126 – UNA AMISTAD IRROMPIBLE

– ¡Atención a todos! ¿Os acordáis de la vez en la que mi padre se escapó de los Zíngaros que lo tenían prisionero en el Bosque de la Desconexión? Me he inspirado en esa hazaña para hacer un osado plan. Tendremos que seguirlo al pie de la letra.

– Ukho, solo he venido yo. No hace falta fingir que hay más gente escuchando – dijo Zabyty, urgándose la oreja.

El niño suspiró con exasperación mientras señalaba con su espada de madera el burdo mapa que había dibujado en el cobertizo.

– Ya lo sé Zabyty, pero queda mucho más chulo si hablo como si hubiese venido mucha gente. El resto de niños se lo pierden, son unos cobardes. ¡Nosotros en cambio, somos los valientes que escaparemos de este sitio! – dijo alzando un puño al cielo.

– Vale, vale. ¿Y cuál es ese plan? – dijo mirando con atención el resultado de sus extracciones orejiles.

– Mañana es el día en el que la Guardia Real viene a pagar los servicios a Juancho. Es cuando nos obligan a bañarnos, llevar ropa cara y trabajar poco. Él y Bénedi están súper nerviosos ese día, así que tenemos que aprovechar la confusión y huir – dijo señalando con su espada a lo que se suponía que era un dibujo del almacén de grano -. Aquí está el pasadizo que descubrimos el día que luchamos con el maligno Rey Rata, esa terrible criatura con ojos sangrientos.

– ¡Era una rata enorme! – dijo Zabyty temblando. Ese día admiró a su amigo más que nunca al ver como hacía aspavientos con su espada de madera para espantar a la rata de campo.

– ¡Pero juntos somos más fuertes! Y haremos como mi padre: saldremos de ese túnel, que da al pozo seco cerca de la frontera de la finca, treparemos por él y nos escondemos en el bosque, donde nos convertiremos en héroes legendarios – terminó Ukho, cruzándose de brazos y asintiendo con la cabeza, como si ya hubiesen escapado.

– Si nos pillan, nos van a castigar, Ukho…

– ¡No lo harán! Solo tenemos que ser sigilosos como mi padre, como gatos en la oscuridad – le recriminó el chico.

– Siempre cuentas nuevas historias sobre tu padre y yo creo que te las inventas – dijo suspirando Zabyty -. Ninguno de aquí tenemos padres por que si los tuviéramos, no estaríamos trabajando casi como esclavos para Juancho y Bénedi.

– ¡Retíralo! ¡Retíralo! – Ukho se lanzó gritando sobre su amigo y rodaron por el suelo discutiendo como solían hacer. Pelearse era su pasatiempo favorito.

Una chica, de edad similar a los dos inseparables amigos, entró en el cobertizo, mirando a su alrededor.

– ¿Qué hacéis? – preguntó, mirando los garabatos de las paredes, con las manos en la espalda y pivotando el peso del cuerpo de una pierna a otra.

Ambos se incorporaron con rapidez poniendo una cara inocente claramente fingida.

– ¡Nada! ¡Cosas de héroes! – dijo Ukho

– ¡Yo también quiero ser una heroína! Puedo trepar muy alto a los árboles – dijo enfadada Nakali, la hija de los Molineros y dueños del lugar.

– Tu no puedes ser heroína, solo pueden los niños que no tienen a sus papás cerca – dijo Zabyty, ajustándose el sombrero.

Ambos niños echaron a correr entre risas dejando a Nakali con la palabra en la boca, haciendo que se enfurruñase aún más, mordiéndose los carrillos de las mejillas mientras los veía salir corriendo.

Al día siguiente, la hacienda de Bénedi bullía de actividad. Era el único día del año en el que los niños huérfanos del molino podían tener una vida normal, jugar y pasar el rato holgazaneando. Mientras, los guardias de la Reina inspeccionaban todo con detenimiento, acechando cualquier tipo de irregularidad. Siguiéndoles como un perrito faldero, Juancho les atendía solícito a cada una de sus peticiones, frotándose compulsivamente las manos.

Era, en efecto, el escenario ideal para una gran evasión. Es por eso que nadie se fijó en que una pequeña cabeza mal peinada se asomaba al borde del lejano y seco pozo de los confines de la hacienda. Dos niños emergieron de él, trepando trabajosamente.

– ¡Libres! ¡Por fin! ¡Todos los caramelos del mundo son nuestros! – gritó Ukho, levantando los brazos.

– ¡Calla, loco! ¡Nos descubrirán si gritas así! – dijo Zabyty colocándose bien el sombrero.

– Habéis tardado mucho, pequeños diablillos – dijo una voz femenina.

Ambos se giraron en redondo para ver que Bénedi esperaba junto al pozo, de brazos cruzados. Tratando de esconderse detrás de ella estaba Nakali, sujetando uno de los grandes sacos de los Molineros.

– ¡Traidora! ¡Chivata! – le gritó Ukho, lleno de rabia -. ¡Por eso no vas a tener nunca amigos!

– Mi pequeño caramelito sabe que no puede guardarme secretos, ¿Verdad que sí, amor mío? – le preguntó la molinera con una sonrisa aviesa -. Ella escuchó vuestros pequeños planes en los que os escabullíais como ratitas. ¡Con lo que yo os quiero!

Ambos niños fueron retrocediendo contra la valla, pero no tenían escapatoria. Los brazos de Bénedi eran muy largos y la mujer era sorprendentemente ágil para su pequeño tamaño. Los atraparía, como tantas otras veces. Cerraron los ojos aceptando su destino, pero los abrieron al escuchar gritos ahogados.

Nakali había usado el propio saco con su madre. Pero lejos de taparle solo la cabeza, el saco estaba engullendo el cuerpo entero aunque era imposible que cupiese dentro. El saco se quedó en el suelo, retorciéndose mientras de él emanaban gritos sordos de furia.

– ¡Corred! ¡Pronto saldrá y nos atrapará! – les dijo Nakali.

– ¿Y por qué deberíamos confiar en tí? – pregunto Zabyty, mientras trataba de seguirle el ritmo.

– Porque yo siempre he querido vivir aventuras. Porque yo también puedo ser una heroína. Y porque necesitáis a alguien inteligente que os ayude – dijo levantando la barbilla y sonriendo con malicia.

Los jóvenes empezaron a escalar la valla, escuchando a lo lejos gritos de alarma. Los niños que vieron la huida de lejos empezaron a aplaudir y a corear gritos de ánimo. Juancho se deshizo en reverencias ante los confusos guardias de la Reina y echó a correr detrás de los niños.

Nuestros tres valientes héroes corrieron por el bosque entre risas, presas de la emoción y del nerviosismo. Los gritos de sus perseguidores les seguían, rebotando por los árboles del bosque. La luz bañaba la hojarrasca del suelo y hacía difícil esconderse, no había mucha vegetación entre los troncos.

Llegaron a un camino con tan mala suerte que se cruzaron con un viajero que iba comiendo plácidamente una manzana. Trataron de volverse a esconder, pero Zabyty, que iba el último, no pudo frenar a tiempo y cayó sobre sus amigos, derribándolos a todos sobre el polvoriento camino.

– Vaya vaya. Qué tenemos aquí. ¡Niños perdidos! – dijo Drawets, el pícaro, mientras mordía la manzana llenándose la boca de pulpa. No parecía sorprendido ni interesado por lo que estaba viendo.

– Señor, tiene que escucharnos. Estamos huyendo de gente malvada que quieren evitar que seamos héroes – dijo Urkho con gran seriedad.

– Bueno, y trabajar para siempre en su molino – aclaró Zabyty.

– Por favor señor, no nos delate – dijo Nakali con cara de tristeza.

Drawets los miró de uno en uno, deteniéndose extrañado al mirar a Ukho. Pese a su aparente nulo interés, asintió y dando otro bocado a la manzana dijo:

– Está bien. Vamos, corred, ¡escondeos detrás de ese árbol!

Al poco rato, los molineros irrumpieron en el camino en el que Drawets les estaba esperando apoyado inocentemente en un árbol.

– ¡Ah! ¡Eres tú, al que llaman Drawets el pícaro! – dijo Juancho, tratando de recobrar el aliento y sujetando con las manos tensas el saco.

– ¡Así es! Me alegro que mi fama llegue hasta estos lugares recónditos.

– ¿Has visto pasar unos niños? – pregunto Bénedi, mirando hacia los lados.

– ¡No he visto ni un alma en este bosque! Y es una lástima porque con mi belleza extrema y el día  tan hermoso que hace para cantar… ¿No queréis cantar conmigo? ¡Hoy comámos, y bebamos y cantemos, y folgemos…! – exclamó cantando, alzando los restos de la manzana como si fuese una copa.

Ambos molineros lo miraron con una torva mirada y se giraron hacia el camino. Drawets tenía fama de ser un charlatán, un embustero y un bromista. No iban a perder tiempo con él. Tras intercambiar un par de gruñidos, ambos se apresuraron a recorrer el sendero hasta desaparecer de la vista del pícaro y de su cantinela.

– Ya podéis salir. Se han ido – dijo dándole otro bocado satisfecho a la manzana -. No saben apreciar el arte de un posible poeta.

Ukho cayó como un fardo de la rama de un árbol. Los otros dos niños se asomaron por detrás del tronco.

– ¡Gracias, señor! Cuando escriban historias sobre nosotros seguro que hablan de la ayuda que nos ha brindado – dijo Ukho mientras se incorporaba, echándose ese harapo al que llamaba capa a la espalda

– Anda pillastres, desapareced de aquí, que bastante herido me siento por ser llamado “señor”. Y recordad: los adultos no son de fiar y con vuestra astucia podréis conseguir todo lo que queráis.

Mientras los niños agitaban las manos despidiéndose y desapareciendo entre la espesura, Drawets se quedó pensativo. Recordaba sus tiempos como huérfano, con su hermana, robando lo que podía por las calles de Instántalor. Fue una época oscura, pero añoraba la vida sencilla y el brillante poder de la amistad. El chico de la espada de madera le recordaba tanto a él a su edad, fingiendo ser fuerte y queriendo proteger a sus amigos. “Ya aprenderá cómo es la vida en realidad” pensó tirando la manzana a la espesura. “El Titán sabe que yo lo hice”

125 – LA NUEVA IMPROMAGIA

La Torre de Skuchaín era una antigua construcción erigida por el propio Theodus y sus hermanas, pero los cimientos pertenecían a antiguas ciudades de los antepasados de los Nómadas, antes de que estos se abandonasen a la vida del desierto.

Sus irregulares pasadizos y cámaras ocultas eran usados para guardar víveres no perecederos para situaciones de extrema necesidad, pero nadie llevaba un recuento real de cuántas salas y recovecos podía tener la base de la torre.

Una de esas salas estaba siendo usada para unos fines cuestionables. Los gritos emergían por la entrada de una pequeña habitación, imperiosos y un poco chillones.

– ¡Rápido, rápido! ¡Completa el círculo! ¡No tenemos tiempo!

Dos pequeños Impromagos se movían trabajosamente, con velas en las manos y tizas de colores, pintarrajeando el suelo con extraños símbolos.

– Trai, creo que esto es un poco peligroso. Nunca nadie lo ha intentado – dijo refunfuñón Grahim, mientras trataba de dibujar una línea recta mientras el sudor le resbalaba por la frente.

– ¡Justamente por eso debemos hacerlo! Me he estudiado todo el ritual de invocación de los duendes y sólo he tenido que hacer unos pocos cambios. Tuve que usar los los apuntes de Sirene para algún apartado complicado, pero ya lo tengo todo super claro – dijo Trai, la jóven Impromaga, satisfecha.

– Pero el ritual era para invocar duendes, no para alterar a Pelusón – le recordó su compañero.

En el centro del círculo, dormitaba Pelusón, un Gnomo del Polvo. Estas esponjosas criaturas sólo existían Skuchaín. Los Eruditos afirman que esto es debido  a la exposición del polvo a las irradiaciones mágicas de la Torre, dando lugar a una nueva y extraña vida. Los Gnomos del Polvo eran como los roedores de cualquier casa: inofensivos y domesticables. No era extraño ver como muchos de los alumnos habían adoptado uno como mascota; al fin y al cabo, eran extrañamente resistentes a la magia y fácilmente reemplazables.

– ¡Haremos de Pelusón la criatura mágica terrorífica más super guay! – dijo Trai con los ojos brillando de la emoción -. Podrá volar, echar rayos por los ojos y comerá hortelanos para volverse más grande y fuerte.

– ¡Eso va en contra de la naturaleza! Además, ¿Y si nos come a nosotros? – dijo Grahim entre el enfado y el miedo.

– ¡Pamplinas! ¡Mi hechizo es perfecto! – dijo Trai terminando el círculo -. Muy bien, vamos allá. ¡Convoquemos al Monstruo Pelusón de la Destrucción del Mal!

– No me gusta el nombre. Es demasiado largo.

– ¡Ya verás como es el nombre perfecto cuando lo veas ante tí! Vamos, recitemos el hechizo.

Ambos Impromagos empezaron a salmodiar suavemente, moviendo sus varitas a un pausado ritmo, como si fuesen los directores de una orquesta. Un antinatural viento se levantó e hizo titilar las velas, pero ninguna se apagó. Unas luces multicolores empezaron a dar vueltas alrededor del círculo, haciendo ondear sus capas de Impromagos. La forma de Pelusón comenzó a ondular, como si tuviese un reflejo, aunque él seguía plácidamente dormido. Las sombras se modificaron en las paredes, desdibujandose y adoptando un cariz irreal. El viento arreció, amenazando con ahogar las voces de los jóvenes Impromagos y la sombra de Pelusón creció en la pared, desarrollando cuernos de aspecto peligroso y lo que parecían patas con garras. Las luces pasaron a ser un huracán multicolor que despedía chispas y removía el polvo de toda la sala.

Pelusón abrió los ojos de repente, mirando a su alrededor confuso. La sombra de la pared se incorporó, llegando casi hasta el techo. El hechizo estaba cerca de su final, pero una mota de polvo entró por una de las branquias de su cuello y empezó a estornudar con fuerza. Grahim la miró nervioso y se confundió con una de las palabras del hechizo. El tornado multicolor se tambaleó y se estrelló contra la pared, haciendo añicos la sombra y apagando todas las velas de golpe.

Entre toses, Trai volvió a encender las velas, mirando con desagrado el estropicio. Pelusón se hallaba tranquilamente mordisqueando una vela, con la mirada ausente.

– ¡Casi morimos! ¡Iba a ser gigante y super terrorífico! – dijo Grahim con los ojos muy abiertos.

– ¡Te lo dije! Tenemos que volver a intentarlo, poniéndonos máscaras o algo para que no nos haga toser el polvo – dijo con un mohín Trai, mirando el destrozo.

– ¿Qué es todo esto? ¿Tratabais de invocar una criatura? ¡Eso va contra los Estatutos de la Torre! – dijo una voz desde el dintel de la puerta.

Ambos alumnos se giraron con cara de espanto , removiendo los pies en el suelo.

– Lo sentimos Félix  – respondieron a coro los dos niños, de una manera casi automática.

El Erudito  miró a su alrededor y dijo con un resoplido:

– Es un muy buen círculo de invocación y me gusta los cambios que habéis hecho en las runas de contención. Pero aún así, está prohibidisimo. Recordad que la última invocación fallida se comió una de las mesas del Gran Comedor y tuvieron que cazarla todos los Prefectos. Estos pasillos pueden ser muy peligrosos.

– Sí, Félix  – dijeron ambos mirando al suelo, aunque Trai intentó disimular una sonrisa de orgullo.

– Luego os llegará una misiva con vuestro castigo. Por ahora tenéis que subir a la planta principal, tienes tu visita anual, Trai – dijo con voz extrañamente amable Félix.

– ¡No puede ser! ¿Era hoy? ¡Se me había olvidado! ¡Corre, acompáñame, Grahim! – dijo Trai echando a correr y tirando de la manga de su compañero.

Corrieron por los oscuros pasillos hasta emprender las escaleras que llevaban a la planta principal de la Torre. Cruzaron grupos de Impromagos que iban atareados a sus diferentes asignaturas y duendes que realizaban cabriolas y todo tipo de trastadas hasta llegar a la entrada principal.

Trai se detuvo resoplando y trató de colocarse bien la capa y darle una cierta forma a su pelo.

– ¿Cómo estoy? ¿Estoy bien? – preguntó ansiosa.

– Sigues con tu cara de pez de siempre. Y estás sudada – dijo más refunfuñón que nunca Grahim.

– ¡No soy un pez! ¡Soy medio Tritona! Y me lo dice el salvaje que va siempre descalzo.

– ¡Los zapatos me aprietan y no me dejan sentir la piedra! – le gritó Grahim.

– ¿Estás enfadado conmigo? – preguntó extrañada su amiga.

– Sí. Bueno, no. Estoy enfadado porque viene tu familia a verte – dijo cruzándose de brazos y evitando mirarla.

– Bueno, mi padre me viene a buscar una vez al año para llevarme con mi madre. El es un super marinero y su trabajo es descubrir nuevas tierras y ella es una Tritona super importante del reino bajo el agua – dijo emocionada, olvidándose el enfado.

– Pues eso, al menos les ves una vez al año y son padres increíbles. A mí nunca me viene a ver nadie – dijo apesadumbrado Grahim, con los ojos humedecidos -. Seguro que la gente de ese molino solo me echa de menos porque ya no puedo cargar sacos con la ayuda de la impromagia.

– ¡Tú eres mucho más útil que todo eso! ¡Eres el mejor amigo que he tenido nunca y el año que viene, te llevaré conmigo y viajaremos en barco y te enseñaré todo lo que hay sumergido bajo el agua! – dijo su amiga, agarrándole de las manos.

Grahim levantó la mirada con timidez, sintiéndose un poco incómodo con el contacto.

– ¿De verdad harías eso por mi? Nunca nadie hace nada por mí – dijo el joven Impromago, olvidándose de su enfado.

– Somos amigos y lo vamos a ser para siempre. ¡Haré eso, y mucho más! Mientras no esté, estudia cómo podemos hacer de Pelusón un monstruo aún más grande y super chachi. ¡Hasta pronto! – exclamó Trai mientras echaba a correr hacia James Fox, que la abrazó levantándola en volandas.

Grahim les vió partir cogidos de la mano con tristeza. Pero a la vez, notaba algo cálido en el pecho: Era el calor de la amistad.

124 – UN MATRIMONIO PERFECTO

La Comarca de Azarcón es el la utopía del campo hecha realidad: los llanuras fértiles que relucen con gran verdor, las cercas bien afianzadas delimitan los campos con meticulosidad y los senderos recorren los bosques con civilizada simetría. Todo es bucólico, pacífico y campestre hasta un punto que muchos ciudadanos de Instántalor prefieren rechazar las comodidades que les proporciona la ciudad para ser saludados por el suave trinar de los pájaros.

Todo mantiene una apariencia de paz y armonía, incluso en los lejanos molinos de Bénedi Turuncu, hermana de la famosa Ébedi, la dueña de la Taberna Dos Jarras. Se dice que ambas hermanas tienen el monopolio de la cerveza: una recoge la materia prima y la otra la macera y la vende para gozo de todos sus clientes.

Mas hay un secreto oscuro que permite el florecimiento del negocio de Bénedi. Y es que hay un constante ajetreo alrededor de los molinos, lejos de las miradas de los viajeros y curiosos.

Don Juancho entró en la gran cocina por la puerta trasera, andando trabajosamente, con el saco a cuestas.

– ¡Buenos días, luz de mi vida! – dijo el molinero con una radiante sonrisa.

– ¡Ay cariño, qué alegría verte por fin! ¿Encontraste pajarillos heridos a los que ayudar? – dijo ansiosa la mujer.

– ¡Así es, amor mío! Solo esperan tus cariñosos cuidados – contestó sujetando el saco por el las costuras y agitándolo como si fuese una vulgar alfombra. De su interior salieron rodando media docena de niños y niñas, tosiendo y quejándose. Estaban cubiertos de mugre y miraban a su alrededor confusos, hechos una maraña de bracitos y piernas unos sobre otros.

– ¡Ay! ¡Pobres! ¡Qué sucios están! – dijo Bénedi, tratando de limpiar el polvo de sus caritas con un pañuelo.

– Trabajaban para una panda de pícaros, fingiendo enfermedades y aprovechando la pena que provocaban para cortar las bolsas de sus buenos samaritanos. Aquí descubrirán lo que es el trabajo honrado – dijo Juancho, poniendo sus brazo en jarras, sonriente.

Los niños empezaron a levantarse trabajosamente, mirando a su alrededor con una mezcla de curiosidad y aprensión.

– ¿Dónde estamos? – preguntó una niña, experta en poner ojos de cordero, enormes y lentamente parpadeantes.

Tenía poco efecto en los molineros.

– En un sitio donde podrás comer y dormir calentita y recibir una educación a través del trabajo y el esfuerzo – dijo Bénedi mientras les quitaba a algunos de ellos los harapos que resultaban insalvables -. Ahora os daréis un buen baño para quitaros los piojos y os enseñaremos donde dormiréis.

– ¡Yo no quiero bañarme! Quiero volver a Instántalor, me esperan mis amigos – dijo un chico con mirada furiosa.

– Aquí estás a salvo, pequeño – dijo Sancho, colocándose en el quicio de la puerta, impidiendo el paso.

– ¡Me da igual! ¡Quiero irme!

Bénedi se arrodilló a su altura y le miró fijamente con una sonrisa bondadosa.

– Verás, pequeño. Aquí vas a encontrar una gran familia donde ser feliz y tener un montón de amigos. Sé que no has tenido padres que te han querido, y nunca has recibido castigo alguno, pero si hace falta, tendremos que hacerlo nosotros. Siempre castigamos con muchísimo amor porque solo queremos lo mejor para vosotros – dijo con una maternal sonrisa, pero con una mirada fría -. Así que yo que tú rebajaría esos humos si no quieres pasar una temporada en el pozo, jovencito.

El niño, acostumbrado a moverse por instinto por las calles de Instántalor, detectó el peligro en la voz de la amable señora y en la posición tensa de su secuestrador. Se rindió y bajo la mirada, evitando el contacto.

– ¡Fantástico! Me alegro que haya quedado claro. Mi encantadora hija os guiará a la parte trasera, donde disponéis de una fuente con palanca para asearos. ¡Aseguraos de frotar bien, pequeñuelos! – dijo risueño Don Juancho -. ¡Nakali! Ven y ayuda a los recién llegados a asearse.

Una niña con trenzas bajó las escaleras a saltitos. Miró de reojo a los niños y disimuló lo mejor que pudo su pena.

– ¡Seguidme! Hay un montón de cosas chulis que tengo que enseñaros – dijo mientras les sacaba por la puerta delantera de la cocina, alejándolos lo antes posible de sus captores.

La pareja de molineros se quedaron solos, mientras Juancho recogía el saco y lo doblaba meticulosamente. Bénedi miró el saco con una  leve a tristeza.

– Ay, nuestro pequeño maguito. Ese saco sin aparente fin fue su mayor obra, y el mejor regalo para todos estos niños. ¡Ojalá respondiese a alguna de nuestras cartas! – dijo con fingido pesar la molinera. En realidad no le importaba tanto, pero le molestaba que no contestase. ¡Con el tiempo que pasaba escribiéndolas!

– A veces, ser buenos padres es hacer cosas sin esperar nada a cambio – dijo con fingida bondad Juancho. Tiraba todas las cartas a una poza cercana en vez de llevarlas a la capital. ¿Para qué molestarse con el chico? Ya no era útil y mejor no atraer la atención al molino.

– ¡Bueno querido! Quiero que sepas que está todo listo para esta tarde. Los niños se han puesto su ropa buena, les he servido gachas y están jugando tranquilamente en el patio trasero. ¡Vamos a causar una fantástica impresión! – gachas y sobras irreconocibles y quizás un poco pasadas. Tampoco era cuestión de tirar la comida.

– Ah, la Guardia de la Reina. Panda de desconfiados. Toda la comarca sabe que este sitio es un paraíso para los niños – dijo Sancho. Cuando su mujer se distrajese con alguna tarea, él mismo pasaría revista a todos los niños. No iba a dejar ningún fleco suelto -. Debemos tener cuidado, los guardias deben verlo todo impecable para que no nos den problemas.

– ¡No habrá problema alguno! Nuestro caramelito vigila que todo vaya bien y seguro que todos se portarán muy bien – respondió Bénedi. Lo cierto es que Nakali le había contado que se estaba planificando una huida esa misma tarde, pero ya lo tenía controlado. No necesitaba a su marido, con lo torpe que es, seguro que lo complicaba todo -. Espero que puedas hablar con los guardias sobre el pago de la anualidad. Ojalá pudiesen ayudar con un poquito más, las cuentas andan un poco ajustadas últimamente, querido.

– Lo intentaré, palomita mía. Pero ya sabes como son: usureros, egoístas y despiadados. ¡No piensan en los niños! – se quejó Sancho. Sabía de buena tinta que su mujer amañaba las cuentas para quedarse con un pico, algo típico de la familia de los Turuncu. Por eso, él cada año regateaba con éxito una subida de la anualidad, quedándose con los beneficios por si surgía cualquier… necesidad.

– ¡Ay amor mío! Tienes tanta mano con los negocios, nadie te iguala – dijo con falsa adulación abrazándolo y dándole un beso. Claro que no besaba como su primer amor; era inferior en todo. Pero nunca se lo diría.

– Al fin y al cabo, nos une la camaradería de la soldadesca. Hablamos de otros tiempos, donde solo tenía que empuñar una espada y todo era más sencillo – le contestó devolviéndole el beso. Realmente, nadie le recordaba. Todo el mundo le daba por muerto y mucho mejor así. Los desertores son vistos como ratas cobardes y despreciados por el ejército, así que usaba sus dotes de sabandija para regatear.

– ¿Acaso hay un matrimonio más perfecto que el nuestro, caballero mío ? – preguntó Bénedi. Esperaba que sí.

– ¡Es difícil describir lo maravilloso que es, margarita mía! – respondió Juancho. Era difícil de describir, sin duda.

 

123 – LA JUSTICIA DEL TITÁN

– El Titán es benevolente, Maese Ravaan. Su luz es la que nos da vida y nos acompaña a lo largo de todo nuestro desarrollo espiritual. El cayó del cielo por nosotros. Conoce la verdad que anida en nuestros corazones y es generoso con los arrepentidos.

La voz suave y monocorde contrastaba vívidamente con la sala de torturas en la que un temeroso hombrecillo se hallaba sujeto con grilletes contra una de las paredes. Diferentes braseros titilaban siniestramente, dispersados por la habitación, con hierros de aspecto peligroso calentándose al rojo vivo. En una mesa cercana, diversos objetos afilados con formas poco agradables esperaban pacientemente a ser usados. Y en medio de la habitación, dos figuras sentadas en sillas miraban fijamente al pobre diablo engrilletado.

– Tengo reuniones importantes, Maese Ravaan. Asuntos importantes que atender y creo que usted desea fervorosamente colaborar. Por lo tanto, y por la gracia del Titán, hable – dijo Inocencio I, El Supremo Benvolente de la Iglesia del Titán. Su porte regio y su sonrisa agradable parecían fuera de lugar.

El prisionero miró nerviosamente los grilletes y se relamió los labios sopesando mucho sus palabras.

– Ante todo, su señoría, quiero aclarar que esto es un profundo malentendido. No sé a qué tipo de acusaciones quiere que responda, pero soy un simple mercader, un ciudadano ejemplar que jamás se ha implicado en nada extraño – dijo con voz zalamera.

– ¿Insinúa acaso Maese Ravaan que el Titán se equivoca? ¿Que el Titán es un ser falible? – preguntó, rápida como un látigo Juana, la Señora de Toda la Verdad. Su figura parecía pequeña al lado de Inocencio, pero su cara era una máscara pétrea sin emociones que podía infundir un miedo casi primitivo en los corazones de los débiles.

– ¡No no, por favor! Soy un gran fervoroso del Titán. Mantuve mi fe incluso cuando el Rey Rodrigo VI  persiguió a los capellanes durante su etapa oscura.

Inocencio I se levantó, como si fuese a dar un sermón ante sus fieles. Pero esta vez, su público era más bien reducido.

– Ah, sí. Los Años de la Locura. Una época triste e innecesaria, un duro capítulo en la historia de la Fé del Titán. El Rey Comosu, cazándonos como a perros por la locura de su sangre. A pesar de llevar la marca del Titán, no fue digno de ella, se convirtió en un hereje. No pudo soportar el peso de ser un elegido.

– A mis oídos impuros llegó el rumor de que se trataba de una venganza por los métodos poco ortodoxos que habían usado ciertos capellanes con él para así poder despertar el poder latente de su interior. Dicen las malas lenguas que sus métodos de aprendizaje fueron casi similares a la tortura – inquirió Ravaan. A pesar de estar en una situación peligrosa, el mercader no podía dejar de lado su naturaleza avariciosa. Cualquier ocasión era buena para conseguir sonsacar valiosa información.

– A veces el Titán debe mostrar firmeza ante sus fieles. Forjar al débil para convertirlo en héroe. Moldear almas para que cumplan su destino. Nosotros solo somos su mano ejecutora. Ahora volvemos a estar en el lugar que nos corresponde, junto a la Corona, colaborando para hacer de Calamburia un lugar mejor y brillante. Esa época oscura ha terminado, aunque conservamos cicatrices de lo sucedido.

Inocencio se remangó el brazo y dejó a la vista unas marcas de feo aspecto que recorrían la piel en un entramado de dolor.

– Yo mismo fui capturado y torturado por los soldados de Rodrigo VI. Esos idiotas trataron de romper mi espíritu, pero mi fe era inquebrantable. No puedo mostrarle las marcas de Juana por cuestión de honor y pudor, pero ella también sufrió su calvario. Pero nos volvió fuertes. Resistentes. Como el acero templado, como una fuerza inamovible de la naturaleza. Ante la tortura, la verdad de cada persona sale a la luz.

La visión de las cicatrices empezó a ponerse nervioso al mercader. Entendía que toda la sala era un farol para ponerle nervioso, pero a pesar de ello, lo estaban consiguiendo.

– Es terrible lo que los hombres pueden hacer siguiendo órdenes. Pero señoría, le juro que no entiendo porque… – empezó a preguntar lastimeramente, antes de ser interrumpido.

– El título de “La Señora de Toda la Verdad” no es un título baladí. Yo soy la boca del Titán, pero ella es los dientes. Yo debo ser benevolente y sabio con todos nuestros fieles, como un dios protector y bondadoso. Pero todo ser supremo tiene que castigar para poder educar a sus fieles. Todo amo tiene que poder morder para dar una lección. Juana, por favor.

Juana inclinó levemente la cabeza y se dirigió hacia la mesa. Empezó a inspeccionar martillos de diferentes tamaños.

– Verá Maese Ravaan, personas piadosas y temerosas del Titán han afirmado que últimamente usted está haciendo numerosos y lucrativos tratos con los bárbaros Nómadas del norte. Se le ha visto reunirse con Arishai, el Escorpión de Basalto y ha recibido en su nueva casa solariega a miembros del clan de la Luna Roja. No solo eso, sino que además, parece que está creando una especie de… liga de mercaderes, que confraternizan muy alegremente con esta nueva salida de negocio.

Mientras Inocencio hablaba, Juana empezó a acercarse con semblante inexpresivo al prisionero, sujetando un pesado mazo entre sus manos.

– Como sabrá, la Reina Sancha ha dictaminado un máximo de intercambios comerciales con los nómadas. No queremos que esos herejes, esos enemigos de la fé del Titán, aumenten su poder económico y militar. Y después del intento de asesinato por parte del antiguo Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores, las ligas y reuniones extraoficiales no se ven con buenos ojos. ¿Se declara usted culpable, Maese Ravaan? ¿Admite haber intentado engañar al Titán, incluso cuando éste le baña y protege con su todopoderosa luz?

– ¡No! ¡Claro que no! ¡Nunca he superado los máximos! Tengo muy claros los aranceles de la Reina Sancha, y aunque mucho más duros y estrictos que los anteriores reinados, soy un ciudadano ejemplar! – gritó nervioso el mercader, viendo como se acercaba Juana con el mazo.

Inocencio movió la cabeza con pesadumbre y alzó levemente una mano. Juana se acercó a su víctima, y con movimientos mecánicos, sujetó un brazo contra la pared. Con un leve gruñido, estampó el mazo contra la mano provocando un horrible crujido, seguido de un alarido de dolor. Juana se desplazó hasta el otro brazo, repitiendo la operación, convirtiendo la otra mano en una papilla sanguinolenta.

Cuando el mercader recobró la consciencia tras su desmayo, notó el palpitante dolor de sus extremidades que amenazaba con derrumbarlo de nuevo. Medio loco por los pinchazos agónicos, susurró entre sollozos:

– De acuerdo. Es cierto. ¡Es cierto! Eran acuerdos muy jugosos, con grandes beneficios. Los negocios no van bien con los aranceles de la Reina, y los nómadas se mostraban muy generosos. Jamás lo hice para perturbar la Paz de la Reina Sancha, solo por avaricia, lo juro por el Titán.

– Mala elección – dijo el Padre Supremo mirándole fríamente, sin rastro de bondad.

– ¿Cómo? – dijo el mercader, tratando de aclarar sus confusos pensamientos.

– Ha jurado por el Titán. Usted, un hereje que adora a los elementos. Un pagano que sigue profesando su fe a fuerzas primigenias y pecaminosas – escupió con desprecio.

– ¿Qué? ¡Un momento, yo jamás he hecho eso! Ya nadie adora a los elementos, es un culto prácticamente olvidado. ¡Ya le he dicho que confesaba los tratos comerciales! – dijo desesperado Ravaan, no entendía nada de lo que estaba pasando. Los tratos con los nómadas…en fín, no le quedaba otra que confesar. Pero ¿Adorar a los elementos? ¿En qué cabeza cabía?

– Sí. Es triste que en estos tiempos de paz vuelvan a aparecer cultos primitivos y carentes de razón, pero cuando no hay conflictos, las malas hierbas prosperan. Es mejor que confiese ahora, o será peor, Maese Ravaan – dijo Inocencio mirándole fijamente.

– ¡Pero qué le digo que yo no he adorado nunca a los elementos! ¡Confieso los pactos con los nómadas! ¡Lo confieso todo, salvo esa absurda herejía! – gritó, histérico, al ver que la Señora de Toda la Verdad se acercaba a él con un hierro al rojo vivo – ¡No! ¡Tenéis que creerme! ¡No!

Los alaridos de dolor rebotaron por las paredes de la habitación durante horas y el olor a carne quemada se intensificó hasta niveles vomitivos. Al fin, los altos mandatarios de la Fé del Titán abandonaron la recóndita sala con una confesión firmada por el Maese Ravaan (y un poco de ayuda de Juana, el pobre tenía dificultades para sujetar la pluma) en la que confesaba haber hecho tratos con los nómadas y además, pertenecer a la impía secta de Adoradores de los Elementos. También quiso confesar absolutamente todo pecado y herejía posible, incluso algunos aún no descubiertos, pero no cabían todos en el pergamino de la confesión.

Mientras caminaban por los lóbregos pasillos del Monasterio Cóncavo, Juana decidió compartir sus pensamientos.

– A veces, que el Titán me perdone, dudo de la veracidad de nuestras confesiones, Padre Supremo – dijo Juana, con semblante inexpresivo.

– Es normal, hija mía. Hay que tener un alma fuerte y misericordiosa para poder extraer la verdad a las ovejas perdidas del rebaño. En mis tiempos, fui confesor de reyes y príncipes y todos escondían una mancha de maldad bajo sus lustrosas apariencias. Yo mismo fui expuesto a innumerables torturas, pero nunca sonsacaron de mí nada más que mi fé, pura y devota – dijo tranquilamente Inocencio, acariciando distraído sus brazos -. Si al final Maese Ravaan confesó ser un hereje, es que en el fondo de su corazón, lo era. No importa las torturas.

– Entiendo. El Titán a veces es misterioso, pero justo – dijo asintiendo lentamente Juana.

– Nunca más lo vuelvas a dudar, hija mía. Nunca.