LAS ONDINAS

No se sabe desde cuándo las ondinas habitan el reino faérico. De ellas se conoce poco, a decir verdad, pues siempre se han mostrado como una raza esquiva y reservada. El agua es su medio natural, y aunque son capaces de sobrevivir fuera de ella, muy pocos en el mundo faérico pueden relatar haber visto alguna. Las ondinas viven lejos de la tierra y están cómodas con esta idea. Ellas, a diferencia de las demás razas, han asumido que su papel es otro.

Hace tiempo la Bruja del Mar creó una descomunal grieta al mundo faérico cuando cayó en sus manos la corona del Príncipe Tritón. Esta grieta generó un vórtice de caos. La misma esencia del mundo faérico se coló a la tierra de Calamburia y lo perturbó todo. 

Las criaturas que habitaban ambos planos aunaron esfuerzos para intentar cerrar la grieta, pero ésta era demasiado grande y la energía que se colaba a su través demasiado potente. Lograron contenerla, pero la grieta no se pudo cerrar del todo.

Asumiendo que aquel perturbador agujero de entropía jamás iba a desaparecer, Aurantaquía, el reino de los tritones, y las ondinas del reino faérico llegaron a un acuerdo: había que nombrar a alguien que vigilara el único portal permanente entre ambos planos para que no se descontrolara. Las ondinas se ofrecieron voluntarias para esta tarea y eligieron a tres representantes de entre los mejores de su especie: Heleas, Ona y Airlia. 

Cada uno de los tres tiene un poder distinto: Heleas es capaz de retroceder diez minutos en el tiempo; Ona puede crear todo tipo de ilusiones y Airlia tiene el poder de la sugestión. Pero juntos son todavía más poderosos. Cuando aúnan fuerzas pueden generar una barrera de fuerza que limita las entradas y salidas del portal, algo muy útil para evitar que la esencia de un mundo se cuele en el otro y, con ello, el caos.

Las ondinas no siguen a reyes ni dioses. Ellas sólo se rigen por la Ley del Portal. Desde que se presentaron voluntarias han asumido esta tarea como la más elevada en sus vidas. Todo lo demás, ya sea que ocurra en Calamburia o en el reino faérico, poco les importa. 


LAS ONDINAS

Presentación

Guardan los mares. Habitan en las más oscuras profundidades del océano, vigilando que nada cruce el portal al Reino Faérico. No siguen a dioses, ni a reyes ni a gobernantes, pues sólo tienen una ley: nadie cruce sin su permiso. ¡Ellas son las Ondinas! 


La pareja

Heleas 

Fue elegido entre las ondinas por su valioso poder de la Negación de los Eventos: una habilidad que le hace regresar diez minutos atrás en el tiempo, lo suficiente para evitar cualquier tipo de mal que amenace su vida. ¡Él es Heleas, el sino de las aguas!

Airlia

 De las tres ondinas que vigilan el portal bajo las aguas, ella es la única capaz de sugestionar a quienes se atreven a hacerle frente. ¡Tened cuidado! Tal vez, sin daros cuenta, os haya implantado una idea en vuestras mentes. ¡Saludad a Airlia,  Señora de la hipnosis!

 

LOS DRUIDAS

Öthyn es uno de los practicantes de magia más antiguos que existen, eso pocos lo saben. La mayoría lo ven como un druida venerable, conocedor tanto de la magia arcana como de la magia faérica. Un verdadero maestro cuyos orígenes, aunque cueste creer, se remontan a los del mismísimo Theodus.

Ambos fueron muy amigos en el pasado. En la incipiente torre arcana, muchos auguraban que una vez el primigenio Archimago se retirara del puesto, Öthyn ocuparía su poder. Pero no fue así.

Theodus, en contra de todas las teorías, dio el cargo a un joven y prometedor aspirante llamado Ailfrid. Esto removió algo en el interior de Öthyn. ¿Quién era aquel joven postulante para conseguir el puesto más importante de la magia en Calamburia?. No obstante, al final acató la decisión de su amigo, incluso cuando le pidió viajar al reino faérico y transformarse en el druida embajador de aquella tierra salvaje. Öthyn debía encargarse de mantener el control de un mundo que, si entraba en contacto con Calamburia demasiado a menudo, podía desestabilizar la misma realidad. El puesto era importante, y mucho, pero Öthyn se sintió desplazado… casi desterrado.

En el mundo faérico no solo entrenó la magia arcana que ya conocía, sino que aprendió a controlar la magia faérica, un nuevo tipo de hechizos que aumentaron su poder de una forma desconocida e implantaron en su interior la semilla de la soberbia. Ahora Öthyn no sólo se creía superior a Theodus, sino dueño de aquel reino faérico en el que, de embajador, pasó a ser el mismísimo consejero de los unicornios, los aspirantes perpetuos al poder.

Öthyn deseaba controlar esa tierra, aunque fuera un poder en las sombras, pero muy pronto entendió que no podría hacerlo solo. Para extraer más magia de la Aguja de Nácar, el centro de poder del reino faérico, necesitaba ayuda, el apoyo de algún prometedor acólito de Skuchaín en el que ardiera la misma llama de la injusticia que le movía a él.

No tuvo que buscar demasiado antes de dar con Drëgo, un estudiante de magia que había sido castigado a trabajar en las minas por haber copiado en un examen. El joven ardía de odio. Un amigo suyo, Aodhan, había salido en su defensa y también había sido suspendido y relegado guardabosques. La torre arcana era demasiado cruel, y Drëgo deseaba la venganza. Öthyn pudo verlo en sus ojos tan pronto lo conoció. 

Y así, gracias a su posición, logró rescatar al joven de las minas, llevarlo al reino faérico y transformarlo en druida. No tardó en comprender que no se había equivocado: Drëgo poseía una habilidad innata para la magia faérica, incluso la más difícil: la creación de portales que conectaban con cualquier lugar de Calamburia. Sin duda había sido una gran elección.

Ahora ambos controlan el poder desde las sombras, incluso ahora que un unicornio no ocupa el trono. ¿Será la nueva Dama Blanca, tan voluble a su voluntad? 


LOS DRUIDAS

Presentación

Son especialistas en la magia relacionada con la naturaleza. Hacen crecer las cosechas, logran que los animales les obedezcan e incluso son capaces de controlar la voluntad de los árboles.

Pero… hay algo más que les une… UN PLAN SECRETO ¡Un saludo para los Druidas!


La pareja

Öthyn

Maestro entre los de su profesión. Fue enviado al mundo faérico hace mucho tiempo. Desde entonces ha estudiado los árboles, la tierra y las criaturas que viven en él hasta ser capaz, no sólo de comprenderlos, sino de controlarlos. ¡Una reverencia para el sabio Öthyn!

Drëgo

Fue condenado por hacer trampas en su examen de magia, pero su maestro, Öthyn, lo sacó de las minas y lo convirtió en druida, no sólo por su innata capacidad de crear portales mágicos, sino por su facilidad para… mentir. ¡Saludad a Drëgo!

 

LOS EFREETS

Los Efreets son genios malvados ligados al fuego y originarios del mundo faérico. Allí viven en un reino de llamas y ascuas en el que una reina se alza sobre todos ellos. 

Pero su reina desapareció hace mucho. Se dice que, deseando más poder, cruzó un portal a la tierra de Calamburia. Por alguna razón los Efreets ven acrecentado su poder allí. Son incluso capaces de conceder deseos. Pero hay un problema: conociendo las palabras mágicas apropiadas, cualquier mísero mortal podría encerrarlos en un receptáculo para transformarlos en esclavos y emplear todo ese poder en su propio beneficio,

Es por eso que los Efreets pocas veces cruzan a Calamburia. El deseo de conseguir un enorme poder es tentador, pero existen numerosas historias que hablan de compatriotas encerrados en contra de su voluntad en botellas, amuletos, herramientas y cualquier otro objeto deshonroso. Obligados a servir para siempre a amos a los que en otra situación harían arder con un mero chasquido de dedos.

No, ese destino es demasiado cruel. Y lo que es peor: se cree que la propia reina ha sido encerrada. Por eso hace tanto que no regresa a su trono.

Los Efreets no pueden aceptar una afrenta como esa. ¡Su reina obligada a servir a un humano! Están profundamente indignados.

En los últimos tiempos un nombre ha comenzado a sonar entre las familias: Sörkh, una efreet que lleva sangre real en sus venas y que podría muy bien suceder a la reina. Ella parece dispuesta, pero las leyes de los efreets impiden que nadie ocupe el trono si la reina anterior no ha muerto.

Por eso, y pese al riesgo que conlleva, Sörkh ha cruzado un portal a Calamburia acompañada de Sîyah, un poderoso guerrero que le ha jurado fidelidad si ella llegase a reinar.

Ambos se mueven por Calamburia con cuidado, recabando pistas sobre el paradero de su reina. Lo que hará Sörkh cuando dé con ella es un misterio. No ha querido comentar esto con nadie. Si acaba con su vida, ella podría reinar, pero tal vez esté pensando en hacer otra cosa… 

Mientras buscan pistas han de ser prudentes: la leyenda de que un efreet puede ser encerrado con relativa facilidad es más conocida en Calamburia de lo que parece, y muchos, incluso con pocos conocimientos mágicos, podrían hacerlo. Entretanto, los dos exploradores ya han notado el aumento de sus poderes de una forma notable. A cada paso por esta tierra sienten el control absoluto del fuego, e incluso se ven inmortales. Quedarse en Calamburia es tentador a pesar del peligro.

Eso sí, hay alguien con quien no desean toparse: la Protectora de los Elementos. Ella es capaz de darles órdenes a placer, sin necesidad de encerrarlos en ningún receptáculo. Puede hacerlo incluso en el mundo faérico. 

La Protectora no se siente cómoda con que seres elementales crucen a Calamburia. Se dice que es capaz de notar cuando esto pasa, y que si un efreet no es prudente en sus pasos, la Guardiana puede aparecer ante él y desterrarlo al mundo faérico. Eso, como poco. 

Tal vez por esa razón Sörkh no pretende matar a su reina. Eso podría perturbar demasiado a la Guardiana, y lo que menos desea Sörkh es desatar la ira de un ser al que no puede causar daño.


LOS EFREETS

Presentación

En parte materiales, y en parte seres elementales. El fuego es su sangre, es por eso que arden en un vivo deseo de venganza. Han venido a la tierra de Calamburia para conseguir más poder. ¡Que tiemblen todos los que se interpongan en su camino! ¡Ellos son los poderosos Efreets, genios de fuego!


La pareja

Sörkh

Es la digna sucesora del reinado. Ha acudido a la tierra de Calamburia para buscar a la reina de los efreets y arrebatarle el trono. No parará hasta que consiga encontrarla… tal vez esté hoy aquí, entre nosotros. ¡Un saludo para Sorkh, heredera del fuego!

Sîyah

Uno de los mejores guerreros entre los efreets. Ha cruzado el portal al reino de Calamburia para vengar a todos los hermanos que fueron encerrados por los viles habitantes de esta tierra. Si alguna vez os aprovechasteis de un efreet recibiréis su ira. ¡Él es Sîyah, Tormenta de llamas!

 

153 – SUEÑOS Y PESADILLAS

Durante la celebración del torneo, el claro central de la Arboleda de Catch-Unsum era considerado un lugar sagrado. Nadie —excepto los elegidos por el Titán— podía traspasar su umbral. Sin embargo, y dadas las penurias que atravesaba Calamburia, aquella final del torneo había generado una considerable expectación. Por ello, calamburianos venidos de todas partes del reino habían improvisado sus propios palcos en las ramas de los viejos árboles que rodeaban el claro. Desde la distancia, habían asistido a una contienda histórica que poder contar un día a sus nietos. Ahora, tras la conclusión del V Torneo, y cada uno desde su respectiva altura, aplaudían a rabiar a los vencedores. Había mocosos de las villas colindantes, arrieros que se las habían apañado para que su ruta pasara cerca de la arboleda, campesinos, cazadores e incluso algún zíngaro que observaba desde las sombras, viendo sin ser visto; gozando en secreto del espectáculo.

Durante los vítores y aplausos, los héroes se mantenían erguidos en el centro del claro de la Arboleda de Catch-Unsum con la cabeza gacha, en señal de reconocimiento a la pareja ganadora. Pero sus rostros serios no podían ocultar una cierta decepción. Todos los elegidos —relojeros, alquimistas, custodios, faunos, tahúres, brujos y Sombra Real—, habían recorrido un largo camino para llegar hasta allí y, aun habiendo sido agraciados con la C del Titán, sabían desde el principio que solo una de las parejas conseguiría el tan ansiado premio. Y, aunque el público les considerara afortunados e incluso les admirara por su arrojo y saber hacer, en ocasiones es más duro acariciar el cielo con la punta de los dedos y luego perderlo, que vivir toda una vida sin levantar la vista del suelo.

En el centro del claro, recibiendo una calurosa ovación, se encontraban los hortelanos, Fecu y Granfel: posiblemente los dos únicos seres por lo que nadie hubiera apostado al inicio del torneo. Al recibir la C, no pocos habían achacado su selección a un error del Titán. Pero los hechos volvían a constatar la inapelable verdad, aquella que tantas veces había proclamado Inocencio I, el Supremo Benevolente, con su habitual y fervorosa contundencia: el Titán nunca se equivoca.

Los hortelanos se habían enfrentado a los mismísimos Brujos Tenebrosos, la crema y nata de Cuna de Oscuridad, y habían vencido. Nadie sabía a ciencia cierta cómo, pero había quedado claro que el tándem que formaban los descontrolados poderes de Granfel y el pensamiento estratégico-crítico de Fecu era imbatible. Ni siquiera los brebajes de Tesejo, las abominables mascotas de Ménkara o los más retorcidos ardides de la magia oscura de Caila habían logrado parar a los humildes pero perseverantes hortelanos.

Muchos hortelanos, incluso a riesgo de ser azotados, habían abandonado su trabajo en los campos para asistir a la gran final. Ahora, encaramados a las ramas de los árboles desde donde habían podido ver la final, eran los que vitoreaban a los vencedores con más ganas. Quizás entendieran que ese triunfo podía suponer, en realidad, el inicio de una nueva era para los suyos; o, probablemente, solo hacían ruido por ese absurdo sentimiento gregario que caracterizaba a los de su raza.

En cualquier caso, si bien todos los participantes parecían algo decepcionados, aquellos más visiblemente hundidos y cabizbajos eran el oscuro trío de brujos, aunque quizás no sufrieran por lo mismo ni de la misma manera. Ménkara sentía como propias las heridas que su tarántula había recibido en combate; a Tesejo, lo que más le dolía era el espantoso ridículo que había echo frente a Aurora, la hermosa aprendiz del alquimista; sin embargo a Caila, como buena líder, le preocupaban asuntos más importantes. En primer lugar, la lacerante frustración de haber fracasado en su empeño personal, el de limpiar el malogrado nombre de su estirpe. En segundo lugar, el miedo cerval de regresar con las manos vacías a Cuna de Oscuridad. ¿Qué castigo les esperaría tras tamaña derrota? Cada vez que lo pensaba se le helaba la sangre. Aurobinda y los Consejeros eran estrictos e implacables con el error ajeno. Pero lo que más le asustaba era enfrentarse a la despiadada mirada de la Reina Dorna, la Consorte de la Oscuridad. Temía más a su hiriente y descorazonado silencio que a todas las torturas posibles. Apretó el puño con fuerza, rabia y miedo. ¿Cómo habían podido ser derrotados después de haber llegado tan lejos? Definitivamente, aquel no había sido un buen día para los Brujos Tenebrosos.

Fecu y Granfel, sin embargo, estaban radiantes de júbilo. Se hallaban frente al gran tocón del Primer Árbol con el ansia del niño que aguarda una galleta en espera de que el Titán cumpliera su promesa. Y así fue. Sobre los anillos del cercenado árbol milenario se materializó la botella. Aquel envase contenía el más preciado líquido que cualquier mortal pudiera soñar con hacer pasar por su gaznate: la mismísima Esencia del Titán. De ella se decía que quien la bebiera podría hacer realidad su más profundo deseo. Otros héroes lo habían logrado en el pasado, pero nunca una pareja de una raza tan claramente inferior. ¿En qué extravagante petición derrocharían esos dos pobres hortelanos el precioso don del Todopoderosos Titán?

Granfel Puerroloco, hecho un manojo de nervios, tomó la colorida botella y la alzó con sus grandes brazos.

—Queremoz… Nozotroz queremoz… —titubeó nervioso el hombretón con su lengua de trapo—. Lo que en verdad dezeamos máz que ninguna otra cosa ez…

Con un gesto de cariño y la resignada paciencia de una institutriz de hijos de nobles con poca sesera, Fecu tomo la botella en sus manos y sonrió a su compañero. Granfel le cedió el recipiente de buen grado, casi con alivio: las palabras no eran lo suyo. Entonces Fecu Brenn tomo aire y habló, con voz profunda y firme, con la voz de un general que arenga a las masas antes de la batalla.

—¡Tras siglos de opresión y soportar estoicamente el yugo de los nobles y la Corona, los hortelanos y hortelanas de Calamburia pueden por fin respirar tranquilos!

Algún que otro orondo terrateniente, desde las ramas más bajas de los árboles, sintió que su estómago se encogía. Sus compatriotas hortelanos, en cambio, aullaban emocionados, ¿sería aquel el día en que cambiaría todo?

—¡Nuestras ansias de libertad van a ser por fin colmadas! Hoy, gracias a vuestra perseverancia y a vuestra inquebrantable fuerza de voluntad, surgirá de la tierra misma un nuevo amanecer en que cada patata será dueña del suelo que la vio crecer —miró en derredor regocijándose con cada una de las caras de dicha de su gente.

Tras una breve pausa dramática, Fecu comenzó a proferir con solemnidad:

—¡Lo que deseamos, oh poderoso Titán, es la libertad para todos y cada uno de los hortelanos, un pueblo injustamente oprimido durante generaciones! ¡Sea, pues, este que hoy concluye, el último día de esta era oscura!

Fecu alzó la botella de Esencia como si fuera a beberla, pero un repentino relámpago la detuvo. Su cuerpo y el de Granfel se habían quedado petrificados y por más que lo intentaban, no podían moverse.

—¡Imbéciles, esta era oscura no ha hecho más que empezar! —profirió una poderosa voz que, mágicamente, parecía provenir a la vez de todos los rincones de la arboleda.

Muchos de los presentes se sobresaltaron y giraron su cabeza a un lado y otro buscando de dónde provenía aquel timbre desconocido que rebosaba tanto odio y maldad.

Granfel, sin embargo, reconoció aquella voz. O, al menos, sintió que le recordaba mucho a una que conocía. Se trataba de la que tantas veces le había arrullado por las noches cuando él era solo un tierno tubérculo que dormitaba en las entrañas de la tierra. No había duda: era la misma, aunque estaba claro que algo la había cambiado en ella. Antes era tierna y bondadosa; ahora sonaba dura, lacerante, cargada de puro resentimiento. Era la voz de Eme, cuya magia, un día, le había dado la vida. Ahora, el alma pura y cándida del impromago había sido corrompida por el poder de la Oscuridad.

De repente, el claro del bosque se oscureció mientras el cielo se cubría de nubes de tormenta. Un escalofrío recorrió el espinazo de todos los presentes. La súbita aparición de Eme en el claro del bosque y la malignidad de su expresión fue capaz de sobrecoger a los mismísimos cíngaros que habían contemplado los combates desde las sombras. Hasta los Brujos Oscuros se estremecieron y tan solo los dos miembros de la Sombra Real sonrieron con cierta satisfacción, como si aquello fuera un plan del que estuvieran al corriente desde el principio.

El poderoso hechicero con una sonrisa sádica en el rostro avanzó hacia el tocón del Primer Árbol mientras su capa negra ondeaba al viento de la tormenta que, de repente, había oscurecido un soleado y glorioso día.

Pero los elegidos por el Titán, haciendo honor al valor que se les suponía, no se amedrentaron ante la oscura presencia de Eme. Kesia y Kaju, dando un paso al frente, fueron los primeros en enfrentarse al intruso que había profanado el claro de la Arboleda de Catch-Unsum.

—¡No deberías estar aquí! ¡Los Custodios del Templo no permitiremos que traigas la oscuridad a este lugar sagrado! —profirió Keisa con la abnegada decisión de alguien dispuesto a entregar su vida.

—¡Soy un elegido de la luz, y estoy dispuesto a detenerte cueste lo que cueste! —rugió Kaju dejándose llevar por una furia inusitada.

—¿Paladín? No me hagas reír. Aún te falta mucho para aprender a dominar ese poder tuyo… —respondió Eme con cierta sorna—. ¡Apartaos de mi camino, insectos!

Con un simple gesto de su mano, les lanzó por los aires como si se tratara de dos simples muñecas de trapo. Los faunos, sin dudarlo un instante, cargaron instintivamente contra el mago oscuro mientras proferían su grito de guerra, pero este no se molestó en prestarles atención. Los pobres seres faéricos se estrellaron contra una suerte de muro invisible que le envolvía y quedaron en el suelo tocándose sus doloridas cabecitas astadas. ¿De dónde había obtenido el antiguo impromago tanto poder?

Los Alquimistas no habían estado ociosos. Mientras sus compañeros se sacrificaban en tratar infructuosamente de detener el avance de Eme, Aurora y Callum habían estado mezclando los componentes secretos de una fórmula arcana secreta en la que habían estado trabajando. La aprendiz sujetaba un recipiente de vidrio mientras su maestro añadía el último ingrediente: la pluma brillante de un ave fénix. Casi al acto, el matraz lanzó un destello cegador. Parecía contener energía de luz en estado puro. Sin embargo, antes de lanzarlo contra él, Aurora advirtió a su adversario:

—¡Fuiste un ejemplo para todo Skuchaín! ¡No nos obligues a hacer esto!

—Eme, fuiste mi estudiante más bondadoso. Vuelve en ti, vuelve a la Torre, con nosotros y te recibiremos con las manos abiertas —le invitó Callum el Alquimista tendiéndole su mano.

—¡Vuestra alquimia de pacotilla no me detendrá! —espetó Eme—. Skuchaín no es más una mentira vieja y decadente, un viejo torreón que se viene abajo. ¡Y vosotros os derrumbáis con ella!

Chasqueó los dedos y el blanco de sus ojos se tornó negro por un instante.

Al acto, el recipiente perdió toda luz, como si la magia que albergaba hubiera sido absorbida por la más profunda oscuridad abisal. El cristal del matraz se resquebrajó y se quebró en pedazos y, mientras, eso sucedía, Aurora y Callum sintieron como su fuerza también se desvanecía, y cayeron de rodillas al suelo.

Los tahúres aprovecharon la jugada para escabullirse y refugiarse tras uno de los árboles de las inmediaciones del claro, pensando que pasando desapercibidos, al menos, lograrían sobrevivir. Había sido soldados, pero nunca habían sido héroes. Además, un buen jugador siempre sabe retirarse a tiempo de una partida cuando sabe que no puede ganar. Allí, tras el tronco que había de servirles de escondrijo, encontraron un pequeño mocoso que se resguardaba de la batalla. Él los miró confundido, como si no entendiera por qué aquellos héroes no estaban luchando contra aquella nueva y oscura amenaza. Empezó a balbucear algo, pero Duncan levantó un dedo amenazante.

—Tú a callar, mocoso.

—Eso, nosotros no estamos aquí —añadió Axel tratando de ocultarse tras el mismo tronco que sus compañeros.

Los relojeros, por su parte, amantes como eran de la paz, no atacaron al mago. Aión lo miró largamente, escuchando el latir de su corazón pudo oír el galope de su alma desbocada por el abrumador poder de la oscuridad como un caballo negro y salvaje.

—Escucho a tu corazón —le dijo con cierta lástima— y siento que estás dolido y… confundido.

—Y yo oigo tus pensamientos. Gritos desgarradores y luego el silencio. Dos metales que chocan sin cesar —añadió Kairos conmovido hasta la ternura—. Tu mente está dividida y no cesa de luchar. ¿Quién es Theodus?

—¡Ese era el antiguo Eme! —espetó el mago algo molesto al sentirse violentado por aquella intromisión en los recovecos de su alma—. Pero no lograréis nada con vuestros inútiles escrutinios. Nada podéis hacer ya. Theodus no existe, el antiguo Eme no existe. ¡Ahora solo existo yo, y soy pura Oscuridad! ¡Desapareced!

Con un gesto simple gesto, los lanzó por los aires y fueron a aterrizar cerca de los custodios que aún no se habían recobrado del poderoso ataque del hechicero.

—Bienvenido, discípulo de Aurobinda— le saludó Hisoka Ronin, de la Sombra Real, con una sinuosa reverencia y una sonrisa de satisfacción—. Ya era hora de que la Oscuridad llegase de verdad a Calamburia. Han sido décadas de espera, pero parece ha valido la pena.

Rodrigo V, a su vez, también saludó al recién llegado inclinando levemente su noble y coronada cabeza.

—Todo ha salido como estaba planeado, y eso nos complace —susurró el taimado monarca—. El antiguo y futuro rey de Calamburia nunca olvidará tus servicios. Dime Eme, ¿te gustaría ser mi Condestable? ¿Quizás el Gran Hechicero de mi corte?

—La Oscuridad tampoco olvidará que supisteis elegir el bando adecuado, pero todo a su debido tiempo —respondió Eme con suficiencia.

Fecu Breen, con su cuerpo aún petrificado y sosteniendo en sus manos la preciada Esencia del Titán logró al fin proferir un grito.

—¡No permitiré que nos devuelvas a la esclavitud! —profirió con dificultad mientras trataba de mover infructuosamente sus brazos. La magia de Eme era poderosa e implacable.

Granfel Puerroloco, también paralizado y con lágrimas de impotencia en los ojos, hizo un esfuerzo por dirigirse a su creador:

—¡Eme, tú me hicizte a tu imagen y zemejanza! ¡Zé que hay bondad en tí, tú me enzeñazte la magia y que tenía que servir para hacer cozaz buenaz… ¿Lo haz olvidado?

—Mis errores del pasado vuelven para atormentarme —respondió con desdén el mago—. ¡Tú y yo nos parecemos en nada, vulgar patata! Yo he nacido para tener poder; tú y los tuyos, para servir. Así ha sido y así será.

Entonces los Brujos Oscuros, que se habían ido acercando paulatinamente a su superior con aire contrito, osaron por fin intervenir.

—Bueno… Esto… Gracias por venir, Eme, pero la verdad es que lo teníamos todo controlado —trató de aclarar Tesejo con una amplia sonrisa de falsa suficiencia.

—¡Silencio! —la voz del mago restalló como un látigo—. Teníais una misión y habéis fracasado. Era muy sencillo, solo teníais que vencer a esos dos seres inferiores —dijo señalando con la punta de su barita a los aún paralizados hortelanos.

—Sabía que tendría que haberme quedado cuidando a mis monstruitos… —murmuró para sí Ménkara con voz lastimera.

—Vuestra derrota es la razón por la que yo he tenido que rebajarme a acudir a este lugar —añadió Eme mirando a su alrededor con desprecio—. ¡Sois la vergüenza de Cuna de Oscuridad!

—Pedimos perdón —se apresuró a respoder Kaila hincando la rodilla y agachando la cabeza. Sus compañeros la imitaron temerosos—. Somos débiles. Pero, con la ayuda de la Oscuridad y vuestra guía, nos haremos fuertes. La próxima vez, no fallaremos.

—Más os vale. Si volvéis a decepcionarme os espera el mismo destino que Sirene —anunció con una sonrisa sádica que estremeció a los tres jóvenes brujos.

Luego caminó en silencio hasta situarse en el centro del claro, y dijo, como pensando en voz alta:

—Tanto mis aliados como mis enemigos están soñando plácidamente en manos del Titán. Sin embargo, yo he logrado despertar y venir hasta aquí. ¡Y todo gracias a una de las estúpidas invenciones de los inventores! Quién iba a decir que algún día sirvieran para algo más que para sembrar el caos —sonrió satisfecho pero su gesto se trocó casi al instante por uno de hastío—. El caso es que ya me he cansado del placentero y aburrido Sueño del Titán. Ahora, voy a traerlos a todos de vuelta, pero no volverán a las monótonas vidas que dejaron. Esta vez, volverán al peor de los sueños posibles: se sumergirán ineludiblemente en la Pesadilla del Titán.

—¡No lo hagaz, Eme! —gimió Granfel—. Yo zigo creyendo en ti, aunque todoz loz demás te vean como el peor de loz villanoz.

—¡Cierra la boca, patético tubérculo! —ordenó el mago oscuro acercándose peligrosamente a los hortelanos—. Te creé en mi inocencia porque estaba solo. Y, en aquel momento, iluso de mí, creía que la soledad era una debilidad. Pero ahora que Sirene ya no está, he entendido por fin la más profunda e inmutable de las verdades: la soledad te hace más fuerte.

Con un gesto firme de su mano, arrancó la Esencia de la Divinidad de manos de Fecu que, seguía paralizada víctima del hechizo. Una vez tuvo el preciado tesoro en sus manos, profirió:

—Lo que deseo es que toda Calamburia despierte de su dulce sueño, pero solo para sumergirse de por vida en un Reino de Pesadillas. Un lugar donde todos sus temores se hagan realidad, una noche eterna donde la oscuridad y el terror campen a sus anchas y atormenten a las tiernas y débiles mentes de todos los que pueblan esta tierra.

Una vez formulado su oscuro deseo, Eme bebió la Esencia del Titán hasta apurar la última gota.

Se hizo el silencio. Todos miraban expectantes el cielo en busca de una señal y esta no tardó en llegar. Varios relámpagos rasgaron el cielo cubierto de nubes negras y los truenos posteriores actuaron como las trompetas de un heraldo de pesadillas. El Titán le había escuchado, y se disponía a cumplir su deseo.