo, debía llevarse a cabo lo antes posible, pues Calamburia no debía quedar mucho tiempo sin gobernante.

A pesar de la rapidez de aquel encuentro, Petequia y yo quedamos prendados el uno del otro. Alabé el brillo de sus cabellos azabache, sus ojos felinos y misteriosos, y la sinuosa línea de sus caderas. Supe que sería feliz a su lado, y que Calamburia, bajo nuestro mando, disfrutaría de una era de paz.

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A la muerte del Rey, los preparativos de boda dieron comienzo. Por aquel entonces conocí a Urraca, la hermana pequeña de la futura reina. Me pareció una muchacha reservada, y no me provocó más interés que el debido a las formas. En efecto, Urraca, por aquel entonces, era una muchacha sin más interés que el de solazarse en las comodidades de su posición, y no anhelaba más de lo que ya tenía.

Sin embargo, el destino, a veces, puede trastornar el carácter de una persona y germinar en su alma una ambición malsana. Así quiso el Titán que sucediera con Urraca, y su cambio, por desgracia, fue mi perdición.

Sucedió que, mientras Petequia y yo nos ocupábamos de los detalles de la boda, Urraca fue designada a disponer las exequias del difunto Rey, así como arreglar todo lo relativo a su herencia, Empeñada en estas labores, Urraca descubrió que su padre dejaba un misterioso legado: un cofre y un antiguo pergamino. En aquel papel se daban instrucciones de abrir el cofre en un momento y lugar determinados, y que sólo los reyes de Calamburia debían hacerlo, pues lo que se guardaba en su interior estaba reservado a ellos.

Al momento, Urraca sintió una curiosidad incontenible. ¿Qué conservaba aquella pequeña caja para los herederos del trono? Ella no estaba autorizada a abrirla; sin embargo pudo más su deseo por saber. Urraca, sabedora de que un nuevo y poderoso Archimago acababa de ocupar la torre de Skuchain, decidió utilizar su estatus para solicitarle un favor. A cambio de una subvención económica permanente, pidió saber qué contenía el cofre.

Ailfrid, el Archimago, cedió ante tal promesa, y utilizando sus artes adivinatorias aprendidas de las zíngaras, reveló a Urraca que el pequeño cofre reservaba una “C”, la entrada al legendario Torneo de Calamburia. El ganador del Torneo obtendría la Esencia de la Divinidad, haría realidad su mayor deseo, sería invencible.

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Al instante, Urraca se sintió invadida por la envidia. La entrada al Torneo estaba reservada a los reyes. Por mucho que lo intentase, ella jamás podría ser la receptora de tan grandioso presente.

Fue entonces que su alma se envenenó con una idea malsana; un plan que, poco a poco, empezó a urdir el medio para transformarla en reina, y por tanto, en heredera legítima de lo que contenía el cofre.

Mi mente empieza a nublarse. Ya apenas veo claros los recuerdos. Las ideas se mezclan con los vapores de la locura. Me encuentro a punto de perderme para siempre; sin embargo, aún soy capaz de narrar cómo Urraca, sabedora de que el Archimago jamás la apoyaría en una conjura tan retorcida, envió emisarios en busca de las zíngaras. Se reunió con ellas a medianoche, en las criptas del castillo, y allí les pidió ayuda para hacerse con el reino. Las zíngaras, a cambio de secretos favores, le proporcionaron los ingredientes de una poción capaz de revolver la mente y los sentidos. Un brebaje que deshacía la memoria, y transformaba a aquel que lo bebiera en un títere. Sólo había un problema: los efectos de la poción eran temporales. Para hacerlos permanentes hacía falta un ingrediente especial, “Consigue el vehículo de su deseo, el estanque de su alma. Ve por sus ojos. Con ellos descubrió a su amor, y en ellos vio reflejada el rey la bondad”. Así dijeron las zíngaras.

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Armada con un estilete, Urraca caminó con sigilo por entre los corredores y las salas del castillo. Las zíngaras la acompañaban. De este modo, las tres mujeres eludieron a los guardias y accedieron a la alcoba de Petequia. La heredera dormía ajena a lo que estaba a punto de sucederle. Sólo despertó al notar cómo unas manos la aferraban. Apenas tuvo tiempo de gritar antes de que le taparan la boca. Entonces vio a su hermana, o mejor dicho a la versión corrompida de la misma, pues la codicia había demudado su rostro de tal forma que ya no se percibía familiaridad en él. Urraca, sin pensárselo dos veces, clavó el estilete en el ojo derecho de Petequia, y sacándoselo, lo echó en la poción de las zíngaras. Luego obligo a su hermana a beber.

Tan pronto sus labios probaron aquel líquido, Petequia notó que sus recuerdos se desvanecían. Se durmió plácidamente, como si no la amenazara ningún mal. Entonces las zíngaras, por orden de la reina, se la llevaron lejos de allí, a una casa en el bosque, donde Petequia estaría destinada a vivir sin un sólo atisbo del pasado, sin saber quién fue. No volvería a recordar nada.

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Tras esto, Urraca, ya en soledad, avanzó hasta mis aposentos y, sin que apenas lo percibiera, me dio de beber la pócima. Sentí entonces que los sueños y la realidad se confundían, y que no era amo de mis propias acciones. Aquel líquido me obligaba a obedecer a Urraca por encima de cualquier cosa, a acatar sus órdenes, y a percibir los sentimientos que su antojo dispusiera. De este modo, la hermana de mi prometida se introdujo en mi cama, besó mi mejilla y deslizó en un susurro el primero de sus deseos: “serás mi esposo”.

No me queda voluntad con la que ordenar mis pensamientos. Los mandatos de Urraca domeñan mis músculos y cada una de mis decisiones. Pronto llegará el momento crucial. Hipnotizado, me levantaré del escritorio en el que redacto esta crónica, me vestiré con atuendos de gala y caminaré hacia la capilla del palacio donde, tras contraer matrimonio con Urraca, me nombrarán Rey. Seré, eso sí, un gobernante sin poder, un muñeco desprovisto de alma; seré una marioneta, cuyos hilos estarán a merced de mi esposa.

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Mas no todo está perdido. He oído que la poción no funcionó con Petequia, pues hubo algo que trastocó sus efectos. Un niño crecía en su vientre, mi heredero. Él ha recibido todo el mal de la poción, mientras que Petequia tan solo fue receptora de una parte. Ha olvidado cómo llegó al Bosque Perdido de la Desconexión, pero sí recuerda que el trono le pertenece. Sólo espero que luche por el, y que si el destino me es favorable, llegue a encontrar la crónica que dejo antes de contraer nupcias. Sólo de este modo sabrá la verdad, ella y todos los ciudadanos de Calamburia.

El reinado se me antoja una pesadilla. Los recuerdos se deshacen entre lágrimas. Mi personalidad muere al fin. Que el Titán se apiade, y que un amable lector halle esta confesión. Ya olvido todo, ya se alejan las fuerzas. Sólo Urraca aparece, ella… sólo ella… y yo… yo tan sólo… debo… debo ser… rey.

02. EL COMETA DE JADE

Existe un curioso fenómeno astronómico en Calamburia: cada 13 de junio, cruza la bóveda celeste una fulgurante estela verdeazulada, a la que los calamburianos llaman el Cometa de Jade. El cometa surca el cielo a medianoche, y no vuelve a saberse de él hasta dentro de un año. Su paso es claramente visible en la ciudad de Instántalor, donde los ciudadanos se reúnen a la puerta de sus casas, en las plazas y en las calles, y celebran una fiesta.

Ninguno de los astrónomos ha podido explicar este misterioso fenómeno. Los más radicales llegan a afirmar que no es posible seguir la estela del cometa, pues da la impresión de que éste aparece y desaparece como por arte de magia. Aseguran, desconcertados, que surge de la nada sobre Instántalor, como si únicamente recorriera la porción de cielo que hay sobre la ciudad, y que luego desaparece sin rastro. Sus teorías han sido refutadas por el resto de la comunidad científica… pero lo cierto es que son los que más se aproximan a la realidad. El misterioso Cometa de Jade esconde tras de sí el relato de un amor imposible, y su estela retrocede once años en el pasado…

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Hace once años, el Bosque Perdido de la Desconexión era el centro de la magia arcana. Allí, el Patriarca Arnaldo dominaba las artes de la hechicería e investigaba nuevos métodos de conjuración. Su deseo por mejorar era tan grande como su ambición. Él manipulaba a su antojo las artes adivinatorias, la evocación de criaturas místicas, la realización de pociones y ungüentos, la necromancia… Ni siquiera la torre de Skuchain, con sus alumnos de impromagia, podían hacerle frente. Arnaldo tenía sometida a media Calamburia bajo su poder, y todo aquel que deseara conocer la magia, conocerla en profundidad, se adentraban en el bosque para recibir su tutela.

Un día, un joven llamado Ailfrid, vivo e inteligente, se adentró en el Bosque Perdido y halló el claro en el que residía Arnaldo. Sus zíngaras, al principio, quisieron hechizarle, pero el Patriarca no tardó en comprender que el muchacho poseía aptitudes para la magia, así que decidió enseñarle.

La amistad entre Ailfrid y Arnaldo se fue estrechando con las semanas y los meses. El joven aprendía magia a gran velocidad. Era despierto, sabio y de ánimo incansable. No había hechizo que no dominara, por muy compleja que fuera su realización. En poco más de un año, Ailfrid llegó a transformarse en un poderoso conjurador.

Su rápido avance no tardó en alimentar los celos en la conciencia de su maestro. Arnaldo comprendió que, de seguir evolucionando, Ailfrid llegaría a superarle en poder. Por su parte, el joven aprendiz no estaba de acuerdo con algunas de las prácticas de su maestro. Le perturbaba ver lo mucho que se valía de los hechizos de sugestión e hipnotismo para someter a los demás, y cuánto tiempo se pasaba estudiando la necromancia, un tipo de magia sombría que mantenía un estrecho contacto con la muerte y el más allá.

Y así, una noche, Ailfrid sorprendió a Arnaldo y sus zíngaras urdiendo un plan para acabar con su vida. El joven no tuvo más remedio que escapar. Tomó sus cosas y salió a la espesura. Sin embargo, el Bosque Perdido de la Desconexión era un lugar al servicio del Patriarca zíngaro. Los mismos árboles actuaban como sus aliados, de tal forma que, con sus raíces y troncos entretejieron un laberinto para Ailfrid, una suerte de cárcel de la que jamás escaparía.

bosque_tenebroso-1024x768El muchacho corrió y corrió, desesperado, sabedor de que el Patriarca le seguía la pista, y convencido de que los árboles jamás le dejarían salir. Fue necesario que empleara hasta la última gota de su energía, y todo lo que conocía acerca de la magia para conseguir escapar.

Lo consiguió, si, pero cuando por fin dejó el bosque, estaba tan cansado que apenas pudo caminar unos metros antes de perder el conocimiento.

Despertó al escuchar un traqueteo. Viajaba en un carromato rodeado de toneles de cerveza. Una muchacha morena, de ojos negros, le observaba con cariño. Le dijo que estaba febril y enfermo, pero que no debía preocuparse. Ella le cuidaría. Antes de que el joven hechicero se desmayara, la joven le dijo su nombre: Ébedi.

El carromato viajaba desde las tierras noroccidentales de Calamburia con dirección a Instántalor. Su dueño, el padre de Ebedi, llevaba una de las mejores cervezas que hubieran fermentado jamás, y pretendía cumplir su sueño de montar una taberna en la capital. Ya tenía el local elegido: un edificio de dos plantas, con gran salida al puerto. No tenía mucho dinero, pero confiaba en poder casar a su hija con algún hombre del mundillo cervecero, y así prosperar en el negocio.

Lo que no sabía era que aquel hombre moribundo, ése a quien, en un arrebato de buena voluntad, había recogido en la linde del Bosque Sombrío, amenazaría con truncar sus planes.

El carromato llegó a Instántalor y la familia de Ebedi se instaló en la incipiente taberna, a la que bautizaron Las Dos Jarras. Durante los días que siguieron, la joven tabernera se hizo cargo del hechicero. Se ocupó de su recuperación, le vistió y le ocultó cuando éste le narró la historia de su huida. Una vez restablecido, el joven hizo un trato con el padre: trabajaría en la taberna y, a cambio, éste le proporcionaría comida y un lugar en el que resguardarse.

26Las Dos Jarras no tardó en prosperar; por todo Instántalor corrió la voz de que allí se servía una cerveza de sabor inigualable. Los parroquianos no tardaron en hacer cola a sus puertas; pero los toneles traídos del noroeste se agotaban con rapidez, y con ellos, la promesa de prosperidad de la familia, que no tenía otro medio de reproducir tan buena cerveza.

Sin embargo, poco importaban estas cosas para Ebedi y Ailfrid. Entre ambos surgió un amor exento de preocupaciones. Los dos jóvenes vivieron un romance ocultos en la bodega de la taberna, lejos de los ojos del padre. Una pasión que, durante las noches, rompía los lazos del secreto y daba rienda suelta deseos sin límite.

Pasado un tiempo, ella quedó embarazada.

Al saber que esperaba un niño, Ebedi temió la ira de su padre. Le contó la verdad con tacto y miedo, reuniendo todo el amor que le fue posible. Éste, sin embargo, se lo tomó de la peor forma posible. La buena cerveza escaseaba, y era necesario hacer pactos de matrimonio con gente del mundillo. Había un tan Yanguin Bar, hijo de taberneros del norte, muy interesado en introducirse en el negocio. ¿Qué iba a decirle ahora? Era necesario ocultarle la verdad. Por tanto, Ebedi no volvería a salir de su habitación en los próximos nueve meses. Y cuando el niño naciera… ya se vería.

La joven temió lo peor. Relató a Ailfrid las intenciones de su padre, quien, por su parte, también vivía rodeado de preocupaciones. Arnaldo y sus zíngaras continuaban buscándole, y ya había visto pulular algunos de estos gitanos por la ciudad, estudiando a cada forastero con el que se cruzaban. No podría ocultarse mucho tiempo en Las Dos Jarras. Tarde o temprano le encontrarían.

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En aquel instante, los dos enamorados comprendieron que su relación era imposible. Había demasiados peligros, demasiadas complicaciones. ¿Y si el padre de Ebedi llegaba a enterarse de que Ailfrid era perseguido por el Patriarca? Ahora, tras saber que mantenía relaciones con su hija, le odiaba con toda su alma. No resultaba descabellado que delatase su paradero a los zíngaros.No podían seguir juntos. Ya no.

Fue por causa de estos temores que los dos jóvenes urdieron un plan. En los meses siguientes, Ailfrid se encargó de estudiar la magia en sus ratos libres, mientras se ocupaba de que a Ebedi no le faltara de nada. Ella, encerrada en su habitación de la Taberna, escuchaba a diario el trasiego en el piso de abajo, mientras aguardaba paciente la noche, cuando su padre se iba a dormir tras una dura jornada, para reunirse con su joven amante.

Al noveno mes, Ebedi dio a luz en secreto. Era la medianoche del 13 de junio. El mago y la tabernera tomaron a su hija en brazos, la limpiaron y le pusieron nombre. Sirene.

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Ebedi apenas tuvo tiempo para nada más. El peligro acechaba por todas partes. Ailfrid la besó por última vez y le prometió dos cosas: que volverían a verse y que cuidaría de la niña. Entonces partió con rumbo noreste, directo hacia la torre de Skuchain, el único baluarte de magia blanca en el que podría protegerse de los zíngaros.

El viaje fue duro, pero Ailfrid se había preparado durante meses para enfrentarse al hambre, la sed y el frío. También aprendió conjuros para cuidar de la niña a quien, desde muy tierna edad, le había nacido una rúbrica floreada cerca del ojo: la marca arcana. La niña, como él, tenía aptitudes para la magia.

Tras dos meses de viaje, Ailfrid llegó a la torre de Skuchain. Los magos que habitaban allí se mostraron reticentes para aceptarle; no se fiaban de un aprendiz del Patriarca Zíngaro. Sin embargo, no tuvieron más remedio que abrirle sus puertas cuando mostró la marca de la niña que llevaba consigo.

Gracias a ello, el aprendiz de Arnaldo se resguardó en Skuchain. Allí estudió nuevos métodos de magia, nuevas formas de conjuración. Allí descubrió un nuevo sendero dominado por la magia buena, mientras su hija crecía a su lado. No obstante, el tiempo apremiaba, y Arnaldo no estaba dispuesto a perdonarle la vida, ni siquiera aunque se resguardara tras los muros de Skuchain.

El combate entre el mago y el zíngaro tuvo lugar. Pero Ailfrid, que había aprendido más rápido que el resto de los magos de la torre, logró vencer. Arnaldo fue expulsado; algunos dicen que murió; otros que su alma fue encerrada, y que las zíngaras han buscando desde entonces devolverle a la realidad del mundo mortal. Sea como fuere, la victoria concedió al aprendiz el título de Archimago, y el dominio sobre la torre de Skuchain.

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Y así, año tras año, el Archimago ha estado cuidando de Sirene, su hija secreta. La niña ha heredado sus aptitudes para la magia, y ya destaca por encima de sus compañeros. Con todo, Ailfrid no ha podido volver a reunirse con la tabernera. Las circunstancias aún no se lo permiten. Quizás, en un futuro, la tierra de Calamburia no esté amenazada por los peligros y no sea necesario que nadie vele por su seguridad, entonces, puede que el Archimago se permita abandonar su torre, para descender a la taberna.

Entretanto, no falla a su promesa. Cuida de la niña con todo su corazón, y cada 13 de Junio, sin falta, sube las almenas de la torre y prepara un conjuro muy especial: un cometa de color de jade que sobrevuele la ciudad de Instántalor, para que, desde su habitación en Las Dos Jarras, Ébedi sepa que la pequeña Sirene continúa estando bien, que es atendida, y que no corre ningún peligro.

01. LA HISTORIA

EL GRAN TORNEO DE CALAMBURIA

El reino de Calamburia es una tierra llena de magia y leyenda; un universo extraordinario en el que habitan toda suerte de criaturas. Una tierra compuesta por bosques misteriosos, amenazantes desiertos y océanos infranqueables.

Hace muchos, muchos años, antes incluso de la existencia de los seres humanos, ocurrió una terrible batalla entre los titanes que ocupaban la bóveda celeste. Durante la contienda, uno de aquellos titanes cayó hasta la tierra. Allí quedó enterrado y dormido, sumido en un estado latente, ajeno al mundo…

Pero cada treinta años el titan despierta un poco; recupera algo de su conciencia para ofrecer la esencia de la divinidad a unos pocos privilegiados. Cada uno de estos elegidos recibe el símbolo de Calamburia, una C, que aparece en una prenda de ropa, una joya o un tatuaje sobre su piel. Cualquiera puede convertirse en un aspirante a conseguir la esencia: reyes y taberneros, piratas, mendigos, guerreros y magos. La C no distingue entre clases sociales, razas, sexos o aptitudes. El Titán sólo tiene una norma: elegirlos por parejas.

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Una vez seleccionados, los aspirantes deberán emprender una peregrinación hacia el punto en el que cayó el titán. Allí ha crecido uan arboleda llamada Catch – Unsum, donde, Entre arboles milenarios serán recibidos por el anfitrión. Éste no es más que otro elegido por el titán, pero a diferencia de los demás, él no ha recibido la C. Si no conduce la ceremonia y guía a los aspirantes, será eliminado. Así de simple. La suerte no es igual para todos los seres de Calamburia, y el titan no se caracteriza por su benevolencia.

A partir de entonces, cada pareja tendrá que enfrentarse a duras pruebas de ingenio. Serán retados a crear historias fabulosas, transformarse en multitud de personajes, variar el acento de sus voces y fabricar objetos de la nada. Todo para entretener al aburrido titán y lograr el merecido premio, la esencia de la divinidad.

Pronto se cumplirán los cincuenta años. La arboleda de Catch – Unsum ya aguarda la llegada de los aspirantes. Los elegidos han hallado el símbolo de Calamburia y han emprendido el viaje. Se aproxima el instante, el día del enfrentamiento, la hora en la que la esencia de la divinidad será otorgada a una pareja. Cada habitante de Calamburia aguarda expectante; se hacen apuestas y se vitorean los nombres de las parejas.

Todo está dispuesto. ¿Quién será el ganador del Gran Torneo de Calamburia?