121 – EL LEGADO DE ÁMBAR

La Comarca de Ámbar se extiende durante kilómetros al norte de Calamburia, alrededor del Palacio de Ámbar. El nombre es un remanente de las antiguas dinastías de los reyes del pasado, de tiempos lejanos que ya sólo los Eruditos recuerdan.

Delimitada por al oeste por la Arboleda de Catch Un-Sum y por el este por la recién construida Puerta del Este, la comarca de Ámbar era una tierra fértil y pacífica, con pequeños poblados de hortelanos y humanos dedicados a la agricultura. Ya no quedaba ni rastro del saqueo de los corsarios durante su asedio y posterior retirada del Palacio.

En una pequeña villa, a medio día a caballo del Palacio, un conjunto de casitas rodeaban una gran mansión de verano, una de las múltiples residencias de la realeza. El ruido del choque de madera resonaba por el bosquecillo que se hallaba en las inmediaciones de la mansión. Bajo la mirada de adustos muñecos de trapo agarrados a palos y dianas para las pruebas de tiro al arco, un jóven estaba recibiendo una lección por parte de su maestro. O más bien, una paliza.

– Demasiado lento. Debes predecir los movimientos de tu oponente  – explicó con firmeza el Capitán Landon, mientras movía una vara de madera como si fuese una serpiente.

Frente a él, un jóven adolescente bastante corpulento lo miraba con las cejas fruncidas en una mueca de profunda concentración. El sudor corría por su cara profusamente, aunque su maestro parecía estar fresco y liviano como una rosa.

– Estoy. Concentrado. Landon – dijo mirando fijamente la punta del palo, hablando lento por el esfuerzo de la concentración.

– ¿Ah sí? ¿Vas a parar este golpe entonces? – la vara de madera se lanzó hacia adelante y mordió los brazos desnudos del chico, provocando un gemido de dolor -. Ya me parecía a mi.

Furioso, el joven cargó hacia adelante, agitando su vara con un frenesí de movimientos descontrolados. Lando los paró despreocupadamente todos, aprovechando para azotar dolorosamente el trasero de su pupilo con un simple paso lateral. El chico aulló de dolor y cayó al suelo, donde se quedó sentado enfurruñado.

– Levántate, chico – dijo su maestro, agitando la vara.

– No quiero. Pelear es estúpido – dijo mientras fijaba la mirada en una mariposa que revoloteaba cerca.

– ¿Es estúpido saber defenderse? ¿Acaso es estúpido tener el poder de proteger tu vida y lo que más aprecias? – Landon McQuaid miró a su pupilo y se impacientó por su plácido carácter. Si las buenas maneras no iban a servir, era hora de pasar a métodos más expeditivos -. Aunque no me extraña que no quieras intentarlo. No quieres avergonzar a tu madre.

El joven, sentado en el suelo, se tensó visiblemente, apretando los puños hasta hacer crujir los nudillos.

– A mi madre no le importa cómo lo haga con la espada.

– Sin duda. Quizás, si fueses diestro con la espada, le importaría – dijo con deliberada sorna Landon.

– ¡ Landon! Déjame en paz.

– Si tanto te molesta, hazme callar, chico – le desafió el viejo capitán, no muy satisfecho con su nueva táctica, pero dispuesto a todo para despertar el potencial del jóven.

– ¡No voy a pelear! ¡No te voy a dar el gusto! – lo miró furioso el joven, agazapado y tenso, listo para saltar.

– Ya me dijo tu abuela que no lo harías. No tienes madera de rey, Sancho I – escupió Landon, poniéndose en guardia.

Con un grito de frustración, Sancho I se incorporó y asiendo la vara a dos manos como si fuese una porra, empezó a atacar a su maestro. Landon volvió a parar todos los golpes, pero tuvo que usar más fuerza que antes. Su alumno no tenía técnica ninguna, pero había algo encendido en sus ojos que lo hacía diferente. Por supuesto, el antiguo capitán había visto antes esa peligrosa luz, una furia berserk que podía tener serias consecuencias y que, extrañamente, sólo había visto al luchar contra salvajes. Pero no pudo seguir analizando tan atípico suceso, porque su pupilo desató una lluvia de porrazos que tuvo que parar como podía.

Sancho parecía imparable y rugía a cada golpe, con sus gritos resonando por el patio. La vara empezó a astillarse por las arremetidas y Landon juraría que una luz emanaba de su pecho, aunque eso era imposible. Un golpe hizo que su vara se partiese en dos y se tuviese que proteger con un patético pedazo de madera. A este paso, iba a superar todas sus defensas, pero tenía miedo de herirlo. Estaba en una situación difícil.

– Pero bueno, ¿Qué estáis haciendo? ¡Sancho, para, porfavor! – dijo una delicada voz.

Sancho se quedó inmóvil a medio golpe, resoplando como un oso. Muy lentamente giró la cabeza con una mirada asesina, pero al ver a la recién llegada, el brillo desapareció y fue reemplazado por su mirada inocente de siempre.

Niobe Klausen dejó su cesta en el suelo para recibir el abrazo del chico, que prácticamente la levantó del suelo.

– ¿Qué ha pasado? ¿Porque estabas peleando como un animal? – preguntó suavemente la sanadora.

– Es Landon. Ha dicho cosas feas sobre mamá. ¿Hoy también traes una tarta de manzana? – dijo Sancho I, mirando ávidamente la cesta del suelo.

– Hoy es de moras, pequeño. Es toda tuya – dijo risueña Níobe, pero mirando de reojo al espadachín que se sacudía el polvo de la ropa.

El chico dio un gritito de alegría y cogió la cesta, retirando con reverencia el paño que la tapaba y sacando con adoración la elaborada tarta casera. La sanadora aprovechó la distracción para acercarse a Landon.

– Eres demasiado duro con el chico. Es mucho más jóven de lo que crees.

– ¡Pues no lo parece! Tiene la fuerza de un gigante pero el carácter de una oveja. Sé que Sancha acudió a mi con gran secretísimo, pero no creo que haya nada que pueda hacerse: los entrenamientos convencionales no funcionan con este chaval.

– Es un chico dulce. Hay que enseñarle de otra manera, nada más.

– Níobe, he entrenado a cientos de muchachos y todos han acabado formando ante mí tiesos como una estaca, coordinados como cualquier engranaje de los Inventores. Este chico es diferente, es casi como… si no fuese lo que parece – dijo con una mirada inquisitiva, como un espadachín que prueba las defensas de su enemigo.

– Es exactamente lo que parece: un adolescente inocente que está creciendo lejos de su madre – explicó con paciencia Níobe, cuya defensa era impenetrable.

– Hay cosas que no cuadran, Níobe. La rabia de sus gestos cuando huele el combate. Su anormal crecimiento. No me mires así, hasta un hortelano podría detectar que el chico está creciendo a toda velocidad. Por no hablar de los rumores de que la Reina Urraca es estéril – dijo lanzando una estocada argumental a la sanadora.

Frunciendo el ceño, ella encajó el golpe, y bajando la voz, susurró:

– Créeme, Landon, hay preguntas que merecen no ser contestadas. Te doy mi palabra que este es un buen chico. Yo misma lo alejé del Palacio por orden de la Reina Urraca para que creciese lejos de la malvada influencia de la corte. Aunque el mundo entero se haya olvidado de él, sólo nos tiene a tí y a mí y a un puñado de sirvientes. Harías bien en quedarte satisfecho con ello y dejar de hacerte preguntas peligrosas.

Landon la miró fijamente sopesando las posibles respuestas y contraataques.

– Pensé que los Sanadores no tomabais partido por nadie, que sólo curabais a los necesitados – tanteó, aunque sabía que esa batalla en concreto estaba perdida.

– Yo estoy ayudando al necesitado, dentro de mis posibilidades. Deberías  centrarte y hacer lo mismo, en vez de buscar satisfacer tu curiosidad a cualquier precio – sentenció dando la conversación por terminada, volviendo con el chico, que ya había engullido media tarta.

Landon llevaba años evitando problemas. Había sobrevivido a diferentes reinados y a innumerables escaramuzas, con una mezcla de habilidad, ingenio y una pizca de intuición. De nuevo, sus tripas le decían que dejase estar todo este asunto y que se limitase a impartir las clases y no encariñarse por el chaval. Pero lo cierto es que le intrigaba toda ese aura de misterio, y no era un hombre que rechazaba un reto de buenas a primeras. Haciendo caso omiso a su instinto, se juró que descubriría la verdad escondida tras la cara de inocencia del chico. Costase lo que costase.

Que gran error.

120 – EL TIEMPO QUE FUE

En los albores del universo, antes de que el mundo fuese mundo y la existencia se abriese paso por la creación, no había nada. Era una nada infinita, palpitante, hirviendo de posibilidades y de universos esbozados. La nada se extendía más allá de cualquier tipo de percepción, cruzando dimensiones, realidades y universos. La nada era todo, y a la vez, no era.

Y de repente, la nada dejo de ser nada. Y simplemente existió.

El pasado fue, y por su simple existencia, el universo y las infinitas dimensiones de realidades iniciaron su largo y eterno camino de la existencia. Al existir un pasado, al retirarse la nada y abandonar al universo lejos de su cálido abrazo, la realidad empezó a existir. El pasado obligó a la realidad a crear vida para poder alimentar su ávida necesidad de tener un origen, y así es como nació el universo: para saciar la sed de un mecanismo imparable.

Es en esta inexorable búsqueda de posibilidades que pudiesen crear un pasado en el que nació el presente. Al contrario que el pasado, el presente no era más que el aire que sostiene el colibrí o el cauce del río que contiene el agua. No tenía ninguna sed ni ninguna necesidad, su único cometido era sostener la existencia, darle un propósito y dejarla fluir hacia su curso natural, el pasado. Gracias al presente, la materia tomó forma, las fuerzas elementales surgieron con rabia primitiva a rellenar los confines del universo.

Y en este caldo de cultivo, en esta olla primigenia de vida y muerte, surgió el futuro. Futuro no tenía la avidez insaciable del pasado ni la neutralidad infinita del presente: el futuro era el caleidoscopio de posibilidades del mañana, la fuente de crecimiento, la búsqueda del propósito. Futuro le dió sentido a la existencia, le dió una razón. Y así es como Pasado, Presente y Futuro, fueron y el universo se creó.

Pero la existencia, en su aleatoriedad y su sinfín de posibilidades, dió a luz a una vida que sobrepasaba el entendimiento del tiempo: las criaturas humanoides. Dotadas de consciencia propia, habían heredado de alguna manera la capacidad de atesorar el pasado, vivir el presente y poder soñar con el futuro. Ninguna criatura viva alcanzaba semejante potencial, e hicieron algo que alteró para siempre el curso de la existencia: hizo que Pasado, Presente y Futuro cobrasen consciencia de sí mismos. Quizás un hecho esté ligado al otro, quizás las criaturas humanoides no son un capricho de la vida sino un remanente inconsciente del tiempo, nunca lo sabremos. Pero el mismísimo tiempo se hizo verbo y adoptó un nombre: Urd, Verdandi y Skuld.

Como entes incorpóreos, se dedicaron a estudiar esos extraños seres pensantes, que no sólo entendían el concepto del tiempo, sino que además lo medían, aprisionaban y explotaban para sus propios fines. Los tres vértices del tiempo bailaban entre la fascinación y la curiosidad etérea al ver como su infinitud cósmica podía verse capturada y disecada de una manera tan banal. Tal fue su fascinación que poco a poco, el ente incorpóreo conocido como tiempo se volvió carne, sufriendo la enfermedad de la humanidad: las emociones.

Adoptaron la forma de tres mujeres encapuchadas, para poder observar el mundo con discreción, pero sólo despertó el principio de un mito. El mito se convirtió en leyenda, y no hay nada como una historia fantástica para impulsar a miles de personas a través de las eras para lograr tener un encuentro con aquellas míticas criaturas conocidas como las Nornas.

Su localización no puede definirse con la simple tinta de un mapa ya que las Nornas, como el tiempo, nunca permanece en el mismo lugar. Su aparición suele ir ligada a la curiosidad y a las personas cuya línea temporal está llena de oportunos matices. De nada sirve suplicar su nombre o implorar piedad: las Nornas son impasibles e inmutables. Solo algo puede perturbar su etérea neutralidad: los diversos intentos de asesinato que han sufrido con el paso del tiempo. La naturaleza humana, esa misma fuente de luz y oportunidades aleatorias que las atrae es capaz de destruirlas. Pero solo su forma física, que vuelven a recuperar tarde o temprano. Su venganza es implacable y justa, como el paso del tiempo. Es por eso que nadie recuerda su rostro: es inmutable y cambiante.

Muchos han acabado topándose con las Nornas, aunque en realidad, son las Nornas las que se han topado con ellos.

Uno de aquellos elegidos fue el joven Illia, que recorría el bosque a la luz de una antorcha con paso firme, mirando a su alrededor impaciente. Pasó por un claro en el que se erigían tres altos dólmenes, tallados y colocados en ese lugar desde tiempos inmemoriales. El joven se detuvo para reorientarse y dió un paso atrás asustado al darse cuenta que las piedras se habían convertido en tres damas de blanco encapuchadas.

– Sois acaso… a las que llaman… ¿Las Nornas?

– Lo fuimos – dijo Urd.

– Lo somos – dijo Verdandi.

– Y siempre lo seremos – sentenció Skald.

– ¡Gracias al Titán! Me ha guiado hasta aquí el gran Archimago Theodus, el consejero real. Al parecer ha acudido a vosotras en el pasado, y esperaba que… – empezó a suplicar Illia.

– Recordamos al Archimago. Y recordamos la caída de su familia – dijo Urd.

– Y recordamos el precio que tuvo que pagar y que seguirá pagando para siempre – dijo Skald.

– ¿Quieres tú pagar el precio de conocer tu destino? – preguntó Verdandi.

– No puedo echarme atrás y estoy desesperado. No soy un guerrero, pero me están empujando a serlo. No le queda mucho tiempo al Rey Rodrigo I, y mi padre pronto ocupará su trono. Muy pocos aprueban esta sucesión y puede que estalle una guerra civil. Temo tener que luchar contra mi propia familia. Yo sólo deseo estar con mi amadísima Cassandra…

– ¿Deseas saber cuál es tu futuro, joven con la sangre de reyes? El simple hecho de saberlo podría cambiar la propia realidad – dijo Skald.

– ‘¡No me importa! Yo… no puedo dejar de tener terribles pesadillas en las que me alejo de Cassandra y caigo en un abismo sin fin. Ansío la paz y la tranquilidad.

– Has tenido una vida cómoda y tranquila, llena de lujos y caprichos. – recordó Urd.

– Estáis pisoteando las oportunidades que os brinda Rodrigo I con vuestra pasividad y acomodamiento – sentenció Verdandi.

– Y recogerás el fruto de lo sembrado muriendo por tus heridas después de la futura guerra que tanto temes – finalizó Skald sin ningún rastro de emoción.

El silencio recorrió el claro acompañado de una leve brisa. La antorcha chisporroteaba en la mano de Illia.

– ¿Cómo? ¿Me estáis diciendo que voy a morir por culpa de una estúpida guerra civil? ¡Lo sabía! ¡Sabía que un destino aciago me esperaba! ¿Hay alguna manera de impedir este trágico final? Oh, Cassandra…

– Hay una manera. Siempre la hay. Pero hay también un pago – dijo Urd.

– Los humanos nunca consideráis el pago. Pero es elevado – recordó Velandris.

– La consecuencia de esta decisión te provocará una pérdida de memoria. Vivirás, pero no como te imaginas y sin recordar tu pasado.

– ¿Lo olvidaré todo? ¿Incluso mi amor por Cassandra? – preguntó relamiéndose los labios, sin creerse todavía que estaba negociando por su vida.

– Así es. Ella misma te salvará la vida, a un muy alto precio.

– ¿Morirá? – preguntó con voz temblorosa.

– No, no morirá. Pero anhelará la mortalidad, como una abeja anhela la miel.

– Nada podrá superar nuestro amor. Si mi decisión nos permite sobrevivir a ambos, todos precio me parece pequeño – dijo con fingida decisión, aunque la duda aleteaba a su alrededor. Lo cierto es que le aterrorizaba morir.

Las tres damas se cogieron por las manos y las alzaron hacia la pálida luna. Una a una, pronunciaron una terrible profecía.

– El pasado es inmutable, y a pesar de ello, un joven acomodado ha decidido luchar contra su destino. Pero el universo es y fue, por lo que no se puede huir del destino – dijo Urd.

– Pero sí que se puede elegir el camino que lleva hacia ese destino. Y el joven ha elegido el camino del sufrimiento y el olvido para esquivar el beso de la muerte – dijo Verdandi.

– Su amada compartirá la carga y pagará los intereses de esa decisión, mientras su amado sin recuerdos ayudará con sus propias manos a los inocentes – finalizó Skald.

– Lo que fue, será, y lo que ha sido, morirá – exclamaron las tres con un fogonazo de luz. Illia cerró los ojos con fuerza, y cuando logró abrirlos de nuevo, tres piedras silenciosas se erigían en el centro del claro.

Illia se arrebujó con fuerza en su capa, tiritando a pesar de que la temperatura era agradable. Sabía que su amada podría con todo, y no le importaba pasar su existencia ayudando a la gente con tal de evitar la muerte. Pero le inquietaba el hecho de que fuese Cassandra quien pagase los intereses de esta decisión.

Los mortales solían menospreciar el pago por conocer su porvenir. Pero todas y cada una de las veces, era mucho mayor que la primera opción que les tenía deparado el destino. Y ésta en concreto, marcaría el futuro de Calamburia y del propio Inframundo.

119 – EL NUEVO MUNDO

La tormenta zarandeaba el navío como un gigantesco niño enrabietado. Había tomado por sorpresa a la pequeña tripulación y ahora luchaban por sus vidas, tratando de aferrarse a cualquier superficie que no pudiese ser arrancada por el oleaje. Solo una figura se mantenía erguida entre aquel caos marítimo:

El Capitán.

Estoicamente plantado en la cubierta, parecía una poderosa roca, un pilar erguido orgulloso ante la ira desatada de los elementos.

– ¡Vamos, marineros de agua dulce! ¡Arriad las velas, o el viento las desgarrará! ¡Que alguien suba al palo mayor! ¡Señor Perkins! ¡Venga aquí! – ladró con fiereza Walter Kennedy, el capitán del barco.

Un marinero se acercó a él, aferrándose a cualquier obstáculo que se interponía en su camino para ganar en estabilidad.

– ¡Señor, ese no es mi nombre! Me llamo… – intentó gritar el marinero mientras su voz se perdía en la tormenta..

– ¡Lo que sea! ¡Alguien tiene que subir ahí arriba y arriar esas condenadas velas!

– Con el debido respeto, creo que nadie se va a atrever a subir ahí arriba con el tiempo que hace. Señor.

– ¿Cómo, Perkins? ¿Un motín en mi propio barco? ¿Lo voy a tener que pasar por la quilla? ¡Baje ya esas condenadas velas!

De lo alto de los mástiles sonó un estremecedor crujido y el palo mayor se partió en dos, lanzando una nube de cuerdas, maromas y fardos de vela sobre la cubierta. El capitán y el marinero fueron sepultados por una maraña de tela y desperdicios, de la que salió Walter rasgando y cortando con su espada como si estuviese poseído.

– ¡A las armas! ¡Nos atacan! ¡Cargad los cañones y las culebrinas! ¡Sangre y fuego! – gritaba mientras su sombrero chafado le tapaba la cara.

– Señor, ¿Cuenta esto como bajar las velas? – dijo el marinero, emergiendo de entre los restos, dando gracias al Titán por seguir vivo.

Walter miró a su alrededor, con sus ánimos desinflándose por momentos. Su padre siempre le dijo que la apariencia era lo más importante, y que no importaba la calidad de la tela: al final los incultos y patanes solo se fijaban en los bordados de la alfombra. Y eso intentaba hacer él, relucir como el más épico de los bordados, aunque cada vez se encontraba más mojado y dificultaba el asunto de parecer glorioso.

– Un día de estos, te pasaré por la quilla. ¡Te obligare a pasar por ese tablón a punta de espada!

– Señor, me da a mi que no sabe muy bien dónde está la quilla.

Y efectivamente, no tenía ningún tipo de idea de qué era la dichosa quilla. Ni dónde estaba el barlovento ni qué demonios eran los contretes. Cuando negociaba con marineros en el puerto, admirando embobado a los barcos y pidiendo que le dijesen el nombre de cada elemento, nunca memorizaba los nombres. Eran palabrejas que sonaban a marineril, a aventuras y hombres y mujeres sin miedo a su destino.

– Perkins, yo no puedo saberlo todo. ¡O sino, estaría desafiando al propio Titán!¿Y quieres que lo desafíe, Perkins?

– No me llamo Perkins, Señor.

– ¡Pues eso mismo! Voy a ver cómo nos saco de este desastre. ¡Yo nací en una tormenta, no temáis, grumetillos! Os guiaré hacia tierra firme.

Mientras el capitán sacaba un recargado catalejo, los marineros cercanos agitaron la cabeza con pesadumbre. Todos sabían que no era un lobo de mar, sólo se trataba de un burguesito vendedor de alfombras que había vendido todas sus pertenencias para comprarse un barco. Lo único que había evitado el motín y que lo pasasen por la verdadera quilla, es que Walter Kennedy parecía un hombre afortunado. Habían sobrevivido a tormentas, dejado atrás a navíos pirata, y todo gracias al optimismo suicida de su capitán. Su lógica desafiaba cualquier estrategia naval y permitía encontrar soluciones a problemas que parecían irresolubles. O quizás, simplemente, estaba loco de atar.

Por eso a nadie le extrañó cuando, agarrado a los restos del palo mayor, empezó a gritar como un descosido:

– ¡Tierra! ¡Tierra a la vista! ¡Tenemos a los Elementos de nuestro lado!

Era un don. Un don de la inconsciencia.

El timonel activó el motor de emergencia, un prototipo de los inventores que permitía al barco avanzar sin vela mediante tracción humana (esto es, con sudorosos marineros corriendo en una rueda en las profundidades del barco). Se fueron acercando hacia lo que efectivamente parecía una costa castigada por un implacable clima. Las olas, embravecidas, amenazaban con lanzar el barco contra la playa.

– ¡Señor, no puedo acercarme más!

– ¡Haremos el resto del trayecto remando! ¡Echad el ancla!

Mientras el gigantesco armatoste de hierro caía hacia las profundidades marinas, la tripulación se afanó en bajar los botes. Walter saltó gallardamente en uno de ellos mientras lo bajaban, pero el bote gritó de manera un tanto afeminada.

– ¡Por la espina del Leviathan, cuidado! ¿Es que un hombre no se puede echar una siesta tranquilo? – replicó una voz, escondida bajo los fardos del fondo del bote. Una cabeza malcarada se asomó de entre las telas, mirando a su alrededor dolorido.

– ¿James? ¿Pero por todas las ánimas del Inframundo, qué haces aquí?

– ¡Pues echarme una siestecita, capi! ¡Un hombre necesita descansar!

– ¿En medio del fin del mundo? ¿En medio de una tormenta de la que contarán leyendas?

– No se pase capi, que las he visto peores. Es que verá, a mi las tormentas me dan un sueñecito…

– James, estamos en una misión importantísima. ¡Si logramos descubrir que hay tierras más allá de Calamburia, la Reina Sancha nos financiará la armada mayor que ningún mortal ha soñado crear!

– Bueno, visto la manera de la que nos despachó, dudo mucho que esté tan entusiasmada como nosotros.

– Lo estará cuando vea este descubrimiento. ¡Alzate del fondo de ese bote, hombre! ¡Y contempla…un nuevo continente!

James Buen Chico Fox se levantó del zarandeado bote, que iba remando de ola en ola hasta la costa. Sus ojos se agrandaron de la sorpresa al ver aquella ignota costa, con suculentos secretos, botines y nuevas tierras que descubrir.

– ¡Lo hemos logrado, capi! ¡Un nuevo mundo! Aunque es diferente a cómo la vi yo en su momento. Esta me resulta más familiar – dijo con aire pensativo.

– Es la familiaridad de lo desconocido, amigo mío. ¡El destino nos espera! – dijo mientras ponía un pie en la proa del bote. Una ola estuvo a punto de derribarlo, pero Fox lo agarró en el último momento y lo volvió a colocar en su sitio.

Dejaron los botes en la playa y se adentraron en la arboleda que había más allá de las lindes de la playa. Según exploraban  el bosque, la tormenta empezó a amainar con sorprendente rapidez. El pequeño grupo de mojados marineros siguió adentrándose más y más en el bosque, hasta que parecieron cruzarlo y emergieron al otro lado. Campos de cultivo cuidadosamente vallados se extendían por un vasto valle, mientras el sol asomaba tímidamente por las nubes.

– ¡Una tierra fértil! ¡Domada por una misteriosa civilización! Debo decir James que algunas veces he dudado de ti. En mis momentos de mayor debilidad, he llegado a pensar que aquello que viste no fue una tierra exótica, sino delirios de marinero, como tu romance con una tritona. Pero ahora que veo esta tierra rica de promesas… – declamó el Capitán, visiblemente emocionado, al borde de las lágrimas de orgullo.

– Capi… – empezó a decir James tirándole de la manga.

– …¡Siento que todo es posible! ¡Que todas las leyendas son ciertas! ¡Que el mundo entero está a nuestro alcance! Ah, sí mi padre pudiese verme ahora…

– ¡Capi! – interrumpió más insistente, tirando con fuerza de la manga.

– ¡No interrumpas mi discurso, hombre! ¿Por donde iba? ¡Ah, sí! ¡Si mi padre…!

– ¡Oiga usté! ¡Se puede saber que haceis pisandome la descendencia?

El Capitán se giró con un rictus en el rostro al reconocer el acento. Un hortelano muy enfadado se acercaba agitando una hoz en actitud violenta.

– ¿Se creen que puede ir por ahí estropeando el trabajo de la gente honrá?

– ¿Cómo? ¿Hay hortelanos en el Nuevo Mundo? ¡Menudo descubrimiento!

– ¿Qué Nuevo Mundo ni qué puñetas? Estas tierras pertenecen al condado de Sí A Huevo de Abajo. ¡Y si no sus vais ya, llamo a la guardia de los Von Vondra a que os den una paliza!

– Le estaba intentando avisar, Capi. Que todo esto me sonaba un poco. La tormenta nos habrá desorientado un pelín.

Walter Kennedy vio con impotencia cómo sus marineros se daban la vuelta y volvían para el bosque, rezongando entre dientes. No solía dejarse vencer por el pesimismo, pero acababa de encajar un duro golpe.

– ¿Crees que lo lograremos, James? ¿Crees que un día descubriremos algo que haga historia? – dijo apesadumbrado, mientras seguía a sus hombres, hundiendo sus manos en los bolsillos de su chaqueta.

– Como que me llamo James Fox, Capi. El mundo está ahí fuera. ¡Yo lo ví, se lo juro! ¡Con estos ojos! Nosotros lo demostraremos. ¡Y las mozas alabarán nuestros nombres!

Walter se animó notablemente. Y resurgió el Capitán.

– ¡Sí! Es solo una cuestión de tiempo. ¡De tiempo, arrojo y valentía, James!

Y así fue como los futuros Colonos de Calamburia desandaron sus pasos y trataron de arreglar su barco lo mejor que podían para partir hacia nuevas aventuras.

118 – LA MEMORIA DEL BOSQUE

Los árboles recordaban.

No en un sentido estricto de la palabra, ya que los árboles no entendían el tiempo tal y como lo hemos troceado y compartimentado los humanos, pero entre sus anillos milenarios y sus ramas llenas de sabiduría, reposa el paso de las eras.

En la linde del bosque, un roble recordaba. Recordaba una época en la que Elfos y Salvajes coexistían en armonía, bajo el mandato del Titán. Tras la expulsión de los Hijos del Dragón de la superficie de Calamburia, los Salvajes se habían vuelto una fuerza sin control que debía ser dominada.

Los Elfos fueron creados por el Titán moldeando la realidad junto al barro y la vegetación de la mismísima tierra. Fueron tres los estamentos de Elfos que establecieron su residencia en la copa de los árboles: Los Elfos Arcanos, diestros en la magia, los Altos Elfos, diestros en la lucha y las leyes y los Elfos Sapientes, expertos en todas las áreas del saber.

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Desde lo alto de sus hogares, los elfos bajaban a la tierra de Calamburia para instruir a aquellas hordas descontroladas traían calma a sus corazones. Los Altos Elfos crearon los duelos individuales y un sistema de leyes y castigos, para canalizar la ira de los Salvajes. Los Elfos Arcanos trataron de encauzar las habilidades mágicas innatas de algunos miembros de las tribus. Los Elfos Sapientes formaban a los Salvajes más apacibles en todas las disciplinas posibles, para que extendiesen su legado.

Poco a poco, los Elfos fueron agotando su esencia mágica al ver su propósito casi alcanzado. De manera paulatina, como una flor marchitándose, se fueron alejando de sus hogares, introduciendose en el bosque para convertirse en árboles que crecerían con vigor con el paso de los siglos, por encima de sus congéneres arbóreos.

Durante cientos de años, aunque los Elfos hubiesen desaparecido misteriosamente de la faz de Calamburia, los civilizados Salvajes seguían acudiendo a la Arboleda de Catch-Un-Sum, donde los árboles palpitaban de poder y parecían susurrar palabras de aliento a sus visitantes. Pero con el paso de los años, incluso esa costumbre se olvidó. El último hombre que acudió a rendir sus respetos a las antiguas leyendas fue el Rey Rodrigo I. El árbol lo recuerda arrodillado entre sus raíces, suplicando al Titán y a los Elfos que le diesen fuerzas para unificar Calamburia.

Con un temblor en las ramas, el árbol recordó cuando fue mancillado por primera vez por un zíngaro. El mismísimo patriarca Arnaldo posó su mano contra su corteza y le sorbió su vida hasta casi matarlo. Fue una época oscura, en la que los zíngaros amenazaron con ahogar al bosque hasta que entendieron que tenían que ser más cautos con su nueva fuente de poder.

El roble recordó los diferentes combates y escaramuzas que se dieron a las lindes del bosque, en el que el Reino de Instántalor trataba de ahogar a su vecino del norte, hasta finalmente anexionarlo a él y a su Palacio de Ámbar. Trató de ocultar algún herido entre sus raíces, pero fue inútil. Todos acababan muriendo.

En uno de sus numerosos anillos, está la marca del combate entre Arnaldo y Theodus, un enfrentamiento que desenraizó a muchos de sus congéneres y del que salió milagrosamente indemne. Theodus cayó, muerto y vencido y la misma tierra lloró su pérdida. El árbol notó como todas las criaturas que vivían en su interior sollozaban de dolor. Quizás por esa razón la tierra misma dió una segunda oportunidad a Theodus, aunque no como él habría esperado.

Un trajín de personas y criaturas se adentraron y salieron del bosque con el paso de las eras, pero pocas atrajeron tanto su atención como la cruel Reina Urraca. El árbol supo que el paquete que tenía bajo los brazos contenía una pócima que cambiaría el destino de Calamburia.

Incluso cuando el árbol pensó que ya nada podía sorprenderlo, el mundo lo hizo. Una mañana se encontró con un niño llorando entre sus raíces. Trató como pudo de consolarlo con sus hojas y el vaivén de sus ramas, pero era imposible. Por suerte, dos amables molineros se lo llevaron para darle un feliz hogar.

Ninguna de esas cosas hizo que el árbol despertase de su vigilia somnolienta. Presenció todos esos sucesos como a través de una ventana, con el sopor de alguien que lucha por no dormirse. Sus pensamientos eran lentos como la melaza y su sentido del propósito se hallaba diluido en lustros de existencia. Pero un buen día…. abrió los ojos.

El gigantesco roble tembló y sus ramas vibraron con fuerza. Un ejército de ardillas y pequeños roedores bajaron a toda velocidad por su tronco. Docenas de pájaros echaron a volar con frenesí de su copa. Dos familias de conejos tuvieron que salir apresuradamente de entre sus antiguas raíces para buscarse otro hogar. El árbol empezó a encoger a una rapidez endiablada, como si estuviese siendo succionado por la tierra misma. Ya no había un árbol. En su lugar, un Alto Elfo parpadeaba lentamente mirando a su alrededor.

A su lado, un delicado sauce empezó a temblar y pasó por la misma transformación. Una Elfa Arcana miró a su alrededor con calma, a través de ojos centenarios que lo habían visto todo.

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– Han sido muchos años, Níniel – saludó con tranquilidad etérea el Alto Elfo.

Su compañera no contestó y miró lentamente a su alrededor.

– Todo ha cambiado, Dandelion – dictaminó la Elfa -. Salvo nosotros.

– No fuimos creados para cambiar. Fuimos creados para perdurar para siempre.

– Te equivocas. Fuimos creados para guiar a la humanidad lejos de su extinción y nuestro premio y consuelo fue el de descansar para toda la eternidad. Pero nos lo han arrebatado – dijo Niniel con fría calma.

Dandellion respiró hondo cerrando los ojos. Los volvió a abrir sereno.

– El Titán sólo nos ha podido llamar de vuelta por una razón: la sangre Salvaje vuelve a estar descontrolada y amenaza con volver a hundir esta tierra en sangre y violencia.

La Elfa Arcana posó sus manos sobre un árbol y susurró unas palabras. Se volvió para mirar a su compañero.

– Nadie más ha despertado. Nuestros hermanos han quedado alterados por la violación de la magia de los zíngaros. Quizás están perdidos para siempre – dijo con amargura la Elfa.

– Tendremos que curar esta tierra nosotros mismos. Es nuestro destino. Trata de investigar en la savia de nuestros hermanos si hay alguna pista que pueda orientarnos.

La Elfa volvió a posar sus manos. Frunciendo la frente, empezó a murmurar por lo bajo.

– Hubo… un asesinato. El linaje peligroso de los Salvajes terminó de manera sangrienta. Pero…hubo un hermano en su forma arbórea que vió algo. Vió a una Sanadora con un niño en brazos llegar a una de las residencias de verano de la realeza. Ahí lo ha visto crecer de una manera rápida y antinatural. Es el Don del Titán. El linaje no ha terminado.

– Temo en lo que se han convertido los hombres en nuestra ausencia. Parecen haber llegado más lejos de lo que les hemos enseñado nunca, y sin una luz que les guiase, han caído en la violencia y la obsesión.

– El Titán nos dió el poder de guiarlos, Dandellion, pero también el de eliminarlos, por si su creación se descontrolaba.

– Es difícil olvidarlo. Busquemos a ese niño; ojalá sea un parangón de justicia y bondad. Si no es así, me temo que tendremos que empezar a arrancar malas hierbas.

Níniel retiró la mano del árbol y miró con firmeza a su compañero.

– No tendré reparo alguno en hacerlo, Alto Elfo. No después de lo que he visto a lo largo de nuestros largos años y al ver lo que han sufrido nuestros compañeros. Cientos de miles de nuestros congéneres, condenados a un sueño del que quizás jamás puedan despertar. Alguien pagará por esto.

Ambos echaron a caminar por el bosque, con paso liviano y suave. Pero temed la tranquilidad de los Elfos, Calamburianos. Un árbol puede partir una piedra en pedazos si dispone del tiempo suficiente. Y los últimos Elfos tenían toda una eternidad por delante.

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