118 – La Memoria del Bosque

Los árboles recordaban.

No en un sentido estricto de la palabra, ya que los árboles no entendían el tiempo tal y como lo hemos troceado y compartimentado los humanos, pero entre sus anillos milenarios y sus ramas llenas de sabiduría, reposa el paso de las eras.

En la linde del bosque, un roble recordaba. Recordaba una época en la que Elfos y Salvajes coexistían en armonía, bajo el mandato del Titán. Tras la expulsión de los Hijos del Dragón de la superficie de Calamburia, los Salvajes se habían vuelto una fuerza sin control que debía ser dominada.

Los Elfos fueron creados por el Titán moldeando la realidad junto al barro y la vegetación de la mismísima tierra. Fueron tres los estamentos de Elfos que establecieron su residencia en la copa de los árboles: Los Elfos Arcanos, diestros en la magia, los Altos Elfos, diestros en la lucha y las leyes y los Elfos Sapientes, expertos en todas las áreas del saber.

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Desde lo alto de sus hogares, los elfos bajaban a la tierra de Calamburia para instruir a aquellas hordas descontroladas traían calma a sus corazones. Los Altos Elfos crearon los duelos individuales y un sistema de leyes y castigos, para canalizar la ira de los Salvajes. Los Elfos Arcanos trataron de encauzar las habilidades mágicas innatas de algunos miembros de las tribus. Los Elfos Sapientes formaban a los Salvajes más apacibles en todas las disciplinas posibles, para que extendiesen su legado.

Poco a poco, los Elfos fueron agotando su esencia mágica al ver su propósito casi alcanzado. De manera paulatina, como una flor marchitándose, se fueron alejando de sus hogares, introduciendose en el bosque para convertirse en árboles que crecerían con vigor con el paso de los siglos, por encima de sus congéneres arbóreos.

Durante cientos de años, aunque los Elfos hubiesen desaparecido misteriosamente de la faz de Calamburia, los civilizados Salvajes seguían acudiendo a la Arboleda de Catch-Un-Sum, donde los árboles palpitaban de poder y parecían susurrar palabras de aliento a sus visitantes. Pero con el paso de los años, incluso esa costumbre se olvidó. El último hombre que acudió a rendir sus respetos a las antiguas leyendas fue el Rey Rodrigo I. El árbol lo recuerda arrodillado entre sus raíces, suplicando al Titán y a los Elfos que le diesen fuerzas para unificar Calamburia.

Con un temblor en las ramas, el árbol recordó cuando fue mancillado por primera vez por un zíngaro. El mismísimo patriarca Arnaldo posó su mano contra su corteza y le sorbió su vida hasta casi matarlo. Fue una época oscura, en la que los zíngaros amenazaron con ahogar al bosque hasta que entendieron que tenían que ser más cautos con su nueva fuente de poder.

El roble recordó los diferentes combates y escaramuzas que se dieron a las lindes del bosque, en el que el Reino de Instántalor trataba de ahogar a su vecino del norte, hasta finalmente anexionarlo a él y a su Palacio de Ámbar. Trató de ocultar algún herido entre sus raíces, pero fue inútil. Todos acababan muriendo.

En uno de sus numerosos anillos, está la marca del combate entre Arnaldo y Theodus, un enfrentamiento que desenraizó a muchos de sus congéneres y del que salió milagrosamente indemne. Theodus cayó, muerto y vencido y la misma tierra lloró su pérdida. El árbol notó como todas las criaturas que vivían en su interior sollozaban de dolor. Quizás por esa razón la tierra misma dió una segunda oportunidad a Theodus, aunque no como él habría esperado.

Un trajín de personas y criaturas se adentraron y salieron del bosque con el paso de las eras, pero pocas atrajeron tanto su atención como la cruel Reina Urraca. El árbol supo que el paquete que tenía bajo los brazos contenía una pócima que cambiaría el destino de Calamburia.

Incluso cuando el árbol pensó que ya nada podía sorprenderlo, el mundo lo hizo. Una mañana se encontró con un niño llorando entre sus raíces. Trató como pudo de consolarlo con sus hojas y el vaivén de sus ramas, pero era imposible. Por suerte, dos amables molineros se lo llevaron para darle un feliz hogar.

Ninguna de esas cosas hizo que el árbol despertase de su vigilia somnolienta. Presenció todos esos sucesos como a través de una ventana, con el sopor de alguien que lucha por no dormirse. Sus pensamientos eran lentos como la melaza y su sentido del propósito se hallaba diluido en lustros de existencia. Pero un buen día…. abrió los ojos.

El gigantesco roble tembló y sus ramas vibraron con fuerza. Un ejército de ardillas y pequeños roedores bajaron a toda velocidad por su tronco. Docenas de pájaros echaron a volar con frenesí de su copa. Dos familias de conejos tuvieron que salir apresuradamente de entre sus antiguas raíces para buscarse otro hogar. El árbol empezó a encoger a una rapidez endiablada, como si estuviese siendo succionado por la tierra misma. Ya no había un árbol. En su lugar, un Alto Elfo parpadeaba lentamente mirando a su alrededor.

A su lado, un delicado sauce empezó a temblar y pasó por la misma transformación. Una Elfa Arcana miró a su alrededor con calma, a través de ojos centenarios que lo habían visto todo.

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– Han sido muchos años, Níniel – saludó con tranquilidad etérea el Alto Elfo.

Su compañera no contestó y miró lentamente a su alrededor.

– Todo ha cambiado, Dandelion – dictaminó la Elfa -. Salvo nosotros.

– No fuimos creados para cambiar. Fuimos creados para perdurar para siempre.

– Te equivocas. Fuimos creados para guiar a la humanidad lejos de su extinción y nuestro premio y consuelo fue el de descansar para toda la eternidad. Pero nos lo han arrebatado – dijo Niniel con fría calma.

Dandellion respiró hondo cerrando los ojos. Los volvió a abrir sereno.

– El Titán sólo nos ha podido llamar de vuelta por una razón: la sangre Salvaje vuelve a estar descontrolada y amenaza con volver a hundir esta tierra en sangre y violencia.

La Elfa Arcana posó sus manos sobre un árbol y susurró unas palabras. Se volvió para mirar a su compañero.

– Nadie más ha despertado. Nuestros hermanos han quedado alterados por la violación de la magia de los zíngaros. Quizás están perdidos para siempre – dijo con amargura la Elfa.

– Tendremos que curar esta tierra nosotros mismos. Es nuestro destino. Trata de investigar en la savia de nuestros hermanos si hay alguna pista que pueda orientarnos.

La Elfa volvió a posar sus manos. Frunciendo la frente, empezó a murmurar por lo bajo.

– Hubo… un asesinato. El linaje peligroso de los Salvajes terminó de manera sangrienta. Pero…hubo un hermano en su forma arbórea que vió algo. Vió a una Sanadora con un niño en brazos llegar a una de las residencias de verano de la realeza. Ahí lo ha visto crecer de una manera rápida y antinatural. Es el Don del Titán. El linaje no ha terminado.

– Temo en lo que se han convertido los hombres en nuestra ausencia. Parecen haber llegado más lejos de lo que les hemos enseñado nunca, y sin una luz que les guiase, han caído en la violencia y la obsesión.

– El Titán nos dió el poder de guiarlos, Dandellion, pero también el de eliminarlos, por si su creación se descontrolaba.

– Es difícil olvidarlo. Busquemos a ese niño; ojalá sea un parangón de justicia y bondad. Si no es así, me temo que tendremos que empezar a arrancar malas hierbas.

Níniel retiró la mano del árbol y miró con firmeza a su compañero.

– No tendré reparo alguno en hacerlo, Alto Elfo. No después de lo que he visto a lo largo de nuestros largos años y al ver lo que han sufrido nuestros compañeros. Cientos de miles de nuestros congéneres, condenados a un sueño del que quizás jamás puedan despertar. Alguien pagará por esto.

Ambos echaron a caminar por el bosque, con paso liviano y suave. Pero temed la tranquilidad de los Elfos, Calamburianos. Un árbol puede partir una piedra en pedazos si dispone del tiempo suficiente. Y los últimos Elfos tenían toda una eternidad por delante.

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117 – PANTERAS ENTRE OVEJAS

Una cálida penumbra envolvía las calles de Instántalor mientras las risas aleteaban por los tejados de la ciudad. La tan ansiada paz de la Reina Sancha llevaba años anidando y prosperando, fuese al precio que sea. Desde que asumió el Reinado sin contemplaciones y tras acabar con la descendencia corrupta del Rey Comosu, Calamburia no había experimentado más guerras internas.

O por lo menos, guerras en el sentido más estricto de la palabra. El campo de batalla, simplemente, había cambiado.

Las risas siguieron aleteando con fuerza en una de las casas señoriales de Instántalor. Como era habitual casi todas las noches, una animada fiesta se estaba celebrando en los jardines de una casa palaciega, decorada con gusto recargado por diferentes farolillos y sembrado de mesas con diferentes viandas y bebidas. Los invitados paseaban de aquí para allá, charlaban y sobretodo, conspiraban.

Nadie iba a esas fiestas por diversión o por placer. En aquellas reuniones sociales, una auténtica batalla campal de afilados argumentos políticos y movimientos envolventes para tratar de pillar a alguno de sus contrincantes con la guardia baja ocurría bajo la forma de sonrisas e inocentes comentarios. Muchos alardeaban en voz alta para atraer la atención de oídos codiciosos, pero eran simples petimetres que trataban fingir importancia. Los verdaderos generales de aquellos campos de batalla eran los que orquestaban pequeñas reuniones privadas, en esquinas alejadas del jardín. Un selecto grupo de personajes de las casas nobles más influyentes, escuchaban con reparos a la figura que ahí les había reunido.

– ¿Y qué me decís de los impuestos sobre las tierras que nos pertenecen por derecho desde generaciones? – inquirió la oscura figura, arropada en costosas telas y una abultada capa – ¿Qué derecho tienen?

– Bueno, querido. Es la Reina. Tiene todo el derecho del mundo – contestó una de las nobles, mirando por encima de su hombro.

– Una regicida. Una asesina de infantes – susurró la figura oscura.

– Bueno, a nadie le gustaba que los Salvajes gobernasen en el palacio. Dorna era un incordio. Y Comosu desapareció. Tampoco hemos perdido tanto – dijo en voz más alta otro noble, presionando para que la figura mostrase más sus cartas.

– Una Reina vieja. Junto a la Reina Urraca, que se ha humillado recorriendo las calles y mendigando, ahora de nuevo en el trono. ¡Es indigno! – insistió la sombra, agitando las manos, y dejando bien a la vista el sello de los Von Vondra.

El grupo de conspiradores se removió incómodo. El emisario de los Von Vondra tenía razón, claro. Todos habían tenido pensamientos similares en la intimidad de sus mansiones, pero la Reina Sancha parecía ir un paso por delante de todos ellos. Aquel vejestorio los tenía cogidos con su garra de acero.

– ¿Y qué sugieres? ¿A caso tu familia podría darnos….protección? No me voy a arriesgar a nada por altruismo – espetó un noble con gran sombrero, bebiendo nervioso de su copa.

– La influencia de mi familia llega muy lejos, y nuestra generosidad puede alcanzar cotas que no os imagináis – dijo zalameramente la figura.

– No me importa vuestra generosidad. Lo que quiero yo es protección – dijo una mujer que portaba una elaborada máscara.

La figura rió suavemente, moviendo las manos como restándole importancia.

– Nos os preocupeis por la protección. Bajo el ala de los Von Vondra, nadie osará tocaros – sentenció muy ufano.

En ese preciso instante, un proyectil atravesó el aire con el zumbido de un gigantesco mosquito, plantándose en el cuello del mensajero. Dando aspavientos y tratando de llevar sus manos al cuello, salió de la oscuridad para colocarse a la luz. El público de conspiradores pudieron ver con espanto cómo el anodino mensajero se arrancaba el dardo del cuello, pero demasiado tarde. Las venas se tornaban negras a medida que el veneno recorría su cuerpo y cuando alcanzaron los ojos, se quedaron en blanco y se derrumbó como un fardo. El grupo huyó entre gritos, pidiendo auxilio.

En los tejados, una sigilosa figura asintió satisfecha y empezó a desmontar su cerbatana con movimientos cuidadosos. Uno a uno, fue colocando sus partes junto a los dardos sellados con cera en una tela impermeable, que anudó de forma experta y ató a su cinto. Como la brisa por entre las hojas, se levantó y empezó a corretear por el tejado, similar a un gato.

Abajo, en los jardines, la guardia acudió con brío y empezó a inspeccionar la zona. Algunos de los comensales señalaron los tejados y los soldados a sueldo se introdujeron en tropel en la casa señorial para subir las escaleras. La sombra sonrió en la oscuridad y prosiguió su camino hasta el costado de la casa, donde empezaba una larga e iluminada calle. En el borde del tejado, una cuerda trenzada con lianas se tendía de lado a lado de la calzada.

Con movimientos ágiles de primate, la sombra se enganchó a la cuerda, con su largo pelo colgando hacia el vacío, y cruzó la calle usando pies y manos para agarrarse aquella resistente vía de escape. Cuando llegó al otro lado, se encaramó al tejado y cortó la cuerda con una afilada daga. Mientras tanto, la guardia de la mansión ni siquiera había llegado al tejado. Pasarían muchas horas hasta que descubrieran la soga que pendía a un lado de la casa, y para entonces, la sombra estaría muy lejos de ahí.

Saltando de tejado en tejado, fue dejando atrás la zona más iluminada de la ciudad para adentrarse en los suburbios de la misma. Las risas fueron desapareciendo, reemplazadas por un ambiente más estoico y taciturno. La paz no tenía un color muy diferente a la guerra para los plebeyos de Calamburia: la única diferencia es que ya no morían en guerras sin sentido.

La Taberna Dos Jarras estaba abierta, como siempre. La sombra, iluminada por las luces que salía por las ventanas, resultó ser una amazona de mirada decidida. Con gesto claramente molesto, entró en el apestoso recinto.

La taberna estaba abarrotada aún a esas horas, ya que la cerveza que preparaba Edmundo el Espigado se había vuelto casi legendaria. Al grito de “¡Voy a ser papá!”, invitaba a rondas a los beodos parroquianos.

La amazona se abrió paso por entre el gentío, que parecía detectar su aura de hostilidad y le despejaban el camino. Los clientes murmuraban a su paso, pero se cuidaban mucho de cruzar una mirada con ella. Finalmente, llegó hasta el fondo de la sala, donde otra Amazona, despatarrada en su asiento, le esperaba junto a la chimenea.

– Al fin, Aínia. Pensé que me iba a quedar para siempre esperando en este agujero oscuro – espetó su compañera, ligeramente achispada, sosteniendo una espumosa cerveza.

– No veo que te estés aburriendo, Majají – dijo sentándose en otra silla, arrebatándole la jarra para beberla de un trago – No entiendo como te puede gustar este meado de cocodrilo.

Es para debiluchos, o peor aún: para hombres.

– Bebería lo que sea para poder soportar su olor. ¿Has hecho el encargo?

– Por supuesto. Imagino que tu también.

– Nunca encontrarán su cuerpo.

– Nuestro trabajo ha terminado, entonces. Volvamos a nuestro hogar, no soporto el hacinamiento de esta ciudad.

– Ah, ¿Ya os vais, linduras? Mis amigos y yo pensábamos que queráis pasar un buen rato – dijo una grave voz, claramente borracha.

Ambas levantaron la mirada con profundo desprecio para mirar a un gigantón barbudo, que parecía la mezcla perfecta entre un hortelano, un salvaje y un jabalí: enorme, musculoso y feo como un demonio. Su barba parecía un matorral arrastrado por el viento y sus ojos porcinos miraban con lujuria a ambas mujeres. Sus amigos, apoyados en la barra, no parecían tan lanzados, murmuraban entre ellos con miedo mirando a las dos mujeres.

– Hombre, estás demasiado borracho para entender lo que estás haciendo. Vete ya antes de que te destripemos – dijo Aínia mirando con profundo odio al hombretón.

– Oh si, las amazonas tenéis carácter. Y cuentan muchas historias sobre vosotras. Pero yo sé cómo domar a las mujeres rebeldes.

Majají se levantó, tambaleándose ligeramente y acercándose al gigantón. Se encaró a él a pesar de que le sacaba al menos cabeza y media de altura.

– Lárgate. No me sirves ni para esclavo sexual, y la Serpiente sabe que mis gustos no son exigentes – dijo escupiendo al suelo.

– ¿Sí? Pues quizás tú sí que podrías ser mi esclava – dijo acercando su cara a la de ella, exhalando su apestoso aliento a cerveza -. ¿Y qué vas a hacer para impedirlo, eh, mono de las marismas?

La amazona sonrió con sorna y sin previo aviso, soltó un descomunal cabezazo contra la nariz del matón. Aullando como un loco, se echó las manos a la cara tratando de contener la hemorragia, insultándola con todo tipo de coloridas expresiones. Las conversaciones se detuvieron y los ojos se agrandaron al ver que alguien había sido tan necio como para retar a una amazona. Aínia abrió su saco con la cerbatana y empezó a engrasar y limpiar sus componentes, como si nada estuviese ocurriendo a su alrededor.

El gigantón se recuperó del golpe, invadido por una rabia homicida. Majají crujió su cuello y calentó sus tobillos, sonriendo como una hiena. El hombre se abalanzó sobre ella, con los brazos por delante como un oso salvaje. Ella esquivó con la agilidad de una serpiente, poniéndole la zancadilla y derrumbándolo con un temblor que tiró las copas de las mesas. Rugiendo, se incorporó y asió una silla sin esfuerzo alguno y se lanzó contra su enemiga. Majaji se agachó casi a ras del suelo, evitando la silla por los pelos, se apoyó en la cadera del hombre y trepó por su espalda hasta rodear el cuello con sus poderosas piernas. Con los brazos se sujetó a la lámpara que colgaba del techo, mientras una lluvia de velas caía sobre los dos combatientes. Majaji hizo caso omiso a la cera caliente y empezó a apretar los muslos con fuerza. El hombretón trataba de liberarse del agarre , pero eran como las mandíbulas de un caimán: implacables. Los brazos de la amazona, agarrados a la lámpara, eran lianas de las marismas, tensas e inamovibles. Poco a poco, el hombre fue perdiendo energía y vigor, sus piernas flaquearon y cayó al suelo como un árbol derribado. Su cabeza dio contra el suelo con un desagradable crujido y la taberna se quedó en silencio.

Majají se dejó caer del gran candelabro del techo con una ágil caída y cogió una jarra llena de una mesa, cuyo dueño no osó protestar. Poco a poco, mientras se sentaba en su silla, las conversaciones volvieron a arrancar entre murmullos, hasta alcanzar el volumen habitual.

– ¿Has terminado de jugar? – dijo Ainia mientras guardaba su arma de nuevo en el saco.

– Necesitaba despejarme. Ya estoy lista. Volvamos a nuestro hogar – dijo terminándose la jarra.

Salieron con paso tranquilo de la taberna y no fueron molestadas por nadie más. Solo los borrachos y los inconscientes se atrevían a desafiar una amazona. Hacerlo era como enfrentarse al pantano: una muerte lenta, dolorosa y sin contemplaciones.

116 – EL OCASO DE ÁMBAR (III)

– Calma. Concéntrate. Debes esperar hasta el último segundo.

El jabalí cargaba directamente hacia ellos, con los ojos enloquecidos y soltando espuma por la quijada. Levantaba terrones de tierra y sus colmillos parecían relucir a la luz del amanecer.

– Sujeta bien la lanza– susurró el padre de Dorna -. Y cuando esté tan cerca que puedas respirar su olor, carga hacia adelante con todas tus fuerzas.

La pequeña Dorna saltó gritando hacia el jabalí clavando la lanza debajo de su mandíbula, atravesando su cerebro y empalándolo en el acto. La criatura dio unos últimos estertores y cayó con todo su peso sobre la lanza, empalándose aún más.

– ¡Lo he conseguido, padre! ¡He sido más fuerte que el jabalí! – dijo entre risas Dorna.

– Así es, cachorro. Tus pequeños colmillos son cada vez más afilados. Pronto te volverás una loba temible a la que todos temerán – dijo con orgullo su padre, revolviéndole el pelo con cariño.

– Pero si somos tan fuertes, ¿Por qué nos atacó, padre?

– Es la lección que quería enseñarte hoy. Sígueme.

Dorna siguió los pasos de su padre por los senderos ocultos del bosque. Trataba de pisar donde el pisaba e imitar todos y cada uno de sus movimientos. El sol seguía alzándose y espantando las últimas sombras del crepúsculo.

Llegaron a una pequeña hondonada donde se hallaba un árbol arrancado del suelo, con las raíces tratando de ascender hacia el cielo. Entre ellas, se escuchaban unos pequeños gruñidos animales. Dorna se acercó, muy suavemente.

– Son sus crías – dijo mientras tocaba suavemente las pequeñas criaturas, que emitían sonidos agudos de hambre, clamando por su madre.

– Así es, hija. Sin la manada, no somos nada. Solos, no podemos enfrentarnos a ningún peligro, por muy fuerte que seamos. Algún día, serás Jefa de Clan y tendrás que tener esto muy presente.

– Sigo sin entender por qué nos atacó. ¿A caso no estaba sola? ¿No tenía todas las de perder?

– Es cierto que solos no somos nada. Pero nunca menosprecies el poder infinito y brutal que invade a una madre cuando su progenie está en peligro. Nunca lo olvides.

Las palabras de su padre aún recorrían su cabeza tras tantos años de luchas y decepciones, pero ahora cobraban un cariz diferente. Apuntalando los pies en la tierra, se tensó como un resorte y aguardó la carga de su enemigo. El gigantesco soldado acorazado continuó su carrera con su mandoble en alto, y en vez de retroceder, Dorna saltó hacia adelante y le incrustó la lanza en el pecho sin temer ningún tipo de contrataque. El golpe del soldado falló y se empaló aún más por la inercia de su carrera. Escupiendo sangre por su casco, se derrumbó como un vulgar fardo.

Se giró hacia el campo de batalla. Portales mágicos se abrían por doquier y vomitaban soldados acorazados sin ningún tipo de orden lógico. Las formaciones militares no servían de nada, solo el instinto y los reflejos, los duelos individuales, la fuerza primitiva.

Dorna rugió un grito de guerra y se lanzó a por los desorientados soldados que salían de los portales. Otro rugido hermano le contestó por las cercanías del campo de batalla y Dorna prosiguió su lucha contra los soldados desorientados que salían de la nada. A través del portal, podía ver el campamento militar de la Reina Sancha, un hervidero de actividad similar a una colmena y con batallones interminables de soldados esperando su turno para entrar a invadir el palacio.

Los Zíngaros se apresuraron a cerrar el portal, pero otros muchos se abrían por doquier. Dorna se enzarzó en un combate con otro soldado, hasta que fue rodeada por todo un escuadrón. El rugido se volvió a repetir y Corugan los lanzó a todos volando por los aires con un barrido de su cayado

– ¡CORUGAN! – gritó con toda la fuerza de sus pulmones, mientras desafiaba a sus enemigos.

Ambos salvajes se colocaron espalda contra espalda, en una posición de combate que les eran tan familiar como respirar. Justo cuando se iban a abalanzar a por sus víctimas, una joven atravesó el grupo sin detenerse. Mairim se giró y saludó a Dorna mientras proseguía su carrera, saltaba contra las columnas y se lanzaba por una de las vidrieras del palacio.

El surrealista acontecimiento sacó a Dorna de su frenesí guerrero. Parpadeó mirando a su alrededor, mientras Corugan volvía a gritar su nombre y hacía retroceder de terror a los soldados. Su memoria volvió de golpe, recordándole las horas que había estado aporreando esa puerta, todos los intentos de Corugan por abrirla y finalmente, el principio del asedio del ejército de la Reina. No había podido quedarse en el palacio protegiendo la puerta que la separaba de su hijo porque Efrain le suplicó que protegiese el patio con los pocos Salvajes que le quedaban.

Los soldados enemigos empezaron mostrar un poco más de organización y empezaron a hacer un perímetro defensivo que bloqueaba el paso al palacio. Dorna entendió que algo estaba pasando en aquella torre y que por alguna razón habían mandado a los soldados a protegerla. Arrancando una lanza de un cadáver, la alzó en alto y gritó para llamar la atención de salvajes y zíngaros supervivientes. Sin saber si la miraban o no, cargó de nuevo hacia adelante, convencida que Corugan la seguiría. Su amigo, consejero y chamán se apresuró a unirse a ella, tocando uno de sus colgantes y murmurando un hechizo con una voz rasposa. Sus rasgos se deformaron y su cuerpo se hinchó hasta alcanzar una enorme mole simiesca, con rasgos brutales y llenos de violencia.

La criatura se estrelló contra los soldados como si de una bala de cañón se tratase y empezó a dar mamporros y potentes puñetazos a todo cuanto tenía a su alrededor. Dorna siguió su estela de destrucción, pero cada vez más soldados trataban de rellenar los huecos dejados por sus compañeros. Por el rabillo del ojo, captó un movimiento en lo alto de la torre, por encima de la Sala de Audiencias. Sancha III, Reina regente de Calamburia, se erguía altaneramente en el balcón. Cómo podía haber llegado hasta ahí escapaba al conocimiento de Dorna, pero su corazón se detuvo cuando vio que portaba un fardo en brazos.

Sancha empezó a hablar, y el corazón de Dorna a bombear sangre. No podía oír lo que decía, solo podía pensar en atravesar el cerco de soldados y salvar a su hijo. Sancha siguió hablando mientras alzaba el niño entre brazos. Pum. Dorna esquivó el tajo de una espada y atravesó con su lanza a un soldado. Pum. Sancha sacó un estilete de una de sus largas mangas y lo alzó hacia el cielo. Pum. Dorna trató de zafarse del agarre de un soldado y le desgarró el cuello de un violento mordisco mientras trataba de seguir avanzando, mirando hacia arriba. Pum. Sancha gritó lo que parecían las últimas palabras de un discurso. Pum. Dorna siguió corriendo, trastabillando, con la cara cubierta de sangre y los ojos llorosos mientras extendía un brazo desesperado hacia la torre. Pum.

Sancha terminó su discurso y con un movimiento firme, apuñaló al bebé en el pecho. Lo sostuvo unos segundos en el aire y lo dejó caer. Dorna gritó, o creyó gritar, pero ya no era consciente de nada. Su cuerpo seguía matando y desgarrando a todo el que le impedía seguir corriendo, pero su mirada estaba clavada en la pequeña figura que caía en picado por hacia la plaza. La Hija de los Primeros Hombres empezó a ser rodeada de cada vez más soldados y su corazón estalló en mil pedazos cuando vio aquella pequeña forma caer a escasos metros de ella. Llorando sangre y lágrimas, se abalanzó con las manos desnudas contra la muralla acorazada de soldados, pero en el último instante recibió un descomunal empujón que la lanzó al suelo, perdiendo el conocimiento.Pum.

Fue despertada por el familiar crepitar de una hoguera. Sintiendo cada uno de los arañazos y cortes de su cuerpo, se incorporó débilmente, como si fuese un cachorrillo.

– ¿Padre? ¿Qué ha pasado? – preguntó con voz temblorosa.

La sombra situada al otro lado de la hoguera cobró forma cuando se acercó a comprobar su estado. Pudo comprobar que aquellos rasgos no pertenecían a su padre, sino a Corugan.

– Descansa, líder de manada. Has perdido mucha sangre – gruñó Corugan en su idioma salvaje.

El escozor de las heridas provocó un vuelvo en su corazón. Recordó cómo había sido noqueada.

– ¿Por qué me detuviste? ¡Quería recuperar a mi hijo! ¡Maldito seas, Corugan! – dijo abalanzándose contra su pecho y propinándole una lluvia de puñetazos. Aunque débil, los golpes hicieron gruñir al chamán.

– Estábamos rodeados, líder. No podíamos hacer nada más. Tuve que luchar por tu supervivencia ya que tu habías perdido las ganas de vivir. Era una muerte deshonrosa – dijo escupiendo contra el fuego.

– Mi hijo… han matado a mi hijo – susurró mirando fijamente el fuego. Sintió como los pedazos de su corazón se hundían en el barro, dejando un vacío hambriento e infinito.

Corugan se limitó a apartar la mirada, compartiendo el dolor de su líder y amiga.

– Ya no tengo Clan. Ya no tengo descendencia. Ya no tengo… nada – enumeró con voz inerte mientras su mirada seguía perdida en el fuego.

La hoguera crepitó, tratando de llenar el silencio.

– Aún te queda algo. Hemos recibido visita mientras estabas inconsciente. Nos siguió desde que te saqué a rastras del palacio y me interné en el bosque – dijo Corugan señalando hacia las sombras.

Dos ojos ambarinos brillaban en la noche, mirando con sosiego hacia la pareja. Una mole se movió en la oscuridad, acercándose a la hoguera y se tumbó frente a Dorna. Se trataba de un lobo negro como el carbón, pero el triple de grande que cualquier otro lobo.

– En nuestros cánticos y leyendas no hay ningún rastro de una criatura de estas características, líder de manada. Es como si la misma oscuridad hubiese cobrado vida.

Dorna miró fijamente esos ojos ambarinos, aunque no era la primera vez que los veía. Los había rechazado una vez, hace no mucho tiempo. Pero ahora, todo había cambiado.

– Es como nosotros, Corugan. Es un paria, un rechazado. Nunca podrá estar en ninguna manada y su destino es morir solo y abandonado. Pero yo no creo en ese futuro – dijo mientras seguía manteniendo contacto con la mirada lobuna.

– No me llames más líder de manada – prosiguió-. Ahora, somos iguales. No volveré a dar órdenes, dejaré que nuestro instinto nos guie, como el viento marca el camino de la hoja que cae del roble. Y mi instinto ahora solo me pide una cosa: sangre. Acompañadme o no, esa es vuestra decisión.

Dorna se levantó trabajosamente. El hueco que tenía en su corazón se encendió con una nueva antorcha. Esta vez, no se trataba de un fuego que diese energía o calor. Era una luz que proyectaba sombra, era una fogata que sólo transmitía frío y su crepitar expandía el olor a muerte.

Sus pasos tambaleantes la llevaron lejos de la fogata, hacia la oscuridad. El gran lobo negro se incorporó con suavidad y siguió sus pasos. Corugan los vio alejarse, mientras trataba de recordar la gran cadena de acontecimientos que lo habían llevado hacia allí. Gruñendo con fuerza, agarró el cayado, se incorporó y siguió a su amiga, adentrándose en la oscuridad.

Las Amazonas

Hace muchos años, cuando los Salvajes dominaban la tierra de Calamburia, la esposa de uno de los líderes, llamada Akanni, asesinó a su marido porque éste era cruel con ella. La muerte fue a vista de todos, pues Akanni no deseaba que se la viera como una cobarde, de modo que mientras su esposo hablaba a su tribu le degolló con un cuchillo. La tribu no supo cómo reaccionar, pero Akanni no tardó en proclamarse líder de todos ellos, prometiéndoles que lo haría mucho mejor que su esposo, y que les conduciría a nuevas tierras que conquistar.

Así fue cómo nació la primera tribu de salvajes liderada por una mujer.

Sin embargo, la noticia de cómo Akanni había llegado al poder no sentó bien a los líderes de las tribus vecinas, que una y otra vez intentaron conquistar sus tierras y eliminarla. Akanni conseguía defenderse de los ataques, pues era mejor estratega y más astuta que todos ellos, pero no tardó en comprender que nunca la dejarían en paz; más aún, los hombres que componían su propia tribu también deseaban arrebatarle el mandato, de modo que un día tomó una decisión:

En secreto, habló con todas las mujeres del pueblo y las conminó a viajar lejos, a esas tierras que les había prometido conquistar. Su objetivo se encontraba al sur, pero no podrían hacerlo acompañadas de los hombres. Cada uno de ellos deseaba traicionarla, incluso cuando Akanni había demostrado ser mejor que ellos, de modo que tendrían que dejarlos atrás.

Y así, una noche, las mujeres de la tribu de Akanni dejaron a sus maridos durmiento y viajaron muy al sur, a las marismas, donde se instalaron con un nuevo nombre de tribu: las Amazonas.

Las amazonas son una tribu derivada de los salvajes que consta únicamente de miembros del sexo femenino. Los únicos varones que son aceptados entran como esclavos sexuales. Se les somete, se les utiliza para procrear y se acaba con su vida. Las amazonas consideran a todos los hombres propensos a la traición y, por ello, cada varón es visto como alguien de quien no hay que fiarse.

Hoy día, las amazonas ocupan y consideran su territorio a las marismas al sur de Calamburia. Esta tierra desolada y hosca ha sido su hogar durante cientos de años, pero ellas, como hicieron los salvajes en su día, también desean expandirse. Por eso de cuando en cuando organizan grupos de ataque a Instántalor, y también al este, a las tierras de los nómadas. Algunas de las tierras de occidente fueron ocupadas en su día (cerca del faro cóncavo) pero al estar prácticamente despobladas las Amazonas no tardaron en abandonarlas: a ellas lo que verdaderamente les gusta es conquistar ciudades, pueblos y terrenos habitados, y demostrar a todo el mundo que son guerreras muy a tener en cuenta.

Algunas amazonas se contratan como asesinas a sueldo, puesto que en su sociedad han aprendido muchas formas de ataques a distancia. Este es el caso de Ainía. Su destreza con la cerbatana ha hecho que algunos acudan a ella para que les libere de sus enemigos. Ainía conoce el arte de fabricación de venenos, y sabría elaborar uno que acabara con su objetivo incluso antes de que su cuerpo tocara el suelo. No obstante, Ainía guarda una intención secreta: se mezcla con los habitantes del norte y realiza contratos con ellos para conocerlos mejor, pues un día espera reunir un ejército lo suficientemente grande como para atravesar las murallas del Palacio de Ámbar.

Majají, por su parte, es con mucho la guerrera más diestra de la tribu. Algunos aseguran que, de niña, recibió la visita de una Pantera de pelo oscuro, que no era sino un poderoso espíritu de la tierra. La Pantera rugió cerca de su cuna, y el espíritu pasó del animal a la mujer. Desde entonces Majají ha recibido una bendición: sus enemigos han comprobado que resulta muy difícil de matar. Es extraordinariamente fuerte y resistente, y sana sus heridas a un nivel mucho más acelerado que el resto. Los miembros de su tribu aseguran que la Pantera Oscura la protege.

Las Amazonas son una amenaza para las tierras más civilizadas, pero algunos aseguran que. Como sucedió en el pasado con Akanni, si ellas gobernaran la tierra no volvería a conocer la guerra.

Otros, por contra, no ven más que a unas fieras guerreras capaces de acabar con todo el que se interponga en su camino, en especial si es un hombre.  


LAS AMAZONAS

Presentación

Hace muchos años su tribu se separó de los salvajes que vivían en las montañas y viajó al sur para habitar las marismas. Allí se transformaron en una sociedad compuesta únicamente por mujeres, donde los hombres no son más que meros esclavos. Son fieras guerreras que no temen a nada ni a nadie, ¡lanzad un fuerte grito para saludar a las Amazonas!


La pareja

Majají. Pantera oscura

Entre las Amazonas es conocida como una de las guerreras más feroces e implacables. Sabe luchar con una decena de armas, pero su puntería con el arco es legendaria. Sin embargo, quienes sólo la creen una salvaje están muy equivocados, pues habita en su interior un antiguo espíritu de la tierra, capaz de salvar su vida incluso en las más duras condiciones. ¡Un saludo para Majají. Pantera oscura!

Ainía. Corazón de fuego

Es una experta rastreadora y una cazadora sin igual. Los dardos de su cerbatana están impregnados con los venenos más mortíferos, y más de una vez han sido empleados para asesinar por encargo. Sin embargo ella tiene un deseo aún más ambicioso que el de ser asesina a sueldo: conquistar un día toda Calamburia. ¡Ella es Ainía. Corazón de fuego!