107. LO QUE ACECHA TRAS LA RUTINA

La rutina tiene el poder de sanar todas las heridas. La seguridad y la tranquilidad de los horarios, el amanecer y el anochecer era lo único que permitía a los Calamburianos mantener un símil de cordura y estabilidad, independientemente de quien estuviese en el trono o qué terrible amenaza intentase destruir su tierra.

Pero la rutina nunca elimina por completo los temores, las amenazas, la oscuridad. Y es que, debajo de esa tranquilizadora superficie, se oculta un mar agitado y oscuro que puede descontrolarse en cualquier momento.

Una clara muestra de ello era la Torre de Skuchaín. Incluso inmersos en sus mas grandes conflictos, las clases siguieron impartiéndose sin importar lo que ocurriese en el exterior. Como decía Minerva Sibila, si hay tiempo para una guerra, también hay tiempo para estudiar.

Más la torre no brillaba con su habitual luz. Había rutina, sí. Los estudiantes acudían a sus asignaturas y un ajetreo llenaba constantemente la torre de vida. Pero se trataba de una luz parpadeante, macilenta. Una tensión casi imperceptible recubría las paredes, indicando que algo no iba bien en la Torre.

La llegada de Aurobinda había sorprendido a más de un estudiante y profesor, pero lo cierto es que los rumores hablaban de una conducta intachable por parte de la Bruja. Había ayudado en la recuperación de la Esencia del Fuego con una actitud ejemplar, y además contaba con todo el apoyo de la corona, y lo que es más importante, por Eme y Sirene, los héroes de Skuchaín.

La casa Ténebris, la que luchó con mayor virulencia contra la Maldición de las Brujas, se ofreció voluntaria para vigilar de cerca a Aurobinda, la cual aceptó esta curiosa medida de buen grado. En algún momento que nadie sabe definir, los miembros la casa más marcadamente oscura de Skuchaín empezaron a ejercer papeles de Guardianes de la Conducta, una medida que la Bruja estableció para devolver el decoro y las buenas maneras a la Torre. La razón oficial giraba entorno a devolver a Skuchain el brillo y la sapiencia del pasado y dejar de ser una academia en la que formar magos para la guerra.

relato-calamburia-aurobinda-tenebris-escuchainEsta medida fue recibida con gran alegría por el claustro de profesores, especialmente por los Eruditos, pero con el paso de los meses, el buen humor y el alborozo brillaba por su ausencia.

La sala del claustro era una antigua habitación recubierta de madera, sin ningún toque de piedra como el resto de la torre. Algunas de las superficies de roble habían sido reemplazadas por oscuro ébano para, según Aurobinda, devolver “la seriedad y el respeto que debería infundir esta sala”.

Todos los miembros del profesorado estaban sentados murmurando nerviosos, hasta que la puerta se abrió solemnemente para dar paso a Aurobinda, seguida de cerca por Telina, que sostenía un cuaderno apretado contra su pecho. Aurobinda dedicó una sonrisa de oreja a oreja a toda la sala y se sentó con deliberada lentitud en la silla que presidía la mesa. Dicha silla era llamada La Silla del Archimago, y sólo podía sentarse el Archimago designado para liderar la Torre. Había sido dejada vacía durante largos años, por respeto. El gesto hablaba por sí mismo.

– Muy bien, démonos prisa, tengo una mañana muy ajetreada. La Reina Sancha III me espera para comer y el viaje en cuervo siempre me resulta agotador – dijo con un inocente suspiro la antigua Bruja.

Felix el preclaro se levantó carraspeando y se apresuró a leer la orden del día:

– La preparación de los exámenes de mitad del semestre avanzan con buen ritmo, aunque debo señalar que los alumnos se están quejando por la carga de trabajo y la presión – dijo el Erudito con voz neutra.

– Es normal, son jóvenes y aún no han aprendido a respetar la autoridad – dijo Aurobinda agitando la mano, restándole importancia -. En unos años nos lo agradecerán.

– ¡Las normas se están volviendo demasiado estrictas! Hace escasos días, se rechazó mi presencia en la parte de la biblioteca designada para los libros de magia oscura – dijo la hermana Mitt Clementis, ofuscada.

– Hermana, los tiempos han cambiado. Antes no había ningún tipo de control ni registro sobre el acceso de la biblioteca. Entiendo que hemos sido siempre muy laxos con el acceso de los creyentes del Titán a nuestro cúmulo de saber, pero estoy extirpando de raíz todos los privilegios.

– ¿Privilegios? ¡No debe de haber barreras para los representantes del Titán! ¡Somos los ojos y los oídos de la Alta Curia en esta Torre! Además, vuestra biblioteca es ínfima si la comparamos a la que se halla en nuestras sagradas criptas – dijo con soberbia la religiosa.

– Pues quizás debería volver para hacerles compañía, hermana. Podremos sobrevivir sin un representante espiritual en este claustro. Salude a sus superiores de mi parte – respondió al instante Aurobinda, con una deliciosa sonrisa – ¿Algo más?

– ¡Se está perdiendo la calidad de las clases! – dijo Minerva, levantándose de un salto -. Estamos dejando de lado las clases de cultura general sobre dinastías e historia pasada de Calamburia para centrarnos únicamente en asignaturas de magia y hechicería. Estoy especialmente preocupada por el aumento de clases que giran en torno a la magia oscura, Aurobinda. Las marcas arcanas de algunos alumnos están transformándose en marcas de Ténebris. No puedo hacer oídos sordos a los murmullos que recorren los pasillos.

Una tensión palpable se coló en la sala, como una serpiente insidiosa. Las miradas se volvieron huidizas y el ceño de Aurobinda se pronunció hasta un nivel inquietante.

– Hay que conocer al enemigo para poder luchar eficazmente contra él, Minerva. Yo lo sé bien. Así que os enseñaré todo lo que haga falta para que conozcáis la oscuridad y sepáis diferenciarla de la luz. Cueste lo que cueste – dijo mascando estas últimas palabras. Repentinamente, se giró sonriendo hacia Sirene, que se hallaba sentada a su derecha -. Además, tengo entendido que el consejo de estudiantes está encantado, ¿Verdad?

– ¡Oh, si! – dijo Sirene con entusiasmo mientras sonreía en exceso -. Los alumnos nunca han sido tan contentos y felices, posiblemente aún más que cuando Ailfrid estaba vivo. Para mí fue un cobarde que nunca se atrevió a contarme la verdad, así que quizás tampoco fue tan buen Archimago.

relato-calamburia-aurobinda-escuchainTodos abrieron mucho los ojos y no se atrevieron a hablar. Sirene había descubierto recientemente que el segundo Archimago de la torre era su verdadero padre, pero nadie entendía a qué venía ese arrebato.

– No deberías hablar así, Sirene. Fue tu padre, y querido por todos. Y ya son muchos los estudiantes que me trasladan sus quejas – dijo Minerva muy seria, moviendo la cabeza apesadumbrada.

– Oh, habrán sido los Primus. Ya sabe profe, siguen pensando que esto es una pelea entre Theodus y sus hermanas. ¡Eso es tan de hace unos meses! – dijo riéndose malignamente Sirene.

– ¿Con que los Primus andan susurrando eh? – dijo Aurobinda, casi relamiéndose del gusto -. Telina. Convoca una redada de los Guardianes de la Conducta. Quiero que requisen cada una de las pertenencias de los Primus para que sean examinadas minuciosamente. Haz especial hincapié en Stucco: siempre está al borde de las normas del decoro.

Telina apuntó con rapidez en su cuaderno con una pequeña sonrisa de suficiencia. Acto seguido se dio la vuelta y salió por la puerta de la sala para cumplir sus órdenes.

– Muy bien. Me temo que me voy a tener que ir. ¿Alguna última sugerencia? – dijo la antigua Bruja, sabiendo que nadie se opondría a ella.

– Yo mismo – dijo una voz anciana. Todas las miradas se dirigieron hacia el asiento de Baufren, el Duende Mayor. Levantó la mirada por debajo del sombrero y la clavó en su rival. Se mantuvieron en tensión durante un rato, hasta que finalmente, habló -. Pero como las estatuas, tengo toda una vida por delante. Puedo esperar a la siguiente reunión.

Aurobinda abrió muchos los ojos al entender el insulto, y con un bufido, se levanto de la silla de un empujón y se fue a grandes zancadas de la habitación apartando a quien estuviese en su camino con una mirada asesina.

El claustro fue disuelto y se fueron separando entre murmullos. Sirene, dando saltitos y canturreando siniestramente por lo bajo, fue la última en salir. Mientras cerraba la puerta, una voz la interpeló a sus espaldas:

– Ay mi niña, que difícil es dar contigo. Me dijeron que te encontraría aquí. ¡Tengo una noticia tan maravillosa que contarte!

Sirene se giró y vio la figura achaparrada de Ebedi Turuncu, la tabernera. Sin poder oponerse, recibió un fuerte abrazo de esta que la estrujó como si fuese un trapo.

– Ay mami, no seas tan sobona. ¡Mami! – dijo Sirene, quitándosela de encima.

– ¡Pero como no voy a ser sobona, si ya no te pasas por la taberna! – le respondió sorprendida.

– Bueno mami, ahora estoy muy ocupada. Soy una persona importante aquí y no tengo tiempo que perder con la gente normal – dijo con desdén adolescente la Impromaga.

– ¿Cómo? ¿De dónde has sacado ese genio? ¡A que te doy con el rodillo! – replicó Ebedi, enfadada.

– Si lo haces, te congelaré y te quedarás ahí hasta que te encuentre alguien – dijo con frialdad la joven.

Ebedi se quedó paralizada. Nunca le había hablado así su hija. Es cierto que Ébedi y Ailfrid habían mantenido durante mucho tiempo en secreto que tenían descendencia, pero ahora estaban tan unidas como podría esperarse de una madre y una hija.

– Hija… ¿Estás bien? – dijo preocupada la tabernera.

– ¡Si, mamá, lo estoy! Ahora déjame en paz que tengo que hacer cosas mucho más importantes. No vengas nunca más aquí. Ya iré a verte en la taberna, si es que me entran ganas. Espero que no sigas tonteando con ese Edmundo, que parece el más tonto de toda la taberna – dijo con maldad Sirene.

– ¡Niña! No te consiento que hables así de él. ¡Nos queremos!

– El amor no existe – dijo la niña, poniendo los ojos en blanco -. Adiós mami. Ya nos veremos.

Y sin mirar atrás, Sirene echó a andar dando algún que otro saltito mientras canturreaba por los pasillos. La ira de Ébedi se fue disipando hasta verse invadida de una profunda tristeza. Mirando la espalda de la hija a la que vio crecer desde la distancia sin poder hacer nada para acercarse a ella, susurró:

– Estoy embarazada, hija.
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106. SANGRE EN LA ESPUMA

Teslo había visto muchas cosas imposibles a lo largo de su corta vida. Ser un hombre de ciencia y tratar de descubrir los mecanismos que mueven nuestra realidad siempre puso a prueba todo lo que sabía sobre Calamburia. Su propio hogar, bajo el faro de la costa, estaba lleno de ingenios y maravillas que podrían cambiar el futuro de su tierra, pero los inocentes Calamburianos no estaban preparados para semejante salto. Si supieran que los dos hermanos Flemer habían acabado por error en otro plano de la realidad y capitaneado una revolución para poder volver a su tiempo actual, alterando así todo el espacio tiempo de Calamburia y sentando las bases del Caos del Maelstrom, no se los tendría en alta estima.

Pero no caigamos en la trampa de la divagación. Es fácil hacerlo cuando se trata de estos dos misteriosos hermanos.

Como decía, a pesar de las maravillas que había presenciado y en las atrocidades que él mismo había impulsado, Teslo no podía más que mirar boquiabierto el espectáculo que tenía ante sí.

Ningún hombre de ciencia estará preparado para entender el caos estremecedor de la guerra.

Ante él, cientos de barcos enzarzados en un mortal abrazo llenaban el mar hasta donde alcanzaba la vista. Un mar de mástiles, velas y arreos, todos entremezclados en un batiburrillo que rezumaba actividad. Tras horas de danza letal los unos alrededor de los otros, escupiendo andanadas de polvo y hierro, los capitanes de los navíos habían optado por lanzarse contra el enemigo hasta que las proas atravesaron cubiertas y aplastando cientos de marineros por el camino. Ambas flotas enemigas se habían fusionado en un peligroso escenario de madera y hierro en el que un grumete habilidoso podía cruzar de un barco a otro con simples y cortos saltos.

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La lucha se volvía más y más encarnizada por momentos. El campo de batalla no parecía tener un orden fijo, pero se podía distinguir a los enemigos por el diseño de sus barcos. La Gran Armada, el orgullo de la Reina Sancha, construida específicamente para limpiar los mares de escoria, tenía decoradas sus proas con una efigie de la Reina Urraca en actitud amenazadora. Todos los barcos lucían las mismas decoraciones y poseían cientos de cañones a babor y estribor, por ahora inutilizados debido al mortal abrazo de los barcos: si hundían sus enemigos, los arrastrarían con ellos.

Los barcos piratas eran fáciles de distinguir: una amalgama aleatoria y sorprendentemente creativa de barcos, lanchas y esquifes con una tripulación que corría alrededor como las hormigas en pánico alrededor de su hormiguero.

A pesar de la elegante armada de las Reinas Regentes y sus cientos de cañones, culebrinas y demás armas de fuego, resultaban ser totalmente inútiles en el cuerpo a cuerpo. Los corsarios y filibusteros los sabían bien y por eso habían sacrificado muchos de sus hombres para alcanzar las distancias cortas y hacer lo que mejor se les daba: apuñalar a traición a sus enemigos.

Se trataba de tiempos atípicos y confusos y esta gran batalla marítima era una prueba de ello. Hordas de Hortelanos de la Nueva Milicia del Trono de Ambar asaltaban los barcos piratas usando pasarelas con fuertes ganchos y palancas que las fijaban en la cubierta enemiga. Aunque apenas sabían empuñar un arma y preferían estar arando la tierra, la nueva corona de Calamburia había amenazado con prender fuego a sus tierras, por lo que cambiaron azadas y palas por roñosas espadas y lanzas melladas por el tiempo. Ellos eran la carne de cañón que moría en el primer embate. Seguidos de estos, desfilaban con precisión militar el ejército de la Alianza de las Arenas, una mezcla de veteranos de mil combates y nómadas de Arishai, el Escorpión de Basalto, cuyos grandes alfanjes proporcionaban una extraña ventaja en las refriegas que se daban aquí y allá. Ellos eran el puño que chocaba contra las filas enemigas y presionaban a los supervivientes hasta tirarlos al agua, huyendo en pos de su libertad. Por desgracia para los ilusos que optaban por esa vía, patrullas de Tritones nadaban sigilosamente por aquellas aguas turbulentas y asesinaban a todo el que trataba de huir.

A pesar de la gran habilidad de los piratas para poder salir indemnes de cualquier situación, el combate parecía estar inclinado claramente hacia el bando de la corona. Pero los lobos de mar son criaturas traicioneras que se revuelven como una anguila y devuelven el mordisco con todas sus fuerzas.

Detrás de las filas de la corona, en el horizonte, surgió un gigantesco barco nacido de la nada. Era un barco colosal, cuatro veces más grande que cualquier galeón de la corona. Se trataba del Arca del Rey Rodrigo, un navío nacido de sus delirios de grandeza y de libertad que ahora estaba siendo usado por el bando pirata. En su proa, Los Hombres del Rey Rodrigo y una turba de mercenarios sedientos de sangre gritaban y agitaban sus lanzas, mientras que, entre las velas, flotaba Ventisca, el Avatar del Caos, propulsando el barco a una velocidad sobrenatural.

La embarcación cubrió las leguas que le separaban de la escaramuza marina, cerrando la trampa mortal sobre el bando de la corona. Los soldados de Urraca y Sancha descubrieron con horror que no estaban machacando a sus enemigos, sino que los piratas eran el yunque y que los mercenarios eran un poderoso martillo que se estrellaba contra sus filas.

El choque fue monumental e hizo tambalearse la gigantesca estructura precaria de barcos enganchados el uno al otro. La onda de choque hizo que varios barcos se hundiesen aplastados, con toda su tripulación dentro, mientras que otros salían despedidos por la presión y destrozando todo cuanto se encontraban a su paso.

Los mercenarios emergieron del barco como una nube de moscas y se apresuraron a darse un festín sobre el cadáver de su víctima. Atacaron la retaguardia con una virulencia extrema y pasaron a cuchillo a todo desdichado que no huyese a su paso.

Ventisca, una vez finalizado su cometido, reunió sus fuerzas para hundir tanto a aliados como a enemigos, poco le importaba, solo ansiaba la destrucción. Más algo blanco emergió de entre las deshilachadas velas de los navíos: Galerna, la hermana de Brisa. Ambas se miraron con un rictus de profundo odio y empezaron a girar la una alrededor de la otro, arremolinando nubes tenebrosas a su alrededor e intercambiando potentes golpes.

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– ¡Hermano! ¿Qué haces ahí parado? ¡Tenemos que ayudarles o nos aplastarán! ¡Rápido, dales luz verde! – le gritó Katurian a Teslo, sacándolo de su aterrorizado estupor.

Teslo agitó la cabeza tratando de borrar de su mente aquella escena dantesca y se giró hacia su escuadrón de hortelanos armados. Llevaban armaduras experimentales y armas de electricidad muy poco fiables, pero gracias a su equipo eran capaces de saltar varios metros, aunque el artilugio podía estallar en cualquier momento. La Reina Sancha había insistido en sacrificar la seguridad del usuario a favor de la máxima destrucción del enemigo. Hizo un gesto y los pobres desgraciados desaparecieron dando brincos y ofreciendo asistencia en los diferentes focos.

No fueron los únicos en reaccionar, sino que Impromagos de la casa Ténebris, los más experimentados en combate y las artes oscuras, emergieron de los castillos de popa de los enormes galeones para lanzar a sus enemigos por los aires y hundirlos en el agua. Eme y Sirene capitaneaban a sus compañeros, riendo entre estruendosas y estridentes carcajadas.

El contraataque del bando pirata no se hizo esperar. Grupos de salvajes totalmente enajenados eran lanzados por los aires gracias a unas extrañas catapultas y caían sobre las líneas enemigas poseídos por una extraña rabia ciega. No importaba cuanto se les cortase o empalase con armas, seguían luchando hasta que se les cortaba la cabeza. Sembraron el miedo entre las filas de la corona, cuya moral estaba francamente al límite.

– Tanta violencia… tanta destrucción… ¿Para qué? – susurró Teslo, mientras sacudía la cabeza apesadumbrado.

– Tienes razón, inventor. Esta es una de las razones por las que las Sacerdotisas de los Elementos nos alejamos del resto de la humanidad, en nuestro Templo– dijo Naisha apoyándose en la barandilla del barco comandante de la Corona-.  Ya no sentimos ninguna empatía por nuestra gente. Y viendo esto, no creo que la merezcáis.

El silencio se instauró entre los dos, un silencio tenso y lleno de pesar. Teslo sabía que no era inocente y que él mismo había puesto el destino de Calamburia en peligro muchas veces.

– ¿Cuál es tu papel aquí? – dijo preocupado Teslo, sabiendo que se hallaba en presencia de un ser poderoso al que tribus primitivas podrían haber adorado como a un Dios.

– Estoy cansada de vuestras riñas. Los elementos siguen siendo inestables y las energías que se están desatando pueden despertar y liberar presencias de otros planos que os aseguro que no queréis atraer aquí.

– ¿Te refieres a otras realidades? – La mente de Teslo funcionaba a toda velocidad. Al fin y al cabo, los enigmas para él, eran como la luz para las polillas.

– No me refiero a universos alternativos con los que os gusta coquetear. Me refiero a planos de existencia. De donde provienen criaturas poderosas como el Leviatán, que asoló estos mismos mares. Pero te aseguro que ahí residen mentes aún más malignas que, de pisar estas tierras, nos condenarían a todos. Voy a interrumpir este estúpido combate, no por vuestro bien, sino por el bien de esta tierra.

Y con esa sencilla afirmación, Naisha, la Protectora Elemental abrió las manos y los mares empezaron a borbotear. Separando lentamente los brazos, fue alejándolos más y más y los mares imitaron sus movimientos. Las aguas se empezaron a separar, desenganchando los barcos los unos de los otros, hundiéndolos y zarandeándolos sin piedad. Entre ambos bandos, surgió un gigantesco abismo carente de agua, dos desfiladeros acuáticos interminables que se sumergían en las profundidades de la tierra. Dos olas enormes empezaron a propulsar ambos bandos lejos el uno del otro, mandándolos dando tumbos hacia el horizonte.

Nadie sabe cómo habría acabado ese combate, si es que alguien podía declararse vencedor de semejante carnicería. Probablemente solo podían salir ganando los Pícaros y demás pilluelos que saqueasen los cadáveres resultantes de esta escaramuza. Pero lo que si es cierto es que algo quedó claro: a pesar de que los Protectores Elementales apoyaban la estabilidad de la corona, no iban a permitir combates apoteósicos para conseguir el Trono de Ámbar. En todo caso, no si implicaban el desencadenamiento de algo mucho peor. Es por eso que, en los libros de historia, esta infructuosa batalla quedo registrada como La Batalla de la Tregua.

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105. UNA DESESPERADA ALIANZA

La derrota puede ser más amarga que la hiel en la boca de muchos guerreros. Grandes héroes del pasado no han podido soportar el sabor del fracaso y han abandonado gestas épicas que habrían hecho las delicias de cualquier trovador. Pero cuando se es un cobarde, una víbora traicionera, un cambiacapas, en definitiva, un pirata, el fracaso es sólo la oportunidad de vivir un día más.

El golpe de estado pirata había fracasado estrepitosamente. Sancha III se había incrustado en el trono con aún más fuerza. La Torre de Skuchain había radicalizado en sus métodos. La milicia de Calamburia, formada por innumerables hortelanos, patrullaban las calles de Instántalor en búsqueda de cualquier villano malcarado. La Reina Urraca proclamaba que todos los recursos del Palacio de Ámbar serían destinados a crear una armada invencible que arrasaría la isla Kalzaria, hogar de los piratas, con sangre y justicia. Todo pintaba bastante mal.

Y es por eso que la rebelión pirata estaba emborrachándose con todas sus fuerzas, celebrándolo como si hubiesen ganado. Lo cierto es que habían perdido una rebelión, pero ahora eran todos inmensamente ricos con el saqueo del Palacio de Ámbar.

La taberna más bulliciosa de la isla, La Tortuga Tuerta, rebosaba de chusma de la misma manera que una jarra mal servida rebosaba espuma. La sala principal de la taberna, con gigantescos candelabros cubiertos de velas que goteaban sobre sus comensales, olía a sudor, alcohol y depravación. Los cambios políticos en Calamburia habían tastocado la rutina de muchos Calamburianos, que parecían estar adaptándose a la nueva situación. En algunas mesas se podían ver grupos de salvajes haciendo círculos de cómbate, retando a los piratas, los cuales, tambaleándose, entraban a recibir un buen puñetazo en los morros y perder todo lo apostado. En las esquinas más sombrías, zíngaros y otros personajes de siniestra silueta con máscara y fetiches jugaban a tensas partidas de dados en el que lo extraño era no tener las manos ágiles. También se podía ver aquí y allá hortelanos que demostraban que su habilidad de regateo con las zanahorias también podía aplicarse al reparto de botines y saqueos. Y por encima de todo ese caos y locura, en una pequeña plataforma junto a la barra, dos Trovadores tocaban una alegre jiga a la que nadie hacía ningún caso.

Por encima del salón principal, en los reservados el segundo piso, otra reunión bastante menos festiva estaba desarrollándose con una violencia poco contenida.

– ¡Este lugar apesta a civilización! ¿Por qué no estamos marchando hacia la capital y salvando a mi hijo? ¡Mi hijo! – dijo Dorna dando un puñetazo a la mesa, rompiendo uno de sus tablones.

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– Créeme, a mí esto me gusta tan poco como a ti. Pero han desplegado el Ejército Real, y no podemos luchar contra ellos cara a cara. Esto iba a ser un golpe de estado limpio y sencillo – dijo Efraín eructando tras beberse todo su vaso de golpe -. Pero todo lo que incluye a mi sobrina nunca lo es.

– ¡Estás hablando de un golpe de estado a MI reinado! – escupió Dorna mientras Corugan, situado de pie a sus espaldas, gruñía amenazadoramente.

– ¡Já! Las cosas cambian, salvaje. Un día eres el capitán de un barco temido por todos los mares y al día siguiente te pasan por la quilla. Es la ley de la sal – respondió con una risotada Efrain.

– ¡Tito! ¡Yo quería el trono! ¡Es mío mío mío! – dijo enfuruñada Mairim mientras se cruzaba de brazos. La marca del Titán palpitaba con suavidad en su pecho.

– Y la malvada Reina Urraca vuelve a estar en el trono. Somos una deshonra para el Rey Rodrigo – dijo Pierre Renoir mientras unas lágrimas viriles caían por su rostro.

Una fusta se estrelló en la mesa con fuerza, provocando una mirada recelosa en todos los presentes.

– Panda de lavanderas acongojadas, ¿Para esto me sacáis de mi reclusión? ¿Para ver cómo fracasan vuestros planes y observar el deplorable estado de mi hijo medio loco? – dijo Petequia con aire furibundo -. Os merecéis lo que os ha ocurrido. Haced como yo, aceptadlo, buscad un lugar apartado y bebed todo lo que podáis.

– ¡No mamá! ¡No te vuelvas a ir por favor! Me portaré muy bien y conseguiré ese trono que brilla y haré que todos te quieran – dijo Mairim mientras se incorporaba de un salto. La C de su pecho relucía con aún más fuerza -. Quiero que tú y papá os sintáis orgullosos de mí y que seamos una familia genial de nuevo, así que no te preocupes que lo voy a conseguir. Cueste lo que… ¡CUESTE!

El grito de Mairim recorrió la habitación como un huracán y casi arroja de la silla a sus asistentes. El aspecto inocente de la niña siempre les hacía olvidar que estaban ante una bomba de relojería que debían de tratar con mucho cuidado.

Unos golpes fuertes resonaron en la puerta, provocando que todos desenfundasen sus armas en un abrir y cerrar de ojos. La puerta se abrió y la enorme silueta de Ranulf Matabestias llenó el umbral. Morgana, la antigua pirata y ahora mercenaria, se asomó por uno de sus costados.

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– Perdonad, no hemos podido evitar escuchar que teníais necesidades y que todo dependía de un precio.

– ¡Hermanita! – dijo Mairim con alegres saltos -. ¡Es mi primera reunión de familia con tanta gente!

– Estoy que me desmayo de la alegría – espetó Petequia con una mueca de asco -. Saluda de mi parte al idiota de tu padre y recuérdale que me debe dinero.

– La vida disoluta de Petequia desde que no está con nuestro amado Rey Rodrigo me parece cuestionable – murmuró Pierre a Balian sin que nadie le escuchase.

– ¡Quién seré yo para cuestionar la vida de libertinaje, mi buen amigo! – le respondió Balian atusándose el bigote – Mi padre estuvo en la tripulación del Capitán Flink, el padre de ambas. Fue un temido filibustero, así que probablemente se trate de algún tipo de alianza oculta.

– No tengo nada que ver con mi padre. Estará emborrachándose en algún prostíbulo, poco me importa. Lo que quiero es oír ofertas – dijo Morgana zanjando la cuestión.

– Cazar humanos es como cazar bestias para mí. Poned un precio y nos encargaremos de juntarnos con otros mercenarios para ayudaros en lo que sea – Ranulf escupió al suelo con una mueca al ver a los salvajes – Necesito destrozar cosas para olvidar mi pasado.

– Pagaré lo que haga falta para salvar a mi hijo. Aunque sea con sangre – dijo Dorna enseñando los dientes.

– Con cantidades obscenas de oro nos basta, muchas gracias – dijo Morgana con una sonrisa de suficiencia.

– Haced lo que queráis. Yo me voy de vuelta a mi islote a cuidar de la locura de mi hijo. A pesar de que me expulsó y me repudió, no puedo dejar de ser su madre – dijo Petequia mientras salía de la sala con un leve toque de tristeza en la voz.

– ¡No se preocupe Milady! ¡Nosotros cuidaremos del legado del Rey Rodrigo! – dijo Balian incorporándose de un salto de manera totalmente innecesaria ya que la hermana de la Reina Urraca cerró la puerta tras de sí.

Corugan gruñó intrigado mirando a Dorna. Esta le respondió apartando la mirada.

– Sí, Corugan. Me aliaré también con Zíngaros, Pícaros, Redivivos… incluso hablaré con las Guardianas del Inframundo. Lo que haga falta para recuperar a mi vástago. Poco me importa ahora el Reino de Calamburia, como si se hunde en llamas – masculló Dorna con la voz tensa y la mirada perdida -. Dejamos las montañas por ellos. Nos adaptamos a sus bárbaras costumbres. Traté de traer algo bueno siguiendo los designios del Titán. Pero nos han abandonado, como a perros. He perdido la fe en este pueblo que apoya la nueva monarquía y todo lo que me queda ahora es ira y venganza – masculló Dorna con la voz tensa y la mirada perdida.

– ¡Muy bien, decidido! Tito, págales con todas las cosas brillantes que robamos del castillo. Tenemos que conseguir ese trono para que mamá esté contenta y yo pueda jugar con todas mis amigas y hermanas en el palacio – sentenció Mairim mientras aplaudía con alegría.

Efrain miró el fondo de su vaso. En él vio un futuro en el que el corsario era un feliz hortelano, arando todo tipo de tubérculos y disfrutando de espumosa cerveza al atardecer como recompensa de sus esfuerzos. Con un sonoro escupitajo, hizo desaparecer ese futuro y se preparó a sacrificar de nuevo su vida por su sobrina. Una vez más.

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104. EL MUNDO DE LOS DUENDES

Mucho se ha teorizado sobre el origen de los Duendes. Su creación siempre ha estado unida a un Impromago, desde que Theodus invocó a su Duende. Pero en realidad, estas criaturas existen desde hace mucho, mucho tiempo.

Es difícil situarlos en una cronología exacta, ya que los testimonios orales y los pocos documentos escritos sobre ellos son cuanto menos confusos. La naturaleza alocada y caótica de estas criaturas hace que sea casi imposible llevar un registro de su origen, no digamos ya de sus características morfológicas. Algunos parecen heredar los rasgos de los Impromagos que los invocan, otros el carácter y otros la verdad es que nadie sabe muy bien de dónde salen.

Los Eruditos defienden que los Duendes son la materialización de energía desatada que chocan entre sí en una lejana dimensión paralela y que toman forma cuando son traídos a este mundo. Si bien es cierto que provienen de otra dimensión, lo que desconocen Felix y Minerva es que es un mundo muy real y con una gran importancia.

Cuando los Duendes no tienen ninguna  tarea encomendada (que no suele ser a menudo porque nadie confía que la vayan a hacer realmente), se retiran a la dimensión de la que provienen, El Mundo de los Duendes.

En este extraño lugar, la vegetación crece sin control y no parece seguir ningún tipo de patrón lógico, tanto en forma como en color. Los arbustos multicolores se multiplican por doquier, y los árboles adoptan formas tan disparatadas como botas, barriles o cucharas. No existe la luz del sol, ya que una cálida penumbra recubre el firmamento, pero la vegetación brilla con enigmáticas luces que iluminan con un halo de misterio todo ese batiburrillo de colores.

El Mundo de los Duendes es además un portal a muchos otros lugares, por el que los Duendes son aspirados sin control o a veces simplemente saltan dentro a dar un paseo porque se aburren. Es un cruce de caminos entre distintas dimensiones y por entre su excéntrica vegetación se puede encontrar todo tipo de criaturas inimaginables.
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Los Duendes no tienen ningún atisbo de orden ni de leyes, pero sí un libro que explica cómo ser un buen Duende: El Libro de la Sabiduría. Este no es un libro normal y sólo los Duendes Mayores más experimentados pueden llevarlo. Se trata de una enciclopedia viva, que se actualiza por arte de magia constantemente y que ha dado lugar a numerosos debates filosóficos sobre su origen entre los Duendes Mayores. Lo cierto es que es posible que llegase por algún portal, o quizás su creación está unida a la de los Duendes. Nadie lo sabe y probablemente, nadie lo descubra nunca.

En él, además de cientos de hechizos menores e infinitas maneras de decorar un gorro de Duende, se esconde la receta de la Esencia de los Sueños. Se dice que Defendra, cuando era una joven Impromaga con un brillante futuro por delante, inventó una pócima para mejorar el sueño de los habitantes de Calamburia. La joven cayó finalmente en las garras de la Oscuridad, junto a su hermana, pero los Duendes se apropiaron de la receta y se asignaron a ellos mismos la tarea de expandir la Sustancia de los Sueños a través de todos los portales hacia otros mundos.

Justamente ese día, un trío de Duendes se dirigía a realizar su cometido como todas las anteriores veces. Se trataba de Duende Mayor Teo y de los dos Duendes aprendices Seneri y Eneris. Teo miraba a su alrededor con desconfianza mientras Seneri saltaba entre los matorrales y Eneris sujetaba la Esencia de los Sueños con una mueca de concentración.

– Muy bien, tenemos el Libro de la Sabiduría, el Imagitarro con la Esencia de los Sueños… ¡Todo va bien! Hoy presiento que va a ser un buen día – dijo satisfecho Teo.

– Jo, que aburrido Duende Mayor. Yo lo que quiero es aventuras y salvar a monstruos de malvadas princesas – dijo Seneri mientras empezaba a trepar por torpeza por un tronco.

– ¡Yo quiero cazar gusarajos! – dijo Eneris desviando la atención del frasco y mirando a su alrededor como si lo viese por primera vez.

– ¡No os desconcentréis! No pienso volver a crear el Imagitarro de la nada como la última vez. Esta vez llegamos, destapamos el frasco, hacemos nuestro trabajo y nos vamos – dijo gruñón el Duende Mayor.

Ambos Duendes suspiraron con pesar mientras andaban arrastrando los pies a su destino. Más la vegetación empezó a cambiar sutilmente, sin que ninguno de ellos se diese cuenta. Las luces se fueron apagando poco a poco y los arboles empezaron a adoptar tonos de grises según iba caminando.

– Duende Mayor… – empezó a decir lastimeramente Seneris.

– ¡Silencio! Estoy consultando el Libro de la Sabiduría para ver si me estoy dejando algo – digo concentrado Teo mientras hojeaba las páginas del grimorio.

– Pero es que… el bosque está raro – dijo Eneris temblando ligeramente y abrazando el Imagitarro.

– ¡Vosotros sí que vais a estar raros si no cerráis el pico! – les ladró el anciano Duende.

Un grito desgarrador irrumpió en el silencio del bosque y puso aún más de punta sus orejas. Teo levantó la vista con la respiración acelerada y miró a su alrededor.

– ¡Por las barbas del Archimago! ¡El bosque! ¿Por qué no me habéis avisado?

– Lo hemos hecho pero…

– ¡Silencio! ¡Detrás de mí!
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El grupo empezó a avanzar en fila india mientras Eneris y Seneri se tropezaban entre ellos mientras luchaban por colocarse tras su mentor. Siguieron caminando entre la grisácea maleza, hacia el origen del grito. Y entre las hojas de los arbustos, vieron un espectáculo dantesco. Se trataba de un árbol con forma de oso de peluche recubierto de zarzas que lo atravesaban por doquier. En su base, se hallaba un Duende tirado en el suelo con una sombra por encima que resoplaba y gruñía. Cuando se acercaron un poco más, la figura se giró con rapidez y reveló una cara manchada por líquidos multicolores y una sonrisa malévola. El Duende del suelo se hallaba abierto en canal y de él manaba un arcoíris de fluidos y magia que se derramaba por la tierra.

– ¡Oh! Más Duendes. Se me empezaba a abrir el apetito – dijo Defendra, la Caricia de la Ortiga.

– ¡Duende Mayor! ¡Es la Malvada Bruja Defendra! – dijo Seneri adoptando una ridícula postura de boxeo.

– ¡Esta vez no nos robarás el Imagitarro! – dijo Eneris mientras abrazaba con más fuerza el frasco.

– Ay mis pequeños Duendes. La Esencia de los Sueños ya no es suficiente para acallar las voces que susurran en mi cabeza. Antes era lo único que me permitía tener recuerdos bonitos y agradables, pero parece que ya no funciona. No sabéis lo que son siglos de confinamiento en la más absoluta oscuridad. Me hice muchos amigos, con muchos dientes, pero me están empezando a incordiar un poco– dijo incorporándose y secándose la boca con una de sus mangas. Dejó caer el colorido sombrero que sujetaba con la otra sobre el cadáver de su víctima -. Me he cansado de escucharlas, son aburridas. Lo que necesito para que se callen es una magia más pura, más esencial: vuestra energía vital. ¡Os tendré que matar!

– ¡No te saldrás con la tuya, Defendra! Traigo conmigo el Libro de la Sabiduría y en él está la manera para derrotarte – dijo Teo mientras hojeaba frenéticamente el Libro.

– Basta de juegos. Tengo mucha hambre y no pienso dejar que me arruines la fiesta, vejestorio – dijo mientras agitaba la mano. El Libro se cerró de golpe y por más que el Duende forcejeó, no pudo abrirlo-. Además… ¿Tú eres la creación de mi hermano, verdad? ¡Va a ser un placer devorarte! Espero que sepas a caramelo.

Con un grito, Seneris saltó en el aire y trató de atacar a Defendra mientras unas chispas multicolores salían de su mano. Un tentáculo de zarzas cobró vida y azotó al Duende en medio de su salto, lanzándolo dando tumbos por la vegetación con patéticos ruidos de bocina.

– ¡Seneri! ¡No! Me las pagarás – dijo Eneris dejando el Imagitarro en el suelo y ajustándose el sombrero en la cabeza. Agitando los brazos como una posesa, corrió hacia la Bruja. Esta empezó a reírse a carcajadas mientras las zarzas brotaban del suelo y aprisionaban a la pequeña Duende, que se escondió dentro del gorro para no acabar aplastada.

– Ahora es tu turno, viejo. Espero que con los años la magia de mi hermano que está en ti no haya perdido sabor – dijo relamiéndose y canturreando la hermana de Aurobinda.

Sus ávidos pasos se vieron interrumpidos por un sombrero púrpura que salió volando de la maleza. El sombrero impactó contra la Bruja y ante todo pronóstico, la lanzó de bruces contra sus zarzas. Lejos de caerse al suelo, el sombrero volvió volando a la mano extendida de su dueño, que se hallaba ahora cerca de Teo.

– Cuanto tiempo sin verla, Ama – dijo el Duende Mayor recién llegado.

– Baufren… – dijo la Bruja, escupiendo sangre de Duende al suelo.
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– Has llegado demasiado lejos esta vez. Y me has obligado a salir de mi exilio – dijo el venerable Duende, manteniendo una pose erguida.

– ¡Uno de mis juguetes quiere jugar! Pensaba que habías huido a otra realidad, te eché mucho de menos Baufren. Me habrías hecho tanta compañía, en la oscuridad – dijo torciendo los labios en un mohín caprichoso- . Ahora disfrutaré mucho comiéndote.

– Me escondí porque no soportaba en lo que os habíais convertido. Hubo una vez que habría sacrificado todo por vosotras, mi familia. Yo fui el que transmitió la receta de la Esencia de los Sueños, para que vuestro recuerdo antes de ser corrompidas nunca se olvidase. Pero no puedo permanecer más en la sombra y dejar que tortures a los míos. Ellos son ahora  mi familia, y aunque me creasteis… reniego de vosotras – sentenció sujetando su sombrero con firmeza.

– Ooooh, ¡Qué discurso tan maravilloso! Creo que no te mataré, te voy a convertir en estatua para poder recordar siempre al juguete que intentó rebelarse. ¡Será divertido! – dijo Defendra mientras empezaba a dar saltitos y salmodiar por lo bajo.

– No subestimes el poder del sombrero de los Duendes. Existen desde mucho antes que vosotras – dijo Baufren escudándose tras su sombrero.

Entre risas, el cuerpo de Defendra empezó a relucir con un verdoso fulgor y una energía crepitante se concentró en sus manos mientras las zarzas se resecaban y descomponían. Concentrando toda su maligna energía, la lanzó contra el Duende que ella misma y su hermana habían invocado tantos años atrás. Pero un grito hendió el aire como un cuchillo.

– ¡Es el momento de Seneri! ¡Podeeeeeer…..DUENDE! – dijo una voz inconfundible.

De entre los matorrales surgió el desgarbado Duende, saltando como nunca lo había hecho y sujetando su sombrero como un escudo para interceptar el rayo de energía maligna. El rayo rebotó contra su cuerpo y salió despedido hacia Defendra, que abrió los ojos como platos y trató de defenderse. Un fogonazo deslumbró el claro del bosque. Cuando la luz se disipó, Baufren pudo ver como Defendra se había convertido en piedra, fijada para siempre en una pose de estupor e incredulidad. El sombrero de Eneris empezó a dar saltos y con un sonoro ¡Plop!, Eneris emergió de él, corriendo hacia su compañero duende.
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– ¡Seneris! ¿Estás bien? – dijo la pequeña Duende preocupada.

– Siento unas cosquillas graciosas en las piernas – dijo con una sonrisa torcida, recogiendo su sombrero del suelo. Sus piernas estaban convirtiéndose en piedra a toda velocidad -. ¡No os olvidéis de abrir el Imagitarro en el portal para que la gente pueda tener sueños felices!

– ¡No! ¡No me dejes sola! ¿Con quién jugaré ahora? – dijo mientras las lágrimas multicolores caían a chorros por la cara de la joven Duende -. ¿Cómo voy a cuidar de Eme sola?

– Tú solo asegúrate que coma mucho y que no se duerma. Y no te preocupes, nunca estarás sola, ¡hay muchos niños con los que jugar! ¡Ah! Tendrás que asegurarte que Duende Mayor Teo no sea tan serio si yo ya no estoy. Se pone un poco pesado con su Libro, pero sólo quiere un abrazo– su voz parecía animada pero sus ojos estaban tristes, sabiendo lo que le esperaba. La piedra iba ascendiendo a toda velocidad por su pecho, dificultando sus palabras –. Dile a mamá que siempre estaré en sus sueños. Ojalá… tuviese… un caramelo.

Y con esas últimas palabras, mientras adoptaba su clásica pose sujetándose el sombrero en la cabeza, su rostro se convirtió en piedra y no volvió a hablar nunca más. Sin embargo, y sin ningún tipo de explicación, el sombrero brilló recuperando sus vivos colores y la estatua empezó  a recubrirse de liquen hasta quedar totalmente cubierta por una alegre vegetación.

Baufren se acercó a Teo y le ayudó a incorporarse. Mirando  fijamente a la estatua de su pupilo, el Duende empezó a pasar las hojas del Libro frenéticamente, mientras balbuceaba palabras inconexas. Baufren apretó los dientes y apartó la vista, colocándose con firmeza su sombrero en la cabeza.

– ¡Duende Mayor Teo! – dijo Eneris llorando, mientras corría hacia su mentor, que se aferraba al Libro y pasaba las páginas por puro reflejo. Sus manos temblaban -. ¡Tú siempre dices que en el Libro está la solución a todos nuestros problemas! ¡Tienes que arreglar a Seneris!

– Lo siento – dijo el anciano Duende, levantando la mirada con los ojos llenos de lágrimas. Parecía más viejo y cansado que nunca -. Por primera vez, no encuentro la respuesta en el Libro.

El Mundo de los Duendes es un lugar extraño, caótico, y con muchas luces misteriosas y multicolores. Pero ese día, una luz especialmente loca y brillante…

Se apagó.