150 – PAREJA DE ASES

Dos hombres, frente a frente, disputaban una partida de cartas. A un ladodel verde tapete, había un joven de baja ralea y sombrero emplumado; al otro, un rechoncho burgués del barrio alto. Gran parte de los parroquianos de la taberna Dos Jarras se congregaban expectantes en torno a la mesa de juego. No lo hacían porque fuera aquella una partida especialmente trepidante, sino porque uno de los dos jugadores era un hombre aparentemente importante y visiblemente adinerado. Era un hecho inusual, pues la gente acomodada no solía frecuentar la bulliciosa taberna de Edmundo. Quizás por ello, los borrachines habituales disfrutaban al ver cómo, alguna vez, los rufianes del barrio lograban desplumar en el juego a la gente acaudalada.

Fuera como fuere, en aquellas raras ocasiones en que un hombre rico se dejaba caer por la taberna en noche de partida, el espectáculo estaba garantizado. Era por eso por lo que Edmundo —aún a regañadientes— seguía dejando celebrar, de vez en cuando, alguna que otra timba en su establecimiento. En ese mismo instante, se encontraba sirviendo una buena cantidad de cervezas solicitadas por los mirones. Sin dejar de despachar, escudriñó con la mirada al orondo burgués. El tabernero no le había visto nunca, y seguramente no volvería a verle. Así eran los ricos. Alguno visitaba la taberna de vez en cuando: se tomaba una cerveza, echaba una partidita y se acababa yendo con gesto de sobreactuada indignación. Edmundo se preguntaba a menudo si la culpa la tendría su cerveza, la ruidosa e irreverente concurrencia o la consabida falta de habilidad de la gente adinerada para jugar a las cartas. En cualquier caso, le traía sin cuidado. El negocio iba bien; mejor que nunca. Y jamás habría podido imaginar que él, que comenzó sus andanzas como un pobre escudero de tres al cuarto, iba a acabar convirtiéndose en todo un exitoso hombre de negocios.

Sirvió las jarras de cervezas hasta dejar vacía la bandeja. Luego se puso a limpiar una de las mesas. Mientras pasaba el trapo, aprovechó para echar un ojo al joven jugador que el burgués tenía en frente, era un habitual de las timbas de los sábados, un muchachito al que llamaban “Dedoshábiles”, “Dedosgráciles” o algo parecido. Un zagal tramposo y descarado que, según le habían dicho, estaba incluso buscado por las autoridades. Pero eso, a Edmundo, también le traía sin cuidado. «Mientras paguen…», murmuró para sus adentros con ademán filosófico mientras cobraba las cervezas que acababa de servir. Tras llenar su bolsillo, volvió a sus asuntos tras de la barra.

Sin embargo, había algo de lo que el tabernero no se había percatado: aquella vez, en el rostro del joven al que algunos tenían por uno de los más hábiles tahúres de toda Instántalor, no relucía su habitual media sonrisa de suficiencia. Todo parecía apuntar a que el jugador, a pesar de llevar cierta ventaja en la partida, no estaba pasando un rato demasiado agradable.

Los dedos de Duncan martilleaban repetidamente sobre el tapete. Aparentemente, el gesto evidenciaba su impaciencia pero, a ojos de cualquier jugador experimentado, trasmitía mucho más. No eran aquellas unas manos comunes. Parecían poseer la rapidez del viento y la sinuosidad de los movimientos del agua. ¿Ansiedad? Seguro, pero también concisión y sutileza. Y es que Duncan Culmore, antiguo soldado curtido en mil batallas y experimentado tahúr forjado en el fragor de mil timbas, estaba a punto de perder los nervios.

Lo cierto es que suponía para él ningún reto enfrentarse —y de hecho se había enfrentado— a todo tipo de jugadores: marisabidillos desconfiados, borrachos soñolientos e incluso los más irascibles, aquellos que no dudaban en amenazarte con partirte los dientes a la mínima de cambio. Podía con todos: eran gallinas fáciles de desplumar. Pero si había algo que realmente le exasperaba, eran los jugadores lentos. Y eso era exactamente aquel burgués tan semejante a un inmenso y gordo galápago. Pensaba largamente cada jugada, pero, justo cuando parecía haberse decidido, rectificaba con un chasquido de lengua, volvía a reposar sus cartas sobre la panza y empezaba de nuevo. ¿Por qué maldito designio del Titán le habría tocado a él, Duncan Dedoságiles Culmore, ir a topar con el jugador más lento de todo Instántalor?

Su adversario robó tres cartas con sus dedos rechonchos e inmediatamente, de forma inconsciente, una sonrisita de satisfacción asomó por debajo de su fino bigotito. Duncan, que era un ave rapaz en el juego, vio antes que nadie lo que que cualquier jugador hubiera visto tarde o temprano: el ricachón tenía una buena mano. Era el momento de empezar a tejer la trampa.

Contrariamente a lo que muchos piensan, todo tahúr sabe que, en realidad, las cartas no son un juego de azar. Tampoco son exactamente, como aseguran los viejos jugadores de taberna, un juego de habilidad física. Tener unas manos hábiles puede ayudarte a salir del trance en más de una ocasión, aunque por sí sola, la mera prestidigitación no puede hacerte rico. Por el contrario, si algo le había enseñado la experiencia en despellejar a hombres adinerados es que de nada sirve enseñar tus cartas antes de tiempo. Al igual que el ave rapaz deja correr a la liebre hasta cansarla y salta sobre ella cuando esta ya cree haberse zafado, Duncan sabía que lo que diferenciaba una buena partida de la partida que habría de hacerle rico era saber esperar su momento. La paciencia era el verdadero secreto de un buen tahúr.

Al principio, con una apuesta aún baja, no valía de nada lanzarse sobre la presa. Si se asustaba, podía escapar asustada. Era importante, y Ducan Dedoságiles lo había aprendido sobre el tapete de la vida, ir creando la ilusión de que hoy es el día de suerte de nuestro adversario. Para ello hay que perder varias manos y mostrarse contenidamente afectado.

Andaba exasperado con la lentitud de su oponente que estaba retrasando la aplicación de su estrategia de frío depredador cuando, de repente, este sacó un reloj de oro del bolsillo y miró la hora. Al tahúr se le abrieron los ojos como platos cuando pudo ver el inmenso zafiro que engalanaba la tapa del reloj. Era una inmensa piedra preciosa de un azul intenso e, indudablemente, un valor incalculable.

El burgués volvió a guardar su reloj en el bolsillo tras haberlo tenido en la mano un tiempo suficiente para que todos los presentes lo admiraran. Luego lanzó su jugada: trío de reinas. Se llevó las monedas apostadas e hizo ademán de retirarse. Duncan tragó saliva, ¿habría estado perdiendo todo aquel tiempo después de todo?

—¡Vamos hombre, no te marches ahora! —gritó uno de los parroquianos que no estaba dispuesto a que cancelaran el espectáculo que había venido a ver.

—¡Si estás en racha! ¡Desplúmale del todo! —añadió una prostituta empolvada mientras se colocaba el corpiño y le hacía ojitos al burgués.

La expresión de hastío de Duncan debió de ser evidente y fue percibida por su contrincante que se volvió a sentar. Miró a la concurrencia que le vitoreaba para animarle a continuar y la sonrisita de superioridad volvió a asomar bajo el bigote del ricachón. Tomó asiento de nuevo.

—Un último juego —sentención el burgués con condescendencia—. Para no defraudar a mi público.

La gente aplaudió y el hombre saludó llevándose una mano a la panza.

—¡Un momento! —espetó una voz regia entre el público. Y se hizo el silencio.

Lo parroquianos se apartaron para dejar pasar a un mozo corpulento y que lucía también un gorro con plumas, aún más grandes y coloridas que las de Duncan.

El apuesto recién llegado no era otro que Axel Culpeper, un habitual de las timbas de las tabernas de Instántalor. Se trataba del cuarto hijo de un hidalgo venido a menos. Un joven tan capaz con la espada como con la lengua. De verbo fácil y hábil seductor de jovencitas, no pocos lo conocían allí como “El Charlatán”. Pero a pesar de su mala fama, su irrupción no era ninguna baladronada. Al menos en el juego, Axel nunca iba de farol. Todos allí sabían que su proverbial destreza con las cartas le convertía, posiblemente, en el único de los feligreses de todo el local capaz de hacer sombra a los ardides de Dedoságiles Cuilnmore.

—Aquí se va a liar… —murmuró Edmundo entre dientes empezando a guarecer tras la barra su mejor cristalería. No era la primera vez que los sábados de partida acababan en pelea y luego era él quien tenía que pagar los platos rotos.

—Parece que mis amigos me han abandonado esta noche. ¿Hay espacio en vuestra mesa para un pobre jugador sin partida? —preguntó Axel con unos ademanes bastante refinados, aunque quizás algo sobreactuados para la categoría del lugar.

—¡Por supuesto que no! ¡Lárgate! —respondió Dedoságiles con fuego en la mirada. Parecía un niño al que alguien le pedía compartir el último trozo de tarta.

—Por favor, señor Duncan, no seamos maleducados —le regañó el burgués con cierto paternalismo—. Al fin y al cabo, el respeto es fundamental entre caballeros. ¿No podríamos permitir a este joven tan bien educado que se uniera a nuestra partida?

Dicho esto, sacó de nuevo del bolsillo su precioso reloj y miró la hora. Todos volvieron a admirar el inmenso pedrusco azul en el tiempo que tardó en volver a guardarlo. Él gordo pareció disfrutar cada segundo en que la audiencia contenía la respiración.

—Además —añadió comenzando a barajar las cartas con renovado entusiasmo—, creo que me da tiempo aún a echar un par de partiditas.

Duncan aceptó a regañadientes y no quitó ojo al recién llegado. Vigilaba con suspicacia cada movimiento de Axel, que le devolvía todas sus miradas con gestos de desprecio perfectamente calculados. Tan enzarzados estaban en escudriñarse el uno al otro, que el ricachón, no sin demostrar en ello una notable habilidad en sus rechonchos dedos deslizó desde el interior de su manga un par de ases en el momento justo. No parecieron percatarse de nada hasta que el comerciante arrambló con lo apostado, que ascendía ya a una buena suma y se despidió apresuradamente de la concurrencia inventando alguna excusa barata.

Ambos se quedaron mirándose mutuamente con gesto de no creerse lo que acababan de presenciar. Fueron el hazmerreir de los borrachines durante toda la noche, aunque algún que otro parroquiano se congració con ellos e incluso les acabó invitando a una cerveza.

Horas más tarde, todos los clientes habían abandonado el local, salvo Torcuato el borracho, al que Edmundo trataba de llevar a rastras hacia la puerta y los dos tahúres vencidos. Sentados en una mesa al fondo, y al percatarse de que el tabernero se hallaba ocupado en sus menesteres, se sonrieron por primera vez.

—Dime que lo tienes —murmuró solícito Axel masticando las palabras. Llevaba horas fingiéndose un perdedor y mientras se aguantaba las ganas de comprobar si su plan había tenido éxito.

—¿Acaso lo dudabas? —respondió Duncan Dedoságiles Culinmore sacando de su bolsillo algo brillante quien maneja una ligera moneda de cobre.

La puso sobre la mesa y el objeto lanzó un destello azul a la luz de las velas. Era un inmenso zafiro, seguramente de un valor incalculable.

—¡Por todos los faroles de Instántalor, es aún más bonita de lo parecía! —se congratuló Axel.

—Es porque ahora es nuestra.

Ambos admiraron la joya largamente soñando en lo que podrían hacer con toda aquella riqueza en cuanto la vendieran en el mercado negro. Cuando eran soldados siempre habían hablado de enrolarse para viajar a nuevos continentes allende los mares, conquistar tierras y riquezas. Pero ahora que habían dado su gran golpe, ¿quizás incluso podrían comprar su propio barco e ir en busca de nuevos mundos?

—¡Vamos, que sois los últimos! —espetó entonces Edmundo con visible mal humor y algo de cansancio— ¿O tengo que arrastraros también a vosotros hasta la puerta?

Ambos se despidieron del tabernero y salieron a la calle. Era media noche y la luna brillaba dando a todo un cierto toque azulado. Habían sido durante años compañeros de armas, pero, sobre todo, habían sido compañeros de juego.

—¿Y ese pobre ricachón engreído? —se preguntó Axel no sin reflejar en su rostro cierto desprecio hacia su reciente víctima.

—No era tan mal jugador, solo un poco lento para mi gusto —reconoció Duncan—. Consiguió sacarme de mis casillas.

—¿Crees que ya se habrá percatado de su pérdida o estará demasiado ocupado contado a todos que se ha pasado la tarde desplumando a los rateros del Dos Jarras?

—No sé si se habrá dado cuenta —rio Duncan—, pero estoy seguro de que cuando lo haga se llevará un susto de muerte.

149 – LOS SECRETOS QUE DAN CUERDA AL MUNDO

El suelo y las mesas del taller estaban atestados de artilugios mecánicos a medio reparar. Sin embargo, Aión parecía haberse acostumbrado a ese aparente caos de relojes, herramientas y ruedas dentadas dentro del cual solo él y su hermano parecían encontrar un orden. El resto de los artesanos del gremio de relojeros no se quejaban demasiado. Consideraban a los dos discípulos del ya difunto maestro Bregg una especie de genios excéntricos. Eran gente extraña y poco afable pero, por otro lado, infalible en lo que concernía a la reparación de cualquier mecanismo; dos jóvenes tan capaces como obsesivos a los que, sencillamente, había que dejar hacer. El resto de los compañeros solía tratar de evitarles, y rara vez les avisaban cuando iban a tomar unas cervezas a la taberna Dos Jarras. Quizás lo hacían para no contagiarse de sus rarezas, o puede incluso que, secretamente, envidiaran el turbador talento de los hermanos Reid y preferían mantenerse alejados de él.

Aión puso sobre el tapete el reluciente reloj de bolsillo y lo miró largamente, con la calma que solo parecen tener aquellos acostumbrados a trabajar el tiempo con sus manos. La carcasa, bañada en oro, refulgió a la luz de las velas y los diamantes engarzados lanzaron algún que otro destello. Cada parte de aquel artilugio parecía reclamar a gritos la atención del mundo. Su ostentosa belleza no dejaba lugar a dudas: se trataba del preciado tesoro de alguien importante; la clase de persona que da más importancia a la carcasa que al interior de las cosas. Había hechos que un artesano experimentado como Aión Reid, podía averiguar a simple vista y para los que ni siquiera necesitaba recurrir al Don.

El relojero se acercó el reloj a la oreja y lo escuchó con el curioso mimo con que un galeno ausculta el pecho desnudo de un paciente. Nada, solo el silencio. El precioso reloj de bolsillo seguía siendo tan bello por fuera como el primer día, pero, en su interior, estaba muerto.

Aión sonrió. Lejos de producirle tristeza, veía en cada reloj estropeado la oportunidad de devolver una vida. Pero antes de ponerse manos a la obra, se dispuso a conocer un poco más acerca de la historia de su nuevo y mecánico amiguito. Abrió la tapa con cuidado. Observó el mecanismo con atención, luego cerró los ojos. Tomo aire y se concentró: era necesario para poder usar sus poderes. Entonces comenzó a sentir un leve latido en sus tímpanos, como el pulso de un tambor, casi inaudible, en la lejanía. El sonido se fue acercando y haciendo más intenso hasta que se convirtió en algo nítido. El relojero sintió, a través del tiempo, como el pulso del reloj había estado acompasado al latir de un corazón humano. Casi pudo ver con claridad en su mente, esbozada por una niebla, la silueta del orondo dueño de aquella alhaja, caminando por las calles del barrio alto de Instántalor. Pudo percibir al reloj saliendo y entrando del bolsillo de aquel hombre con frecuencia agarrado por una mano gruesa y llena de anillos. En aquellos tiempos, el reloj de bolsillo era feliz. Era feliz pero también tenía miedo, porque su pobre alma mecánica no alcanzaba a entender si su dueño lo sacaba de su bolsillo tan a menudo porque lo extrañaba o sencillamente lo usaba como medio de ostentación. El reloj dorado no sabía si había sido amado o solo utilizado. Y ahora, en el fuero interno de sus engranajes parados, parecía sentirse como un juguete roto, bañado en oro y engalanado de diamantes, pero roto.

Aquella pena conmovió al relojero que siguió indagando en la triste historia del reloj. Quizás, más tarde, se arrepintiera de haberlo hecho. El Don era un arma de doble filo, conocer los sentimientos ajenos, ya fuera de las personas o de los objetos, era un riesgo para cualquier persona sensible. Pero Aión siempre se había negado a reparar mecanismos sin conocer antes sus secretos. Volvió a cerrar los ojos y volvió a ver las imágenes en la neblina y el reloj brillando en el centro.

Fue entonces cuando la nebulosa silueta del hombre rico se estremeció y se llevó la mano al pecho. Su corazón se paró y el reloj se estrelló contra el pavimento de la calle. Mecanismo y corazón se pararon al mismo tiempo. Y entonces algo parecido a una ráfaga de viento se llevó la figura de su mente. Ahora entendía que se encontraba ante el reloj parado de un hombre muerto. Aión y su hermano poseían el Don, podían indagar las almas y dar una nueva la vida a los juguetes rotos, pero no podían resucitar a los muertos. Volvió a suspirar, abrió la tapa del reloj y contempló los mecanismos. En ese mismo instante, su hermano Kairos entró en el taller como una exhalación.

—¡Se ha parado! ¡Ha dejado de funcionar! —gritó con cierta desesperación.

Su rostro estaba visiblemente enrojecido y le faltaba el aliento; era obvio que había venido a toda prisa. Llevaba en la mano su instrumento favorito, una suerte de pequeño laúd que él mismo había construido con piezas del taller. A menudo Kairos se retiraba a su guarida secreta, en lo alto de la torre del reloj astronómico de la Plaza Ambarina. Aquel monumento, construido en los tiempos de Rodrigo IV, era capaz de medir el tiempo en todas sus dimensiones: segundos, minutos, días, años, estaciones e incluso ciclos planetarios. A Kairos Reid le gustaba refugiarse tras de aquel inmenso artilugio y, al rítmico son de sus mecanismos, improvisar sus melodías. Su pauta constante le daba solaz y le ayudaba, según decía, a concentrarse. Cada mediodía, sonaba el carrillón y él trataba de generar, sobre a sus brillantes arpegios, la música perfecta.

—¡Por todos los engranajes del Gran Reloj! ¿De qué diablos estás hablando? —inquirió su hermano algo molesto. No le gustaba que le interrumpieran cuando estaba trabajando.

—Precisamente de eso. El reloj astronómico se ha estropeado. El carrillón de las doce no ha sonado y los muñecos mecánicos no han salido a saludar.

Aión cambió entonces la expresión de su rostro. El Gran Reloj no podía haberse roto.

—No puede ser, nuestro maestro lo diseñó hace décadas y nunca antes había fallado —apuntó con cierta incredulidad—. Nos encargamos personalmente de su mantenimiento. ¡Yo mismo revisé las piezas la semana pasada!

—Estaba tocando dentro de la torre, aguardaba a terminar en el momento justo, cuando el carrillón empezara a sonar. Pero en vez de una apoteosis de sonidos y color… —explicó Kairos visiblemente afectado— solo ha habido un silencio.

—Solo el silencio… —repitió su hermano acariciándose la barba con la mano.

—¡Ha sido horrible! —se lamentó Kairos con la voz temblorosa— Los niños de la plaza esperaban el carrillón y el desfile de los muñecos, como todos los días, y solo han recibido un decepcionante silencio. He sentido como los anhelos de sus almas se rompían en mil pedazos —su rostro compungido mostraba que el dolor que expresaba le había afectado profundamente—. ¿Tienes idea de cuánto puede llegar a sufrir un niño por estas cosas?

—Te tengo dicho que tengas cuidado —le regañó con cariño su hermano Aión mientras le daba un abrazo reconfortante—, hay que evitar usar el Don en lugares tan concurridos. Nuestro secreto es poderoso, pero también puede convertirse en nuestra condena. Uno no puede soportar el dolor de muchos sin quebrarse —se hizo un silencio y su expresión tierna cambió por una que reflejaba el más profundo sentido del deber—. ¡Vamos a ver qué ha sucedido! ¡Hay que arreglarlo lo antes posible!

Ambos salieron apresuradamente del taller y corrieron calle arriba esquivando a la gente. El Barrio de los Artesanos de Instántalor era una zona concurrida durante el día pero, al ver la decisión en sus ojos, las personas se apartaban dejándoles paso. Por ello, llegaron rápidamente a la Plaza Ambarina. Había en la plaza una cierta concentración de mirones que se habían congregado en torno a la torre del reloj astronómico; la señalaban y comentaban lo extraño que les resultaba que no estuviera funcionando. Desde que fue construido por el viejo Bregg, el maestro relojero que les recogió de las calles cuando eran solo unos huérfanos y les convirtió en sus discípulos predilectos, el reloj había marcado rigurosamente el pulso de la vida en la capital. Los monarcas venían y se iba, las guerras se sucedían, pero el reloj siempre estaba allí recordándoles cada día que siempre habría en sus vidas algo inmutable. Y así como sol sale todos los días por el este y ningún hortelano le da demasiada importancia a un hecho tan trivial hasta que sobreviene el eclipse, del mismo modo los ciudadanos de Instántalor, desde los sucios rateros hasta los más adinerados burgueses, sentían ahora en lo más hondo de su alma la ausencia del sonido del carrillón.

Los hemanos Reid subieron las escaleras de dos en dos y llegaron a lo más alto de la torre en menos de lo que canta un cuco. Una vez allí, ambos, cada uno por su lado, comenzaron a revisar el imponente mecanismo. Había miles de engranajes, piezas y rincones. ¿Qué podría haber fallado?

Tras unos breves instantes de ajetreada búsqueda Aión llamó a su hermano. Tenía una sonrisa en los labios que había venido a sustituir a su anterior gesto de preocupación. Se encontraba parado frente a un inmensao engranaje del diámetro de una persona adulta. Kairos se acercó y contempló también la pieza: Había una especie de amasijo de ramas y barro que parecía bloquear el lugar donde los dientes de dos de las ruedas conectaban el mecanismo.

—¿Quién habrá sido tan animal como para atorar el mecanismo con un hatillo de ramas secas? —se preguntó Kairos indignado.

—¿Quién ha sido tan animal? —repitió Aión con retintín mientras separaba con cuidado el ramaje.

Tras unos instantes, como si tuviera muy claro qué buscaba, dejó al descubierto un llamativo objeto de color blanco. ¡Un huevo! ¡Y bastante más grande que de una gallina!

Lo tomó con cuidado en sus manos y lo mostró a su hermano que aún parecía algo confuso.

—¿Era un nido? —preguntó Kairos tratando de atar cabos.

—De cigüeña —asintió su hermano—. Les gustan los lugares altos y la música.

Kairos sonrió tomando el huevo entre sus manos y durante unos instantes se hizo de nuevo el silencio. Pero este silencio ya no era triste sino el silencio alegre que precede a una nueva música.

—Así que hemos evitado que las ruedas del tiempo acaben con una vida —observó Aión.

—Parece que no solo eso —añadió su hermano que estaba sintiendo como el huevo se movía.

La cáscara se rompió, poco a poco, ante la atónita mirada de los relojeros. Entonces ambos pudieron contemplar cómo un pequeño pico luchaba por salir al exterior en busca de aire y comida.

—Hermanito, creo estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo mecanismo —rio Kairos eufórico.

—Así es —sentenció Aión visiblemente complacido mientras veía al polluelo desprenderse de la cáscara restante—, uno más potente que los creados por cualquier relojero: el verdadero secreto que da cuerda al mundo.

148 – ESTUDIANTES DE LA OSCURIDAD

Cuna de Oscuridad. Un lugar imposible que desafía todas las leyes de la naturaleza y que a pesar de todo, amenaza el cielo con sus torres y se defiende de los rayos del sol con sus almenas.

Alrededor del gigantesco castillo-fortaleza, un poblado de seres grises se ha erigido, como si fuesen moscas alrededor de un cadáver purulento. Una parodia de vida cotidiana se reproduce cada día, con Calamburianos desprovistos de propósito y alegría, vagando por las calles o rumbos a sus oficios.

Y a pesar de toda esa negrura, de esa aura triste que pesa como un sudario, el interior de Cuna de Oscuridad rebosa de actividad. Los responsables son las decenas de antiguos alumnos de Skuchaín que pueblan ahora las aulas y corredores de la tenebrosa estructura. Y es que, sea del color que sea, la juventud siempre será ruidosa.

Por los bulliciosos pasillos, un profesor destacaba entre los alumnos: Tesejo iba guiñando el ojo a toda chica con la que se cruzaba, tropezando acto seguido con alguno de los atareados estudiantes. El joven brujo era experto en hacer mal las pociones de su antigua escuela, Skuchaín, por lo que en Cuna de Oscuridad era más bien alabado por su habilidad por convertir cualquier poción benigna en un terrible veneno. Esa extraña habilidad le había granjeado el puesto de profesor y eso se le había subido un poco a la cabeza. Pero hubo una chica que llamó la atención del joven.

– ¡Caila! ¡Eh, Caila, espera! – gritó, agitando la mano.

Descendiente de una familia de Impromagos que en secreto renegaban del orden establecido, Caila estaba inmersa en sus pensamientos mientras sus manos jugueteaban con una bola de cristal. Instintivamente, los estudiantes se apartaban de su paso, como si un aura peligrosa emanase de la joven.

– Oye, Caila – dijo Tesejo, incorporándose a su paso, fingiendo normalidad -. ¿Tienes exámenes por corregir pendientes? ¿Y si investigamos un poco más a fondo la oscuridad tú y yo, de manera un poco más íntima?

Caila apenas le miró de reojo mientras caminaba, dejando muy claro lo que pensaba de las investigaciones de su colega.

– No tengo tiempo para tonterías Tesejo. Tengo que volverme más fuerte. Podemos recibir un ataque de Skuchaín en cualquier momento, aún no han movido ficha. Hay muchas fuerzas que conspiran contra nosotros – sermoneó la joven, manteniendo su mirada fija en un punto.

– Sí, por supuesto. ¡Y qué mejor que tú y yo formando el mejor equipo de defensa de Cuna de Oscuridad! – replicó Tesejo, un poco más inseguro pero sin rendirse.

 

De repente, un gran alboroto proveniente del final del largo pasillo, despertó a la multitud y como una onda expansiva, los alumnos empezaron a dar media vuelta y a retroceder por el pasillo, creando un gran tumulto. Los gritos de pánico y las maldiciones se multiplicaban por el pasillo, mientras todos trataban de huir de lo que fuera que había surgido del fondo del corredor.

Siendo estudiantes que coquetean con la magia negra, pocas cosas podrían haber provocado un tumulto en el epicentro de la oscuridad. Pero una de esas cosas era una gigantesca araña con patas tan grandes como un ser humano adulto y cuerpo velludo y ocho pares de ojos carmesíes que giraban frenéticamente en sus órbitas. La araña corría por el pasillo pasando de paredes al techo sin ningún problema. Pero lo más sorprendente de todo era ver a Ménkara, la profesora de Monstruología, cabalgar semejante criatura con carcajadas de júbilo.

– ¡Corre bonita, corre! ¡Eres imparable!

La araña chasqueaba sus mandíbulas con un traqueteo constante y trataba de soltar algún mordisco en su alocada huida, pero Ménkara, con unas riendas improvisadas, lograba girar la criatura en el último segundo. Más de un estudiante vió como las fauces se cerraron a escasos centímetros de sus cabezas, mientras suplicaban clemencia. Caila y Tesejo se apartaron de su camino mientras la araña embestía y lanzaba por los aires a los estudiantes.

– Maldita sea esa chica. Vamos Tesejo, debemos detenerla – maldijo Caila.

– ¿Cómo? ¿Nosotros? ¿No debería encargarse Aurobinda? – respondió nerviosamente Tesejo.

-Te recuerdo que ya no eres un simple alumno. Haz honor a tu cargo – bufó mientras echaba a correr pasillo abajo.

La araña causó un verdadero tumulto. Atravesó aulas, pasillos y salones dejando un rastro de destrucción a su paso. Profesores como Eme trataron de detenerla pero fueron arrollados por estudiantes que derribaban a todos los que se interpusieran en su camino. El joven profesor que  (contuvo) el alma de Theodus en su cuerpo acabó enredado en su capa, como tantas veces le había pasado durante su infancia. Algunas cosas nunca cambian.

Caila y Tesejo no cejaron en su persecución. Bueno, sobretodo Caila, ya que Tesejo iba resoplando y tratando de apartar a estudiantes a empujones y z base de hechizos de congelamiento.

Finalmente, la araña, coreada por las carcajadas histéricas de Ménkara se abalanzó contra unas gigantescas puertas dobles forradas de ébano y con toda una serie de intrincadas figuras en posición suplicante talladas en la madera. Tras un par de vigorosas cargas, abrió las puertas de par en par y se adentró en la gigantesca habitación que se escondía detrás.

-Oscuridad y Ruina. Estamos en un buen lío – susurró Caila, palideciendo mientras veía a la gran araña escabullirse entre las puertas.

Mientras se acercaban a la Sala del Trono, escucharon los ecos creados por ocho pares de patas quitinosas repiqueteando en el negro mármol. Y derrepente, un poderoso estruendo, como el puño de un dios, abalanzándose desde las alturas y estrellándose contra el suelo. Después, el eco del silencio. Y unos sollozos.

Los dos brujos se acercaron presa de un miedo animal para asomarse por las puertas y adentrarse en el Salón del Trono. El suelo de mármol reflejaba la luz de las antorchas de una manera extraña, acentuando aún más las sombras de las esquinas. Las columnas parecían caer del techo hasta el suelo como petróleo solidificado y se podían adivinar caras entre sus pliegues.

En el centro de la sala se erguía el Trono de Ébano, el asiento digno de un monarca absoluto, de un maestro entre esclavos, de un dios entre mortales. Lleno de aristas, bordes puntiagudos, su contorno parecía ser miembros agonizantes que suplicaban clemencia.Para realzar su negrura, vetas de blanco remarcaban su contorno, magnificando el efecto sobrecogedor. Y en él, se hallaba sentada el epicentro del mal, la quintaesencia de la Oscuridad.

Pero decir que Dorna estaba simplemente sentada en él sería un insulto para la estampa que ofrecía la Consorte de la Oscuridad. Relajada como una pantera, con la mirada perdida en un infinito de negrura, parecía ser capaz de exterminar la vida sobre Calamburia con un simple pestañeo. Pero no pestañeaba. Ni una vez. Solo su mano izquierda estaba levantada, en posición de chasquear los dedos.

En el centro del gran salón, la araña se encontraba aplastada contra el suelo y atravesada por una gigantesca espina de mármol negro de un metro de ancho. Ménkara se hallaba a su lado, arrodillada, llorando sobre el empalado animal.

Caila y Tesejo se quedaron mudos, mirando fijamente a su Reina, sabiendo que su vida ya no estaba en sus manos sino en las de una criatura que estaba a las antípodas de toda humanidad.

– Llevaos a la chica – resonó su voz desde todos los confines de la sala. Era dura y aterciopelada, como un gato jugando con su presa -. A menos que queráis que chasquee los dedos otra vez.

Solo en ese momento se dieron cuenta de la presencia de una criatura a los pies del trono. Enroscado como una espiral azabache, se hallaba un enorme lobo, negro como el carbón. Su lomo se elevaba suavemente con su respiración y su orejas se movían en pos del sonido, pero el resto de su cuerpo estaba también inmóvil. De su enorme caja torácica empezó a emanar un gruñido sordo que resonó por todo el gran salón como si fuese el propio Dragón despertándose.

Deshaciéndose en reverencias y cuidándose de establecer contacto con la Consorte de la Oscuridad, los dos amigos se llevaron a rastras a Ménkara, que lloraba y moqueaba, todavía sumida en la conmoción.

Si, Cuna de Oscuridad podía a veces fingir alegría, ya que sus habitantes eran algunos de ellos humanos. Pero tarde o temprano, la realidad se imponía: era el nido de la criatura más espeluznante que jamás había visto Calamburia.

147 – LOS CAMPEONES ELEGIDOS

La magia está descontrolada. Eso es un hecho.

De normal, magia blanca y negra se hallan en un delicado equilibrio, rodeada de fuerzas elementales de la naturaleza que ayudan a asentar su estabilidad. Pero teniendo en cuenta que los elementos se descontrolaron hace un tiempo, que una terrible maldición oscura impregnó la tierra, que los Inventores desgarraron la realidad con el Caos del Maelstrom y que el Dragón y el Leviathan trataron de destruir el mundo, hablar de intentar equilibrar la magia es como apagar un incendio con odres de vino.

Los Guardabosques lo saben bien. Siempre ha habido portales a otros mundos que se abren en los alrededores de Skuchaín, pero en los últimos tiempos, su número había aumentado drásticamente. Los portales, antes de ser cerrados, ofrecían un vistazo a otras realidades, a otros mundo algunos de ellos casi imposibles.

Uno de ellos es el mundo faérico. Una versión salvaje y agreste de Calamburia en el que el Titán nunca cayó y por lo tanto, no inició guerra alguna contra el Dragón. En ese mundo, las criaturas no han nacido de los elementos sino de la propia magia, de manera espontánea e imprevisible. Los seres que la habitan tienen rasgos asilvestrados y variados y han protagonizado numerosas leyendas cuando alguno de ellos se ha colado por un portal abierto a otro mundo.

Por norma general, el pueblo faérico es un pueblo independiente y no tiene líderes, sino clanes. En raras ocasiones se suelen reunir una cantidad considerable de ellos y siempre que ocurre, es en tiempos de máxima crisis. Y esta era una de ellas.

Un enorme portal relucía en la base de un árbol. Una variopinta multitud se amontonaba frente a este. Alces con aspecto humanoide, enormes trolls, criaturas con rasgos reptilianos, todos repartidos en clanes, apenas separados los unos de los otros pero con una tensión latente en el ambiente.

Pero no había tensión en las ramas de ese árbol. Lo que había era la habitual discusión entre susurros, el pan de cada día de aquel peculiar grupo de pequeñas criaturas. Los susurros de una disputa llegaban de la rama que se hallaba justo encima del portal.

– ¡Aparta, Kirta, que no veo! – dijo un fauno intentando no caerse de la rama.

– ¡Haber cogido el sitio antes, Yrret! ¡Eres un tardón! – Replicó su hermana, tratando de mantener firme su posición pese a los meneos que el fauno daba a la rama.

– ¡Silencio! ¡Vais a hacer que nos descubran! – les reprendió Lien mientras se acomodaba en otra rama.

Mientras ellos discutían, una oleada sacudió la multitud de abajo y se abrieron dejando paso a un enorme ciervo blanco. Montándolo con grácil tranquilidad, una humana con vestido blanco y el pelo recogido en intrincadas trenzas saludaba como breves inclinaciones de la cabeza a los líderes de la multitud. A su espalda caminaban tres faunos, enormes, atléticos y de semblante duro y decidido. De su espalda asomaban las lanzas faunas de combate y de sus hombros colgaban alforjas con víveres y otros utensilios. 

– Aaaala.¿Pero qué les han dado de comer a esos? – preguntó Yrret.

– Son la élite de los faunos. Guerreros entrenados desde pequeños en el Pozo del Abismo – susurró maravillada Lien.

– No como tú que te has entrenado en el Pozo de la Comida – le dijo maliciosamente Kirta.

Mientras los dos se enzarzaban en una pelea entre susurros, la Dama Blanca llegó hasta el portal y dándole la espalda, se encaró a la multitud. Los campeones faunos formaron detrás suya, como estatuas.

– Pueblo faérico. Gracias por haber venido en tiempos de necesidad. Sé que todos tenéis grandes preocupaciones pero ninguna es tan importante como esta. Como sabéis, la oscuridad está despertando y muchos habéis sentido las consecuencias. Sé de dónde proviene: el origen de ella es mi mundo.

Los murmullos recorrieron el claro y un lider de clan avanzó para encararse a la Dama Blanca. Sus rasgos reptilianos y su cola escamada se agitaba de manera agitada.

– Nosotros hemos impedido cientos de veces que la oscuridad se alzase. ¿Y ahora tenemos que ir a ayudaros a vosotros, estúpidos humanos, a arreglar vuestros errores? – siseó con desagrado, mientras su bífida lengua azotaba el aire.

– Lo sé. Sois un ejemplo de rectitud y de lucha contra la oscuridad. Pero no debeis juzgarnos con excesiva dureza: la oscuridad se abre camino, era solo cuestión de tiempo que pasase.

Uno de los enormes trolls habló y su voz resonó como una cascada de piedras.

– ¿Y por qué no entramos y arrasamos con ese mundo de débiles humanos? Así ya no habrá Oscuridad. No habrá nada.

Muchos entre la multitud corearon su aprobación. El pueblo faérico estaba cansado de luchar con medias tintas. Necesitaban medidas radicales.

– Entiendo vuestra posición, querido pueblo. Pero me nombrásteis la Dama Blanca para uniros en los momentos de dificultad. Y este portal sólo podrá soportar un grupo reducido. Por eso os he convocado con tanta rapidez, mientras yo misma buscaba los campeones perfectos para esta tarea – dijo apartándose para que el pueblo faérico viese a esos faunos que parecían poder partir una lanza con una mano.

La Dama Blanca empezó a desgranar sus logros y su capacidad analítica, las difíciles pruebas que habían superado y cómo gracias a su estrategia e intelecto, ayudarían a los líderes humanos a combatir con efectividad la Oscuridad.

– Me aburro – suspiró Yrret -. ¡Bla bla bla! ¡Miradnos, somos faunos perfectos! Uuuh, mira que pectorales tengo, voy a salvaros de la Oscuridad. ¡Bah!

– Ojalá pudiesemos ayudarles. Me encantaría ver el mundo humano – coreó, soñadora, Kirta.

– Podríamos ser de mucha ayuda. Somos pequeños. Y unos maestros del sigilo – dijo Lien, mirando con tristeza el panorama -. Pero ya han elegido.

– ¡Pues creo que deberíamos ir! ¡Deberíamos acompañarlos! – exclamó Yrret, levantándose de un salto y tratando de mantener el equilibrio.

– ¡Pero ya han elegido! Debemos seguir órdenes – trató de explicar Lien.

– ¡Que importa las órdenes! Nosotros también podemos salvar Calamburia. Y lo que venga después.

– ¿Y si resulta que no hay comida en Calamburia? – preguntó maliciosamente Kirta, agitando la rama a propósito.

– ¿Cómo no va a haber? ¡Ey, para! ¡Que me…! – gritó Yrret resbalando y cayendo un metro, agarrando en el último momento  una rama.

Justo debajo de él, a unos metros, relucía el portal mágico a Calamburia. La Dama Blanca y sus campeones seguían frente a la multitud, desgranando su larga lista de habilidades. La mirada de miedo de Yrret se volvió firme.

– ¡Es el momento! ¡El destino ha elegido por nosotros! – dijo mirándolas a ellas y al portal.

– ¡No Yrret! – gritó Lian, extendiendo la mano.

El pequeño fauno las miró con mirada traviesa y abriendo la mano, susurró:

– Os veo al otro lado.

Su cuerpo cayó como una piedra, precipitándose hacia el suelo. El portal lo engulló como si nunca hubiese existido. Alguien en la multitud, alertado por el movimiento, empezó a armar revuelo. Los campeones empezaron a mirar confusos a su alrededor.

– ¡Lien! ¡Debemos ir con él! – exclamó Kirta.

– ¡No podemos! ¡Los campeones! ¡La Dama Blanca! 

– Es un fastidio. Pero es nuestro hermano – dijo mientras se pellizcaba el morro como si fuese a zambullirse y saltó al vacío.

Esta vez la multitud sí que vió el movimiento y empezó a señalar hacia el árbol. Los campeones se dirigieron a su base y empezaron a escalar a toda velocidad, propulsados por sus cuerpos tallados en mil batallas.

– Oh, cielos. Maldita sea. De verdad que me sacáis de quicio. Bueno, cuando ellos crucen se lo explicaremos todo y volveremos a nuestro mundo sin dar problemas – razonó con fingida tranquilidad mientras saltaba pataleando hacia el portal.

Con impotencia, los campeones del pueblo faérico, la Dama Blanca y la mayor reunión de clanes nunca vista hasta la fecha, vieron como una pequeña fauna gritaba dando vueltas y cruzaba un portal que ya estaba cerrándose. Los campeones trataron de bajar a toda prisa del árbol, pero era demasiado tarde. Con un breve ruido de succión, el portal se colapsó y desapareció.

La Dama Blanca suspiró mientras cerraba los ojos, elevando una plegaria al Titán, aunque este no existiese en este mundo.

– Ahodan, querido. Espero que les escuches y no te dediques a perseguirlos – dijo en voz muy queda, para que nadie la oyese. Pero tenía mayores problemas con los que lidiar. El primero de ellos, tratar de contener a esa turba enfurecida en la que se había convertido la multitud de clanes.