142 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO III: EL CORAZÓN DE LAS DUNAS

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas ventanas se abrieron en esta aventura.

Muchos habitantes de Calamburia nunca han visto la Torre de Skuchaín en persona. Y muchos se sorprenderían al saber que más allá de sus verdes bosques, que la rodean como un anillo de protección, el desierto de Al-Ya-Vist se extiende hacia el horizonte. En el corazón de ese desierto residen los Nómadas, antiguos descendientes del clan del Escorpión, un grupo de Salvajes que descendieron de las frías montañas y se acostumbraron al árido clima. Atrapados entre la Puerta del Este y la Torre Arcana, este noble y belicoso pueblo lleva generaciones frenando sus ansias expansionistas, rugiendo de frustración. Pero su nuevo auto-proclamado líder, el Escorpión de Basalto, tenía otros planes en mente que no incluían la guerra, sino movimientos mucho más sibilinos y más rentables a largo plazo.

Pero volvamos a Skuchaín. En una pequeña sala, Félix el Preclaro, el Erudito más joven y prometedor de la Torre, entra de la mano de una Zora Von Vondra en plena flor de la madurez.

– Siéntate aquí, querida. Lejos de ese atajo de gorriones atolondrados que te estaban ahogando.

Ella se sentó con gracilidad en un sillón mientras se abanicaba con fervor.

– Ay, eres tan amable Félix. Huir por entre las dunas me ha agotado y tanta gente haciéndome preguntas al llegar aquí, cuando sólo quería un vaso de agua. Estas nauseas por el viaje me están matando.

Félix le tendió solícito un vaso de agua. La marquesa de Sí a Huevo de Abajo bebió con largos sorbos. El Erudito la contempló con una extraña sonrisa en los labios.

– Eres aún más hermosa que lo que transmitían tus cartas. No solo tu caligrafía es bella, también tú lo eres.

Zora le miró por entre sus largas pestañas, retirando la vista de manera coqueta.

– Y tú eres un zalamero. Ojalá me encontrase mejor para poder devolverte esos ardientes piropos. Pero no sabes lo que he sufrido estos meses. ¡El cautiverio de la mano de Arishai, el Escorpión de Basalto! Ese monstruo pretendía mantenerme de rehén para negociar con la corona – espetó bufando, mientras sus manos estrujaban la falda con ira.

– Verte llegar a caballo, entrando al galope en los establos de la Torre… ha sido una visión que podría haber sido plasmada en un cuadro – aseguró Félix, todavía con una extraña sonrisa en la cara.

– Solo tú puedes ver lo bello de esta situación.

– Pero no eres lo que esperaba por dentro. Tus misivas me hablaban de una persona sincera, bondadosa y buena. Y en cambio, veo que ocultas cosas. No es un buen principio para un matrimonio – explicó Félix, dándose la vuelta y mostrando una fría espalda.

– ¿Cómo? – preguntó Zora.

– Quizás has logrado engañar al resto de eruditos ahí fuera con tu fantasioso cuento, pero yo no te creo. Los Nómadas no toman prisioneros para negociar: los ejecutan en el acto. Si hubieses estado prisionera tus ropas no estarían en tan buen estado. Estarías en los huesos. Probablemente con marcas de tortura. Mientes, Zora – la voz de Félix parecía enumerar una lista de ingredientes para crear una poción. Nada había de cálido en él.

– Félix, te juro que ésta es la verdad: yo vine en una comitiva para conocerte en persona y desposarnos. ¿Quieres saber por qué estoy en tan buen estado? Me mantuvo bien alimentada porque me forzó – Félix se dio la vuelta, pero no parecía sorprendido – ¿Acaso crees que me estoy inventado algo así? ¿Cómo te atreves?

– Esas náuseas que te han dado no son por una dura cabalgata en el desierto. No tienes ningún síntoma de un golpe de calor. Estás embarazada. Habéis tenido que estar muy entretenidos durante estas últimas semanas – comentó de nuevo con una extraña sonrisa en el rostro.

– ¿Embarazada? ¿Yo?

– Vete a ver a los Sanadores si quieres. Pero reconozco los síntomas. No pienso casarme con una mujer embarazada por otro hombre.

– ¿Vas a osar rechazarme? ¿A mí? No seas necio. Ambos sabemos que en este matrimonio no había amor, sino conveniencia. Todas esas cartas eran simples palabrerías que escondían lo importante. ¡Piensa en lo que podríamos lograr juntos!

– Probablemente, grandes cosas. Pero me niego a hacerlo a cambio de mi honra. Soy algo más que un simple peón, Zora. Ahora lo veo claro. Por desgracia, tarde – la sonrisa había desaparecido de su rostro. Ya solo quedaba tristeza y resignación.

Zora le miró fijamente mientras se levantaba despacio de la silla. Se encaró a él, con los ojos chispeando de furia.

– ¿Así que no soy lo suficientemente pura para ti? Pues tendré esta descendencia, lo quieras o no. No necesito un hombre para volverme la mujer más poderosa de Calamburia. Y el hijo que nazca de mi vientre será mi mano ejecutora y hará cumplir mi ley.

– Ten cuidado con los sueños, Zora. A veces se hacen realidad, pero no de la manera que quisiéramos. Bien lo sé yo.

– ¡Crees que sabes mucho, Erudito! Pero no sabes nada.

– Será sanguinario y vengativo. Y se vengará de los hombres cortos de miras como tú. Yo me aseguraré que así sea. Primero practicará con Hortelanos y luego…con toda Calamburia – sentenció Zora mientras se dirigía furiosa hacia la puerta. Justo antes de accionar el pomo, se quedó quieta, y tras unos segundos se dio la vuelta -. Quizá Arishai me tomó sin mi permiso, pero él fue muchísimo más hombre de lo que serás tú jamás. Él me hizo sentirme humillada, sí, pero también me hizo sentirme mujer. Dudo que tu logres hacer sentir así a alguien nunca.

– Estás enferma – contestó el Erudito, abriendo los ojos, incapaz de creer lo que estaba oyendo.

– ¡Oirás hablar de mi hijo, Félix el Preclaro! ¡Todos lo haréis!

 

141 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO III: OSCURIDAD SIN REFLEJOS

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas ventanas se abrieron en esta aventura.

La Torre de Skuchaín es bien conocida por su espectacular magia. No hay historia ni relato en Calamburia que no tenga algo de esa fuerza incontrolable que surgió a la vez que las fuerzas primarias de la creación. Pero aunque parezca difícil de creer, los Impromagos no son la energía que mueve la torre, no. Cuando se trata del mecanismo humano, no hay magia que valga: los verdaderos dueños de la Torre son los Eruditos.

Ya desde tiempos de Theodus, muchos sabios y mentes brillantes fueron atraídos por la Torre Arcana en búsqueda de saber. Si bien no disponían de una marca en la frente que les designaba como elegidos por la magia, Theodus supo que si los reyes necesitan escribas, su Torre necesitaría de Eruditos. Así es como fundó esta noble Orden dentro de la institución mágica, asegurándose que estas personas inquietas y con sed de saber se encargaran de la logística de la Torre y de la propia enseñanza.

La vida del erudito en Skuchaín es, digámoslo con diplomacia, árida. Supone pasar prácticamente toda la vida adulta entre libros, acompañados solo por plumas y tinta y el olor a antorchas mágicas o velas chisporroteantes. La vida de un hortelano podría parecer más entretenida. Algunos de ellos deciden centrarse en ramas del saber concretas, como los Alquimistas, pero muchos de ellos al no saber elegir con cuál quedarse, deciden usar la solución más pragmática: acumular todo el saber posible.

En el despacho de Minerva, templo del saber, cuartel general del conocimiento, la austeridad brillaba con pulida eficiencia. Solo un cuadro de Theodus decoraba las paredes de una habitación sobria que contenía únicamente una estantería con libros y una reluciente mesa de escritorio y unas sillas. Acodada en esa mesa, ojeando un enorme tratado de numerosas páginas, Minerva se asemejaba a un extraño buitre, listo para despedazar su presa.

– Muy interesante… fascinante como habéis aplicado las runas de los portales a otras dimensiones con los hechizos de contención más comunes – murmuró mientras ojeaba rápidamente las páginas del tratado.

Frente a ella se sentaban dos nerviosos aprendices de eruditos, removiéndose incómodos en las sillas mientras veían como su destino pendía de un hilo.

–  ¡Estamos especialmente orgullosos de esa parte! Creo que podría suponer una gran mejora para la labor de los Guardabosques – explicó solícito Érebos, mientras repasaba las horas que había gastado cotejando fuentes en la biblioteca.

– Si, si  – contestó distraída Minerva, sin haber escuchado siquiera lo que decía -. Y vuestros apuntes sobre los extraños cambios de actitud del Rey Rodrigo IV son sin duda llamativos. Esto puede arrojar un enfoque totalmente distinto a su biografía.

– No pudimos quedarnos solo con un área del saber. La historia también nos apasiona – repuso Barastyr, que ya se conocía el árbol genealógico de Calamburia mejor que la palma de su mano. Y eso era mucho decir, ya que la propia realeza se perdía a veces.

Minerva dejó de escrutar el tomo de golpe y clavó su mirada sin parpadear en sus pupilos.

– ¿Estáis seguros?

Un silencio tenso se acomodó en el despacho de la erudita.

– ¿De…qué? – preguntó Érebos, con miedo de romper el silencio.

– De que el saber os apasiona – la mirada de Minerva era implacable.

– Bueno, sí, claro – dijo Barastyr, maldiciendo su lengua seca y su espalda cubierta de sudor.

Minerva se incorporó de repente, alzando los brazos hacia el techo, proyectando la voz como si fuese una reina a punto de saludar a sus súbditos 

–  ¿Estáis seguros de que amáis al conocimiento como si fuese vuestro amante? ¿Qué buscáis el saber allí donde los demás solo encuentran ceniza? ¿Qué los libros son vuestros amigos y que los secretos del universo esperan a ser desentrañados?

El silencio era casi cómico. Pero el terror que invadía a los dos jóvenes era dolorosamente real y apenas se atrevían a respirar.

– Ejem. ¿Sí? – se aventuró Érebos, casi temiendo recibir un golpe.

Minerva movió la cabeza con la rapidez de un búho, mirándolos fijamente. Sin previo aviso sonrió y se sentó.

– ¡Perfecto! Bienvenidos, nuevos Eruditos. Enhorabuena, por cierto.

El silencio volvió, más estupefacto que antes.

–  ¿Cómo? ¿Ya está?

– No hay algo así como…. ¿una ceremonia?

– ¿Ceremonia? Tonterías para engreídos y ególatras. Os llevo tutorizando desde hace años, habéis mostrado un ahínco sin igual en la búsqueda del saber y he disfrutado leyendo vuestras tesis. Sois Eruditos lo queráis o no.

– Suena un poco decepcionante – se lamentó Érebos.

– ¡Bien! Acostumbraos: la realidad a veces es decepcionante, pero las maravillas de la naturaleza y de la ciencia están siempre a la vuelta de la esquina. Además, tengo una tarea que encomendaros.

– ¿Organizar la biblioteca prohibida? – preguntó emocionado Barastyr.

– ¿Liderar una comitiva a otros planos de la realidad para estudiar mundos desconocidos? – inquirió Érebos.

– No.

– Ah.

– Oh.

–  Necesito que bajéis a las catacumbas de Skuchaín y empecéis a catalogar  e inventariar todas las salas, cuevas y recovecos. Los últimos inventarios eran tan antiguos que los pergaminos se han apolillado y son ilegibles. Necesito dos mentes capaces, que bajen ahí abajo a poner algo de orden.

A ojos de un profano, podríais pensar que se trata de una tarea pesada e ingrata. Nada más lejos de la realidad, los Eruditos aman catalogar e indexar todo tipo de cosas. Pero algo parecía intranquilizar a los recién nombrados eruditos. Primero uno y luego el otro, ambos intentaron hablar pero se arrepintieron en el último instante. Tras unos segundo de bochornosos intentos, Barastyr habló:

– Verá, señora Minerva…

– Es que nos da miedo la oscuridad – concluyó Érebos.

La cara de Minerva era un auténtico poema. Érebos se apresuró a explicar antes de que le retirasen su recién adquirido tocado.

– Sí, sé que es una tontería, pero los dos andamos como niños asustadizos por la noche, cuando se nos hace tarde en la biblioteca. Hay… sombras.

Ambos se estremecieron temblando.

– Paparruchas. Deberíais tener miedo a los fuegos cerca de los libros, de la tinta emborronada o de los paletos sin cultura. Pero de la oscuridad no. A menos que queráis que os retire vuestro título y os mande con los Mineros, bajareis ahí abajo y racionalizareis esas dichosas catacumbas.

–  Veo que no tenemos mucha opción – se lamentó Barastyr.

Minerva se levantó y se apoyó en la mesa, dedicando la más temible de sus miradas a sus dos eruditos.

– Si no bajáis, quizás os apetezca conocer la fiesta que monto cuando la gente no obedece mis órdenes. Y para que quede claro, fiesta es un eufemismo.

Aterrados por la ira de su jefa, se sobrepusieron a sus miedos más primigenios y bajaron a las catacumbas de la Torre. Lo que no sabían es que jamás volverían a ser los mismos. De hecho, jamás volverían a ser ellos. Solo habría Oscuridad.

140 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO II: UNA NUEVA SACERDOTISA

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar, sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas ventanas se abrieron en esta aventura.

Las Marismas de la Confusión son, sin duda, uno de los lugares más inhóspitos de toda Calamburia. Hogar de las Amazonas, pobre de los aventureros que osen explorar sus estancadas aguas cubiertas de lianas (si son aventureras, serán tratadas con infinita hospitalidad).

No solo las Amazonas suponen un gran peligro para los incautos, sino la propia fauna y flora amenaza la vida de los extraños en todo momento. Criaturas escamosas con innumerables dientes, plantas dotadas de vida propia que intentan asfixiar a sus presas, e incluso dicen que en lo más profundo de las marismas reside Van Bakari, el traficante de almas, aunque nunca nadie ha podido encontrar su morada.

Pero si lográis sortear todos esos peligros y conocéis los pasos seguros por las marismas, el aliviado superviviente de tan accidentado viaje suspirará aliviado al descubrir el corazón de un pantano lleno de vida y de colores. Un pequeño poblado de pacíficos nativos, adoradores de los elementos, han establecido sus hogares en pequeñas cabañas por encima del agua. Viven de manera sencilla, honrando al fuego, la tierra, el aire y el fuego.

La tierra es benevolente con este humilde pueblo. A cambio, los adoradores de los elementos entrenan a sus huérfanas desde pequeños para volverse Sacerdotisas de los Elementos, un título que obtienen quienes logran realizar el ritual que les conectan directamente con las fuerzas de la creación.

El Templo de los Elementos es el hogar de estas sacerdotisas, el núcleo de la creación, donde conviven en paz y armonía manteniendo el equilibrio de Calamburia. El templo es enorme y se erige en una pequeña isla alrededor de la cual se amontonan las pequeñas cabañas de los adoradores

Por supuesto, la labor de mantener impoluto y brillante el templo es sagrada, por lo que un pequeño ejército de acólitos se encarga de cuidar de su orden y limpieza, así como educar a todas las aspirantes a Sacerdotisa. Los acólitos son elegidos entre los primogénitos de los adoradores de los Elementos y se trata de una tarea que conlleva un gran honor y estatus.

Es en uno de los patios interiores del Templo donde una joven Naisha trata sin éxito de convocar sus poderes elementales. Frente a ella se sitúan dos cuencos con madera y tierra, una vela apagada y una pequeña veleta de madera. La joven se deja caer al suelo, presa de la frustración:

– ¡Nunca podré ser la Guardiana de los Elementos!

A su lado Kesia remienda una de las túnicas de entrenamiento de la aspirante a Sacerdotisa.

– ¿Por qué dices eso, pequeña? – preguntó mientras no perdía de vista su obra.

– ¡Por que por más que me esfuerce, no ocurre nada!

– Eso es porque no hay que forzar la naturaleza. Debes fluir con ella – respondió con voz amable y ausente.

– No. Quizá es que no soy la elegida, cualquier otra persona lo haría mejor que yo – concluyó Naisha con tristeza, con la exageración de la que sólo pueden hacer gala los niños.

Kesia levantó la vista y miró a la pequeña. Sonriendo, dejó de lado su labor de costura para dedicarse a su protegida.

-¿Y por que piensas que cualquier otra persona lo haría mejor que tú?

– ¡Nada se me da bien! ¡Ni siquiera para lo que se supone que soy elegida! Parezco una Hortelana. Todo el mundo tiene muchas expectativas en mi, y todos están pendiente de lo que hago, y todo lo que hago está mal.

– Es normal, aspiras a ser la Sacerdotisa de los Elementos, pero eres aún una niña. Toda flor ha sido antes una semilla.

– ¡No! ¡Los elementos se equivocaron! Quizás hay otra huérfana por ahí que es la verdadera elegida.

– Escúchame, pequeña – le pidió Kesia mientras se arrodillaba a su lado-. Te voy a contar una historia. Es la historia de una joven que tampoco entendía su lugar en el mundo, hasta que sintió la llamada de los elementos.

Naisha se acercó expectante para escuchar la historia de la Custodia. Escuchó la historia de una chica, a quien avisaron en sueños de que la misión más importante de su vida estaba a punto de empezar. Guiada por las imágenes de sus sueños, recorrió el poblado hasta llegar a la cabaña más alejada. Ahí, entre el viento que empezaba a soplar huracanado por culpa de una incipiente tormenta, un incendio estaba abrasando la pequeña cabaña de paja y adobe. Mientras la lluvia empezaba a caer y el viento avivaba las llamas, la joven entró en la cabaña guiada por unas risas. Ahí vio algo increíble: un bebé, levitando en medio del fuego, mientras las llamas la rodeaban como si fuese un manto digno de una reina. Y en cuanto la vio, lo supo: estaba viendo a la futura Sacerdotisa de los Elementos.

– ¡Ya me sabía la historia del fuego! Pero nunca me hablaban sobre quién me encontró. ¿La joven eres tú? ¿Tú me encontraste?

Kesia volvió a pensar en aquella noche. Decidió volver a omitir el hecho de que las risas que la guiaron hasta el epicentro del fuego no fueron de Naisha: el bebé levitaba en el fuego con una cara de grave sabiduría e infinito poder. No, las risas provenían de otra fuente.

– Así es. Era solo una novicia en el templo, aún no sabía cuál era mi lugar en el mundo. Aún no sabía que mi lugar en el mundo era ser Custodia.

– ¿Y qué te ayudó a descubrirlo? Tengo miedo de ser una inútil. Tengo miedo de ser un fraude.

– Fuiste tú.

– ¿El qué?

– Tú me diste un propósito: cuidar de la Guardiana de los Elementos hasta el fin de mis días. Con eso me basta.

A la pequeña se le llenaron los ojos de lágrimas, abrumada por tanta bondad. Sin poder contenerse, se arrojó al regazo de Kesia para que esta no la viese llorar.

– Te vi hacerlo cuando fuiste un bebé. Puedes volver a hacerlo si no tratas de controlarlo – le dijo mientras la acariciaba suavemente, mesándole el pelo -. Vamos, inténtalo de nuevo, pero sin intentarlo.

– ¡Eso es imposible!

– Vamos fierecilla. No te resistas. Déjate llevar. Concéntrate en la vela.

Naisha se secó discretamente los ojos al incorporarse y se enfrentó a la vela que la miraba burlonamente. Frunciendo su joven ceño, se concentró y buscó la rabia de su interior. Cogió todas sus frustraciones y miedos e hizo un atillo con ellas. Creó una imagen mental de una antorcha en su mente y arrojó todas sus inseguridades al fuego. La vela prendió con un fogonazo, con una llama titilando en lo alto. Naisha abrió los ojos asombrada y la llama se apagó de repente.

– ¡He logrado encender un fuego por mi misma! ¡Soy la Guardiana de los Elementos! – susurró, visiblemente emocionada.

– Lo serás, pequeña. Yo estaré ahí para verlo. Y todos lo verán.

Lo que no sabía Kesia es cuál iba a ser el precio a pagar por guardar secretos. Y sobretodo, a quién iba a custodiar en el futuro.

 

139 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO I – EL PESO DE LA CORONA

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas más ventanas se abrieron en esta aventura.

El Palacio de Ámbar brillaba como si del propio sol se tratase. Con el calor del verano, el palacio amurallado hacía honor a su nombre y arrojaba destellos dorados hacia el horizonte del atardecer.

En una de las torres más altas del castillo, Rodrigo IV se inclinaba sobre un antiguo pergamino, estudiándolo con detalle. De pronto, una niña entró en la habitación causando un terrible revuelo, como si de un torbellino se tratase. El rey apartó discretamente el documento y lo dejó guardado dentro de su escritorio mientras sonreía a su hija Urraca.

– ¿Te ha gustado el paseo con mi nuevo semental? Es de la raza que entrena los nómadas del desierto de Al Ya-Vist.

– ¡Parecía que volaba, papá! Es el caballo más brioso en el que me he subido nunca – le respondió la pequeña con los ojos haciendo chiribitas – ¡Cabalgar caballos es mi nueva cosa super preferida!

–  Eres toda una Amazona, gorrioncillo. Quizás no deberías ser princesa.

–  ¡Podría ser la reina de las Amazonas! ¡O del mundo! – contestó ella subiéndose a una silla y adoptando una pose heroica.

Rodrigo IV miró a su hija y supo que las decisiones que había tomado habían sido las correctas. Haría cualquier cosa por sus hijas. Su mirada rebosaba cariño cuando le dijo:

– Puedes ser lo que tú quieras.

– ¿Incluso reina de Calamburia? – dijo dando vueltas sobre sí misma, como si fuese una peonza.

Los rasgos de Rodrigo IV se ensombrecieron de repente. La bondad y el cariño se cortaron en seco, reemplazados por algo más oscuro.

– No. Eso no. Sabes que tu hermana Petequia es la primogénita. Ella tiene derecho al trono. La ley es la ley. Hemos tenido esta discusión cientos de veces.

– Pero papá, si Petequia no hace nada, no sabe cabalgar y no sabe mandar. Hasta los soldados se ríen de ella por lo bajo – comentó con maldad, lista para tener otra discusión con su padre. Le enfadaba mucho que siempre pusiese a su hermana por delante por culpa de viejos papeles.

– Pero la ley es la ley. Es como un contrato: una vez que se firma no hay vuelta atrás. Basta ya, no quiero hablar del tema.

– ¡Pues cuando sea Reina, quitaré esa estúpida ley! – dijo dando una patada a la silla, tirándola al suelo y sabiendo que luego se iba a arrepentir.

– ¡No lo serás! – exclamó el rey, levantándose de golpe, apretando los puños con fuerza.

– ¡Sí lo seré! ¡Y tú estarás demasiado viejo y cascarrabias para impedírmelo! – le contestó Urraca, dando pisotones en el suelo, perdiendo el control.

Rodrigo dio dos rápidos pasos y descargó la palma de la mano contra la mejilla de su hija, causando un sonoro tortazo que rebotó por las paredes de la torre.

– ¡He dicho que no lo serás!

Alertada por los gritos, la Reina Sancha se asomó por la puerta. Con un rápido vistazo analizó la situación y fingiendo una calma que no tenía, preguntó:

– ¿A qué vienen esos gritos? ¿Te has tropezado, vida mía?

Urraca se secó las lágrimas con fuerza y se incorporó para enfrentarse a su padre.

–  Estoy bien. Soy fuerte. Mucho más fuerte de lo que creéis. Y tú lo verás, padre. Todos lo veréis.

Acto seguido, la niña se fue corriendo con sus puñitos apretados, decidida a doblegar el mundo a su voluntad. El Rey Rodrigo IV se giró hacia la fuente de vino que descansaba al fondo de la habitación y se sirvió una generosa copa con manos temblorosas.

– ¿Bebiendo de par de mañana? – preguntó Sancha con frialdad

– ¡Soy el rey y hago lo que me place!

– Por supuesto, su majestad – contestó ella con un bufido.

– ¿Tú también me desafías? ¿Tú también quieres sufrir la cólera de tu rey? – Rodrigo se había girado en redondo y miraba a su mujer con ojos desorbitados.

– Puestos a recibir, preferiría la de mi marido. Pero al final lo que está claro es que recibo – contestó Sancha, levantando la barbilla y preparándose para la habitual tunda de golpes. Pero esta vez Rodrigo pareció avergonzado y parpadeó, agitando la cabeza y perdiendo ese combate.

– Yo…perdona. No…no es fácil ser rey. No es fácil tener hijas. No es fácil ser un hombre.

Sancha se acercó suavemente a él, retirando la copa de la mano temblorosa.

– Claro que sí amor mío. El peso de la corona es algo que los dos conocemos bien. Déjame ayudarte. Déjame que comparta el peso del reinado.

– No. Es una carga que debo llevar yo solo. No es tarea para una mujer – el Rey no pudo ver la mirada de desprecio que le dedicó su mujer ante semejante declaración -. Además he estado recibiendo ayuda. Consejos. Favores. Todo irá mejor a partir de ahora.

– ¿Tienes un nuevo consejero? ¿Cómo es que no lo conozco?

Rodrigó lanzó una rápida mirada al escritorio donde había guardado el pergamino.

– Mejor. La nuestra es una relación meramente comercial. Un trueque. Y a cambio, obtengo lo que deseo de sus servicios.

– Suena terrible, querido. ¿En qué andas metido?

– ¡No me juzgues! – respondió de nuevo alzando la voz -. No te atrevas a juzgarme. Nadie puede hacerlo. Soy el rey.

– Muy bien, majestad. Le dejo para que disfrute de su soledad de monarca. Y de su vino.

Lo que no sabía Rodrigo es que esa misma mañana, Sancha se había levantado con la certeza de que iba a envenenar lentamente a su rey y disfrutar con su agonía. Este pequeño incidente, uno de tantos, no hacía más que reforzar la certeza de que Sancha y sus hijas estarían mejor sin el débil de su marido. Y mientras tanto, Rodrigo IV apuraba la copa y volvía a ojear el pergamino, ajeno al presente, demasiado centrado en el futuro.