134 – EL PRECIO DE LA PAZ

Muchos piensan que la penumbra en la que está sumida Calamburia es uno de los mayores males de cuantos ha afrontado esta noble tierra. Y probablemente sea cierto. Pero si preguntáis a los emprendedores, comerciantes e incluso a los lores y a las damas, el mayor azote maligno fue el que sufrieron durante la cacareada Paz de la Reina Sancha.

Tomemos por ejemplo una empresa honrada, con trabajadores dedicados en cuerpo y alma a la satisfacción de sus clientes. La primera que se os viene a la cabeza, estoy seguro, es la de los Enterradores. ¿Acaso no es una profesión con una profunda vocación por el prójimo? ¿Un respeto absoluto a las familias dolientes? ¿Y qué importa si a veces ahorran un poco en las lápidas de piedra maciza? ¿O en las placas conmemorativas de cobre en vez de acero? ¿Alguien puede culparlos?

El Túmulo Desordenado es el único camposanto oficial de todo Calamburia, aunque muchos poblados han construido el suyo por no poder pagar los gastos de traslado. El cementerio es una visión impresionante: centenas de hectáreas cubiertas de lápidas de todo tipo, llenas de historias y sobre todo, de cadáveres. Debido a la antigüedad del cementerio, los estilos de las tumbas y las dimensiones de los nichos han ido variando de una manera un tanto pintoresca con el paso de los años, dando la impresión de un cierto caos y descontrol en la organización de los muertos.

Donde vosotros, simples neófitos en la materia en descomposición véis caos, Jack Roslin ve perfección. El descendiente de la familia de enterradores más famosa del reino podría caminar por el cementerio con los ojos cerrados y bailando una jiga. Jack pasó toda su infancia ayudando a su padre con el cementerio y espera algún día hacerlo con su hijo, aunque Penélope siempre contesta a sus insinuaciones con un bufido.

Si Jack es la pala que entierra a los muertos, Penélope Roslin es el mármol que los mantiene completamente atrapados en el suelo. Hija de una rica familia de comerciantes, Penélope es el resultado de generaciones y generaciones centradas en sólo una cosa: sacar el máximo beneficio de cualquier negocio. Y el negocio de la muerte era un negocio como otro cualquiera.

Quien trata con la muerte no le teme a esta, y la visión de cadáveres y otros horrores no causa ni un solo parpadeo en esta fría pareja. Pero creedme si os digo que sudaban profusamente, en la puerta de su cementerio, frotando sus manos con miedo al ver llegar por el camino a los Recaudadores de la Reina Sancha.

La Paz de la Reina Sancha era un negocio muy lucrativo. El orden y la estabilidad permitían mantener un estricto control de las idas y venidas de los Calamburos, la moneda oficial del Reino. Sancha III ya no necesitaba soldados, pero sí un ejército: destacamentos de escribas, escuadrones de contables y soldados de a pie: Los Recaudadores.

Siempre iban en pareja, ya que cuatro ojos ven mejor que dos. Se detuvieron ante los nerviosos sepultureros.

– ¡Buenos días, señores Roslin! Que alegre mañana. Mi nombre es Don Vítulo y esta es mi compañera la encantadora Doña Constanza – se presentó el extraño.

Doña Constanza no tenía nada de encantadora. Su rictus indicaba una perpetua cara de asco, como si estuviese oliendo a hortelano constantemente. Don Vítulo también daba escalofríos: su sonrisa brillaba de una manera lobuna y desprovista de toda calidez.

– Lleváis numerosos atrasos en los diezmos de la Reina. Venimos a atajar esas faltas – explicó ella, directa al grano.

– ¡Han sido tiempos muy difíciles! Hasta hace muy poco, los muertos no se morían como es debido y tenía que dedicarme a darles con la pala para que volviesen a sus tumbas – explicó nerviosamente Jack, recibiendo un duro codazo en las costillas por parte de su mujer.

– Lo que mi marido quiere decir es que los negocios no han ido bien últimamente y confiábamos en la magnanimidad de la Reina para poder discutirlo con calma – rectificó Penélope con una sonrisa que parecía la de una rosa negra a punto de marchitarse.

– Y la tendréis – dijo grandilocuente Don Vítulo -. Cuando paguéis, claro. ¿Podemos pasar?

El cementerio había recibido cientos de miles de comitivas entristecidas y moqueantes a lo largo de los años. Seres queridos con el corazón en un puño, familiares llorando a lágrima viva. Pero ninguna tenía tanta congoja como los enterradores, guiando a sus verdugos hacia la pequeña casita que se situaba en el centro del cementerio.

– ¡Como véis, solo damos el mejor servicio! Mármol extraído directamente por los Mineros – dijo Jack no sin cierto orgullo, palmeando una tumba cercana, sin darse cuenta de la mirada asesina que le dirigía su mujer.

– Ah. Excelente. Espero que haya quedado registrado en el libro de cuentas, con el porcentaje adecuado de los beneficios destinados a la corona – dijo sibilinamente Don Vítulo.

Jack palideció de golpe, y era mucho decir en alguien cuya cara ya era de la tonalidad del mármol. No volvió a hablar hasta entrar en la casa.

Los Recaudadores eran auténticos expertos en su trabajo y habían hecho de la rutina una auténtica obra de arte. Don Vítulo exigió los libros de cuentas para zambullirse en ellos mientras Doña Constanza paseaba con pasos lentos y medidos por el despacho de los enterradores, donde estos solían recibir sus clientes.

– Como ven, llevamos un registro estricto y los beneficios han sido escasos. Yo misma lo he ido anotando todo de mi puño y letra – explicó Penélope, controlando sus nervios -. No tenemos ningún tipo de liquidez ahora mismo, pero estoy segura que cuando lleguen tiempos mejores, podremos pagar lo que le debemos a nuestra bien amada reina.

Don Vítulo hizo caso omiso a sus palabras y siguió analizando las columnas de números con el dedo, mientras sus labios se movían en silencio.

Jack en cambio no estaba dominando bien sus nervios y trataba de distraer con una verborrea constante a la mujer que escudriñaba con atención el despacho como si pudiese ver a través de las paredes.

– Sabe, esta casa ha pertenecido durante generaciones a mi familia. ¡Siglos de antigüedad! Increíble, ¿Eh? Dicen que en el sótano hay tumbas de reyes… ¡Pero es mentira! Ya excavé ahí alguna vez y no hay nada. Y no porque me lo llevase yo. Quiero decir, que yo no encontré nada. De nada – Jack estaba sudando a mares, considerando la opción de saltar por la ventana, hasta que vió algo extraño -. Oiga. Está… ¿Olisqueando la pared?

En efecto, Doña Constanza lo estaba haciendo, como si fuese un perro de presa. Se giró hacia su compañero y dijo:

– Vítulo. Aquí.

Su compañero levantó la vista de los libros y disculpándose de Penélope con una falsa sonrisa se acercó a la pared. Palpando con cuidado esta, dejó su mano apoyada en la madera y apretando el puño de la otra, lo descargó contra la pared con un rápido y fluido movimiento. Su mano atravesó el débil contrachapado que tapaba la entrada de un pequeño escondrijo secreto, dando acceso a una caja fuerte.

– Por el Titán, ¿Qué hacen? – dijo Penélope, ahora sí, visiblemente presa de los nervios.

– Oh, disculpen las molestias. Tuve un encuentro una vez con los Hijos del Dragón y me enseñaron una cosa o dos sobre el combate. Un pueblo muy sabio y aplicado. Una lástima que se hayan extinguido, ¿no es así? – comentó Don Vítulo con ligereza mientras abría y cerraba la mano para relajarla.

– Parece ser que los libros de cuentas no mencionan esta caja fuerte. Pero nada escapa a mi olfato. Puedo detectar el oro a kilometros de distancia – señaló con una sonrisa Doña Constanza. Fue su primer y única sonrisa del día, y era como ver la sonrisa de una calavera.

– ¡Ah! La caja fuerte. Se…. se nos había olvidado mencionarla, ¿verdad querida?

Si las miradas matasen, Jack habría combustionado en llamas. Pero el secreto del éxito de ese curioso matrimonio es que Jack era incapaz de entender las sutilezas del lenguaje.

– Sí, cariño. Menudo olvido tan tonto – dijo ella escupiendo cada una de las palabras.

– Bien, imagino que tendrán la combinación para abrirla. Si por algún casual la habéis perdido y es imposible abrirla, vendré con unos hortelanos para arrancarla de la pared y me la llevaré. Conozco un relojero que le encanta los mecanismos, la abrirá en un parpadeo – Don Vítulo seguía sonriendo con una boca en la que parecía haber demasiados dientes.

Los Enterradores claudicaron y dieron la combinación. Tuvieron que presenciar con bochornosa humillación como los Recaudadores llenaban sus bolsas, se las echaban al hombro y se despedían de ellos con falsas reverencias.

Así es, queridos Calamburianos. La Oscuridad produce pavor, pero será derrotada. Los Elementos pueden volver a su cauce. Los monstruos pueden ser vencidos. Pero no hay nada, absolutamente nada que pueda detener el inevitable cobro de Impuestos. Especialmente si Don Vítulo y Doña Constanza llaman a su puerta.