149 – LOS SECRETOS QUE DAN CUERDA AL MUNDO

El suelo y las mesas del taller estaban atestados de artilugios mecánicos a medio reparar. Sin embargo, Aión parecía haberse acostumbrado a ese aparente caos de relojes, herramientas y ruedas dentadas dentro del cual solo él y su hermano parecían encontrar un orden. El resto de los artesanos del gremio de relojeros no se quejaban demasiado. Consideraban a los dos discípulos del ya difunto maestro Bregg una especie de genios excéntricos. Eran gente extraña y poco afable pero, por otro lado, infalible en lo que concernía a la reparación de cualquier mecanismo; dos jóvenes tan capaces como obsesivos a los que, sencillamente, había que dejar hacer. El resto de los compañeros solía tratar de evitarles, y rara vez les avisaban cuando iban a tomar unas cervezas a la taberna Dos Jarras. Quizás lo hacían para no contagiarse de sus rarezas, o puede incluso que, secretamente, envidiaran el turbador talento de los hermanos Reid y preferían mantenerse alejados de él.

Aión puso sobre el tapete el reluciente reloj de bolsillo y lo miró largamente, con la calma que solo parecen tener aquellos acostumbrados a trabajar el tiempo con sus manos. La carcasa, bañada en oro, refulgió a la luz de las velas y los diamantes engarzados lanzaron algún que otro destello. Cada parte de aquel artilugio parecía reclamar a gritos la atención del mundo. Su ostentosa belleza no dejaba lugar a dudas: se trataba del preciado tesoro de alguien importante; la clase de persona que da más importancia a la carcasa que al interior de las cosas. Había hechos que un artesano experimentado como Aión Reid, podía averiguar a simple vista y para los que ni siquiera necesitaba recurrir al Don.

El relojero se acercó el reloj a la oreja y lo escuchó con el curioso mimo con que un galeno ausculta el pecho desnudo de un paciente. Nada, solo el silencio. El precioso reloj de bolsillo seguía siendo tan bello por fuera como el primer día, pero, en su interior, estaba muerto.

Aión sonrió. Lejos de producirle tristeza, veía en cada reloj estropeado la oportunidad de devolver una vida. Pero antes de ponerse manos a la obra, se dispuso a conocer un poco más acerca de la historia de su nuevo y mecánico amiguito. Abrió la tapa con cuidado. Observó el mecanismo con atención, luego cerró los ojos. Tomo aire y se concentró: era necesario para poder usar sus poderes. Entonces comenzó a sentir un leve latido en sus tímpanos, como el pulso de un tambor, casi inaudible, en la lejanía. El sonido se fue acercando y haciendo más intenso hasta que se convirtió en algo nítido. El relojero sintió, a través del tiempo, como el pulso del reloj había estado acompasado al latir de un corazón humano. Casi pudo ver con claridad en su mente, esbozada por una niebla, la silueta del orondo dueño de aquella alhaja, caminando por las calles del barrio alto de Instántalor. Pudo percibir al reloj saliendo y entrando del bolsillo de aquel hombre con frecuencia agarrado por una mano gruesa y llena de anillos. En aquellos tiempos, el reloj de bolsillo era feliz. Era feliz pero también tenía miedo, porque su pobre alma mecánica no alcanzaba a entender si su dueño lo sacaba de su bolsillo tan a menudo porque lo extrañaba o sencillamente lo usaba como medio de ostentación. El reloj dorado no sabía si había sido amado o solo utilizado. Y ahora, en el fuero interno de sus engranajes parados, parecía sentirse como un juguete roto, bañado en oro y engalanado de diamantes, pero roto.

Aquella pena conmovió al relojero que siguió indagando en la triste historia del reloj. Quizás, más tarde, se arrepintiera de haberlo hecho. El Don era un arma de doble filo, conocer los sentimientos ajenos, ya fuera de las personas o de los objetos, era un riesgo para cualquier persona sensible. Pero Aión siempre se había negado a reparar mecanismos sin conocer antes sus secretos. Volvió a cerrar los ojos y volvió a ver las imágenes en la neblina y el reloj brillando en el centro.

Fue entonces cuando la nebulosa silueta del hombre rico se estremeció y se llevó la mano al pecho. Su corazón se paró y el reloj se estrelló contra el pavimento de la calle. Mecanismo y corazón se pararon al mismo tiempo. Y entonces algo parecido a una ráfaga de viento se llevó la figura de su mente. Ahora entendía que se encontraba ante el reloj parado de un hombre muerto. Aión y su hermano poseían el Don, podían indagar las almas y dar una nueva la vida a los juguetes rotos, pero no podían resucitar a los muertos. Volvió a suspirar, abrió la tapa del reloj y contempló los mecanismos. En ese mismo instante, su hermano Kairos entró en el taller como una exhalación.

—¡Se ha parado! ¡Ha dejado de funcionar! —gritó con cierta desesperación.

Su rostro estaba visiblemente enrojecido y le faltaba el aliento; era obvio que había venido a toda prisa. Llevaba en la mano su instrumento favorito, una suerte de pequeño laúd que él mismo había construido con piezas del taller. A menudo Kairos se retiraba a su guarida secreta, en lo alto de la torre del reloj astronómico de la Plaza Ambarina. Aquel monumento, construido en los tiempos de Rodrigo IV, era capaz de medir el tiempo en todas sus dimensiones: segundos, minutos, días, años, estaciones e incluso ciclos planetarios. A Kairos Reid le gustaba refugiarse tras de aquel inmenso artilugio y, al rítmico son de sus mecanismos, improvisar sus melodías. Su pauta constante le daba solaz y le ayudaba, según decía, a concentrarse. Cada mediodía, sonaba el carrillón y él trataba de generar, sobre a sus brillantes arpegios, la música perfecta.

—¡Por todos los engranajes del Gran Reloj! ¿De qué diablos estás hablando? —inquirió su hermano algo molesto. No le gustaba que le interrumpieran cuando estaba trabajando.

—Precisamente de eso. El reloj astronómico se ha estropeado. El carrillón de las doce no ha sonado y los muñecos mecánicos no han salido a saludar.

Aión cambió entonces la expresión de su rostro. El Gran Reloj no podía haberse roto.

—No puede ser, nuestro maestro lo diseñó hace décadas y nunca antes había fallado —apuntó con cierta incredulidad—. Nos encargamos personalmente de su mantenimiento. ¡Yo mismo revisé las piezas la semana pasada!

—Estaba tocando dentro de la torre, aguardaba a terminar en el momento justo, cuando el carrillón empezara a sonar. Pero en vez de una apoteosis de sonidos y color… —explicó Kairos visiblemente afectado— solo ha habido un silencio.

—Solo el silencio… —repitió su hermano acariciándose la barba con la mano.

—¡Ha sido horrible! —se lamentó Kairos con la voz temblorosa— Los niños de la plaza esperaban el carrillón y el desfile de los muñecos, como todos los días, y solo han recibido un decepcionante silencio. He sentido como los anhelos de sus almas se rompían en mil pedazos —su rostro compungido mostraba que el dolor que expresaba le había afectado profundamente—. ¿Tienes idea de cuánto puede llegar a sufrir un niño por estas cosas?

—Te tengo dicho que tengas cuidado —le regañó con cariño su hermano Aión mientras le daba un abrazo reconfortante—, hay que evitar usar el Don en lugares tan concurridos. Nuestro secreto es poderoso, pero también puede convertirse en nuestra condena. Uno no puede soportar el dolor de muchos sin quebrarse —se hizo un silencio y su expresión tierna cambió por una que reflejaba el más profundo sentido del deber—. ¡Vamos a ver qué ha sucedido! ¡Hay que arreglarlo lo antes posible!

Ambos salieron apresuradamente del taller y corrieron calle arriba esquivando a la gente. El Barrio de los Artesanos de Instántalor era una zona concurrida durante el día pero, al ver la decisión en sus ojos, las personas se apartaban dejándoles paso. Por ello, llegaron rápidamente a la Plaza Ambarina. Había en la plaza una cierta concentración de mirones que se habían congregado en torno a la torre del reloj astronómico; la señalaban y comentaban lo extraño que les resultaba que no estuviera funcionando. Desde que fue construido por el viejo Bregg, el maestro relojero que les recogió de las calles cuando eran solo unos huérfanos y les convirtió en sus discípulos predilectos, el reloj había marcado rigurosamente el pulso de la vida en la capital. Los monarcas venían y se iba, las guerras se sucedían, pero el reloj siempre estaba allí recordándoles cada día que siempre habría en sus vidas algo inmutable. Y así como sol sale todos los días por el este y ningún hortelano le da demasiada importancia a un hecho tan trivial hasta que sobreviene el eclipse, del mismo modo los ciudadanos de Instántalor, desde los sucios rateros hasta los más adinerados burgueses, sentían ahora en lo más hondo de su alma la ausencia del sonido del carrillón.

Los hemanos Reid subieron las escaleras de dos en dos y llegaron a lo más alto de la torre en menos de lo que canta un cuco. Una vez allí, ambos, cada uno por su lado, comenzaron a revisar el imponente mecanismo. Había miles de engranajes, piezas y rincones. ¿Qué podría haber fallado?

Tras unos breves instantes de ajetreada búsqueda Aión llamó a su hermano. Tenía una sonrisa en los labios que había venido a sustituir a su anterior gesto de preocupación. Se encontraba parado frente a un inmensao engranaje del diámetro de una persona adulta. Kairos se acercó y contempló también la pieza: Había una especie de amasijo de ramas y barro que parecía bloquear el lugar donde los dientes de dos de las ruedas conectaban el mecanismo.

—¿Quién habrá sido tan animal como para atorar el mecanismo con un hatillo de ramas secas? —se preguntó Kairos indignado.

—¿Quién ha sido tan animal? —repitió Aión con retintín mientras separaba con cuidado el ramaje.

Tras unos instantes, como si tuviera muy claro qué buscaba, dejó al descubierto un llamativo objeto de color blanco. ¡Un huevo! ¡Y bastante más grande que de una gallina!

Lo tomó con cuidado en sus manos y lo mostró a su hermano que aún parecía algo confuso.

—¿Era un nido? —preguntó Kairos tratando de atar cabos.

—De cigüeña —asintió su hermano—. Les gustan los lugares altos y la música.

Kairos sonrió tomando el huevo entre sus manos y durante unos instantes se hizo de nuevo el silencio. Pero este silencio ya no era triste sino el silencio alegre que precede a una nueva música.

—Así que hemos evitado que las ruedas del tiempo acaben con una vida —observó Aión.

—Parece que no solo eso —añadió su hermano que estaba sintiendo como el huevo se movía.

La cáscara se rompió, poco a poco, ante la atónita mirada de los relojeros. Entonces ambos pudieron contemplar cómo un pequeño pico luchaba por salir al exterior en busca de aire y comida.

—Hermanito, creo estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo mecanismo —rio Kairos eufórico.

—Así es —sentenció Aión visiblemente complacido mientras veía al polluelo desprenderse de la cáscara restante—, uno más potente que los creados por cualquier relojero: el verdadero secreto que da cuerda al mundo.