El bosque de la desconexión. Un lugar en el que las fronteras entre los vivos y los muertos parpadea hasta volverse imperceptible. Un bosque en el que poco queda ya de natural y las almas revolotean como macabras mariposas. Hogar de zíngaros, de alimañas y los residuos de pesadillas de los apacibles Calamburianos que descansan en sus camastros.

Cuentan las canciones infantiles, que en la Noche de los Muertos, hasta el alma más pura puede ser mancillada hasta ser convertida en un sumidero de maldad. Y en el Bosque de la Desconexión, todo existe para que esta conversión sea aún más sencilla. Las ramas de los arboles esqueléticos se alzan hacia el cielo suplicando piedad, pero nadie responde a su mudo grito. Las telarañas cuelgan como sudarios de sus copas y una tenebrosa niebla viste sus troncos.

Pero hay un claro dentro de ese bosque que es evitado hasta por los más valientes Zíngaros. Según las más oscuras leyendas, sanguinarios demonios fueron invocados en ese mismo lugar y las piedras ahí esparcidas son los restos de monolitos que marcaban los bordes del ritual de invocación. Pero esa noche, algo quizás peor que esos demonios se hallaban ahí reunidos.

– Sé que tenemos nuestras diferencias – dijo Aurobinda, moviendo su báculo y abarcando a todo el grupo con la mirada -. Pero es el momento de dejarlas de lado para perseguir un mal mayor.

– No sé qué es lo que me contiene de abalanzarme sobre ti e inmolarte en este preciso instante – siseó Kashiri, la Guardiana del Inframundo

– Me resulta extraño que el nuevo perrillo faldero de la realeza nos reúna en un mismo punto. He venido por si había diversión, pero si hay cualquier problema os prometo que he venido preparado…para todo – dijo Van Bakari frotándose las manos.

– ¡Já! Nadie podría planear una emboscada en nuestro propio reino. Este bosque es nuestro hogar, nada puede ocurrirnos – se jactó Kálaba, la más poderosa entre los Zíngaros.

– Salvo porque fue en este mismo bosque en el que los Impromagos acabaron con vuestro Patriarca. ¿Cómo se llamaba? ¿Arnaldo? – dijo con voz despectiva Ventisca, el Avatar del Caos.

– ¡Sigue vivo! Pero eso no es de tu incumbencia. ¿No deberías preocuparte por que tu otra mitad campe a sus anchas ayudando a los Seres del Aire? Quizás debería leerte la mente para ver cuánto poder te queda después de haber perdido una parte de tu ser – dijo Adonis mientras sacaba sus orbes y los hacía girar en su mano de manera hipnótica.

– No habléis de diferencia de poder, Zíngaros, o quizás probéis toda la ira del inframundo – dijo Kashiri agarrando su báculo.

– ¡Parece que sí que se va a montar una fiesta! ¿Os importa si miro de lejos? – dijo animadamente Lord William.

Mientras la discusión empezaba a subir de volumen y las manos de todos los presentes se dirigían hacia sus báculos y otras siniestras armas, unas zarzas empezaron a acumularse alrededor de un árbol creciendo a una velocidad espeluznante. La vegetación invasora recubrió el árbol y ahogo la poca vida que quedaba de él. Con un crujido, las zarzas se abrieron y emergió Defendra, la Caricia de la Ortiga.

– Se acercan hermana. ¡Esto es casi tan divertido como cazar Duendes! – dijo dando saltitos de emoción, ajena a la tensión que impregnaba el ambiente.

– ¡Basta de discusiones! – dijo Aurobinda, acallándolos a todos con un golpe de su báculo -. Como he dicho, esta no es la noche para solucionar nuestras rencillas. Os traigo un regalo. La posibilidad de hacer algo tan deliciosamente maligno que sé que no vais a poder siquiera resistiros.

– ¡Regalos! Es curioso, suelo hacerlos yo, y con muchos intereses, pero estoy dispuesto a escuchar ofertas – dijo Van Bakari mirando alrededor.

– Dudo que tengáis un propósito altruista – dijo Kálaba entrecerrando los ojos.

– Así es. Yo, Aurobinda, la Señora de los Cuervos, he sido derrotada. Esa derrota me sigue humillando día tras día, pero si no puedo conseguir la victoria con fuerza bruta, usaré otros medios más…sibilinos.

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El silencio llenó el claro. Había captado toda la atención de sus asistentes. Todos habían sufrido algún tipo de derrota en el pasado y estaban ávidos de venganza.

– Os traigo a dos paladines de la luz. A dos defensores de la paz. A dos racimos de flores que pisotear en el barro. Una oportunidad de dar forma a nuestro futuro, desde las sombras.

– ¿Aquí? ¿En medio de nosotros? ¿Y por qué vendrían a este bosque perdido? – dijo Lord William bufando con desprecio.

– Porque no nos hemos mantenido de manos cruzadas. Mi hermana y yo hemos ido extendiendo nuestros zarcillos de maldad de la manera más sutil posible y os aseguro que ha dado más resultado que vistosos combates y secuestros Elementales.

– Deja de tenernos en ascuas, tengo muchas almas que torturar. Escúpelo ya – dijo cortante Kashiri.

– ¡Son los Impromagos! ¡Los Impromagos vienen hacia aquí, están a punto de llegar! – dijo Defendra, con voz chillona de emoción.

Todos aguantaron la respiración y recordaron como los Impromagos se habían entrometido en sus planes de una manera u otra. El recuerdo de sus derrotas volvió de manera vívida y empezaron a discutir entre ellos.

– ¡Matémosles!

– ¡Arranquémosles el corazón!

– ¡Despellejadlos!

– ¡Muerte!

– ¡Quiero su alma!

En medio de ese batiburrillo de gritos y amenazas, dos manchas naranjas entraron en el claro y avanzaron hacia el grupo. El color de sus capas destacaba entre el tenebroso ambiente del bosque, como si de antorchas se tratase. Sirene avanzaba a largas zancadas y Eme se movía con pasos torpes como si no supiese donde estaba.

– ¡Silencio! Adelante, Sirene, pequeña. Acercaos sin miedo – dijo Aurobinda, sonriendo malévolamente.

Ambos Impromagos se detuvieron en medio del grupo. La cara de Sirene vaciló un poco, como si alguien luchase en su interior por recuperar el control. Estaban rodeados de caras malignas, contraídas de rabia que a duras penas contenían para no abrirlos en canal ahí mismo.

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– Sirene está bajo mi control desde que recibió nuestro peculiar colgante. Pero no podré mantener el control mucho tiempo y menos con la influencia de ese estúpido chico con mi hermano en su interior. Necesito todo vuestro poder combinado para poder sellar sus consciencias en lo más profundo de su ser y sacar la personalidad maligna que habita en el interior de todas las criaturas.

Todos los presentes se pusieron a pensar las posibilidades mientras se relamían del ansia de poder extinguir un rayo de luz de este mundo.

– Usemos las habilidades de cada uno de vosotros para destruir su inocencia, corromperlos y conseguir unos aliados que nos permitirán derrotar a todos nuestros oponentes desde dentro. Sus paladines, sus defensores, ¡se convertirán en sus verdugos! Adelante, compañeros, empezad a salmodiar, maldecir, corromper… ¡CONDENAD SU ALMA!

Todos los integrantes abrieron el círculo y empezaron a hablar en lenguas prohibidas y misteriosas. Van Bakari, con la ayuda de Lord William, fue colocando fetiches obscenos en el suelo mientras las almas emergían de la tierra y revoloteaban a su alrededor. Kashiri abrió con un golpe de sus talones una fisura que llevaba al inframundo del que emergieron los más viles vapores. Los Zíngaros empezaron a realizar complejos gestos con las manos conjurando una magia oscura y prohibida. Por último, las Brujas se cortaron los brazos con un pequeño cuchillo y empezaron a escupir palabras ininteligibles por la boca mientras un vórtice de oscuridad se reunía alrededor de sus cabezas.

Sirene se mantenía en medio del claro, debatiéndose con espasmos, con su lucha interna en pleno apogeo. Algo pareció ganar durante unos segundos ya que gritó:

– ¡Eme! ¡Tenemos que hacer…! – y enmudeció de golpe, con la cabeza torcida y una sonrisa aviesa en la mirada.

Más pareció suficiente para despertar a Eme de su estupor, el cuál empezó a mirar a su alrededor con gestos desencajados. Dando frenéticos manotazos, buscó su varita por todo su cuerpo, pero era demasiado tarde.  Cuando consiguió empuñarla, los villanos terminaron sus oscuros rituales.

Una avalancha de almas se precipitó sobre ellos como si fuese una sustancia pegajosa mientras Van Bakari reía a carcajadas. Ventisca precipitó un vendaval venido del inframundo que los atravesó de lado a lado haciéndoles arquear las espaldas. La magia oscura de los Zíngaros se introdujo por sus gargantas abiertas como si fuese un ponzoñoso manantial infinito. Por último, las Brujas soltaron su poder y una bola de oscuridad perfecta se materializó alrededor de los Impromagos, que levitaban a escasos centímetros del suelo mientras las almas, el viento y el poder recorría su cuerpo cual gusanos. La esfera negra los recubrió y selló tan aberrante ritual.

La calma volvió al claro, solo molestado por los lamentos de almas en pena y el susurro de Ventisca entre los árboles.

La esfera negra crujió como un huevo y se fue resquebrajando. Los pedazos cayeron al suelo, dejando entrever las dos siluetas cubiertas de inmundicia que se empezaron a levantar trabajosamente. Sus sonrisas maníacas y el brillo de locura de sus ojos indicaban que aunque su aspecto exterior no había cambiado, el interior era un pozo de oscuridad que nunca jamás podría volver a ser iluminado.

Eme y Sirene se incorporaron y miraron a sus antiguos enemigos. Todos les sostuvieron la mirada, preparados a atacar y matar si todo había fallado. Pero entonces, empezaron a escuchar un sonido perturbador, estridente e imposible: una risa. Eme se estaba riendo, con una risa maníaca despojada de toda felicidad pero imposible de refrenar. Sirene le miró con un brillo maligno en los ojos y empezó a reírse por lo bajo, cada vez más fuerte. El resto de sus enemigos empezaron a reírse suavemente, cada vez con mayor volumen. Eme arqueó la espalda y rió rugiendo hacia el firmamento, coreado ya por fin por todos los presentes, con un conjunto de cacareos, risitas obscenas y demás ruidos guturales que ascendieron hacia el cielo e hicieron que las estrellas se apagasen.

En esa Noche de los Muertos, los recién nacidos rompieron a llorar, muchos despertaron con sudores fríos e innumerables cosechas se echaron a perder. Un nuevo mal había llegado a Calamburia y la misma tierra lo sentía.

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- ¡Lejos quedan las rencillas entre la realeza de Calamburia! ¡Ahora que ha vuelto la estabilidad a los Elementos, empieza una época de paz!

La voz regia y primitiva de Dorna resonó por las paredes del Salón del Trono del Palacio de Ámbar. Toda la realeza ahí presente aplaudió cortésmente, asintiendo con la cabeza. Lo cierto es que las Esencias de los Elementos habían sido controladas y todo había vuelto a su lugar. Pero en Calamburia, cuando el polvo se posa tras la batalla, el paisaje cambia y las alianzas permutan con peligrosa frecuencia.

– ¡Así es! ¡La Corona vuelve a estar unida! Sé que muchos aún acudís a mí en busca de consuelo, pero os digo que doy todo mi apoyo a la Reina Dorna y a su recién nacido hijo – dijo orgullosamente Sancha III, la venerable anciana que tejía sus hilos en la sombra -. Los susurrantes rumores que señalaban a los Salvajes como una presencia invasiva y que habían conspirado para seducir al Rey Comosu y ocupar el trono han resultado ser mentira. ¡El linaje pervive, más fuerte que nunca!

Los asistentes se miraron de reojo entre ellos. La idea de que los Salvajes no pertenecían a la corte seguía germinando en sus cabezas, ya que a sus oídos habían llegado muchos rumores e historias. Pero lo cierto es que si la Reina Madre los desmentía, debían de ser falsos.

Toda la corte se hallaba ahí reunida. Impromagos, Eruditos, Trovadores, nobles mayores y menores. Incluso las Marquesas miraban de reojo a sus adversarios, como si fuesen a morder a alguien en cualquier momento.

– Ahora, procederemos a bendecir al niño para expulsar la maldición con la que lo marcaron las Brujas. Mi hijo será dueño de su propio destino – dijo Dorna alzando la barbilla.

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Mientras Corugan se acercaba al niño para realizar el ritual, Sirene miró de repente intranquila a su alrededor.

– Eme, presiento que algo terrible va a pasar. ¡Tenemos que hacer algo! – dijo con un susurro nervioso.

– Pero, ¿El qué? ¿Qué va a pasar? – dijo Eme mirando con los ojos como platos alrededor suyo.

El colgante de Sirene relució como un brillo oscuro y una sonrisa inquietante se congeló en su rostro.

– Tienes razón. Serán solo cosas mías – dijo con una risita.

Corugan trazó un complicado símbolo en el suelo con una piedra porosa imbuida con el poder de la tierra y empezó a salmodiar. Los nobles de la sala se removieron nerviosos antes el despliegue de primitiva magia. Ese tipo de rituales no eran habituales en la Corte del Palacio de Ámbar, pero el mundo estaba cambiando.

Mas no fue el ritual lo que perturbó el silencio de la sala, sino un terrible cañonazo que sacudió las paredes del castillo. Un enorme griterío resonó tras las puertas del Gran Salón, que se abrieron de un portazo. Tras sus destrozados goznes, una horda de aguerridos bucaneros, de piratas malcarados y de toda clase de oportunistas inundó la sala como si de una marea se tratase. El Salón del Trono se convirtió en un campo de batalla por la supervivencia, obligando a los nobles a recordar rápidamente sus lecciones de esgrima si no querían morir. La guardia personal de la Reina Dorna formó a su alrededor un perímetro defensivo, pero no contaban con vigilar las alturas.

Colgando de un pendón como si fuese una liana, Efrain Jacobs, el Ladrón de Barlovento, aterrizó con una pirueta sobre el Trono de Ámbar, adoptando una pose heroica y ensuciándolo con sus sucias botas manchadas de sangre y barro.

– ¡Marineros de agua dulce! ¡Anguilas Miserables! ¡La Nación Pirata de Calamburia reclama este trono por derecho de sangre y por la bendición del Titán!

Los piratas rugieron al unísono y redoblaron sus esfuerzos, envalentonados por la cantidad de ornamentación dorada que observaban sus codiciosos ojos. Un destacamento de salvajes apareció por uno de los arcos y se unió a la refriega.

– ¡No! Los salvajes somos los descendientes directos del Titán, y lucharemos por preservar esta tierra de cualquier ataque. Este reino pertenece a mi hijo – escupió Dorna sacando los dientes. Sin mirar siquiera, tendió su hijo a Sancha III, quién lo cogió con cuidado, arropándolo entre sus pieles y retirándose por una puerta trasera con sorprendente velocidad.

Dorna arrancó una lanza de uno de sus guardias y cargó contra Efraín, que paró el golpe con su sable. Mientras, Corugan sacó una bellota de entre sus numerosas pieles y empezó a salmodiar. Apuntó hacia el viejo pirata y alzó la mano. Una bola de luz cayó del techó interponiéndose por los pelos con el haz de magia del chamán.

Mairim se incorporó de un salto, sacudiéndose el polvo del pelo. No mostraba ningún rasguño, a pesar de la caída y de haber detenido el hechizo del sorprendido Salvaje. La marca del Titán brillaba con luz cegadora en su hombro.

– Jope, tito, ¡me tropecé y me caí! ¡Yo quería ser sigilosa y sutil como una Zíngara! – dijo pateando el suelo enfadada. Se giró haciendo un mohín con los labios, hasta que se fijó en Corugan, que salmodiaba de nuevo – ¡Ooh! ¡Alguien quiere jugar! ¡Qué suerte!

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La joven pirata se abalanzó con una velocidad espeluznante y descargó un aluvión de golpes sobre el desdichado Corugan, que trataba de desviarlos con su báculo a duras penas.

El Salón del Trono era un buque de guerra invadido por centenares de alimañas marinas. Los piratas luchaban usando las técnicas mas harteras que estaban en su mano, mientras se enfrentaban a los soldados-patata de las Marquesas, y los golpes de pala de los Enterradores, que también estaban por ahí viendo como sus negocios empezaban a crecer sustancialmente.

Pero el mar es veleidoso e incontrolable. Las mareas van y vienen y lo que parece un día soleado puede volverse en una agitada tormenta. Y así fue como empezó. Primero fue el más cobarde de ellos, que se dio la vuelta y huyó. Otros le miraron de reojo, pusieron precio a su vida y se dieron cuenta de que no valía tanto y huyeron tras él. Y así, poco a poco, los bucaneros más peligrosos pero también los más rastreros, empezaron a huir, pensando en el botín de tapices y cuadros que les esperaban en los pasillos del palacio, de camino a su libertad.

– ¡No! – gruñó Efraín mientras devolvía los golpes con furia, haciendo retroceder a Dorna -. Malditas pirañas, cucarachas, aves de rapiña, bastardos sin honor, ¡volved aquí!

Pero era inútil. Alguien había destapado el peor sumidero de Calamburia y toda la inmundicia de los mares se diluía por los pasillos, huyendo del combate y arrancando todo lo que no estuviese clavado en el suelo.

Efraín apartó la reina de un empellón agarró a su sobrina por el brazo, impidiéndola lanzarse ella sola contra todos los guardias.

– ¡Esto no acaba aquí! ¡Somos como la marea! ¡Volveremos a erosionar las paredes de este castillo hasta derrumbarlo! ¡El Trono nos pertenece por derecho de sangre! Mi pequeña Mairim es la hija bastarda de Petequia. Ella será la futura reina, ¡aunque tenga que pasar a todo Calamburia por la quilla para conseguirlo! – dijo Efraín rugiendo. Cogiendo una bolsita de su cinto, la lanzó contra el suelo. Debía contener pólvora y algún tipo de reactivo ya que explotó expandiendo una nube de escoria que hizo toser a los guardias y les obligó a taparse los ojos. Una vez que se empezó a disipar, solo quedaban los ecos de los gritos de Mairim por los pasillos.

– ¡Era mi trono, tito! ¡Mío, mío, mío! ¡Tendré que matarles a todos por no querer jugar conmigo!

La corte de Calamburia miró confusa a su alrededor, mientras el polvo volvía a posarse en el suelo. Muertos y heridos recubrían el suelo y todo el mundo parecía manchado por fluidos de dudosa procedencia.

Pero había alguien que relucía. Se trataba de Sancha III, sentada en el trono, con la antigua Reina Urraca, erguida a su lado, vistiendo un deslumbrante vestido rojo. Su voz vieja pero poderosa cruzó la sala como una flecha.

– Mis peores sospechas se han cumplido. A pesar de que deposité mis esperanzas en la sangre nueva, nada bueno podía salir de un pueblo primitivo en la que la traición y el combate es la base de su gobierno.

– Sancha… ¿Dónde está mi hijo? ¿Qué has hecho con él? ¿DÓNDE ESTÁ? – dijo Dorna, mirando alrededor como un furioso león enjaulado. Los guardias la rodearon y empezaron a arrinconarla con sus lanzas.

– Tu hijo, la sangre mancillada de nuestro linaje, está a buen recaudo. Yo misma y mi hija, auténticas herederas del trono, lo criaremos y lo educaremos con sabiduría y templanza para que se convierta en un gran monarca. No puedo permitir que una traidora que ha abierto las puertas a la Nación Pirata siga haciéndonos bailar a su son.

La corte empezó a murmurar y susurrar. Sus temores se veían confirmados. Los Salvajes no eran de fiar y habían encontrado aliados igual de primitivos que ellos para poder acaparar aún más poder. Todo el mundo lo había sospechado.

– ¡Miente! ¡Esto es una confabulación! ¡Demuéstralo en un combate en solitario! – aulló Dorna, cada vez más arrinconada por las lanzas. El resto de la  Guardia Real iba desarmando a los Salvajes y matando a los que oponían resistencia.

– Guerra. Violencia.  Lucha. Es todo lo que entendéis los Salvajes. Yo traigo una época de civilizada paz a Calamburia. A partir de hoy, volveremos a las antiguas tradiciones. La fuerza de la vieja sangre volverá a insuflar vida al cuerpo marchito de Calamburia.

Una sombra emergió de detrás del Trono de Ámbar y tomó la forma de Aurobinda, que miró a todos con una plácida sonrisa. A su lado se colocaron ambos Impromagos, con un confuso Eme que miraba atontado a la distancia.

– La Corona quiere agradecer a Skuchaín por su gran apoyo en toda esta crisis. Es por eso que me complace anunciar que la Torre Arcana va a disponer de una nueva profesora. Aurobinda ha recuperado la Esencia de Fuego y ha demostrado estar terriblemente arrepentida por sus pasados actos. No ha logrado encontrar el paradero de su hermana, tememos que haya sido atacada por el chamán Corugan – dijo con voz grave Sancha, mientras Corugan miraba a su alrededor mientras otros salvajes le contenían, gritando palabras absolutamente inteligibles pero sin duda muy agresivas.

– Es posible que se haya refugiado en el mundo de los Duendes para curarse las heridas. Estoy muy apenada por la desaparición de mi hermana, siempre tan frágil. Después de nuestra merecida derrota, nos hayamos muy debilitadas y no podemos oponer resistencia a nadie. Trataré de ser una profesora digna del noble linaje de mi hermano – dijo apenada, Aurobinda.

Los murmullos y los susurros crecieron como si les hubiesen dado alas. Corugan parecía perfectamente capaz de haber cometido semejante crimen, se le veía totalmente descontrolado. Y Dorna manchada de sangre y siseando de furia parecía un animal rabioso, sin duda. Aurobinda en cambio, era la misma imagen del arrepentimiento y la humildad. Estarían mejor sin esos Salvajes. Volver a la seguridad de la tradición era probablemente lo mejor que podía pasar. Urraca dio un paso y se dirigió a sus súbditos:

– Fui expulsada de este trono por la fuerza. He vivido en las calles y he sentido la miseria del pueblo de Calamburia. He oído sus gritos de dolor y he sentido en mis carnes la humillación. Pero vuelvo al sitio que me corresponde y pienso arrancar cualquier mala hierba que ose amenazar el trono. Pisotearé las alimañas y los enemigos de la corona, aunque sea lo último que haga. Una vez más, noto la larga mano de mi traicionera hermana mancillando todo lo que toca, ayudada por el envidioso de mí marido. Este niño, su podrido legado, será purificado y un ejemplo a seguir para toda Calamburia: redención o muerte.

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Aquella fatídica sentencia se unió a los cientos de susurros que aleteaban sin control, hormigueando por las paredes y perturbando las mentes de los presentes.

– Os daré ventaja antes de cazaros como a perros. Expulsadlos del castillo. Tenéis hasta la caída del sol para encontrar refugio. Una vez llegada la noche, encenderemos las antorchas y perseguiremos a cualquier zarcillo de barbarie y rebelión que ose ensuciar nuestra noble nación. Desapareced de mi vista – dijo con infinito desprecio Sancha III aferrándose al trono con sus manos como garras, similar a una enorme ave de carroña.

Y finalmente, cayó la noche como un pesado sudario. Y Calamburia lloró.

Lloró lagrimas de sangre.