153 – SUEÑOS Y PESADILLAS

Durante la celebración del torneo, el claro central de la Arboleda de Catch-Unsum era considerado un lugar sagrado. Nadie —excepto los elegidos por el Titán— podía traspasar su umbral. Sin embargo, y dadas las penurias que atravesaba Calamburia, aquella final del torneo había generado una considerable expectación. Por ello, calamburianos venidos de todas partes del reino habían improvisado sus propios palcos en las ramas de los viejos árboles que rodeaban el claro. Desde la distancia, habían asistido a una contienda histórica que poder contar un día a sus nietos. Ahora, tras la conclusión del V Torneo, y cada uno desde su respectiva altura, aplaudían a rabiar a los vencedores. Había mocosos de las villas colindantes, arrieros que se las habían apañado para que su ruta pasara cerca de la arboleda, campesinos, cazadores e incluso algún zíngaro que observaba desde las sombras, viendo sin ser visto; gozando en secreto del espectáculo.

Durante los vítores y aplausos, los héroes se mantenían erguidos en el centro del claro de la Arboleda de Catch-Unsum con la cabeza gacha, en señal de reconocimiento a la pareja ganadora. Pero sus rostros serios no podían ocultar una cierta decepción. Todos los elegidos —relojeros, alquimistas, custodios, faunos, tahúres, brujos y Sombra Real—, habían recorrido un largo camino para llegar hasta allí y, aun habiendo sido agraciados con la C del Titán, sabían desde el principio que solo una de las parejas conseguiría el tan ansiado premio. Y, aunque el público les considerara afortunados e incluso les admirara por su arrojo y saber hacer, en ocasiones es más duro acariciar el cielo con la punta de los dedos y luego perderlo, que vivir toda una vida sin levantar la vista del suelo.

En el centro del claro, recibiendo una calurosa ovación, se encontraban los hortelanos, Fecu y Granfel: posiblemente los dos únicos seres por lo que nadie hubiera apostado al inicio del torneo. Al recibir la C, no pocos habían achacado su selección a un error del Titán. Pero los hechos volvían a constatar la inapelable verdad, aquella que tantas veces había proclamado Inocencio I, el Supremo Benevolente, con su habitual y fervorosa contundencia: el Titán nunca se equivoca.

Los hortelanos se habían enfrentado a los mismísimos Brujos Tenebrosos, la crema y nata de Cuna de Oscuridad, y habían vencido. Nadie sabía a ciencia cierta cómo, pero había quedado claro que el tándem que formaban los descontrolados poderes de Granfel y el pensamiento estratégico-crítico de Fecu era imbatible. Ni siquiera los brebajes de Tesejo, las abominables mascotas de Ménkara o los más retorcidos ardides de la magia oscura de Caila habían logrado parar a los humildes pero perseverantes hortelanos.

Muchos hortelanos, incluso a riesgo de ser azotados, habían abandonado su trabajo en los campos para asistir a la gran final. Ahora, encaramados a las ramas de los árboles desde donde habían podido ver la final, eran los que vitoreaban a los vencedores con más ganas. Quizás entendieran que ese triunfo podía suponer, en realidad, el inicio de una nueva era para los suyos; o, probablemente, solo hacían ruido por ese absurdo sentimiento gregario que caracterizaba a los de su raza.

En cualquier caso, si bien todos los participantes parecían algo decepcionados, aquellos más visiblemente hundidos y cabizbajos eran el oscuro trío de brujos, aunque quizás no sufrieran por lo mismo ni de la misma manera. Ménkara sentía como propias las heridas que su tarántula había recibido en combate; a Tesejo, lo que más le dolía era el espantoso ridículo que había echo frente a Aurora, la hermosa aprendiz del alquimista; sin embargo a Caila, como buena líder, le preocupaban asuntos más importantes. En primer lugar, la lacerante frustración de haber fracasado en su empeño personal, el de limpiar el malogrado nombre de su estirpe. En segundo lugar, el miedo cerval de regresar con las manos vacías a Cuna de Oscuridad. ¿Qué castigo les esperaría tras tamaña derrota? Cada vez que lo pensaba se le helaba la sangre. Aurobinda y los Consejeros eran estrictos e implacables con el error ajeno. Pero lo que más le asustaba era enfrentarse a la despiadada mirada de la Reina Dorna, la Consorte de la Oscuridad. Temía más a su hiriente y descorazonado silencio que a todas las torturas posibles. Apretó el puño con fuerza, rabia y miedo. ¿Cómo habían podido ser derrotados después de haber llegado tan lejos? Definitivamente, aquel no había sido un buen día para los Brujos Tenebrosos.

Fecu y Granfel, sin embargo, estaban radiantes de júbilo. Se hallaban frente al gran tocón del Primer Árbol con el ansia del niño que aguarda una galleta en espera de que el Titán cumpliera su promesa. Y así fue. Sobre los anillos del cercenado árbol milenario se materializó la botella. Aquel envase contenía el más preciado líquido que cualquier mortal pudiera soñar con hacer pasar por su gaznate: la mismísima Esencia del Titán. De ella se decía que quien la bebiera podría hacer realidad su más profundo deseo. Otros héroes lo habían logrado en el pasado, pero nunca una pareja de una raza tan claramente inferior. ¿En qué extravagante petición derrocharían esos dos pobres hortelanos el precioso don del Todopoderosos Titán?

Granfel Puerroloco, hecho un manojo de nervios, tomó la colorida botella y la alzó con sus grandes brazos.

—Queremoz… Nozotroz queremoz… —titubeó nervioso el hombretón con su lengua de trapo—. Lo que en verdad dezeamos máz que ninguna otra cosa ez…

Con un gesto de cariño y la resignada paciencia de una institutriz de hijos de nobles con poca sesera, Fecu tomo la botella en sus manos y sonrió a su compañero. Granfel le cedió el recipiente de buen grado, casi con alivio: las palabras no eran lo suyo. Entonces Fecu Brenn tomo aire y habló, con voz profunda y firme, con la voz de un general que arenga a las masas antes de la batalla.

—¡Tras siglos de opresión y soportar estoicamente el yugo de los nobles y la Corona, los hortelanos y hortelanas de Calamburia pueden por fin respirar tranquilos!

Algún que otro orondo terrateniente, desde las ramas más bajas de los árboles, sintió que su estómago se encogía. Sus compatriotas hortelanos, en cambio, aullaban emocionados, ¿sería aquel el día en que cambiaría todo?

—¡Nuestras ansias de libertad van a ser por fin colmadas! Hoy, gracias a vuestra perseverancia y a vuestra inquebrantable fuerza de voluntad, surgirá de la tierra misma un nuevo amanecer en que cada patata será dueña del suelo que la vio crecer —miró en derredor regocijándose con cada una de las caras de dicha de su gente.

Tras una breve pausa dramática, Fecu comenzó a proferir con solemnidad:

—¡Lo que deseamos, oh poderoso Titán, es la libertad para todos y cada uno de los hortelanos, un pueblo injustamente oprimido durante generaciones! ¡Sea, pues, este que hoy concluye, el último día de esta era oscura!

Fecu alzó la botella de Esencia como si fuera a beberla, pero un repentino relámpago la detuvo. Su cuerpo y el de Granfel se habían quedado petrificados y por más que lo intentaban, no podían moverse.

—¡Imbéciles, esta era oscura no ha hecho más que empezar! —profirió una poderosa voz que, mágicamente, parecía provenir a la vez de todos los rincones de la arboleda.

Muchos de los presentes se sobresaltaron y giraron su cabeza a un lado y otro buscando de dónde provenía aquel timbre desconocido que rebosaba tanto odio y maldad.

Granfel, sin embargo, reconoció aquella voz. O, al menos, sintió que le recordaba mucho a una que conocía. Se trataba de la que tantas veces le había arrullado por las noches cuando él era solo un tierno tubérculo que dormitaba en las entrañas de la tierra. No había duda: era la misma, aunque estaba claro que algo la había cambiado en ella. Antes era tierna y bondadosa; ahora sonaba dura, lacerante, cargada de puro resentimiento. Era la voz de Eme, cuya magia, un día, le había dado la vida. Ahora, el alma pura y cándida del impromago había sido corrompida por el poder de la Oscuridad.

De repente, el claro del bosque se oscureció mientras el cielo se cubría de nubes de tormenta. Un escalofrío recorrió el espinazo de todos los presentes. La súbita aparición de Eme en el claro del bosque y la malignidad de su expresión fue capaz de sobrecoger a los mismísimos cíngaros que habían contemplado los combates desde las sombras. Hasta los Brujos Oscuros se estremecieron y tan solo los dos miembros de la Sombra Real sonrieron con cierta satisfacción, como si aquello fuera un plan del que estuvieran al corriente desde el principio.

El poderoso hechicero con una sonrisa sádica en el rostro avanzó hacia el tocón del Primer Árbol mientras su capa negra ondeaba al viento de la tormenta que, de repente, había oscurecido un soleado y glorioso día.

Pero los elegidos por el Titán, haciendo honor al valor que se les suponía, no se amedrentaron ante la oscura presencia de Eme. Kesia y Kaju, dando un paso al frente, fueron los primeros en enfrentarse al intruso que había profanado el claro de la Arboleda de Catch-Unsum.

—¡No deberías estar aquí! ¡Los Custodios del Templo no permitiremos que traigas la oscuridad a este lugar sagrado! —profirió Keisa con la abnegada decisión de alguien dispuesto a entregar su vida.

—¡Soy un elegido de la luz, y estoy dispuesto a detenerte cueste lo que cueste! —rugió Kaju dejándose llevar por una furia inusitada.

—¿Paladín? No me hagas reír. Aún te falta mucho para aprender a dominar ese poder tuyo… —respondió Eme con cierta sorna—. ¡Apartaos de mi camino, insectos!

Con un simple gesto de su mano, les lanzó por los aires como si se tratara de dos simples muñecas de trapo. Los faunos, sin dudarlo un instante, cargaron instintivamente contra el mago oscuro mientras proferían su grito de guerra, pero este no se molestó en prestarles atención. Los pobres seres faéricos se estrellaron contra una suerte de muro invisible que le envolvía y quedaron en el suelo tocándose sus doloridas cabecitas astadas. ¿De dónde había obtenido el antiguo impromago tanto poder?

Los Alquimistas no habían estado ociosos. Mientras sus compañeros se sacrificaban en tratar infructuosamente de detener el avance de Eme, Aurora y Callum habían estado mezclando los componentes secretos de una fórmula arcana secreta en la que habían estado trabajando. La aprendiz sujetaba un recipiente de vidrio mientras su maestro añadía el último ingrediente: la pluma brillante de un ave fénix. Casi al acto, el matraz lanzó un destello cegador. Parecía contener energía de luz en estado puro. Sin embargo, antes de lanzarlo contra él, Aurora advirtió a su adversario:

—¡Fuiste un ejemplo para todo Skuchaín! ¡No nos obligues a hacer esto!

—Eme, fuiste mi estudiante más bondadoso. Vuelve en ti, vuelve a la Torre, con nosotros y te recibiremos con las manos abiertas —le invitó Callum el Alquimista tendiéndole su mano.

—¡Vuestra alquimia de pacotilla no me detendrá! —espetó Eme—. Skuchaín no es más una mentira vieja y decadente, un viejo torreón que se viene abajo. ¡Y vosotros os derrumbáis con ella!

Chasqueó los dedos y el blanco de sus ojos se tornó negro por un instante.

Al acto, el recipiente perdió toda luz, como si la magia que albergaba hubiera sido absorbida por la más profunda oscuridad abisal. El cristal del matraz se resquebrajó y se quebró en pedazos y, mientras, eso sucedía, Aurora y Callum sintieron como su fuerza también se desvanecía, y cayeron de rodillas al suelo.

Los tahúres aprovecharon la jugada para escabullirse y refugiarse tras uno de los árboles de las inmediaciones del claro, pensando que pasando desapercibidos, al menos, lograrían sobrevivir. Había sido soldados, pero nunca habían sido héroes. Además, un buen jugador siempre sabe retirarse a tiempo de una partida cuando sabe que no puede ganar. Allí, tras el tronco que había de servirles de escondrijo, encontraron un pequeño mocoso que se resguardaba de la batalla. Él los miró confundido, como si no entendiera por qué aquellos héroes no estaban luchando contra aquella nueva y oscura amenaza. Empezó a balbucear algo, pero Duncan levantó un dedo amenazante.

—Tú a callar, mocoso.

—Eso, nosotros no estamos aquí —añadió Axel tratando de ocultarse tras el mismo tronco que sus compañeros.

Los relojeros, por su parte, amantes como eran de la paz, no atacaron al mago. Aión lo miró largamente, escuchando el latir de su corazón pudo oír el galope de su alma desbocada por el abrumador poder de la oscuridad como un caballo negro y salvaje.

—Escucho a tu corazón —le dijo con cierta lástima— y siento que estás dolido y… confundido.

—Y yo oigo tus pensamientos. Gritos desgarradores y luego el silencio. Dos metales que chocan sin cesar —añadió Kairos conmovido hasta la ternura—. Tu mente está dividida y no cesa de luchar. ¿Quién es Theodus?

—¡Ese era el antiguo Eme! —espetó el mago algo molesto al sentirse violentado por aquella intromisión en los recovecos de su alma—. Pero no lograréis nada con vuestros inútiles escrutinios. Nada podéis hacer ya. Theodus no existe, el antiguo Eme no existe. ¡Ahora solo existo yo, y soy pura Oscuridad! ¡Desapareced!

Con un gesto simple gesto, los lanzó por los aires y fueron a aterrizar cerca de los custodios que aún no se habían recobrado del poderoso ataque del hechicero.

—Bienvenido, discípulo de Aurobinda— le saludó Hisoka Ronin, de la Sombra Real, con una sinuosa reverencia y una sonrisa de satisfacción—. Ya era hora de que la Oscuridad llegase de verdad a Calamburia. Han sido décadas de espera, pero parece ha valido la pena.

Rodrigo V, a su vez, también saludó al recién llegado inclinando levemente su noble y coronada cabeza.

—Todo ha salido como estaba planeado, y eso nos complace —susurró el taimado monarca—. El antiguo y futuro rey de Calamburia nunca olvidará tus servicios. Dime Eme, ¿te gustaría ser mi Condestable? ¿Quizás el Gran Hechicero de mi corte?

—La Oscuridad tampoco olvidará que supisteis elegir el bando adecuado, pero todo a su debido tiempo —respondió Eme con suficiencia.

Fecu Breen, con su cuerpo aún petrificado y sosteniendo en sus manos la preciada Esencia del Titán logró al fin proferir un grito.

—¡No permitiré que nos devuelvas a la esclavitud! —profirió con dificultad mientras trataba de mover infructuosamente sus brazos. La magia de Eme era poderosa e implacable.

Granfel Puerroloco, también paralizado y con lágrimas de impotencia en los ojos, hizo un esfuerzo por dirigirse a su creador:

—¡Eme, tú me hicizte a tu imagen y zemejanza! ¡Zé que hay bondad en tí, tú me enzeñazte la magia y que tenía que servir para hacer cozaz buenaz… ¿Lo haz olvidado?

—Mis errores del pasado vuelven para atormentarme —respondió con desdén el mago—. ¡Tú y yo nos parecemos en nada, vulgar patata! Yo he nacido para tener poder; tú y los tuyos, para servir. Así ha sido y así será.

Entonces los Brujos Oscuros, que se habían ido acercando paulatinamente a su superior con aire contrito, osaron por fin intervenir.

—Bueno… Esto… Gracias por venir, Eme, pero la verdad es que lo teníamos todo controlado —trató de aclarar Tesejo con una amplia sonrisa de falsa suficiencia.

—¡Silencio! —la voz del mago restalló como un látigo—. Teníais una misión y habéis fracasado. Era muy sencillo, solo teníais que vencer a esos dos seres inferiores —dijo señalando con la punta de su barita a los aún paralizados hortelanos.

—Sabía que tendría que haberme quedado cuidando a mis monstruitos… —murmuró para sí Ménkara con voz lastimera.

—Vuestra derrota es la razón por la que yo he tenido que rebajarme a acudir a este lugar —añadió Eme mirando a su alrededor con desprecio—. ¡Sois la vergüenza de Cuna de Oscuridad!

—Pedimos perdón —se apresuró a respoder Kaila hincando la rodilla y agachando la cabeza. Sus compañeros la imitaron temerosos—. Somos débiles. Pero, con la ayuda de la Oscuridad y vuestra guía, nos haremos fuertes. La próxima vez, no fallaremos.

—Más os vale. Si volvéis a decepcionarme os espera el mismo destino que Sirene —anunció con una sonrisa sádica que estremeció a los tres jóvenes brujos.

Luego caminó en silencio hasta situarse en el centro del claro, y dijo, como pensando en voz alta:

—Tanto mis aliados como mis enemigos están soñando plácidamente en manos del Titán. Sin embargo, yo he logrado despertar y venir hasta aquí. ¡Y todo gracias a una de las estúpidas invenciones de los inventores! Quién iba a decir que algún día sirvieran para algo más que para sembrar el caos —sonrió satisfecho pero su gesto se trocó casi al instante por uno de hastío—. El caso es que ya me he cansado del placentero y aburrido Sueño del Titán. Ahora, voy a traerlos a todos de vuelta, pero no volverán a las monótonas vidas que dejaron. Esta vez, volverán al peor de los sueños posibles: se sumergirán ineludiblemente en la Pesadilla del Titán.

—¡No lo hagaz, Eme! —gimió Granfel—. Yo zigo creyendo en ti, aunque todoz loz demás te vean como el peor de loz villanoz.

—¡Cierra la boca, patético tubérculo! —ordenó el mago oscuro acercándose peligrosamente a los hortelanos—. Te creé en mi inocencia porque estaba solo. Y, en aquel momento, iluso de mí, creía que la soledad era una debilidad. Pero ahora que Sirene ya no está, he entendido por fin la más profunda e inmutable de las verdades: la soledad te hace más fuerte.

Con un gesto firme de su mano, arrancó la Esencia de la Divinidad de manos de Fecu que, seguía paralizada víctima del hechizo. Una vez tuvo el preciado tesoro en sus manos, profirió:

—Lo que deseo es que toda Calamburia despierte de su dulce sueño, pero solo para sumergirse de por vida en un Reino de Pesadillas. Un lugar donde todos sus temores se hagan realidad, una noche eterna donde la oscuridad y el terror campen a sus anchas y atormenten a las tiernas y débiles mentes de todos los que pueblan esta tierra.

Una vez formulado su oscuro deseo, Eme bebió la Esencia del Titán hasta apurar la última gota.

Se hizo el silencio. Todos miraban expectantes el cielo en busca de una señal y esta no tardó en llegar. Varios relámpagos rasgaron el cielo cubierto de nubes negras y los truenos posteriores actuaron como las trompetas de un heraldo de pesadillas. El Titán le había escuchado, y se disponía a cumplir su deseo.

152 – LA SAVIA DE LA MISMA TIERRA

El origen de la patata común sigue siendo una gran incógnita. Desde su aparición, episodio que se pierde en la noche de los tiempos, la patata ha constituido —para sabios y legos— un enigma tan despreciado como insondable. Ningún erudito ha escrito nunca un tratado sobre ella en sus pergaminos, y ningún alquimista la ha barajado entre los posibles elementos que podrían terminar por componer la legendaria Piedra Filosofal. Pero la antigua y misteriosa patata, ha resistido impávida, esparciendo la vida por los campos de Calamburia con su siempre resignada, meridiana e insistente funcionalidad.

Miles de patatas crecen cada año en las fértiles vegas calamburianas. Estos tubérculos ricos en almidón han servido de alimento a grandes y pequeños, a pobres y a ricos, a reyes y a vagabundos, desde que el mundo es mundo. Algunos afirman jactanciosos que la patata es de natural cobarde, pues se pasa casi toda su vida con la cabeza debajo de la tierra; otros opinan que, por su natural inmundo, el tubérculo sencillamente disfruta revolcándose en la suciedad y que eso es lo que ata a patata y hortelano tan estrechamente al suelo de por vida. Sin embargo, los que conocen la verdadera naturaleza del Solanum tuberosum, saben que semejantes infundios no se acercan ni por asomo a la implacable realidad. La humilde patata es tímida, es prudente y, ante todo, la patata es fiel. Aunque se nieguen a admitirlo, de todos es conocido que, haga frío o calor, llueva, nieve o nos azote la más pertinaz de las sequías, su blanca carne almidonada surgirá y crecerá en las entrañas de la tierra para permitir, con su generosa inmolación diaria, que la vida siga su curso.

De todos es sabido que, tal y como rezan las sagradas escrituras, el mundo surgió a raíz de la Gran Caída del Titán. Los pobres hortelanos no lo afirman ni lo desmienten, pero corre entre algunos de ellos una leyenda tan ridícula como digna de la más tierna compasión. Parecen desafiar las cosmogonías oficiales afirmando que el universo surgió de un supuesto Tubérculo Primigenio. Debido a su exiguo léxico y su escasa formación en lógica y filosofía, esa supuesta patata que dio origen al mundo es conocida por ellos, simplemente, como la Gran Papa. Según estos pobres iluminados —lo cual resultaría divertido si no fuera tan ridículamente inconcebible— todos los seres vivos de la tierra provienen de esa misma patata originaria. Todo ello nos demuestra que esta raza, obviamente inferior al resto de las razas que —bajo el amparo del Todopoderoso Titán— pueblan Calamburia, nunca hubiera alcanzado, por sí misma, el estatus de civilización.

Sin embargo, incluso el más simple de los campesinos sabe que, uno entre cada millón de veces, las cosas no suceden tal y como dictan los astros o las profecías; que, en ocasiones, incluso el más humilde y pequeño de los vegetales puede estar llamado a hacer grandes proezas, incluso a despecho de su propia naturaleza.

Tras una larga mañana de recolección, por fin había acabado la vendimia. Fecu, ignorando las agujetas, se preparó una infusión de hierbabuena y se dispuso a realizar una de sus sesiones de lectura de los clásicos del pensamiento. Hoy tocaba releer la “Conquista de la Tierra” de Narciso Ambarino. Se trataba de una obra donde el célebre filósofo narraba las luchas que habían marcado la historia de Calamburia. Empezaba remontándose a aquella que se saldó con la práctica desaparición de los Hijos de Dragón y terminaba con la llamada Guerra de la Unión que terminó de aunar todo el territorio bajo el trono de Ámbar. Se sentó, puso el libro sobre sus rodillas y acarició su tapa de cuero curtido: era una obra a la que Fecu tenía un cariño especial.

Y es que Fecu Breen no era una hortelana cualquiera. Disfrutaba y se atormentaba a partes iguales devorando los libros de los que hizo acopio cuando vivía en la corte. Gran conocedora de la historia, si algo había aprendido de todos esos textos era que el devenir de las civilizaciones se podía resumir en un mero conflicto por el control de la tierra. Tenía gracia. Como hortelana sabía que había nacido de la tierra, que la labraría para otros hasta el anochecer de sus días y que, finalmente, acabaría por volver a ella. Bien pensado, en eso último no se diferenciaba mucho del resto de calamburianos, fueran simples plebeyos o incluso reyes. Eso le hizo pensar en su relación con Rodrigo IV.

El rey Rodrigo había sido justo con ella. Más justo que bueno, pues se limitó a agradecerle que ella le hubiera salvado la vida. Lo cierto es que el acto en sí no había sido una decisión heroica y mentiría si agregara a su narración tan impostada gallardía. Lo había hecho casi instintivamente, como lo hubiera hecho por cualquiera. Fue muchos años atrás, pero ese día estaba aún fresco en su memoria, porque fue el día que lo cambió todo en la vida de Fecu Breen.

Ella estaba arando la huerta, como de costumbre y, de repente, vio aparecer de entre los arbustos a un inmenso jabalí que corría como alma que lleva el diablo. No era la primera vez que esas bestias aparecían por la zona. Ni siquiera se molestó en huir. Sabía que eran animales apacibles cuando les dejabas en paz, aunque bastante peligrosos si se uno les buscaba las cosquillas. Además, ella tenía su azadón. Ninguna bestia salvaje se atrevería a acercarse mientras lo tuviera en sus callosas manos. Fecu sabía eso. Lo sabía incluso entonces cuando, en realidad, no sabía muchas cosas. Ese era el tiempo en que era una joven hortelana dócil y sin conciencia: una simple patata con brazos y piernas. Pero quizás en esa época de su vida, pensaba ahora con la perspectiva que solo da el tiempo, era feliz.

A los pocos instantes, como si fuera a la zaga de la bestia, el mismo arbusto fue atravesado por un jinete. No era un cazador cualquiera, eso saltaba a la vista. Sin duda se trataba de un hombre rico que montaba un imponente caballo de caza. Parecía perseguir al inmenso jabalí con la intención de darle muerte. A Fecu no le llamó la atención, por aquel entonces lo único capaz de llamarle la atención eran las nubes de lluvia tras una larga sequía. Aun así, levantó su mano en gesto de aviso cuando vio que el jinete se acercaba peligrosamente a la tierra recién arada. Era peligroso, eso también lo sabía. Los cascos de un caballo de caza no pueden caminar bien por la tierra batida. Puede incluso ocasionar que trastabille y se caiga. Aquel noble señor debió de entender otra cosa. Quizás pensó que la hortelana quería impedir que se malograra su siembra y decidió, desafiante, azuzar al equino para seguir persiguiendo a su presa. Fecu no había sembrado nada. Aún no era el momento. Solo quería evitar lo inevitable, pero no pudo. El caballo se quedó varado en la tierra de repente y el orgulloso jinete cayó rodando. No pareció hacerse demasiado daño, pues iba bien ataviado y, además, dio con sus nobles posaderas en la tierra blanda que, por suerte, amortiguó el golpe. Pero en la aparatosa caída, la jabalina se resbaló de su mano enguantada y fue a parar lejos de él. El enorme jabalí pareció verlo claro: había pasado en un instante de ser presa a ser cazador. La sed de venganza le inyectó los ojos en sangre y cargó contra el descabalgado jinete a toda velocidad. Fecu solo era una hortelana, pero había visto a algún que otro cazador ensartado por los afilados colmillos de un jabalí. Estaba cerca y sabía cómo iba a acabar esa historia. Sin embargo, en aquel momento decidió cambiar el curso de los acontecimientos. El azadón silbó cortando el aire, se clavó en la carne, y la sangre salpicó el rostro de su majestad. Así fue como el rey Rodrigo IV la acogió como pupila del palacio y declaró que, en adelante, gozaría de Inmunidad Real.

Vivió durante años en la corte, recibió educación de varios eruditos, con los que aprendió a leer y escribir. Le regalaron libros de historia y filosofía, y le enseñaron modales. Pero Fecu Breen no tardó mucho en darse cuenta de que ese no era su lugar. Un día, en la biblioteca del palacio, mientras leía por tercera vez “la Conquista de la Tierra” se decidió a volver a actuar; a volver a cambiar el curso de los acontecimientos. Agradeció al rey su deferencia y a los eruditos su instrucción y pidió la gracia de ser restaurada en sus anteriores funciones. Todos se extrañaron, pero, en el fondo, parecían respirar aliviados de perder de vista a aquella hortelana que, con su mera presencia, parecía desafiar el orden de las cosas. Abandonó esa vida de comodidades y regresó con los suyos con el secreto afán de abrirles los ojos. En su larga estancia en el palacio de Ámbar había llegado a entender la verdad. Ellos, los hortelanos, eran el sostén de Calamburia. Ellos eran la sangre que fluía por las venas del reino; los que se desvivía para dar, día a día, de comer al hambriento; ellos, los hortelanos y hortelanas, eran la savia misma de la tierra. Tras años de injusta esclavitud, había llegado el momento de liberarse.

Por supuesto no la escucharon. Hubo algunos de los suyos que insinuaron que se había comido una acelga en mal estado y que eso la había hecho diferente. La llamaban “rara”, pero lo hacían con tal desprecio que llegó a dolerle más que el peor de los insultos palaciegos. Eso era ahora: una vagabunda en tierra de nadie, un barco a la deriva entre dos aguas.

Salió a pasear su tristeza como cada tarde por la Vega del Grillo. Miró al cielo y vio volar a la cigüeña que venía de sur. Incomprensiblemente, su vuelo también parecía triste, lánguido… como si ni siquiera ese ser alado que era libre de cabalgar el viento a placer hubiera logrado la tan ansiada felicidad. Pensó que quizás hubiera volado demasiado alto, que quizás fuera el momento de labrar la libertad más cerca del suelo. Quizás fuera el momento de dejar de pensar en conquistar los cielos y comenzar conquistando la tierra que pisaban sus pies. Fue entonces cuando vio a aquel mocoso correr. Era un niño hortelano que corría descalzo y apresurado como si tuviera muy claro a dónde se dirigía. Por pura curiosidad, decidió seguirle, y el pequeño le guio sin saberlo hasta un claro. En su centro había una gran roca, un joven y corpulento hortelano, parecía hablar y gesticular en torno a una atónita concurrencia formada por niños llenos de polvo y suciedad. Era algo normal en los pequeños mocosos hortelanos. Quizás por su corta edad y su aún reciente salida del subsuelo, o quizás sencillamente por su baja ralea y escasa higiene. Pero lo importante era cómo esos pequeños retoños de la madre tierra admiraban al grandullón que hacía sorprendentes juegos de magia. Sacó un inmenso puerro de entre sus ropajes y lo mostró a su audiencia:

—Y ahora, ante vuestroz tiernoz ojitoz —anunció con convicción—, ezta tierna verdura ze convertirá en un temible dragón ezcupefuego. ¡Dracónicuz puerríficuz!

Lo lanzó y cayó al suelo. Se hizo el silencio. El hortelano chasqueó la lengua decepcionado, pero los niños siguieron mirando el puerro con atención, sin decir palabra. Fecu, en la distancia, hizo lo propio. Algo, al igual que a ellos, le impelía a creer tras años de desesperanza. Un segundo más tarde, el vegetal comenzó a moverse como por encantamiento. Empezó a agitarse espasmódicamente y, luego, comenzó a saltar al son de las palmas de los rapaces que reían y chillaban de júbilo.

Fecu contuvo la respiración cuando se percató de que, aunque se tratara de un hechizo muy básico, ese joven hortelano de pelo alborotado era capaz de usar la magia. Aquello desafiaba todas las crónicas oficiales e, incluso las propias leyes de la naturaleza que le habían sido enseñadas por sus eruditos maestros. ¡Un hortelano había sido agraciado con el poder de la magia arcana! Entonces no pudo sino sonreír y ser partícipe del regocijo que percibía en los ojos de los niños. Aquel corpulento hortelano de lengua de trapo era justamente lo que su causa necesitaba. Era una señal; había llegado la hora de volver a actuar. Esta vez, sin embargo, no lo haría sola. Y, ¿por qué no? Puede que esta vez fuera posible cambiar el orden de las cosas.

Y así fue como Fecu Breen conoció a Granfel, al que todos los niños de la aldea conocían como Puerroloco. Y así fue como Fecu, que siempre se había sentido una patata diferente, sintió, por vez primera, que no estaba sola en el mundo.

151 – LA DILIGENTE DISCRECIÓN

Kesia tomó el cubo lleno de agua y lo levantó del suelo. Lo hizo con esfuerzo y soltó un leve quejido al alzar el peso y colocárselo en la cabeza. Las mismas tareas cotidianas que durante años había hecho con facilidad, comenzaban ahora a suponerle un notable esfuerzo físico. Hacía un tiempo que cada uno de los quehaceres que llevaba a cabo en el templo parecían empeñados en recordarle a gritos que ya no era ninguna niña. Dentro de no muchos años, debería ceder el testigo. Así lo marcaba la tradición. No le gustaba pensar en ello, pero, en el fondo, sabía que era inevitable que, algún día, una nueva custodia —más joven y llena de energía— la sustituyera en su labor de asistir y servir a la Sacerdotisa. Tal era el destino de los Custodios del Templo: servir con diligente discreción y, más tarde o más temprano, marchitarse haciendo gala de esa misma discreción.

Pero ella se resistiría. Kesia sabía que no se podía luchar contra el paso del tiempo, pero llevaría sus labores hasta el mismo límite que marcaran sus fuerzas. Era la única manera de permanecer cerca de ella; de garantizarse que la seguiría viendo dormir, comer y sonreír. Y es que Naisha Denali, la todopoderosa Sacerdotisa del Templo, la gran Guardiana del Equilibro Elemental, era lo más parecido que Kesia Mishra había tenido jamás a una hija.

Vertió el agua en el caldero para calentarla y luego añadió dos leños más al fuego. Y, justo cuando empezó a rumiar sobre la necesidad de traer más leña, apareció él. Con su gesto sereno y su andar pausado, Kaju depositó el hatillo en el suelo. Hasta el momento en el que había oído el leve sonido de la madera contra el suelo, Kesia no se apercibió de la presencia del joven.

Al verlo colocar la nueva remesa de leña, pensó en el paso del tiempo y en cómo la cercanía respecto a las personas, a veces nos hace difícil percibir el cambio en las mismas. Observó a Kaju y se admiró —por primera vez en años— de cómo había crecido y hasta qué punto se había convertido en todo un hombre. Diligente y responsable; a la par que callado y taciturno. A todo el mundo le parecían cualidades encomiables para un buen Custodio del Templo, pero a Kesia le recordaban que, a diferencia de Naisha, el joven Kaju Dabán tendría una existencia inmerecidamente gris. Su actitud melancólica no hacía más que recordarle constantemente esa triste realidad. Suspiró y echó otro leño a la hoguera. El agua debía calentarse cuanto antes. Kesia Mishra escuchó la madera crepitar y su mirada se sintió atraída por el efecto hipnótico del fuego. La luz de la llama del hogar hizo que, a su mente, acudieran otras llamas. Llamas del pasado; llamas ya extintas.

Entre la luz anaranjada que se imprimía en sus pupilas, asaltó su mente de forma vívida su llegada a la aldea incendiada. El aire le traía el insoportable hedor de la carne calcinada y el humo se metía poco a poco en sus pulmones haciéndola toser. Penetró en el interior de la choza de la que parecía provenir la señal y, al retirar la cortina de pieles sintió cómo una ola de calor le abofeteaba el rostro. El techo de paja y las paredes ardían, y una viga de madera crujió viniéndose abajo. Nada de eso la detuvo. Seguía oyendo aquellas risas, las mismas risas que habían aparecido en sus sueños durante las últimas noches; las risas sinceras y abiertas de un bebé. Por eso estaba allí y por eso no podía marcharse, al menos no hasta cumplir su cometido. Solo era una novicia, pero los Elementos la habían elegido para cumplir una importante misión.

Al penetrar en la cabaña, se encontró con una imagen que nunca podría borrar de su mente: una recién nacida Naisha levitando sobre los restos de una cuna que el fuego casi había devorado. Al instante, supo que se encontraba ante aquella que lograría de nuevo el equilibrio elemental. Un inmenso poder emanaba de su cuerpecito de bebé y parecía protegerlo del calor de las llamas.

Sin embargo, Naisha no sonreía. Había en su rostro una expresión triste que, aunque contenida, escondía una profunda resignación. No había en ella felicidad alguna. La risa, sin embargo, seguía inundando la estancia; continuaba alzándose por encima del fuego. Miró a su alrededor entre las llamas que se extendían y vio una segunda cuna, milagrosamente intacta. Se acercó hasta ella y encontró un segundo bebé. Un bebé que, a pesar del incendio reía a pierna suelta poniendo el alma en cada carcajada. Kesia tomó al pequeño entre sus brazos. Esa risa la había guiado hasta allí, esa risa plena y sincera: abierta y sobrenatural.

Y así fue como Kaju Dabán entró en su vida. Y, paradójicamente, esa fue la última vez que le oyó reír. Llevó a los dos bebés al Templo de los Elementos. La niña fue proclamada Protectora de los Elemental, la reencarnación de la anterior sacerdotisa. Respecto al niño, pensó en entregarlo a cualquier hospicio, pero finalmente decidió llevarlo también con ella, pues tenía una fuerte corazonada sobre su destino. Para que fuera aceptado en el Templo, dijo a todos que se trataba del bebé de su difunta hermana. Nadie hijo demasiadas preguntas. Todos sabían que los bebés sin madre se convertirían, a medio plazo, en brazos que podrían servir en las tareas del Templo, algo que era cada vez más necesario ante la creciente falta de vocaciones.

Kaisa lo crio como si fuera su propio hijo y trató de procurarle tanto amor como el que le dio a la propia Naisha. Lo educó como Custodio enseñándole el valor de la abnegación y el servicio que ella misma había aprendido de sus superiores cuando era novicia. Para protegerle le dio un nombre falso: Kaju Dabán y le mantuvo en secreto su origen. Nunca le contó que, en realidad, era el hermano de la poderosa Sacerdotisa, ni tampoco las sorprendentes circunstancias en que los encontró. Le trató con cariño y llegó a amarlo como si de su propio vientre hubiera nacido. Y, sin embargo, nunca había llegado a verle realmente feliz. Nunca… excepto aquella vez. Fue durante una de las mayores amenazas que habían tenido que habría sufrido el equilibro elemental, cuando el taimado traficante de almas que se hacía llamar Van Bakari estuvo a punto de destruir el templo. Cuando Kaju y ella llegaron al Gran Salón de los Elementos, los redivivos habían sido rechazados y habían escapado de nuevo a refugiarse en la ciénaga a la que pertenecían, aunque no sin antes causar ciertos estragos en el propio templo. A Kesia se le heló la sangre cuando vio a su dulce niña, la Sacerdotisa de los Elementos yacía inconsciente en el suelo, con las piernas aprisionadas por una columna que se había desplomado. El guardián Nimai, llamado la Espada Insomne, y dos hermosas doncellas que, por su atuendo, parecían salidas de la mismísima Corte de Ámbar, trataban infructuosamente de retirar la inmensa mole de piedra que aprisionaba el cuerpo de la Sacerdotisa. Kesia se sumó a los esfuerzos poniendo todo su ahínco en ayudar a liberar a su pequeña Naisha antes de que fuera demasiado tarde. Kaju, sin embargo, se había quedado quieto, mirando la escena con todos los músculos de su cuerpo en máxima tensión. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué no acudía en ayuda de aquellos que trataban de liberar a la Sacerdotisa?

En aquel mismo instante, se desató el milagro. Los ojos de Kaju Dabán se pusieron en blanco y un aura brillante le envolvió. A Kesia le pareció oír entonces, de nuevo, la risa abierta y sanadora del bebé que, años antes la había guiado hasta Naisha. De repente, una gran fuerza emanó del cuerpo de Kaju que se tensó aún más como sacudido por una corriente de energía de inconmensurable poder. El trozo de columna de desintegró ante los ojos atónitos de los presentes que, aún acostumbrados a los prodigios, no esperaban ni ese último fenómeno ni mucho menos su origen.

Una vez liberado el cuerpo de Naisha, Nimai se abalanzó sobre ella y la tomó en sus brazos. No respiraba y sus heridas en las piernas y el torso eran graves. Sin embargo, antes de que nadie el resto pudiera reaccionar, el cuerpo de Kaju se sacudió por segunda vez emitiendo una luz blanca y cegadora. Tras ese último espasmo, cayó al suelo desvaneciéndose víctima del sobresfuerzo. Kesia gritó su nombre y acudió en su ayuda. Las cortesanas que observaban atónitas la prodigiosa escena se miraron entre ellas constatando su mutuo estupor.

Al volver la vista sobre el cuerpo de Naisha, Nimai pudo ver con asombro que, como por encanto, la Sacerdotisa había recuperado el color de sus mejillas y sus heridas parecían haber sanado. Abrió los ojos y preguntó algo confusa: «¿Nimai, dónde estoy?».

Kesia logró reanimar a Kaju que tenía el cuerpo dolorido y parecía no recordar nada de lo sucedido. Luego hizo prometer a Nimai Kalu “La espada Insomne”, a Beatrice y Anabella que no hablarían con nadie de lo allí sucedido. Y así fue pues, por la naturaleza de sus profesiones, los protectores y las cortesanas, saben mejor que nadie mantener un secreto.

—Kesia —la llamó Kaju con su suave y discreta voz—, el agua ya hierbe.

Ella volvió en sí. ¿Cuánto tiempo había estado ausente?

—Cierto, gracias Kaju. Lo cierto es que hoy no se dónde tengo la cabeza. ¿Puedes acercarme las verduras?

—Oigo y obedezco —respondió Kaju Dabán utilizando el lema de los Custodios con su habitual y diligente discreción.

 

150 – PAREJA DE ASES

Dos hombres, frente a frente, disputaban una partida de cartas. A un ladodel verde tapete, había un joven de baja ralea y sombrero emplumado; al otro, un rechoncho burgués del barrio alto. Gran parte de los parroquianos de la taberna Dos Jarras se congregaban expectantes en torno a la mesa de juego. No lo hacían porque fuera aquella una partida especialmente trepidante, sino porque uno de los dos jugadores era un hombre aparentemente importante y visiblemente adinerado. Era un hecho inusual, pues la gente acomodada no solía frecuentar la bulliciosa taberna de Edmundo. Quizás por ello, los borrachines habituales disfrutaban al ver cómo, alguna vez, los rufianes del barrio lograban desplumar en el juego a la gente acaudalada.

Fuera como fuere, en aquellas raras ocasiones en que un hombre rico se dejaba caer por la taberna en noche de partida, el espectáculo estaba garantizado. Era por eso por lo que Edmundo —aún a regañadientes— seguía dejando celebrar, de vez en cuando, alguna que otra timba en su establecimiento. En ese mismo instante, se encontraba sirviendo una buena cantidad de cervezas solicitadas por los mirones. Sin dejar de despachar, escudriñó con la mirada al orondo burgués. El tabernero no le había visto nunca, y seguramente no volvería a verle. Así eran los ricos. Alguno visitaba la taberna de vez en cuando: se tomaba una cerveza, echaba una partidita y se acababa yendo con gesto de sobreactuada indignación. Edmundo se preguntaba a menudo si la culpa la tendría su cerveza, la ruidosa e irreverente concurrencia o la consabida falta de habilidad de la gente adinerada para jugar a las cartas. En cualquier caso, le traía sin cuidado. El negocio iba bien; mejor que nunca. Y jamás habría podido imaginar que él, que comenzó sus andanzas como un pobre escudero de tres al cuarto, iba a acabar convirtiéndose en todo un exitoso hombre de negocios.

Sirvió las jarras de cervezas hasta dejar vacía la bandeja. Luego se puso a limpiar una de las mesas. Mientras pasaba el trapo, aprovechó para echar un ojo al joven jugador que el burgués tenía en frente, era un habitual de las timbas de los sábados, un muchachito al que llamaban “Dedoshábiles”, “Dedosgráciles” o algo parecido. Un zagal tramposo y descarado que, según le habían dicho, estaba incluso buscado por las autoridades. Pero eso, a Edmundo, también le traía sin cuidado. «Mientras paguen…», murmuró para sus adentros con ademán filosófico mientras cobraba las cervezas que acababa de servir. Tras llenar su bolsillo, volvió a sus asuntos tras de la barra.

Sin embargo, había algo de lo que el tabernero no se había percatado: aquella vez, en el rostro del joven al que algunos tenían por uno de los más hábiles tahúres de toda Instántalor, no relucía su habitual media sonrisa de suficiencia. Todo parecía apuntar a que el jugador, a pesar de llevar cierta ventaja en la partida, no estaba pasando un rato demasiado agradable.

Los dedos de Duncan martilleaban repetidamente sobre el tapete. Aparentemente, el gesto evidenciaba su impaciencia pero, a ojos de cualquier jugador experimentado, trasmitía mucho más. No eran aquellas unas manos comunes. Parecían poseer la rapidez del viento y la sinuosidad de los movimientos del agua. ¿Ansiedad? Seguro, pero también concisión y sutileza. Y es que Duncan Culmore, antiguo soldado curtido en mil batallas y experimentado tahúr forjado en el fragor de mil timbas, estaba a punto de perder los nervios.

Lo cierto es que suponía para él ningún reto enfrentarse —y de hecho se había enfrentado— a todo tipo de jugadores: marisabidillos desconfiados, borrachos soñolientos e incluso los más irascibles, aquellos que no dudaban en amenazarte con partirte los dientes a la mínima de cambio. Podía con todos: eran gallinas fáciles de desplumar. Pero si había algo que realmente le exasperaba, eran los jugadores lentos. Y eso era exactamente aquel burgués tan semejante a un inmenso y gordo galápago. Pensaba largamente cada jugada, pero, justo cuando parecía haberse decidido, rectificaba con un chasquido de lengua, volvía a reposar sus cartas sobre la panza y empezaba de nuevo. ¿Por qué maldito designio del Titán le habría tocado a él, Duncan Dedoságiles Culmore, ir a topar con el jugador más lento de todo Instántalor?

Su adversario robó tres cartas con sus dedos rechonchos e inmediatamente, de forma inconsciente, una sonrisita de satisfacción asomó por debajo de su fino bigotito. Duncan, que era un ave rapaz en el juego, vio antes que nadie lo que que cualquier jugador hubiera visto tarde o temprano: el ricachón tenía una buena mano. Era el momento de empezar a tejer la trampa.

Contrariamente a lo que muchos piensan, todo tahúr sabe que, en realidad, las cartas no son un juego de azar. Tampoco son exactamente, como aseguran los viejos jugadores de taberna, un juego de habilidad física. Tener unas manos hábiles puede ayudarte a salir del trance en más de una ocasión, aunque por sí sola, la mera prestidigitación no puede hacerte rico. Por el contrario, si algo le había enseñado la experiencia en despellejar a hombres adinerados es que de nada sirve enseñar tus cartas antes de tiempo. Al igual que el ave rapaz deja correr a la liebre hasta cansarla y salta sobre ella cuando esta ya cree haberse zafado, Duncan sabía que lo que diferenciaba una buena partida de la partida que habría de hacerle rico era saber esperar su momento. La paciencia era el verdadero secreto de un buen tahúr.

Al principio, con una apuesta aún baja, no valía de nada lanzarse sobre la presa. Si se asustaba, podía escapar asustada. Era importante, y Ducan Dedoságiles lo había aprendido sobre el tapete de la vida, ir creando la ilusión de que hoy es el día de suerte de nuestro adversario. Para ello hay que perder varias manos y mostrarse contenidamente afectado.

Andaba exasperado con la lentitud de su oponente que estaba retrasando la aplicación de su estrategia de frío depredador cuando, de repente, este sacó un reloj de oro del bolsillo y miró la hora. Al tahúr se le abrieron los ojos como platos cuando pudo ver el inmenso zafiro que engalanaba la tapa del reloj. Era una inmensa piedra preciosa de un azul intenso e, indudablemente, un valor incalculable.

El burgués volvió a guardar su reloj en el bolsillo tras haberlo tenido en la mano un tiempo suficiente para que todos los presentes lo admiraran. Luego lanzó su jugada: trío de reinas. Se llevó las monedas apostadas e hizo ademán de retirarse. Duncan tragó saliva, ¿habría estado perdiendo todo aquel tiempo después de todo?

—¡Vamos hombre, no te marches ahora! —gritó uno de los parroquianos que no estaba dispuesto a que cancelaran el espectáculo que había venido a ver.

—¡Si estás en racha! ¡Desplúmale del todo! —añadió una prostituta empolvada mientras se colocaba el corpiño y le hacía ojitos al burgués.

La expresión de hastío de Duncan debió de ser evidente y fue percibida por su contrincante que se volvió a sentar. Miró a la concurrencia que le vitoreaba para animarle a continuar y la sonrisita de superioridad volvió a asomar bajo el bigote del ricachón. Tomó asiento de nuevo.

—Un último juego —sentención el burgués con condescendencia—. Para no defraudar a mi público.

La gente aplaudió y el hombre saludó llevándose una mano a la panza.

—¡Un momento! —espetó una voz regia entre el público. Y se hizo el silencio.

Lo parroquianos se apartaron para dejar pasar a un mozo corpulento y que lucía también un gorro con plumas, aún más grandes y coloridas que las de Duncan.

El apuesto recién llegado no era otro que Axel Culpeper, un habitual de las timbas de las tabernas de Instántalor. Se trataba del cuarto hijo de un hidalgo venido a menos. Un joven tan capaz con la espada como con la lengua. De verbo fácil y hábil seductor de jovencitas, no pocos lo conocían allí como “El Charlatán”. Pero a pesar de su mala fama, su irrupción no era ninguna baladronada. Al menos en el juego, Axel nunca iba de farol. Todos allí sabían que su proverbial destreza con las cartas le convertía, posiblemente, en el único de los feligreses de todo el local capaz de hacer sombra a los ardides de Dedoságiles Cuilnmore.

—Aquí se va a liar… —murmuró Edmundo entre dientes empezando a guarecer tras la barra su mejor cristalería. No era la primera vez que los sábados de partida acababan en pelea y luego era él quien tenía que pagar los platos rotos.

—Parece que mis amigos me han abandonado esta noche. ¿Hay espacio en vuestra mesa para un pobre jugador sin partida? —preguntó Axel con unos ademanes bastante refinados, aunque quizás algo sobreactuados para la categoría del lugar.

—¡Por supuesto que no! ¡Lárgate! —respondió Dedoságiles con fuego en la mirada. Parecía un niño al que alguien le pedía compartir el último trozo de tarta.

—Por favor, señor Duncan, no seamos maleducados —le regañó el burgués con cierto paternalismo—. Al fin y al cabo, el respeto es fundamental entre caballeros. ¿No podríamos permitir a este joven tan bien educado que se uniera a nuestra partida?

Dicho esto, sacó de nuevo del bolsillo su precioso reloj y miró la hora. Todos volvieron a admirar el inmenso pedrusco azul en el tiempo que tardó en volver a guardarlo. Él gordo pareció disfrutar cada segundo en que la audiencia contenía la respiración.

—Además —añadió comenzando a barajar las cartas con renovado entusiasmo—, creo que me da tiempo aún a echar un par de partiditas.

Duncan aceptó a regañadientes y no quitó ojo al recién llegado. Vigilaba con suspicacia cada movimiento de Axel, que le devolvía todas sus miradas con gestos de desprecio perfectamente calculados. Tan enzarzados estaban en escudriñarse el uno al otro, que el ricachón, no sin demostrar en ello una notable habilidad en sus rechonchos dedos deslizó desde el interior de su manga un par de ases en el momento justo. No parecieron percatarse de nada hasta que el comerciante arrambló con lo apostado, que ascendía ya a una buena suma y se despidió apresuradamente de la concurrencia inventando alguna excusa barata.

Ambos se quedaron mirándose mutuamente con gesto de no creerse lo que acababan de presenciar. Fueron el hazmerreir de los borrachines durante toda la noche, aunque algún que otro parroquiano se congració con ellos e incluso les acabó invitando a una cerveza.

Horas más tarde, todos los clientes habían abandonado el local, salvo Torcuato el borracho, al que Edmundo trataba de llevar a rastras hacia la puerta y los dos tahúres vencidos. Sentados en una mesa al fondo, y al percatarse de que el tabernero se hallaba ocupado en sus menesteres, se sonrieron por primera vez.

—Dime que lo tienes —murmuró solícito Axel masticando las palabras. Llevaba horas fingiéndose un perdedor y mientras se aguantaba las ganas de comprobar si su plan había tenido éxito.

—¿Acaso lo dudabas? —respondió Duncan Dedoságiles Culinmore sacando de su bolsillo algo brillante quien maneja una ligera moneda de cobre.

La puso sobre la mesa y el objeto lanzó un destello azul a la luz de las velas. Era un inmenso zafiro, seguramente de un valor incalculable.

—¡Por todos los faroles de Instántalor, es aún más bonita de lo parecía! —se congratuló Axel.

—Es porque ahora es nuestra.

Ambos admiraron la joya largamente soñando en lo que podrían hacer con toda aquella riqueza en cuanto la vendieran en el mercado negro. Cuando eran soldados siempre habían hablado de enrolarse para viajar a nuevos continentes allende los mares, conquistar tierras y riquezas. Pero ahora que habían dado su gran golpe, ¿quizás incluso podrían comprar su propio barco e ir en busca de nuevos mundos?

—¡Vamos, que sois los últimos! —espetó entonces Edmundo con visible mal humor y algo de cansancio— ¿O tengo que arrastraros también a vosotros hasta la puerta?

Ambos se despidieron del tabernero y salieron a la calle. Era media noche y la luna brillaba dando a todo un cierto toque azulado. Habían sido durante años compañeros de armas, pero, sobre todo, habían sido compañeros de juego.

—¿Y ese pobre ricachón engreído? —se preguntó Axel no sin reflejar en su rostro cierto desprecio hacia su reciente víctima.

—No era tan mal jugador, solo un poco lento para mi gusto —reconoció Duncan—. Consiguió sacarme de mis casillas.

—¿Crees que ya se habrá percatado de su pérdida o estará demasiado ocupado contado a todos que se ha pasado la tarde desplumando a los rateros del Dos Jarras?

—No sé si se habrá dado cuenta —rio Duncan—, pero estoy seguro de que cuando lo haga se llevará un susto de muerte.