110 – JUSTAS DE LA REINA SANCHA (I)

UNA INVITACIÓN REAL

– ¡La estabilidad ha vuelto a Calamburia! El bando pirata parece haber encajado un golpe demasiado fuerte y está refugiado en algún agujero oscuro lamiéndose las heridas. ¡Gloria a la Reina Sancha! ¡Loas y alabanzas a la Reina Urraca! ¡Alcemos nuestras voces para vitorear a nuestras reinas regentes!

En cada esquina recóndita de Calamburia, un portavoz de la Corona se alzaba sobre un montón de cajas para gritar en nombre de las reinas. Todos y cada uno de ellos portaban el mismo mensaje de paz y de concordia.

– ¡Regocijaos Calamburianos, porque ha llegado el momento de festejar! ¡Es por eso que la Reina Sancha ha convocado a las casas más nobles y a los estamentos más variados para participar en las Justas Reales! Acudid a la Plaza del Titán, donde se celebrarán los duelos más legendarios que jamás se hayan visto. ¡Venid, y disfrutad de la paz y el cobijo que aporta la corona!

Mientras los portavoces seguían manipulando la realidad con el poder de la palabra, los mensajeros reales recorrían los caminos con briosos caballos, lanzando una polvareda de tierra a su paso.

Los Caballeros del Lirio Azul recibieron la misiva con una elegante reverencia. Descendientes del linaje de los Rodrigo, una de las sangres más nobles y benévolas de esta tierra, habían ofrecido su vida y su honor para la protección de la estabilidad del reino. Su interés en las justas nada tenía que ver con el deporte y la competición: en un evento tan señalado, la Reina iba a necesitar a alguien que protegiese sus espaldas en tiempos tan aciagos.

La Hermandad Juramentada también fue obsequiada con una participación en las justas. Caballeros andantes, independientes y solitarios, los Hermanos Juramentados se rigen por un estricto código de honor. Son fieles al Titán a la Reina y han consagrado todas sus fuerzas en la erradicación de los grandes males de este reino. Y si los rumores eran ciertos, pronto iban a poder cumplir una de sus más duras pruebas en Instántalor.

Los Frailes del Dorado Resplandor no pudieron más que darle agua al sediento mensajero. A pesar de pertenecer a la Iglesia del Titán, esta lejana rama había hecho votos de pobreza y castidad para poder adorar más fervientemente a su señor el Titán. El rechazo de cualquier petición va en contra de cualquiera de sus dogmas, por lo que procedieron a aceptar la invitación.

La Casa Von Vondra recibió la noticia con una muy bien disimulada sorpresa. Por todos era conocido que había ciertas tiranteces entre la Corona y sus rivales y aspirantes más directos. Como si de una mente colmena se tratase, los Von Vondra urdieron, maquinaron y tejieron decenas de retorcidos planes en cuestión de segundos, mientras daban una respuesta positiva entre encantadoras risas.

El peor día de la vida de uno de los mensajeros fue probablemente el día en el que fue a entregar la misiva al Clan del Ciervo Gris. Perdidos en medio del bosque, vestidos con ropas bastas y pinturas extrañas, los miembros del clan lo recibieron gritando y haciendo agresivos aspavientos con las manos y la cabeza. Tartamudeando y temiendo por su vida, el pobre diablo tuvo que declamar la misiva ya que ninguno de los presentes sabía leer. Cuando entendieron de qué se trataba, el líder de Clan se escupió en la mano y la tendió al recadero al grito de “¡Ciervos, nunca siervos!”. Mientras se alejaba a toda prisa, dedujo que eso era un sí.

El mensajero encargado de entregar la misiva al gremio de bufones y saltimbanquis tuvo mejor suerte. Nada más llegar le invitaron a un espectáculo, a beber cerveza y bailar sobre una mesa. Solo cuando estaba cantando una obscena canción de taberna tambaleándose encima de una silla, recordó que venía para entregar una carta de la reina. Esta invitación fue recibida con gran jolgorio, se alegraban que la reina volviese a contar con ellos (ya sea para humillarlos o disfrutar de su arte, tanto da). O quizás es que estaban beodos perdidos.
Los Innobles Hidalgos se mostraron recelosos, pensando que venían a arrestarlos, pero cuando entendieron que portaba una misiva real, lo recibieron como a un hermano perdido. Le dieron de comer, masajes en los pies y todo tipo de cuidados. Aceptaron de buen grado la invitación para demostrar a la Reina que podían ser auténticos caballeros. Al cerrarse la puerta a sus espaldas, el mensajero se dio cuenta que había sido totalmente desplumado de sus calamburos, sus armas, y sorprendentemente, de su ropa interior.

Las Hijas de la Guerra aceptaron entre ululantes gritos la participación en las justas. Mercenarias a sueldo, grandes seguidoras de cualquier mujer con poder, querían demostrar al pueblo de Calamburia que las mujeres podían igualar y superar a los hombres en combate e ingenio. Y a juzgar por sus saludos de guerra, eran capaces de eso y mucho más.

Los Nómadas tenían como líder a Arishai, el Escorpión de Basalto, pero únicamente a título militar. Son un pueblo independiente, libre de tomar sus propias decisiones y por eso los Nómadas de la Luna Roja aceptaron la invitación para demostrar a todos los bárbaros sureños el honor de un Hijo de la Arena. Nadie podía rivalizar con ellos en combate y lo iban a demostrar.

El mensajero responsable del gremio de Artesanos y Hábiles Constructores fue recibido educadamente por un servil aprendiz, que respondió favorablemente a la invitación. Más en ese mismo momento, en el sótano se estaba dando una reunión mucho más siniestra a la luz de humeantes antorchas.

– ¡Una invitación! ¡La Reina se ríe de nosotros!

– Estamos siendo prácticamente esclavizados reconstruyendo el reino después de las guerras que provoca el Trono de Ámbar!

– ¡No podemos aguantarlo más!

Los encapuchados gritaban furiosamente, ultrajados por el menosprecio que sentía Sancha III hacia las clases bajas. La invitación era un movimiento político, como había sido con los frailes y saltimbanquis: un deliberado insulto para recordar que la corona tenía el poder para imponer la paz al precio que fuese necesario.

– ¡Silencio! – gritó el que parecía ser el líder de los iracundos encapuchados -. Sí, hemos sido vilipendiados por la corte y menospreciados por los nobles. Pero todo va a cambiar. El Titán nos ha brindado una solución.

– Es mucho mejor que el Titán – dijo una figura emergiendo de entre las sombras. Su rostro era una macilenta calavera, congelada en el rictus de una vil sonrisa -. Es vuestro amigo y servidor Van Bakari.

La última frase se extendió como la pestilente brisa del pantano, envolviendo a los presentes en su pegajoso sudario.

– Yo también estoy interesado en que la Reina abandone sus métodos estrictos de liderazgo. Lo he intentado aliándome con los Corsarios, pero me temo que no lo conseguiremos por la fuerza. ¡Más no temáis, mis indignados amigos! Conozco medios mucho más sutiles y efectivos – ronroneó con una sonrisa zalamera, mirando a todos los presentes uno por uno. Nadie se atrevió a decir una palabra.

Con un florido movimiento, el Comerciante de Almas sacó un frasco vacío de su chaqueta. El inquietante recipiente refulgió a la luz de las antorchas.

– Una alquimista me debe un favor con cuantiosos intereses. Por toda la eternidad, podríamos decir. Si le mostráis este frasco, os proporcionara el más letal de los venenos que la mente humana puede concebir, sin mayores preguntas.

– ¡Es imposible acercarse a la reina! Si se pudiese, ya la habríamos matado nosotros mismos – saltó un encapuchado, envalentonado por la adrenalina.

– Sois unos necios sin imaginación. Por eso no lo habéis hecho vosotros mismos. ¡Pero no os preocupéis! Vuestro amigo Van Bakari ha pensado en todo – susurró siniestramente el inquietante personaje –. Los Consejeros de la reina harían cualquier cosa para poder acumular más rumores y extender más y más la influencia de sus pajaritos. Su lealtad podría ser… voluble. Alterable. ¡Sobornable! Y es bien sabido que el ilustrísimo Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores dispone de unas arcas casi inagotables, a pesar de que la Corona os oprima. Yo me puedo encargar de facilitaros el camino y organizar ciertas… distracciones.

Los presentes se removieron incómodos. Su secreto mejor guardado había sido expuesto, pero ninguno de ellos iba a admitirlo.

– ¿Y tú? ¿Qué ganas tú de todo esto, embustero? – le espetó una de los encapuchados.

– Oh. ¿Yo? ¡La satisfacción de vernos liberados de una tirana! – declamó con grandes aspavientos-. Claro que también está el tema de capturar el alma de la Reina de Calamburia en uno de mis fetiches, que siempre es algo que me alegra el día. Espero que mi leve satisfacción no sea un impedimento para vuestros planes… ¿verdad?

El frasco reposaba en la mano tendida de Van Bakari, solícitamente ofrecida al líder del Gremio. La fingida inocencia de este acto era espeluznante, pero con un resoplido, el encapuchado cogió el frasco y lo ocultó en su túnica. Nadie se opuso. Nadie dijo nada. Se habían cansado de aguantar las guerras de los poderosos, a costa de los plebeyos indefensos.

La Reina Sancha debía morir.

109. TÍTERE SIN CABEZA

Todo Calamburiano ansiaba solo una cosa: que terminase la dura jornada de trabajo para poder volver a su acogedor hogar. Pero no todos eran tan afortunados de tenerlo, o al menos, uno que mereciese la pena. Es por eso que muchos acababan amontonados en tabernas como la Taberna Dos Jarras, igual que pelusas arrastradas por el viento.

Generalmente Ébedi Turuncu apostaba por músicos callejeros o saltimbanquis: artistuchos de poca monta fáciles de pagar y de despachar si la situación lo necesita. Pero Edmundo, el nuevo trabajador del local y amante de la Tabernera quería promover otro tipo de entretenimiento. Como fanático de las gestas de caballerías, sabía que no había nada tan épico y tan glorioso como el teatro. Es por eso que, sobre un escenario destartalado al fondo de la taberna, se alzaba un pequeño artefacto con un teatro portátil, del que se descorrieron dos pequeñas cortinas. Una marioneta surgió de sus profundidades, muy emperifollada y empezó a declamar.

– ¡Acercaos buenas gentes, acercaos! Venid a presenciar la trágica historia de un linaje Maldito, de un Rey Desdichado y un sino funesto y cruel.

La muchedumbre se agolpó alrededor del escenario. Los parroquianos del lugar siempre buscaban maneras de matar el tiempo que no fuese mirando su jarra de cerveza.

– Veréis, todo empezó una oscura noche de solsticio de primavera…

El escenario cambió y mostró un fondo de papel y cartón pintados burdamente. Una marioneta que recordaba vagamente al Rey Comosu, por la C de su frente y la torcida corona de su cabeza empezó a caminar por el bosque.

– Antes de ser un hombre portentoso y derrotar a criaturas casi omnipotentes como el Dragón o el Leviatán, nuestro amado Rey fue un niño confuso, desorientado y enfermo. Pasaba sus días refugiado en el bosque y recibiendo toda clase de lecciones y tutelas por parte de los Capellanes, que habían sido bendecidos con tan sagrada misión por parte de la mismísima Curia de la Iglesia del Titán.

Dos marionetas de los capellanes aparecieron brevemente, agitando sus capas rojas con enfado.

– Más aquella noche, el Titán estaba dormido y solo la luna arrojaba su luz sobre el desdichado Comosu. Caminó más lejos que de costumbre, perdido en sus confusos pensamientos, notando la sangre maldita de su linaje latiendo en su interior. Pero sus pasos le llevaron a una oscura cueva, de la que emergía un misterioso y embriagador cántico.

El escenario cambió, oscureciendo el pequeño teatro de títeres. Una voz masculina empezó a entonar una nana por lo bajo.

– Se trataba del hogar de las Nornas, un trio inquietante y veleidoso que podía ver el presente, pasado y futuro. Sus predicciones nunca fallaban, más por desgracia, no eran evidentes de entender para el común de los mortales.

Tres marionetas con túnicas emergieron de las sombras, danzando las unas alrededor de las otras. Sus voces se entremezclaban y era imposible saber a cuál pertenecía exactamente.

– Un joven mortal viene a nuestra cueva.

– Pero no cualquier mortal, el futuro Rey.

– Otro descendiente de los primeros Hombres, que se unirá con una Salvaje.

– No conocerá la felicidad, ni podrá disfrutar del amor.

– ¡Decidme, extrañas criaturas! Parecéis saber mucho sobre mí, pero contestadme a esto: ¿Tendré descendencia? ¿Tendré el privilegio de tener una familia?

Las marionetas empezaron a girar más y más rápido, con sus voces cada vez más aceleradas y agudas.

– ¡Tendrás un hijo, si, fuerte y recio! Más sus madrinas le darán un terrible regalo.

– ¡Tu madre volverá al hogar, sí! Te convertirás en lo que siempre quiso, un instrumento de venganza y se arrepentirá toda su vida.

– ¡Conocerás el amor! Pero nunca podrás disfrutarlo.

– ¡Oh, que terribles noticias, crueles Nornas! ¿Acaso no hay alguna manera de evitar tan siniestro destino?

El público estaba completamente absorto, mirando con fijeza los muñecos de trapo que parecían cobrar vida ante los ojos de borrachos y analfabetos. Un aura casi mágica rodeaba el pequeño teatro de títeres, pero no había nada sobrenatural implicado en todo esto: únicamente arte e ingenio.

– ¡Lo hay! – gritaron todas al unísono –. La única solución es…

– ¡Un giro trágico de acontecimientos! – gritó una marioneta emergiendo detrás de las Nornas.

Apartándolas de un empellón, el nuevo muñeco de trapo ocupó toda la escena, ante la mirada del trastocado Rey Comosu de trapo. Se trataba de una marioneta desgastada, deshilachada y vieja pero que se movía muy ufana por el escenario.

– ¡Saltémonos esta parte aburrida y vayamos al meollo del asunto! Buenas gentes de Calamburia, os hablo del momento en el que el Rey Comosu y sus aliados asaltaron el Palacio de Ámbar, pasando a cuchillo a todo el que oponía resistencia. ¡Si, el niño Rey! Manipulado como otras marionetas, había sido empujado por la Capellanía y su amargada madre a la sala del Trono de Ámbar, donde le aguardaba su padre, medio loco por la pena y la terrible maldición que le poseía y la vil Reina Urraca, viendo como todas sus pesadillas se hacían realidad. Comosu, con la frente latiendo con la marca del Titán, exilió a su padre y a su malvada tía para…

Una figura se incorporó del teatro de títeres a gritos, quitándose de encima telas, hilos y bártulos diversos.

– ¡Janik! ¿Se puede saber qué demonios haces?¡Ese no es el texto! – exclamo el artista bullendo de furia.

Una cabeza se asomó por uno de los costados y le replicó muy contrita.

– ¡Bilko, hermano! ¡No soy yo! Yo estoy con las Nornas…es… es Ziju.

– ¡No me vengas otra vez con la historia de tu estúpida marioneta!

El público empezó a abuchear al entender que no hacía parte del espectáculo. Los borrachos despertaron de su trance y empezaron a lanzar desperdicios sobre los actores.

– ¡Patanes! ¡Incultos! ¡Rufianes analfabetos! – empezó a gritar la pequeña marioneta -. ¡No sabéis nada del arte y del teatro!

Los desperdicios empezaron a llover sobre los actores, se apresuraron a recoger el escenario portátil y empezar su retirada mientras se protegían con sus andrajosas capas. La marioneta seguía encarándose al público insultando a los parroquianos con elaborados versos. Edmundo asomó su espigado cuerpo por encima de la multitud, señalando con gestos la puerta trasera. Los dos artistas se escabulleron por la puertecilla mientras los abucheos se convertían en una auténtica pelea, probablemente causada por algún borracho envalentonado.

Edmundo apareció al rato, cerrando la puerta tras de sí. La salida daba a una cuadra donde los clientes más acaudalados enganchaban sus caballos.

– A mi me estaba gustando mucho vuestro arte, pero es que aquí la gente es mu borrica… – dijo lamentándose Edmundo.

– No se preocupe, Maese Edmundo. Estamos acostumbrados a que no se valore nuestro arte como se merece.

– ¡Si es que eso que hacéis se puede llamar así! No me extraña que salgamos escaldados de todas las tabernas y recintos varios, ¡vuestra prosa dormiría hasta a los Seres del Aire, y eso que llevan aburriéndose miles de años! – escupió con desprecio la marioneta, agitándose con ira en el extremo del brazo de Janik.

– ¡Zulji, no seas tan duro! Las tres voces de las Nornas me estaban saliendo bien por una vez – dijo lamentándose Janik, tratando de agarrar la marioneta con la otra mano con escaso éxito.

Edmundo se quedó absorto mirando aquella pequeña representación, con la marioneta esquivando la mano libre de su dueño e insultándolo con toda clase de coloridos adjetivos.

– Esto… ¿esto pasa mucho? – preguntó extrañado.

– Más de lo que me gustaría – dijo chasqueando la lengua cansado -. Pero desde que nos echó de la corte la Reina Sancha III, Janik es lo único que me queda. Aunque a veces me pregunto si no estaría mejor solo.

Con un grito de triunfo, el comediante logró apresar la marioneta y la sacó de su mano, convirtiéndola en un muñeco de trapo inerte y aparentemente sin vida.

– Pues debo decir que tiene talento – dijo Edmundo sonriendo bobaliconamente.

– ¡No soy yo! Es esa estúpida marioneta que me amarga la existencia. Dice que es el alma de un dramaturgo reencarnado, o qué se yo. Lo único que quería esta noche es cenar caliente y dormir bajo techo – dijo desánimado Janik.

– Brujas, Dragones… y ahora, marionetas que hablan. Lo habré visto todo – dijo Edmundo, bastante satisfecho consigo mismo -. Pero no os podéis quedar aquí, os lincharían. Tomad unos calamburos, espero que tengáis más suerte en la próxima taberna.

La puerta se cerró tras el Tabernero, dejando a los dos comediantes en la penumbra, acompañados por el suave tufo y relinchar de los caballos. Recogieron en silencio sus pertenencias y ajustaron bien el hatillo de ropas y cachivaches que les servía de equipaje. Juntos, con Zulji colgando del cinto, emprendieron su camino en búsqueda de un lecho caliente y un mendrugo de pan seco.

108. UN GRITO DE AYUDA

El ambiente bajo la tienda hecha de pieles y carcasas de animal era agobiante y opresivo. El humo de la fogata central invadía el habitáculo y escocía los pulmones de los presentes, pero nadie tosía. Nadie movía un solo músculo, de hecho.

Las criaturas ahí congregadas eran extrañas y antinaturales. Un oso, un lobo tuerto y un águila ocupaban la mayor parte de la tienda, aunque aún quedaba sitio para dos criaturas más. Frente a ellos estaba sentada Dorna, con la barbilla alzada en un gesto desafiante.

– Honramos la memoria de los ancestros – dijo el oso con una voz grave y profunda.

– La honramos – repitieron los tres a coro.

– Invocamos la sabiduría de nuestro padre, el Titán.

– Guíanos, padre.

– Lloramos la partida de nuestros hermanos.

– Escorpión y Serpiente, los Exiliados.

– Habla pues, Dorna, hija de los Reyes Errantes – dijo el oso lanzando algo a la hoguera que chisporroteó y cambió las llamas a un color azulado.

La escena cobró un tinte antinatural a luz de aquel frío color. Pero Dorna no se amilanó.

– Jefes de clan, acudo en vuestra ayuda. Los sureños nos comen terreno cada día y ponen en peligro nuestra misma existencia.

– ¿Lo hacen, antigua Jefa de Clan? – graznó el águila.

– ¿O quizás tenemos que buscar más cerca, entre los nuestros? – ladró el lobo mostrando los dientes.

– ¡No habéis visto lo que yo he visto! Los sureños viven en auténtica decadencia. Tienen casas de placer donde satisfacer sus vicios, usuarios de la magia campan por doquier… sus líderes son corruptos, agresivos, sedientos de sangre.

– Tú llegaste a ser su líder, Dorna. ¿Acaso no estás tu también sedienta de sangre? – preguntó el Oso, aunque parecía sentenciar.

– ¡Solo busco recuperar lo que me robaron! ¡Mi hijo! ¡Un Salvaje, como vosotros! ¡Un Hijo del Titán, una semilla de la mismísima tierra! – gritó Dorna, casi abalanzándose sobre sus interlocutores.

– La venganza solo lleva a la destrucción, antigua Jefa de Clan – dictaminó el Oso -. Tu cuerpo rebosa de ella y el hedor pestilente de la violencia te acompaña allá donde vas.

– ¿Qué sabréis vosotros? ¡Yo fui elegida por el Titán! ¡Me entregó su marca! He tratado de tomar las decisiones más sabias entre las opciones que el destino ha mostrado ante mí. Fui fuerte donde cualquiera habría sido débil. Fui piedra cuando el resto decidió ser agua. Fui un tifón cuando mis semejantes fueron una leve brisa.

– El débil medita sus acciones y sus consecuencias – graznó el águila.

– El agua termina erosionando la piedra tras el paso de los eones – aulló el lobo.

– La leve brisa es aceptada por los árboles y las criaturas. Todos aborrecen la destrucción del tifón – resopló el oso.

– ¿Qué soy entonces, Jefes de Clan? ¿Una necia?

– Eres la Líder de Clan que se convirtió en Princesa de los Reyes Errantes por primera vez en muchas centurias. Guiaste a parte de nuestro pueblo más allá de las montañas y bajaste a las llanuras para evitar el descontrol de los sureños. Fuiste esperanza – recordó el águila.

– Eres la primera Salvaje en ocupar un trono sureño desde que el mundo es mundo. Uniste ambos mundos sin consultarlo con el resto de tu pueblo, fruto de tu ambición. Fuiste duda – puntualizó el lobo.

– Eres la primera Salvaje humillada públicamente con el peor de los castigos: la pérdida de su descendencia. No solo eso, sino que usaste al pueblo Salvaje para recuperar a tu hijo en incontables batallas y masacres. Los cuerpos de muchos llenan el fondo del mar, sus espíritus jamás podrán descansar en la tierra. Otros se han mezclado con esa escoria a la que llaman piratas y han olvidado nuestro modo de vida, y todo por culpa de tu sed de venganza desmedida. Eres decepción – sentenció el oso, inclinándose hacia adelante, con sus dientes brillando a la luz azulada de la fogata.

Dorna se quedó sin habla. No supo que responder ante esas acusaciones, porque eran todas ciertas. Lo único que le importaba en este mundo era recuperar a su hijo. Es cierto que antes había tenido otros objetivos, pero ahora Juliok era como una antorcha que guiaba su camino y que amenazaba con consumir todo lo que la tocase.

– ¿No me ayudareis entonces, Jefes de Clan? – dijo Dorna, con los dientes apretados por la furia y la humillación.

– El Clan de los Picos Nevados no te ayudará – repuso el águila.

– El Clan de los Lobos de Hielo no te apoyará – dijo el lobo.

– El Clan del Oso Pardo no lo consentirá – dijo el oso -. Tú y tus seguidores quedáis expulsados de estas montañas. Sufrirás el mismo destino que nuestras hermanas del pantano, la Serpiente y nuestros hermanos del desierto, el Escorpión. Has aprovechado los recursos de tus hermanos y hermanas hasta sorberles el tuétano. Pero nunca más te seguiremos. Los Jefes de Clan han hablado. El Titán vigila.

– El Titán vigila – corearon los tres.

Dorna no esperó a que los tres acabasen la ceremonia y se levantó con furia agarrando su cayado. Levantando las pieles de un empellón, salió de la tienda hirviendo de rabia.

Corugan se levantó del tocón en el que se hallaba sentado. De un solo vistazo, entendió el estado de ánimo de su reina y su mirada se entristeció asemejándose a la de un cachorro abandonado. Al verla a la luz de las estrellas aguantando las lágrimas de frustración, gruñó con un ruido sordo y se dirigió hacia la tienda de campaña.

– No, Corugan. Esos viejos estúpidos no tienen la culpa de estar anclados en la tradición.

El belicoso chamán la miró preocupado e intentó ponerle una mano en el hombro. Dorna se zafó violentamente.

– ¡Déjame! Vine aquí en búsqueda de mi pueblo, pero veo que estoy sola. Siempre lo he estado – escupió la Salvaje mirando amenazadoramente a la luna. No vio como su chamán se encogía como si le hubiesen dado un golpe físico y la miraba con una mirada de infinita tristeza.

Sin mirar atrás, dejando caer su cayado, Dorna echó a correr. Corugan ni siquiera hizo amago de seguirla, sumido en sus pensamientos.

Corrió como hacía años que no lo hacía, cuando perseguía a sus presas por cañadas y precipicios. Corrió bajo la luz de la luna, con su larga melena azabache al viento, sus pies martilleando el suelo y su respiración agitada perdiéndose en el gélido aire nocturno.

Finalmente se detuvo en un tenebroso claro, donde los rayos de la luna iluminaban con timidez y aprensión. Se derrumbó en el suelo y aporreó la tierra con saña. Nadie entendía su pérdida. Nadie entendía que le habían arrebatado una parte de su ser. Ni siquiera la tierra entendía lo que sentía, ni sus semejantes pensaban ayudarla. La antorcha de su interior prendió aún más fuerte, amenazando con consumir su misma alma, poco le importaba.

– ¡Maldito seas, Titán! ¿De qué me sirve ser tu elegida si no escuchas? ¿De qué me sirve mi sangre si nadie oye? ¿De qué sirven mis actos si para ti no existo? ¡Nunca nadie me ha escuchado! – gritó al cielo, vomitando toda su rabia hacia los astros que titilaban en la bóveda celeste.

Sus gritos rebotaron por entre los árboles. Dorna se acurrucó en el suelo, temblando, presa de una repentina debilidad. Estaba sola. Sus gritos habían sido vanos y sus sueños rotos.

Pero notó una presencia. Alzó la cabeza poco a poco y miró por entre sus cabellos enmarañados. En el centro del claro, había una forma, tapada por las sombras.

Dorna pensaba que sus gritos jamás serían escuchados por el Titán. Y estaba en lo cierto. Fue otra cosa la que se vio interesada por su ambición.

La Oscuridad, como siempre hace, escuchó.

Las Reinas Regentes

            Poco podía imaginar Sancha III, madre de Reyes, que después de retirarse de su mandato tendría que regresar al trono. Ella vivía en la tranquilidad del retiro, en una pequeña villa cerca de Siahuevo. Por supueto, no es que estuviera apartado de todo lo concerniente a los asuntos de la corona, pero Urraca había demostrado en varias ocasiones ser una reina excelente: sabía combinar a la perfección sus cualidades como estratega, fría mandataria e implacable comandante de los ejércitos. Así pues, Sancha podía confiar en que su sucesora haría bien el trabajo de gobernar y que, a menos que ocurriera una desgracia, ella no tendría que preocuparse por el trono de Calamburia.

Y entonces esa desgracia ocurrió: una mañana, uno de sus mensajeros le trajo la noticia de que Urraca había sido destronada, y que vagaba como una vagabunda por la tierra de Calamburia. Al principio Sancha no creyó esta noticia, pero pronto pudo comprobar que, en efecto, los rumores eran ciertos. Urraca había caído hasta el estrato más bajo de la sociedad, y sobrevivía comiendo sobras y buscando refugio bajo los puentes, en el interior de cuevas y en casas abandonadas.

A partir de entonces Sancha se dedicó a buscar a la antigua reina. ¡No podía consentir que Urraca estuviera en este estado! La rastreó por todo Calamburia, enviando agentes que buscaran por las calles, que oyeran los rumores en los mercados y que sonsacaran a los borrachines en las tabernas…

Y finalmente dio con ella.

Urraca había sido acogida por dos pobres diablos que, como ella, sobrevivían robando y rebuscando entre la basura. Al descubrirla viviendo de aquella manera, Sancha quiso castigar a quellos desgraciados con cuarenta azotes a cada uno, pero Urraca no se lo permitió. ¡Cómo iba a maltratar a los dos hombres que la cobijaron en sus momentos más crudos! No, ellos merecían algo mucho mejor. Una auténtica recompensa.

Hoy dia esos dos desposeídos son ni más ni menos que los nuevos porteros de la Puerta del Este.

En cuanto a Urraca y Sancha, recuperaron el trono y reinan con mano firme y en nombre del Titán.


LAS REINAS REGENTES

Presentación

Saludad, ciudadanos de Calamburia, a quienes, por medio de astutas estratagemas, han vuelto a hacerse con el poder en el trono. Lo disfrutaron el en pasado y ambas juraron que algún día, en el futuro, volverían a disfrutar de sus privilegios. ¡Una educada reverencia para las Reinas Regentes!


La pareja

Urraca

Durante muchos años reinó en Calamburia. Era alabada por muchos como una estratega sin parangón; pero otros la veían como una cruel tirana que llegó al poder mediante oscuros engaños. Sea como fuere, hoy ha vuelto a hacerse con el tracias a su astucia y sus estratagemas. ¡Un saludo para la Reina Urraca!

Sancha III

Fue madre de Reyes, y sobre sus hombros cargó la responsabilidad del reino. Ha vivido muchos años retirada, fuera de los entresijos de la política, pero ahora que ha secuestrado al joven heredero del trono, se le ha presentado una nueva oportunidad de llevar la corona. ¡Ella es Sancha Tercera!